Capítulo 18 - El despertar
I ván se incorporó en la cama de repente.
Un brillante rayo de sol entraba por la ventana.
Era por la mañana. Miró al suelo, donde seguían su libro y la linterna.
Todo parecía igual que cuando se había ido a dormir.
Quizá nada de aquello había pasado en realidad.
Solo había sido un sueño. Suspiró, decepcionado.
Sacó las piernas de la cama y sintió un escalofrío.
Tenía las piernas frías. Una un poco más que la otra.
Bajó la vista a su pijama, el mismo pijama de caballero que usaba todas las noches, salvo cuando mamá lo echaba a lavar. Y fue entonces cuando notó que en una pierna estaba roto.
Recordó que, cuando se cayó corriendo entre los árboles, una gran rama se le había caído encima, y Javier desgarró la prenda para poder sacarlo.
Así que, después de todo, sí había sucedido en realidad.
Todavía no estaba del todo seguro. Se levantó y fue a mirar el patio trasero.
Todo parecía bastante normal. Ahí estaba el estanque, reluciendo bajo el sol de la mañana.
Iván se preguntó de pronto si Tanín estaría durmiendo ahí abajo.
Tanín … sonrió para sí. Ya no creía tener que asustarse más del monstruo del lago Ness.
Pero algo era diferente. Se quedó mirando por la ventana, intentando descubrir qué era. Sus ojos recorrieron el patio trasero, tan familiar, durante unos segundos.
Entonces lo vio. El árbol. El enorme roble con el columpio de neumático. Estaba partido justo por la mitad y ennegrecido, como si… lo hubiera alcanzado un rayo .
Iván se quedó inmóvil… El asombro por todo aquello, el terror, la belleza y la aventura regresaron a él. Y, ahora, su pijama roto. Y el roble destrozado en el patio.
Entonces… después de todo, ¡no había sido un sueño!
Era real. Había estado en Ahóratos. Realmente era un príncipe. Un príncipe guerrero.
Se arrodilló y sacó su armadura de juguete de debajo de su cama.
Suspiró, decepcionado. No se había transformado en su nueva armadura.
Al menos, todavía no. Ruaj había dicho que algún día podrían llevarse su armadura con ellos.
Eso significaba que regresarían a Ahóratos.
Ruaj volvería a buscarlos. Estaba seguro de ello.
Javier… tenía que hablar con él. Corrió a la habitación de su hermano, pero no estaba allí.
Qué raro. Por lo general solía dormir hasta tarde.
¿Se habría ido otra vez a Ahóratos? Iván sintió que se le formaba un pequeño nudo de enojo en el estómago al pensarlo.
Sigue las sendas antiguas y hallarás la paz.
Iván se relajó al escuchar la voz de Ruaj en su mente.
Sabía que ya no tenía que enfadarse por cosas así.
Se vistió y bajó corriendo a la cocina. Se sintió aliviado al ver a Javier sentado en la isla de la cocina, a medio desayunar, con un tazón de cereales. Javier levantó la vista cuando Iván entró, pero no sonrió. Su madre se estaba sirviendo una taza de café.
—Ahí estás, dormilón—le dijo ella—. Estaba a punto de subir a despertarte.
—¿Qué le ha pasado al árbol?—preguntó Iván. Las cosas no terminaban de encajarle. Javier no parecía muy distinto… seguía ignorándolo.
—Una tormenta fuerte anoche. ¿No la oíste?—preguntó la madre—. Me temo que un rayo alcanzó a ese viejo árbol. Qué pena. Sé que a ustedes les encantaba. He llamado a la empresa de jardinería para que lo retiren.
Iván miró a Javier. Finalmente, su hermano mayor le sostuvo la mirada. Sonrió apenas un poquito, y asintió. Un intercambio del que su madre no se percató.
—Sí—comentó Iván—. Debió de ser una tormenta muy fuerte.
Terrible.
—Me sorprende que no te despertara—añadió la madre.
