La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 24 - Verdaderamente libres
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Capítulo 24 - Verdaderamente libres

C uando Rocco llegó al otro lado de la escalera de piedra, se dio cuenta de que ya no estaba de pie al borde del abismo.

Increíblemente, la escalera lo había dejado en el amplio y blanco balcón del castillo, un lugar en el que nunca pensó que se le permitiría estar de nuevo.

Estaba en casa. Vio a los amigos de Lucas esperándolo allí.

Se volvieron para saludarlo con alegría, pero sus sonrisas desaparecieron al ver que Lucas no estaba con él.

—¿Dónde está Lucas?—preguntó Beatriz, con sus grandes ojos buscando detrás de él, como si estuviera escondido en alguna parte.

—Él… él… me dio sus botas—respondió Rocco con la voz entrecortada de suspiros—. Yo no se lo pedí; él lo hizo simplemente. Me obligó a que me fuera… pero los Impostores estaban llegando.

Los grandes ojos de Beatriz se abrieron de par en par. Su labio tembló ligeramente. Luego, giró sobre sus talones y corrió hacia Javier, enterrando su rostro en su camisa. Manuel bajó la cabeza.

Iván corrió hacia el borde del balcón y miró hacia afuera, esperando ver a Lucas por algún sitio, con la esperanza de que hubiera logrado escapar. Pero no había señales de él.

— ¡Lucas! —gritó. Su voz resonó sobre el paisaje. Pero no hubo respuesta. ¡Lucas! Silencio.

Iván se dio la vuelta, cruzando los brazos, con la mirada baja.

—No lo entiendo. ¿Por qué nos envió Ruaj allí a sacar a alguien, pero dejó que uno de nosotros se quedara atrás?

—¿Es eso lo que he hecho?

Los chicos se giraron de inmediato para ver a Ruaj deslizarse y cruzar la refulgente puerta del castillo. Rocco se arrodilló ante él, con la cabeza inclinada hacia el suelo.

—Ruaj, estoy a tu servicio. Solo merezco ser tu esclavo. Te he fallado. No soy nada. Merezco tu juicio…

—Bienvenido a casa, Príncipe Guerrero—saludó Ruaj.

Extendió uno de sus largos brazos. La mano brillante y resplandeciente apareció, y tocó a Rocco en la parte superior de la cabeza.

Lentamente, el casco metálico comenzó a derretirse, revelando un cabello color arena, ojos de un tono avellana y un rostro redondo y sonrojado.

Un rostro humano . Era mayor de lo que los chicos habían supuesto, pero no mucho, tal vez a mitad de la veintena, aunque parecía haber tenido una vida dura.

Rocco se levantó poco a poco mientras su cuerpo de metal seguía desprendiéndose de su cuello y pecho, bajando por los brazos y piernas. Abrió los brazos, asombrado por su propia transformación. Ya no vestía como un esclavo. Ahora llevaba su propia armadura.

—Gracias—dijo en voz baja. Volvió a arrodillarse, haciendo una profunda reverencia ante Ruaj, quien metió su mano dentro de la túnica—. Gracias.

Las botas de Lucas, que habían calzado los pies de Rocco, estaban ahora vacías. Beatriz soltó a Javier y corrió hacia las botas, abrazándolas contra su pecho. Ruaj se inclinó sobre ella.

—¿Por qué lloras, Princesa?

—Porque se han llevado a Lucas—respondió entre sollozos—. Le dio sus botas a Rocco y ahora está prisionero…

—¿No crees en las palabras que te di?

—¿Qué me diste a mí?

—A todos ustedes.

Beatriz miró su coraza: el orbe estaba girando, generando palabras que flotaban en el aire sobre ellos.

U NA VEZ LIBERADO, LIbrE PARA SIEMPRE .

—No lo entiendo—negó Beatriz, sacudiendo la cabeza—. ¿Cómo puede ser verdad?

—Siempre es verdad. Incluso para aquellos que parecen no saberlo.

—Pero Lucas sí lo sabía, ¿no?

Ruaj asintió con la cabeza.

—En efecto, lo sabía.

Justo en ese momento, el sonido de una trompeta terriblemente desafinada sacudió el aire, seguido por el golpeteo irregular de unas alas enormes.

Los chicos e Rocco se dieron la vuelta, atónitos, para ver a Tanín, el dragón, descendiendo sobre el patio.

Todos se apartaron con rapidez cuando aterrizó de barriga, con sus gigantescas alas batiéndose descontroladas y emitiendo otra llamada de trompeta que los obligó a cubrirse los oídos y cerrar los ojos.

