La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 19 - A de App #2
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Capítulo 19 - A de App #2

—Tendré que desarrollar un programa—explicó Manuel—. Tomaría tiempo…

Iván interrumpió.

—O podría tan solo acercarte e intentar que Lorenzo empiece a meterse contigo otra vez, y tal vez aparezca el Blasón de nuevo.

—¡Iván!—lo reprendió Beatriz, dándole un golpecito con el dedo en el cogote. Frunció los labios. Iván se quedó atónito al ver todo el brillo.

—¡Hey, chicos! ¿Qué están tramando?

Todos se sobresaltaron. El Sr. J. A. estaba delante de ellos, con los brazos cruzados sobre su ancho pecho, con una expresión severa en el rostro.

Todos se quedaron en silencio, sin querer mirarlo a los ojos.

Tal vez se suponía que no debían hablar de Ahóratos…

quizás iba a regañarles. Sin duda, era lo que parecía.

Entonces, el Sr. J. A. soltó una carcajada.

—¡Les estaba tomando el pelo!

Iván se rio.

—¡Nos has tomado el pelo!—Todos suspiraron de alivio.

—Supuse que estaban intentando averiguar cómo regresar a Ahóratos—indicó el Sr. J. A.

—¿Cómo lo sabe?—preguntó Javier.

—Porque es lo que mis amigos y yo solíamos hacer también—explicó el padre de Lucas riendo de buena gana. Se inclinó sobre ellos, apoyando los puños sobre la mesa.

—¿Llegaron a descubrirlo?—preguntó Beatriz.

El Sr. J. A. movió la cabeza.

—Bueno, supe que había una manera. Pero creo que no se las voy a decir. Dejaré que lo descubran ustedes mismos—hizo una pausa, riendo entre dientes—. No se preocupen… regresarán. Mientras tanto, ¿alguien quiere jugar un partido de baloncesto?

—¡Yo sí!—contestó Javier.

—¡Yo también!—gritó Iván.

—Y yo, somos tres—añadió Beatriz.

Lucas la miró.

—¿En serio? ¿No se te va a arruinar el peinado?

Beatriz entrecerró los ojos y lo miró.

—¿Tienes miedo de que te gane?

Iván se rio bajito. Javier le dio un codazo.

—Cuenta conmigo—propuso Lucas, aunque lanzó un vistazo de anhelo a su patineta.

El Sr. J. A. miró a Manuel.

—Oh, yo soy pésimo con el deporte—declinó Manuel, agitando las manos en el aire—. Al parecer no coordino las manos y los ojos. Además, tengo asma. ¡Y miren!—señaló al cielo, que se estaba nublando rápidamente—. Creo que va a llover pronto de todos modos.

—Qué raro. Hasta hace un momento había un sol espléndido—observó Beatriz, mirando al cielo con el ceño fruncido.

—Todavía no llueve—dijo el Sr. J. A.—. Tenemos tiempo para un partido.

—No sé…—vaciló Manuel.

—Vamos—alentó Iván, riendo—. Iremos suave contigo, lo prometo.

Manuel se quedó cerca de la canasta, mientras los demás chicos corrían por la pista botando y pasándose el balón.

De vez en cuando, alguien se lo tiraba y él lo lanzaba hacia la canasta.

Fallaba por mucho. Pero no parecía molestarle.

Era algo divertido. No recordaba la última vez que alguien lo había invitado a jugar a algo.

Por lo general, se quedaba en su cuarto, solo, trabajando en sus experimentos y en sus inventos. Era más fácil que lidiar con otros niños, porque siempre pensaban que él era demasiado raro.

Su padre lo obligaba a ir al centro recreativo. Daba cursos de verano en la universidad local y no le gustaba que Manuel estuviera solo en casa, sobre todo desde que casi la incendiara con un experimento científico que salió mal.

«Solo fue una pequeña explosión», le había explicado a su padre cuando volvió a casa. «Solo chamusqué un poco las cortinas». Su padre no fue precisamente comprensivo.

Así que ahora Manuel estaba condenado a pasar el resto del verano en el centro recreativo, atormentado por los abusones o, en el mejor de los casos, ignorado.

Había estado contando los días para que comenzaran las clases: ¡faltaban cinco!

Pero ahora, de repente, tenía amigos. Todo gracias a ese horrible incidente de la momia.

—¡Hey, Manuel, te toca!—Javier esquivó los movimientos de brazos agitados de Lucas y le pasó el balón a Manuel. Él lo atrapó, y la fuerza del pase casi lo deja sin respiración.