—Sí, a mí también.—Iván se sentó para servirse un tazón de cereales—. Oye, mamá, ¿podemos ir al centro recreativo hoy?—preguntó—. Quiero decir, ¿me dejas?
—Claro, cariño—respondió mamá—. ¿Javier, tú también quieres ir?
—Sí—respondió Javier con indiferencia—. Está bien.
Javier se levantó para dejar su tazón en el fregadero. Le echó un vistazo a Iván, que comía sus cereales. Se le veía tan feliz. Pero él se sentía extraño desde que se despertó, como molesto por algo. Y sabía lo que era.
La verdad lo mantiene todo unido.
En Ahóratos, el cinturón había sido adecuado en toda situación. Siempre resolvía las cosas, incluso cuando nada parecía funcionar. Empezó a entender por qué se llamaba Verdad. Solo la verdad podría mantenerlo unido a su hermano. Sabía que tenía que decirla. La verdad.
Se aclaró la garganta.
—Mamá.
—¿Sí, mi amor?—La madre se apoyó en la encimera, con la taza de café entre las manos.
—Tengo que contarte algo. Sobre ayer.
—Ah, ¿sí?
Javier vio que Iván lo miraba con ojos de preocupación… Obviamente pensaba que le iba a hablar a su madre de Ahóratos. Su hermano negó con un gesto leve de cabeza, para tranquilizarlo.
—Cuando Iván se metió en problemas por pelear… bueno, en parte fue culpa mía.
—Oh, ¿de verdad?
—Yo… lo provoqué un poco. Me estaba burlando de él por tener miedo. Lo siento.
La madre soltó un gran suspiro.
—Me alegra que me lo hayas comentado. Es lo correcto. Tal vez deberías quedarte hoy en casa. Tengo muchas tareas que podrías hacer…
—¡No!—interrumpió Iván—. O sea, no me importa lo que hizo.
Creo que estaba tratando de ayudarme… a su extraña manera.
Pero, de todos modos, no quiero que se quede en casa.
Yo ayudaré también con las tareas, así podemos ir los dos al centro recreativo.
¿Vale, mamá?—Le sonrió con encanto. Ella lo miró con los ojos entornados.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Iván?
Iván puso los ojos en blanco.
—Mamáaa…
—Está bien, está bien—accedió la madre, echando una mirada rápida a Javier—. Les haré una lista y, cuando hayan acabado, pueden ir al recreativo.
—¡Genial!—Iván estaba agradecido. Ahora, él y Javier tendrían tiempo para hablar de lo que había pasado sin el riesgo de que algún adulto los oyera.
—Pero no se olviden, la escuela empieza la próxima semana y todavía tenemos que hacer las compras.
—De acuerdo—asintió Iván con pesar. No le entusiasmaba la idea de ir a una escuela nueva y tener que volver a hacer amigos. Sabía que a Javier tampoco. Pero al menos conocían a Lucas y a Beatriz… Eso ayudaría.
Javier e Iván iban en el asiento trasero de la camioneta rumbo al centro recreativo. La madre llevaba la radio encendida y cantaba al ritmo de la música.
—Encendí el teléfono esta mañana cuando me desperté—le susurró Javier a su hermano—. Y apareció esto. Le mostró la pantalla a Iván, cuyos ojos se abrieron como platos.
—¿Lo has descargado tú?
En el teléfono había una aplicación que no había estado antes. La palabra INVISIBLE aparecía en letras mayúsculas debajo de un símbolo familiar.
—¡Es el Blasón!—exclamó Iván en voz baja para que su mamá no lo oyera—. ¡Tal vez lo envió Ruaj! ¡Increíble! ¿Cuál es su función?
—No lo sé. Me da miedo abrirla.
—¡Tal vez nos lleve de vuelta a Ahóratos!
—¿Una app?
—¡Claro! ¡Pruébala!
—¡Estamos en el auto! Si desapareciéramos ahora mismo, mamá se asustaría y probablemente chocaría contra un árbol. Mejor esperemos a llegar.
Iván se dejó caer sobre el respaldo del asiento con resignación.
—Está bien.