Capítulo 17 - Vuelta a empezar
L ucas se puso de pie y miró a su alrededor, parpadeando. Estaba sentado en el banco fuera del edificio del centro recreativo, observando a los skaters . Tenía su cuaderno de dibujo en la mano. Miró al cielo. Al ocaso. Le sonaba familiar. ¿Estaría en…?
—Hola.—Beatriz se sentó a su lado.
La miró, pero no le habló. Se miró las manos, los brazos. Parecían normales. Las sentía normales. Levantó los dedos, y uno de ellos tenía algo en la punta. Lo tocó; era duro como el metal.
—Así que… sucedió de verdad—musitó.
—¡Claro!—. Beatriz balanceaba las piernas y miraba con indiferencia a la distancia.
—Pero, ¿cómo puede ser que estemos de nuevo en el momento anterior a marcharnos?
Por lo que él sabía, la escena que se estaba desarrollando era una repetición de los sucesos de aquel mismo día.
—No lo sé. Supongo que el tiempo ha retrocedido—respondió Beatriz encogiéndose de hombros—. Puede ocurrir.
—¿Ah sí?
Ella le devolvió la mirada.
—¿Por qué no?—Sonrío—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, creo que sí.—Volvió a apoyar la cabeza en la pared—. Desde luego, metí la pata.
Beatriz pensó por un momento cómo responder. Su mejor amigo había cometido un error, pero él ya lo sabía. No necesitaba restregárselo.
—Yo también—añadió después de unos segundos—. Llevé a Iván directo a un ataque de maribuntas. Sin la armadura, habríamos estado perdidos.
—Pero tú… tú descubriste cómo romper el agarre del Impostor sobre mí.
—Sí, ¿qué te parece?—respondió Beatriz con una sonrisa—. A veces cometemos errores, pero tenemos otra oportunidad. Y tal vez, brillemos un poco.
Lucas negó con la cabeza.
—No, para mí se ha acabado.
—¿Qué quieres decir?
—Ruaj no me vuelve a encargar una misión ni en sueños.
—Lucas, sabes que eso no es cierto. Él mismo lo aseguró. Y tu padre también—. Hizo una pausa—. ¿Puedes creer que tu padre sea un príncipe guerrero?
—Sí, mi padre es genial… supongo.
Guardaron silencio durante un momento, mirando a los skaters.
—Bueno, ¿qué hacemos ahora?—preguntó Lucas por fin.
—Creo que es hora de que salgas a patinar—respondió Beatriz—. Y yo entro a decorar. ¿Está bien?
—Sí, imagino que sí. Pero no me apetece patinar ahora.
—¿Demasiado cansado?
—No, pero me duele un poco el estómago.
—Es que comiste mucho helado.
Un alboroto en el interior los interrumpió: una risa estruendosa y gritos. Los skaters dejaron las patinetas y miraron a su alrededor.
—Esos son Lorenzo y sus amigos—afirmó Beatriz con una fuerte sensación de déjà vu —. Qué raro es todo esto, ¿verdad?
—Sí—reconoció Lucas—. Parece que tenemos que entrar ahí.
—Sí.
Los patinadores ya corrían hacia el edificio. Lucas y Beatriz se levantaron y los siguieron. Era la misma escena de la última vez; ¿sería quizás en realidad la primera vez? ¿Estarían teniendo una segunda oportunidad? Lucas no estaba seguro. Solo sabía que algo tenía que ser diferente.
Lorenzo se estaba burlando de Manuel mientras los demás chicos se reían y señalaban. «¿Extrañas a tu mamá?».
La estudiante universitaria, María Sáenz, salió de la oficina, con un latte en una mano, y un teléfono móvil en la otra. «¿Qué está pasando aquí? ¿Qué están haciendo, chicos?».
Beatriz le tiró del brazo a Lucas.
—¿Qué se supone que debemos hacer?
Lucas pensó en las instrucciones que le habían dado en Ahóratos: Ancha es la puerta a la destrucción. Ahora sabía lo que significaba: El camino correcto no siempre es el más fácil.
Todos los niños se reían. Jorge lo agarró por el codo y susurró:
—¿Has visto eso?
Lucas miró a sus amigos, los chicos con los que pasaba el tiempo todos los días.
Todos se burlaban de Manuel, con sus gafas rojas y su enorme mochila que llevaba a todas partes.
Usaba zapatos anticuados y pantalones que nunca llegaban a sus tobillos.
Lucas ni siquiera entendía por qué iba Manuel al centro recreativo: ni hacía deportes ni jugaba.
Lucas se había reído siempre con los demás muchachos.
Pero ahora, contemplando al niño envuelto en papel higiénico luchando en el suelo, recordó cómo se sentía: estaba atrapado, incapaz de moverse, indefenso, mientras alrededor de él todos aquellos horribles Entes lo observaban, probablemente riendo, si es que aquellas cosas se reían en realidad.
Imaginó lo que harían todos esos chicos si lo hubieran visto luchar.
Y luego se preguntó qué diría Ruaj, de haber podido verlo ahora, de pie en el borde del círculo, sin hacer nada. Solo mirando.
Pero es posible que Ruaj sí pueda verme, ¿verdad?
Lucas respiró hondo.