—¡Lanza!

Manuel vio que Iván venía hacia él. Entró en pánico, miró hacia arriba y lanzó el balón con un movimiento ascendente, por debajo del brazo. El balón entró por la red… al revés, desde abajo y salió por arriba.

Iván y Lucas cayeron al suelo muertos de risa. Javier agarró el balón y le dio una palmada suave en el hombro a Manuel.

—Solo necesitas práctica, amigo.

Manuel sonrió… pero su sonrisa se desvaneció cuando vio quién acababa de aparecer en escena.

Lorenzo cruzó la cancha con paso despreocupado y se sentó en el banco lateral. Estaba solo, sin su grupo de matones. Manuel nunca lo había visto solo antes. Los ojos amenazantes de Lorenzo parecían perforarle el estómago.

—Eh, chicos, creo que ya me voy a ir para adentro—indicó Manuel. Le costaba respirar—. Solo es mi asma. Necesito mi inhalador.

Como si el cielo respondiera a su dilema, una gota de lluvia cayó sobre sus gafas. Limpió el lente y entrecerró los ojos, mirando hacia arriba. Nubes oscuras se deslizaban por el cielo, devorando el último trozo de azul.

—Oh, miren, ya está lloviendo. Deberíamos entrar, ¿no?

—No está lloviendo tanto —replicó Iván.

—¡Además, no puedes irte a mitad de partido!—reprobó Lucas.

—Bueno, yo… yo… en realidad no creo que…—balbuceó Manuel, retrocediendo un poco en la pista. Lucas siguió su mirada y vio a Lorenzo sentado en el banco, observando. Asintió con la cabeza comprendiendo lo que ocurría.

—No te preocupes, mi padre está aquí. Lorenzo no va a hacer nada.

Javier botó el balón un par de veces, pero antes de que pudiera lanzar, el Sr. J. A. hizo sonar su silbato y extendió las manos pidiendo el balón. Javier se lo hizo llegar de un bote.

Manuel respiró aliviado… tal vez sí iban a entrar después de todo. Gotas gruesas de lluvia empezaban a caer, dejando manchas oscuras en la cancha.

Pero entonces, el Sr. J. A. se giró hacia Lorenzo.

—Oye, Lorenzo. ¿Te apetece jugar?

Los cuatro chicos se quedaron congelados.

—¿Qué?—susurró Manuel, con las rodillas literalmente chocando entre sí.

—Vamos—alentó el Sr. J. A., ignorando por completo el temor evidente de Manuel.

—Papá, de verdad no queremos que él juegue—murmuró Lucas con voz ronca.

—Si él juega, yo no juego—decidió Iván—. Jugará sucio y probablemente nos mate.

Lorenzo se levantó, como si fuera a aceptar la invitación. Los chicos se tensaron. Pero entonces Lorenzo les hizo un gesto con la mano, negó con la cabeza y se alejó arrastrando los pies.

Los hombros de Manuel se relajaron, y respiró un poco más tranquilo. Tal vez no necesitaría su inhalador después de todo. El peligro parecía haber pasado.

— Vamos , ¡sigamos jugando!—gritó Iván.

Un fuerte trueno retumbó sobre sus cabezas. Todos los chicos dieron un salto, sobresaltados.

El Sr. J. A. miró hacia arriba.

—Parece que viene tormenta—comentó.

—Lo sabía—exclamó Manuel con entusiasmo—. En serio, deberíamos entrar. Los rayos mortales son un veintidós por ciento más comunes durante las actividades deportivas al aire libre…

Nubes oscuras y pesadas avanzaban con rapidez.

A su alrededor todo se oscureció de repente, como si una cortina gigante se hubiera cerrado sobre el cielo.

El estallido de otro fuerte trueno. Una ráfaga de viento los tomó por sorpresa y le arrebató el balón de las manos al Sr. J.

A. La pelota rebotó hasta llegar a Manuel, quien logró atraparla antes de que se escapara.

La sostuvo con fuerza mientras otra ráfaga de viento casi lo tumba.

El Sr. J. A. hizo sonar su silbato.

—¡Todos adentro!—gritó mientras un rayo cruzaba las nubes oscuras sobre ellos.

La lluvia salpicó sobre la cancha de baloncesto. Con otro ruidoso trueno, las nubes parecieron abrirse, derramando lluvia desde un cubo celestial.