Capítulo 19 - A de App
I ván vio a Lucas en el parque de skate y corrió hacia él.
—¡Hey!—gritó emocionado.
Lucas giró sobre su patineta y lo miró con una expresión neutra.
Por un segundo, Iván pensó que Lucas no sabía quién era, y estuvo a punto de sentirse muy tonto ahí parado, saludando con la mano.
Pero entonces, el chico levantó la mano en un pequeño saludo, e Iván soltó un suspiro de alivio.
Lo vio dirigirse hacia él, dar una vuelta y lanzar su tabla al aire, atrapándola con una mano.
—Hey—saludó Lucas. Levantó un poco la barbilla, su forma de saludar. A Iván le pareció genial.
—Hey—respondió Iván. Javier también se acercó, con las manos en los bolsillos. No dijo nada al principio, solo sonrió un poco forzado.
—¿Qué hay?—preguntó Lucas.
Javier se encogió de hombros.
—No mucho. ¿Y tú?
Lucas también se encogió de hombros. Se miraron entre sí, sin hablar, como si ya supieran lo que los otros estaban pensando. Entonces, como si fuera una señal invisible, los tres estallaron en una risa nerviosa. La incomodidad que sentían un momento antes se desvaneció.
Juntos caminaron hacia una mesa de picnic y se sentaron. Lucas apoyó su patineta contra el banco. Javier sacó su teléfono y le mostró la app .
—Es raro—comentó Lucas—. Yo también tengo eso en mi teléfono.
Sacó el móvil del bolsillo para mostrárselo.
—Apareció ayer. INVISIBLE. No sabía qué significaba, pero luego vi que también tenía el Blasón.
—¿La abriste?—preguntó Iván.
—Sí. Pero solo eran muchas imágenes revueltas. Pensé que estaba dañada, así que la eliminé. Pero esta mañana, cuando revisé el teléfono… estaba ahí otra vez.
—¡Vaya!—exclamó Iván—. Lo mismo que tus botas. Quizás no se puede perder.—Se giró hacia Javier—. Ábrela.
Javier desbloqueó su teléfono y abrió la app .
Esperaron todos tensos, como si pensaran que podrían ser absorbidos por el teléfono en cualquier momento.
Pero no vieron más que una serie de patrones y símbolos extraños, tal como había dicho Lucas, como un rompecabezas con todas las piezas mezcladas.
Javier tocó la pantalla varias veces, pero la imagen no cambió.
—Qué raro—opinó Iván—. Pero ¿saben qué? Me recuerda un poco al Libro… las palabras revueltas. Ruaj tuvo que ordenarlas para mostrarnos nuestras instrucciones.
—Tal vez solo Ruaj pueda hacerlo—argumentó Javier.
—¿Y qué hacemos, lo llamamos? ¿Cómo se hace eso?
—Creo que con Ruaj es más bien «No me llames, te llamo yo»—añadió Javier. Todos se rieron.
—¿Qué hacen?—Beatriz apareció de repente y se dejó caer en el banco junto a Javier.
Llevaba su característica sudadera rosa con capucha, y sus labios brillaban con una nueva capa de brillo.
Su cabello rizado estaba recogido en una gruesa coleta.
Le sonrió a Javier, quien le correspondió y se hizo a un lado, empujando a Iván para hacerle espacio.
—Mira esto—indicó Javier, mostrándole el teléfono.
—¡Ah, sí!—contestó Beatriz. Sacó su teléfono del bolsillo—. Pensé que había perdido mi teléfono cuando nosotros… ya saben, pero cuando regresé seguía en mi bolsillo. Extraño, ¿eh? Cuando lo encendí, esa app estaba ahí. Yo jamás la descargué.
—¿Por qué crees que se llama INVISIBLE ?—preguntó Lucas.
—Creo que eso es Ahóratos… el mundo invisible. Está ahí, pero no podemos verlo a menos que estemos allí—explicó Beatriz.
—Ajá—asintió Iván, haciendo un gesto con la cabeza, aunque seguía un tanto confuso.
