Epílogo
R uaj se movía por los pasillos silenciosos de la Cueva, hacia la habitación con la caja vacía.
Rocco lo seguía más despacio, mirando a su alrededor en aquel lugar donde no había estado durante tanto tiempo, un lugar que creyó que nunca volvería a pisar.
Era un milagro, pensó, que estuviera de vuelta en la Cueva. Que Ruaj le hubiera permitido regresar.
Observó cómo la mano blanca y brillante de Ruaj salía de la larga manga; contenía la llave que Javier le había dado. La llave que había abierto la puerta de la prisión de Rocco.
—¿Qué vas a hacer con ella?—le preguntó al guía.
—Debes mantenerla a salvo.—Ruaj extendió la llave hacia Rocco.
—¿Yo?—Rocco se quedó atrás, sin querer tocarla—.No…
—Sí, esta es ahora tu misión. Proteger esta llave. Asegúrate de que no vuelva a caer en manos de Poneros.
—Él tiene muchas más llaves de prisiones—respondió Rocco.
—Sí, pero cada una que le arrebatemos es una victoria.
Después de un momento, Rocco extendió la mano y tomó la llave. Se la metió en el bolsillo.
—Sabes que Poneros se enojará cuando se dé cuenta de que me he ido—comentó.
—Ya lo sabe—informó Ruaj—. Debemos preparar a los guerreros. Poneros sufrió hoy una derrota. Él… se vengará.
—¿Se lo has contado a Jaime?
—Sí. Él velará por ellos. Y nosotros también.
Rocco asintió.
—Pero la llave… la que abre las puertas de las habitaciones de los guerreros… ¿quieres que regrese a buscarla? Porque lo haré, sabes. Te lo debo.
Ruaj movió lentamente su cabeza cubierta por la capucha.
—Ya has hecho bastante. Yo me encargaré del resto.—La mano se retiró—. Ve en paz, príncipe Rocco. Te llamaré cuando te necesite de nuevo.
Rocco sonrió y se dio la vuelta, mirando hacia uno de los oscuros túneles.
Apenas podía ver el contorno de una de las puertas cerradas.
Sintió una punzada de anhelo; todavía no sabía qué había dentro de ellas.
¿Por qué no había abierto su puerta cuando robó la llave por primera vez?
En aquel momento no le importó. No podía pensar en otra cosa que en las gloriosas riquezas que Poneros le había prometido.
Nunca se le ocurrió preguntarse por qué este quería tener la llave a toda costa.
Y ahora, probablemente, se había perdido para siempre.
Miró hacia atrás y se dio cuenta de que Ruaj ya no estaba allí.
Estaba solo en la habitación, con la caja vacía.
Respiró profundo, y metió la mano en su bolsillo para sentir la llave de la prisión.
Ruaj le había ordenado mantenerla a salvo .
Y lo iba a hacer. Pero también la usaría.
Porque había otros muchos prisioneros que necesitaban ser liberados.
—Gracias—susurró al aire. Extendió la mano y cerró la caja vacía. Luego se dio la vuelta y salió de la habitación vacía.