La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 19 - A de App #3
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Capítulo 19 - A de App #3

El Sr. J. A. salió trotando de la cancha, guiando a los chicos hacia el edificio. Javier, Iván, Lucas, Beatriz y Manuel lo siguieron enseguida. En la cancha de voleibol, las chicas y los chicos que jugaban a kickball corrieron hacia el edificio, cubriéndose la cabeza.

Una vez dentro del centro recreativo, la mayoría de los chicos se dirigieron al gimnasio para reanudar sus juegos.

Otros se sentaron en las mesas y comenzaron a hacer pulseras y manualidades.

La señorita Sáenz corría de un lado a otro, repartiendo materiales de arte, tratando de que todos los chicos se acomodaran en alguna actividad para mantenerlos ocupados.

Lucas, Javier, Iván y Beatriz se sentaron juntos en una mesa y sacaron sus teléfonos de nuevo para intentar averiguar cómo funcionaba la aplicación.

Manuel abrió su mochila y sacó su inhalador, aunque en realidad no lo necesitaba.

Se quedó cerca de la puerta, apoyado en la pared, esperando no estorbar.

La lluvia golpeaba con fuerza sobre el techo, azotando las ventanas.

Miró hacia la pequeña ventana de la puerta y vio que Lorenzo seguía de pie junto a la cerca, sin hacer el más mero intento de refugiarse.

Simplemente veía llover, empapándose, ajeno a los rayos y los truenos.

La mirada de Manuel se desvió hacia la lluvia que golpeaba la pista de baloncesto.

Los aguaceros eran bastante comunes en esta época del año, pero, aun así, había algo muy extraño e inquietante en aquella tormenta en particular.

Los charcos en la cancha se llenaban muy rápido; casi todo el suelo estaba ya bajo el agua. Parecía sumamente inusual.

Y luego sucedió algo más extraño aún. Una gigantesca ráfaga de viento entró en la cancha de baloncesto y comenzó a agitar el agua. El gran charco giraba ahora en un remolino, y se levantaba en el aire.

La boca de Manuel se abrió en señal de alarma. Hizo señas a sus nuevos amigos para que vinieran a mirar. Lucas se puso en pie y fue a ponerse a su lado.

—¿Ves eso?—preguntó Manuel, señalando.

—Sí—respondió Lucas—. Una lluvia loca.

—¿Qué pasa?—Beatriz también se había acercado y atisbaba por encima del hombro de Lucas.

El viento era tan fuerte ahora que inclinaba los árboles alrededor de la cancha casi hasta el suelo, empujaba los columpios hacia arriba y soplaba sobre las estructuras de estos, girando en círculos completos.

El remolino en la cancha de baloncesto crecía más alto, girando con mayor velocidad; ahora parecía un pequeño tornado.

Javier e Iván se unieron a los demás junto a la puerta.

—¿Qué está pasando?—inquirió Javier.

—La cosa está fea—opinó Iván—. Como anoche.

Los hermanos se miraron el uno al otro.

—¡Miren!—gritó Beatriz—. ¿Están todos viendo lo mismo que yo?

Flotando en el tornado, que crecía con rapidez, había una gran imagen dorada del Blasón de Ahóratos. Giraba lentamente, brillando a través del cielo oscuro.

—¡Guau!—vociferó Iván.

Lo que no podían ver era a Ruaj, en medio del remolino, girando sus brazos cubiertos con la túnica en círculos como si estuviera haciendo que los vientos giraran más rápido, levantando más y más agua de lluvia y lanzándola al aire.

— Vengan, Guerreros .

—¿Han oído eso?—preguntó Javier.

—¿Oír qué?—contestó Beatriz.

— Vengan, Guerreros. Hacia el viento. ¡Ahora!

—Creo que yo también lo he escuchado—convino Iván—. Sonaba un poco como… Ru.

— Ruaj , sí—terminó Javier.

— ¡Hacia el viento!

Esta vez, todos lo escucharon. Los niños se miraron entre sí y después contemplaron el tornado que se elevaba aún más alto. No tenían que decirlo en voz alta. Sabían lo que tenían que hacer.

—¿Deberíamos avisar a tu padre?—indagó Iván, buscando con los ojos alrededor de la sala.

Los niños estaban absortos en sus actividades, ignorándolos.

Un grupo de chicas había puesto algo de música y estaban bailando.

El Sr. J. A. estaba junto a la puerta de la oficina, hablando por teléfono.

No parecía notar que los niños estaban junto a la puerta.

—Creo que él lo descubrirá—afirmó Lucas.

—¡Vamos!—instó Iván. Fue el primero en moverse, abriendo la puerta y lanzándose a la lluvia. Javier lo siguió de cerca, agachando la cabeza contra el viento.

—¡Vamos!—apuró Beatriz, tirando del brazo de Lucas—. ¡Rápido! ¡Antes de que alguien nos vea!

Lucas se giró hacia Manuel.

—Tú también.—Agarró a Manuel por la manga y tiró de él arrastrándolo.

Manuel trató de resistirse.

—No… no… peligroso… ¡mi inhalador!

Lucas ignoró sus súplicas mientras seguía a Beatriz hacia la lluvia.

—¡Vamos!—instó Beatriz—. ¡Volvemos a Ahóratos!

El Sr. J. A. escuchó la puerta cerrarse de golpe y levantó la vista.

Frunciendo el ceño, buscó con la vista por la sala y notó que los cinco niños, incluido su hijo, ya no estaban allí.

Se dirigió a la puerta y miró a través de la ventana, justo a tiempo para verlos desaparecer en el torbellino de la cancha de baloncesto.

El Sr. J. A. cruzó los brazos y suspiró, sonriendo para sí mismo.

Lorenzo, que seguía de pie bajo la lluvia, también los vio desaparecer.