Capítulo 23 - La llave a la libertad
J avier tiró del picaporte una y otra vez, pero no se movía.
Se giró, apoyando la espalda contra la puerta, y miró a los demás mientras bajaban las escaleras.
—Está cerrada—dijo.
—¿Estás seguro de que seguiste la armadura?—preguntó Lucas, jadeando.
—Eso creía…— ¿Lo hice? ¿No? Javier intentó pensar. Habían ido tan rápido, y la coraza había cambiado de dirección tantas veces… ¿Quizás tomó un camino equivocado?
No había tiempo para pensar en eso. El Impostor ya había llegado a las escaleras y bajaba; con cada paso resonando como un trueno, estremecía el alma de los niños.
—Ruaj…—susurró Beatriz, rogando que su guía viniera a ayudarlos. Se acercó más a Lucas, aferrándose a su manga. Los demás se agruparon, preparándose para lo peor.
—Lo siento—susurró Manuel—. Todo esto es culpa mía. Si no hubiera estornudado…
—Shhh—. Iván los hizo callar.
Los ojos rojos y brillantes se fijaron en los niños mientras el Impostor bajaba los escalones.
Parecía tomarse su tiempo, como si disfrutara viendo temblar a los niños.
Beatriz gimió un poco, girando el rostro para no ver.
El Impostor se acercó, extendiendo un brazo metálico hacia la chica, con los dedos estirándose.
Javier sabía que un solo toque del Impostor y Beatriz comenzaría a convertirse en metal.
Pero si solo me toca a mí, pensó, entonces ella y los demás podrían tener tiempo para escapar.
No puede atraparnos a todos al mismo tiempo.
Se sorprendió al sentir menos miedo y más deseo de proteger a sus amigos, de darles la oportunidad de huir.
Se colocó frente a Beatriz y avanzó hacia el Impostor.
—¡Javi!—susurró Iván, al ver lo que hacía. Los demás se quedaron sin aliento. Pero el chico siguió avanzando hacia el Impostor. Vio la mano de metal extendiéndose ahora hacia él.
—¡Corran!—susurró a sus amigos. Cerró los ojos, esperando sentir el frío y duro toque de los dedos del Impostor rozando su piel.
Pero esto no sucedió.
Después de un momento, Javier abrió los ojos y vio pequeñas chispas de luz centelleantes que revoloteaban alrededor del rostro del Impostor, como si fueran mosquitos.
Eran Chispas. El Impostor sacudió la cabeza violentamente; sus ojos brillantes giraban en círculos para seguir su movimiento.
Las Chispas parecían dejar rastros de luz en patrones intrincados mientras danzaban alrededor de la cabeza metálica del Impostor.
Los patrones eran hermosos y cambiaban constantemente en mil colores; el Impostor estaba hipnotizado por ellos.
Manuel se quedó boquiabierto ante el espectáculo del Impostor y las Chispas.
Pero luego notó algo colgando del grueso cinturón metálico de aquel ser: era largo y negro, con una especie de empuñadura enrollada, como una de esas puertas de hierro ornamentadas frente a casas elegantes.
Era diferente a todo lo que había visto en Skotos hasta ahora; tenía delicadeza, simetría… incluso belleza.
Y entonces se dio cuenta de lo que era.
Una llave.
La instrucción del Libro mencionaba algo sobre una llave. Y Ruaj había dicho que una llave había sido robada. Tal vez era esa la llave de la que hablaba. Quizás era la que abría la puerta de la prisión.
Miró a los demás; ninguno parecía percatarse de la llave. Todos estaban concentrados en las Chispas. Javier seguía inmóvil, con el dedo del Impostor a centímetros de su rostro. Manuel respiró hondo y, reuniendo su valor, comenzó a acercarse sigilosamente al Impostor.
Tropezó, cayendo hacia adelante sobre la gran bota blindada del Impostor.
Sus gafas volaron de su rostro y chocaron contra la pierna de metal.
Contuvo la respiración, seguro de que sería atrapado por el mortal agarre de aquel ser.
Pero parecía no haberlo notado. Las Chispas habían tejido una red de luz alrededor de su cabeza.
—¿Qué estás haciendo?—murmuró Javier, observándolo por el rabillo del ojo. No movió ni un músculo, consciente de que cualquier movimiento podría desviar la atención del Impostor de las Chispas.
—La llave—indicó Manuel, señalando hacia arriba en dirección al cinturón. Al mirar hacia arriba, se dio cuenta de que veía la llave perfectamente. De hecho, podía verlo todo. Y sin sus gafas .
—¿Puedes alcanzarla?—preguntó Javier en voz baja.
Manuel asintió con nueva confianza, pasó por encima de la bota del Impostor y arrancó la llave de su cinturón.
Pesaba mucho más de lo que suponía, y Manuel la manipuló torpemente, casi dejándola caer.
Sin embargo, el Impostor no reparó en él.
Manuel esperó otro momento para asegurarse, y después volvió rápido con los demás.
—¡La tengo!—anunció, levantando la llave para que Javier pudiera verla.
—¡Pruébala en la puerta!—indicó Lucas en voz baja.
—Primero, recoge tus gafas—murmuró Javier.
—Pero no las necesito…
—No puedes dejar nada atrás. Es una de las reglas.
Manuel recordó haber leído eso en el pergamino de la Cueva. Asintió y fue a recoger sus gafas, que yacían justo al lado de la bota del Impostor. Había una gran raja en una de las lentes. Las guardó en su bolsillo para mantenerlas a salvo.