—¿La abriste?—le preguntó Javier.
—Sí, pero no tenía sentido. Así que la borré. ¡Pero volvió sola!
—Lo mismo me ocurrió a mí—señaló Lucas—. No podemos ir más allá de la primera pantalla.
—Intentemos hacerlo todos a la vez—sugirió Javier—. Tal vez eso hará que funcione.
Pusieron los tres teléfonos juntos y tocaron la app . Las tres se abrieron al mismo tiempo. Pero el resultado fue el mismo: nada más que patrones y símbolos extraños.
Justo en ese momento, Lorenzo y sus amigos pasaron por allí, lanzándole una mirada desagradable a Lucas. Los chicos escondieron rápidamente sus teléfonos, por si se les ocurría intentar robárselos, romperlos o algo así.
—Ahora la tiene conmigo—indicó Lucas.
—¿Ha ocurrido algo?—indagó Javier.
Lucas les contó a los hermanos su encuentro con Lorenzo, y Beatriz añadió muchos detalles coloridos.
—¡Vaya! ¿Así que el tiempo volvió atrás para ti?—sonsacó Javier—. ¿Y tienes que volver a hacerlo?
—Sí. ¿No te ocurrió a ti lo mismo?
Javier movió la cabeza.
—Bueno, tal vez lo hiciera. Estábamos dormidos los dos.
—¿Crees que tenemos que volver a Ahóratos?—susurró Iván.
—Eso espero—contestó Beatriz, deseando en secreto que en su próxima visita no hubiera un grobel de arena o unas malvadas maribuntas.
—Hola, chicos.
Alzaron la vista y vieron a Manuel, el rarito, de pie frente a ellos, sonriendo incómodo. Vestía una camiseta que decía «Einstein Rocks» y cargaba su bandolera. Se subió las gafas que resbalaban sobre el puente de su nariz.
—Hola—respondió Lucas—. ¿Qué hay?
—¿Puedo… hablar con ustedes? Solo un segundo. No quiero interrumpir.
—No te preocupes—lo tranquilizó Lucas. Estaba un poco sorprendido.
Manuel nunca había intentado hablar con él antes.
O quizá sí, pero él había estado demasiado ocupado con sus propios amigos como para prestarle atención.
Echó un vistazo a sus amigos patinadores, esperando que no estuvieran mirando.
Luego se movió para que Manuel pudiera sentarse a su lado.
—Estos son mis amigos: Ha… Beatriz, Javier e Iván.
—Mucho gusto—saludó Manuel, colocando su bandolera sobre sus piernas.
—Hola—le respondieron todos al unísono.
—Gracias de nuevo por lo de ayer—le dijo Manuel a Lucas y Beatriz—. Fue realmente… increíble. Y muy amable. Quiero decir, nadie había hecho algo así por mí antes…
—No fue nada—argumentó Lucas, un poco incómodo.
—Pero yo… bueno, no estoy muy seguro de cómo preguntar esto, pero… vi algo mientras ocurría todo aquello que me llamó la atención. Miren, déjenme mostrarles.
Abrió su bandolera y sacó un libro grande y polvoriento.
—¡Oye, yo tengo ese libro!—exclamó Iván. El libro tenía el Blasón de Ahóratos en la portada.
—Yo también—señaló Beatriz—. ¿Cómo lo conseguiste?
—Mi madre me dio este libro—explicó Manuel—, antes de…
bueno, me comentó que su padre se lo había dado a ella, y el padre de él se lo había dado a él.
Dijo que era un libro especial, pero yo nunca lo leí en realidad.
Me parecía demasiado infantil, con esas letras grandes y esos dibujos.
De costumbre solo leo libros de ciencia—hizo una pausa, sonriendo un poco avergonzado—.
Pero cuando vi este símbolo en tu camiseta ayer…
—¿En mi camiseta?—repitió Lucas, sorprendido.