—Oye, ¿a dónde vas?—le preguntó Miguel, al ver que se abría paso entre la multitud de espectadores hacia el centro de la sala.
Se plantó frente a Lorenzo, con la respiración lenta, con la esperanza de que nadie notara cómo temblaba por dentro.
En torno a él, los niños se quedaron en silencio, preguntándose qué iba a hacer.
—Quítate de ahí, estúpido—le increpó Lorenzo, adelantándose para empujarlo a un lado.
—No—se negó Lucas. Lorenzo lo miró fijamente, con sorpresa e ira reflejadas en su rostro.
Lucas se giró hacia los demás chicos—. ¿De verdad creen que esto es gracioso?
—Miró a sus amigos skaters ; ellos lo observaban, con el ceño fruncido, como si pensaran que se había vuelto loco—.
¿Y si estuvieran ustedes en el lugar de ese chico? ¿Se estarían riendo?
Silencio. Los muchachos lo miraban, asombrados. La señorita Sáenz también parecía perpleja. Abrió la boca, pero no salió nada.
Me van a hacer picadillo, pensó Lucas.
Las palabras de Ruaj volvieron a él: Tienes todo lo que necesitas.
Tengo todo lo que necesito, se repitió Lucas. No necesito ser más grande, más fuerte ni más inteligente. Solo tengo que hacer lo correcto.
Levantó la mirada con la esperanza de ver el Blasón brillando sobre la cabeza de Lorenzo, como había sucedido antes.
No estaba allí. Pero pensó que podía sentir la presencia de Ruaj a su alrededor, la mano blanca y resplandeciente que había calentado su brazo y lo había sanado.
Se irguió un poco más. Sintió una oleada de algo parecido al valor que fluía a través de él.
Se volvió hacia Lorenzo.
—¿Quieres meterte con alguien, Lorenzo? Métete conmigo.
Un murmullo recorrió la multitud; nadie se movió.
Excepto Beatriz.
—Sí—recalcó, dando un paso hacia Lucas y cruzándose de brazos, desafiante—. Conmigo también.
Permanecieron delante del matón, sin titubear.
Las cejas de Lorenzo se juntaron de rabia.
Cerró los puños como si estuviera a punto de sacarlos a ambos de allí.
Pero antes de poder hacer el más mínimo movimiento, otra de las chicas pasó al frente y se puso junto a Lucas y Beatriz.
Su nombre era Isabel, recordó Lucas. Era más o menos de su misma edad, aunque mucho más pequeña de estatura.
Pero se mantuvo recta junto a Beatriz, son las manos en jarra, como si ella también estuviera lista para pelear.
Al ver a las dos chicas hacerle frente al matón, otros niños se movieron incómodos.
Por un momento, todos estaban en silencio.
Pero entonces, Miguel se puso al lado de Lucas, y después lo hicieron Jorge y Luis.
Uno por uno, más niños dieron un paso adelante y formaron un círculo de protección alrededor de Manuel, que estaba en el suelo, atisbando entre los pliegues del papel higiénico, anonadado.
La señorita Sáenz dejó caer su teléfono.
Hubo un largo silencio.
Los ojos de Lorenzo recorrieron la sala, vacilando por un momento, ligeramente, sin tener ya muy claro de tener el control.
Apretó los puños; sus brazos se tensaron, como si estuviera a punto de explotar.
Detrás de él, los matones se movían nerviosos.
La tensión en el aire se podía cortar con cuchillo.
Finalmente, Lorenzo aflojó los puños, sacudiendo la cabeza. Soltó una risa bravucona y retrocedió, golpeando ligeramente a uno de sus amigos con el dorso de la mano.
—Vamos, chicos—instó—. Larguémonos.
Lorenzo se dio la vuelta lentamente y salió del edificio. Después de un momento, sus tres amigos lo siguieron.
Lucas vio a su padre de pie en la puerta.
Los matones tuvieron que pasar junto a él al marcharse.
Los ojos del Sr. J. A. brillaban, pero sus labios se curvaron en una sonrisa tranquila y orgullosa.
Lucas respiró hondo; la primera inhalación completa en varios segundos, y miró a Beatriz.
Ella sonrió y lo abrazó. Él se apartó rápidamente, y se volvió hacia los demás que empezaron a reírse y a chocar los cinco mientras disfrutaban de su victoria tan esperada.
La señorita Sáenz se apresuró a ayudar a Manuel a levantarse del suelo y a despojarlo del papel higiénico. El chico miró a Lucas con una sonrisa tímida.
—Gracias—murmuró.
—No es nada.—Lucas se sintió de repente más ligero, mayor. Como si acabara de escalar una montaña—. Sé lo que es tener amigos que te ayudan cuando los necesitas.—Dirigió la mirada a Beatriz, que le sonrió.
—¿Quieres que llame a tu papá, Manuel?—preguntó la señorita Sáenz, haciendo una bola con el papel higiénico.
—No, gracias. Estoy bien.—Manuel se irguió y se ajustó las gafas, aunque seguían viéndose torcidas.
El Sr. J. A. se acercó a ellos y puso una mano sobre el hombro de Lucas. El muchacho creyó ver una lágrima en el ojo de su padre.
—¿Están bien, chicos?
—Sí—respondió Lucas.
—Genial—contestó Beatriz.