—Está bien—susurró Javier lentamente—. Ahora abre la puerta.
Manuel se acercó con sigilo a la puerta e introdujo la llave en el candado. Por un horrible segundo estuvo seguro de que no encajaría, pero luego la movió un poco y finalmente giró; el candado se abrió con un chasquido.
—¡Conseguido!
—Adelante—apremió Javier—. Entren todos ustedes. Yo los seguiré.
Manuel tiró de la pesada puerta. Los demás se unieron para ayudar.
La puerta raspó contra el suelo y chilló ruidosamente en protesta, como si no se hubiera abierto en mucho tiempo.
El sonido llamó la atención del Impostor, cuya cabeza giró hacia ellos, con sus ojos rojos girando sin parar, aún cegado por la red de luz creada por las Chispas.
Sus brazos comenzaron a agitarse, buscando la fuente del ruido.
—¡Rápido!—ordenó Javier—. ¡Pasen!—Giró, agachándose para evitar los brazos del Impostor que se agitaban, mientras los demás corrían hacia la puerta abierta.
Una vez que entraron todos, Javier se volvió y se deslizó por la puerta, a la vez que sacaba la llave, y cerraba con fuerza detrás de él.
Guardó la llave en su bota para no perderla.
—Esperemos que las Chispas puedan mantener ocupado a ese tipo por un tiempo—dijo con un profundo suspiro.
Vio que estaban en una sala larga y estrecha, alineada con jaulas, iluminada de manera inquietante por docenas de bombillas que emitían un resplandor verde y colgaban del alto techo. Las paredes rezumaban algo viscoso y fétido, y el aire olía a cosas muertas.
—Es la prisión—comentó Iván. Su voz no resonó en absoluto, el sonido fue absorbido por la densa penumbra del lugar.
—Rocco está aquí, en alguna parte—añadió Lucas.
—Es asqueroso—constató Beatriz—. Huele mal.
—¡Pero hay tantas celdas!—protestó Iván—. ¿Cómo sabremos en cuál está Rocco?
—Tendremos que mirar en cada celda—decidió Javier—. Lucas, Manuel y Beatriz por ese lado, e Iván y yo comprobaremos este. Llamen si lo encuentran. Será mejor que nos apuremos. Es probable que haya más de esos Impostores por aquí.
Los prisioneros observaban a los jóvenes guerreros mientras pasaban.
Algunos eran completamente metálicos, como el Impostor.
Otros parecían más humanos, solo partes de sus cuerpos estaban metalizadas: brazos, piernas, torsos.
Todos tenían grilletes en los tobillos y en las muñecas, por lo que, al moverse, las cadenas rozaban contra el suelo y resonaban contra las paredes.
Lucas caminaba de celda en celda, mirando el rostro de cada prisionero.
La luz de su coraza se reflejaba en sus ojos; la mayoría parecían vacíos, sin pupilas, como si sus almas los hubieran abandonado.
Incluso los que aún tenían piel humana lo miraban sin expresión, sin emoción.
Otros solo gruñían o gemían. Lucas no sentía miedo, solo lástima por ellos.
Pasó junto a un prisionero, pero luego se detuvo, y volvió sobre sus pasos.
Este era metálico en su mayor parte; solo los dedos de una mano seguían siendo de piel.
Pero sus ojos eran diferentes. Eran tiernos, humanos, no vacíos ni desgastados.
Miraban a Lucas con algo parecido a la tristeza.
Lucas vio varias marcas en el rostro metálico del prisionero; se dio cuenta de que eran rastros de lágrimas.
Recordó sus propias lágrimas cuando estuvo atrapado en la cúpula, mientras se convertía en metal. ¡Cuánto remordimiento sintió, por él mismo, por lo que había hecho! No había podido escapar, pero sí había podido llorar.
—¡Hey, chicos!—dijo Lucas suavemente—, creo que lo he encontrado.
—¿Lo encontraste?—Beatriz se acercó a él.
Lucas miró entre los barrotes, estudiando el rostro frente a él.
—¿Eres Rocco?—preguntó.
Los demás chicos se acercaron para observar al prisionero, quien se levantó y fue hacia ellos cojeando y arrastrando sus cadenas. Agarró los barrotes de la celda, y apoyó su rostro metálico entre ellos. Una lágrima fresca rodó por su mejilla oxidada.
—¿Han v-v-v…?—La voz del prisionero se entrecortaba como si no la hubiera usado en mucho tiempo. Sacudió la cabeza y lo intentó de nuevo—. ¿Han venido por mí?
Lucas sacó el pergamino de su bolsillo y se lo dio. Rocco lo miró inexpresivo por un momento antes de alcanzarlo con sus dedos humanos. Temblaba en su mano. Lo presionó contra su mano metálica para apoyarlo y rompió el sello, desenrollando el pergamino y leyendo su contenido.
U NA VEZ LIBERADO, LIbrE PARA SIEMPRE .
—¿Libre?—susurró Rocco—. ¿Soy… libre ?
Lucas asintió. Le sonrió tímidamente al prisionero, como para tranquilizarlo.
—Ruaj nos pidió que te entregáramos este mensaje.
Iván, Beatriz, Javier y Manuel saludaron a Rocco con un gesto con la cabeza. Él los miró a todos, asombrado, incapaz de hablar. Volvió a leer el pergamino: Una vez liberado, siempre libre . Negó con la cabeza, incrédulo.