Tanín se detuvo a escasos centímetros de la puerta del castillo.

Los chicos abrieron los ojos, mirando confusos al enorme ser.

¿Qué hacía Tanín allí? Ruaj no lo había llamado, aunque no parecía sorprendido por su llegada.

Se acercó al dragón y asintió lentamente con su cabeza encapuchada.

Tanín le devolvió el gesto, jadeando como un perro y bajando la cabeza al suelo, como si quisiera que lo acariciaran.

A pesar de su tristeza, Beatriz corrió a acariciar la cabeza de Tanín. Y, al hacerlo, notó un movimiento y giró la cabeza para ver algo, o a alguien, deslizarse por el largo y escamoso cuello del dragón.

Era Lucas.

—¡Lucas!—gritó Beatriz, corriendo al encuentro de su mejor amigo y lanzándose a sus brazos mientras él aterrizaba descalzo. No pudo decir nada durante un buen rato. Solo lo abrazaba fuerte.

—No puedo respirar—se quejó Lucas, riendo.

Los chicos corrieron hacia él, dándole palmadas en la espalda y celebrando. Rocco y Ruaj observaban el reencuentro en silencio.

—¿Qué pasó?—preguntó por fin Beatriz, soltándolo—. ¿Cómo te liberaste?

—No estoy muy seguro—contestó Lucas, echándole una mirada a Ruaj—. Estaba de pie en el borde y los Impostores a punto de atraparme. Entonces, escuché un ruido fuerte y vi a Tanín volando dentro del cañón, zigzagueando por todos lados. Así que… salté.

—¿A su lomo?—preguntó Iván—. ¡Genial!

—Sí, supongo—reconoció Lucas—. Bueno, como quiera que sea, él me recogió. Y me trajo hasta aquí.

—Una vez libre, siempre libre—repitió Beatriz, riendo entre lágrimas.

—Eso es en lo único que podía pensar. Me dije que, si era verdad, ellos no podrían retenerme. No sabía cómo iba a funcionar, pero al menos eso lo sabía eso.

—¿Has olvidado algo, Guerrero?—preguntó Ruaj con picardía, levantando un brazo cubierto por la túnica para señalar el par de botas vacías. Lucas asintió, caminó hacia las botas y se las puso de nuevo.

—Oye, Ru—comentó Iván, ignorando el gesto de desaprobación de Javier por el apodo—, sabes… estaba pensando… que sería bueno si tuviéramos una forma de… de recibir instrucciones del Libro cuando estemos en casa, como cuando necesitamos ayuda con las cosas.

La cabeza de Ruaj asintió una vez.

—Pueden hacerlo. Deben hacerlo.

—¿Podemos?—Beatriz se sorprendió—. ¿Cómo?

—Lo tienen en la punta del dedo.

—¿Qué significa eso?—quiso saber Iván. Pero, como de costumbre, Ruaj no dio explicaciones. En su lugar, hizo un gesto hacia las grandes puertas de entrada.

—Su banquete los espera, a todos—anunció Ruaj, haciendo especial reverencia a Rocco, quien inclinó la cabeza en señal de gratitud.

Los chicos corrieron compitiendo entre ellos hacia el salón del banquete, todos menos Javier, que se quedó atrás y se acercó a Ruaj. Sacó la llave de su bota y se la enseñó al guía.

—Esto abrió las puertas de la prisión—le indicó Javier—. Estaba pensando que tal vez era la llave que fue robada… ya sabes, la que abre nuestras puertas en la Cueva.

La capucha de Ruaj se movió levemente al verla.

—No, no es esa llave—negó el guía con voz grave y sonora—. Pero sí es una llave.

—Ya sé que es una llave, pero…

—Es una llave para la llave, pero no es la llave.»

Javier parpadeó, totalmente confundido.

—Eeeh, no estoy muy seguro de…

—Pronto lo estarás. ¿Me permites?—Ruaj extendió su mano resplandeciente para tomar la llave, que desapareció rápidamente dentro de su manga—. Bien hecho, príncipe Javier.

—Fue Manuel quien la encontró—subrayó Javier.

La cabeza de Ruaj confirmó con conocimiento.

—Entonces fue bueno que volvieras a buscarlo, ¿no es así?

—Sí… supongo que sí.—Javier se dio la vuelta para regresar al salón del banquete, pero se detuvo, y miró hacia atrás—. ¿ Algún día podremos ver qué hay en esas habitaciones?

—Cuando llegue ese momento, será tu decisión, no la mía—respondió Ruaj. Dicho esto, el pequeño guía giró a toda velocidad y se alejó, dejando a Javier envuelto en nubes y luz.