—Sí, en la parte de atrás de tu camiseta, y en la de ella también. Lo recordé, así que…
—Mi camiseta tenía un diseño de Tony Hawk—corrigió Lucas.
Los ojos de Manuel, que ya eran grandes detrás de sus gruesas gafas, se agrandaron aún más.
—Quizás lo imaginé. Lo siento mucho—se disculpó, guardando el libro apresuradamente en su bandolera y levantándose para irse.
—Espera.—Javier lo detuvo. Lucas e Iván lo miraron con desaprobación. Javier se inclinó hacia ellos y les habló en voz baja—. Él vio el Blasón, igual que nosotros.
—Pero no estaba en mi camiseta—recalcó Lucas.
—Aun así, él lo vio . Así que debe saberlo. Quiero decir que tal vez está destinado a saber sobre ello. Él también tiene el libro. Deberíamos decírselo.
—Pero no fue llamado—insistió Lucas.
—Quizás ese sea nuestro trabajo—respondió Javier.
Lucas se quedó callado.
Manuel seguía de pie junto a la mesa de picnic, con su bandolera en la mano, mirándolos incómodo.
—Siéntate Manuel—lo invitó Javier—. Tenemos que… contarte algo.
—¿Contarme qué?—Manuel se sentó de inmediato, echándose hacia delante con atención.
—Lo que viste—aclaró Javier lentamente, buscando las palabras adecuadas—era el Blasón de Ahóratos.
—¿Un… blasón?
—Ahóratos, en ese libro que tienes. Es un lugar real. Y hemos estado allí.
—¿En serio?—Los ojos de Manuel se abrieron de par en par.
Sacó una libreta de su bandolera y empezó a tomar notas.
Los chicos comenzaron a contarle todo lo que había sucedido en Ahóratos, sobre Ruaj, incluso sobre Tanín.
Después de un rato, Manuel dejó de escribir y se limitó a escuchar, tratando de absorber toda esa información, sin estar seguro de poder creerla o no.
—Ustedes… no se estarán quedando conmigo, ¿verdad?—preguntó cuando terminaron.
Iván frunció la nariz.
—¿Quedarnos contigo?—preguntó—¿Quieres decir quedarnos aquí contigo?
—Es una forma de hablar—rebatió Manuel, volviendo a sonrojarse—. Mi mamá…—No acabó la frase. Se hizo un silencio incómodo.
—No pasa nada. Mi mamá también usa expresiones raras—añadió Iván intentando ser amable.
—Siento lo de tu madre—dijo Lucas.
Manuel se encogió de hombros.
—Tal vez deberías venir con nosotros—opinó Lucas—. La próxima vez que vayamos. Me refiero a que si necesitas una prueba…
— Si vamos—corrigió Javier—. ¿Y si no nos vuelven a llamar?
—Todavía tenemos que obtener nuestras espadas—explicó Iván—. Y nuestros escudos.
—Y los cascos—añadió Lucas.
—Pero, ¿cómo podemos regresar allí—preguntó Beatriz.
—Ruaj vino a nosotros cuando estábamos dormidos—comentó Iván.
—Yo no estaba dormido—contradijo Lucas.
—¿Estás seguro?
—¡Estoy totalmente seguro! Vimos el Blasón sobre la cabeza de Lorenzo y lo agarramos…
—Lo… ¿agarraron?—repitió Manuel.
—Habi y yo.
—¿Habi?—Los ojos de Manuel se achicaron, y empujó sus gafas que se deslizaban por su nariz.
Lucas señaló a Beatriz. Ella puso los ojos en blanco.
—Tal vez podría crear un modelo del Blasón en la computadora—sugirió Manuel—. Como una simulación en 3D. Entonces podríamos…
—¿Saltar a la pantalla de la computadora?—se burló Javier con una risita—. ¿De verdad?
La expresión en el rostro de Manuel mudó.
—Solo era una idea.
—Quizás si hicieras una proyección holográfica…—empezó a decir Lucas. Conocía la inclinación de Manuel por los proyectos científicos. Imaginaba que si alguien podía hacerlo era él.