Capítulo 16 - El príncipe malvado
B ienvenidos de nuevo, guerreros.—Ruaj apareció por la puerta reluciente para saludarlos.
Javier, Iván y Beatriz corrieron a su encuentro, junto con el Sr. J.
A. Lucas se quedó en el suelo, contemplando el castillo con total incredulidad.
Estaba descalzo, y uno de sus brazos seguía siendo de metal hasta el hombro.
Cuando vio a Ruaj, bajó la cabeza, avergonzado.
—Nos alegra verte, príncipe Lucas—lo tranquilizó Ruaj, acercándose a él. Los demás niños observaban en silencio.
—No soy un príncipe—replicó Lucas—. No lo merezco.
—Hijo—corrigió el Sr. J. A., arrodillándose a su lado.—Ruaj no comete errores. Te ha llamado príncipe. Y también me llamó así hace mucho tiempo.
Lucas notó por primera vez que su padre llevaba puesta una armadura también.
—¿Tú?
—Y yo cometí un error mucho mayor que el tuyo, créeme. La mayoría de las personas lo hacen. Pero esa es la maravilla de ser un príncipe guerrero de Ahóratos. Incluso cuando cometes un error, puedes ser perdonado.
—Pero mira mi brazo—se lamentó Lucas, levantando su pesado brazo de metal con tristeza—. Y, además, perdí mis botas.
Tenía la cabeza agachada, por lo que no vio acercarse a Ruaj con un par de botas en la mano, idénticas a las que Lucas había dejado atrás. El hombrecillo las colocó delante de él—. ¿Te refieres a estas?
—¡Mis botas! ¿Cómo las encontraste?—preguntó Lucas.
—Nunca estuvieron perdidas. Solo las perdiste de vista—contestó Ruaj.
—¡No lo volveré a hacer!—prometió Lucas. Extendió la mano hacia las botas, pero sus duros dedos grises no pudieron agarrarlas.
—Déjame ayudarte—pidió Ruaj. Por primera vez, Lucas vio una mano salir de la manga del guía, al menos pensó que era una mano, aunque brillaba de un blanco plateado, con los dedos muy brillantes y suaves.
La mano resplandeciente tocó los dedos metálicos de Lucas.
Sintió que un escalofrío recorría su cuerpo como un calambrazo.
Se estremeció, pero no apartó la mano. El metal de su brazo se sintió cálido, como si se estuviera calentando.
Empezó a refulgir, rojo, y después se disolvió lentamente, primero como una capa metálica resbaladiza y húmeda, y después como un polvo fino que cayó, revelando su propia piel bronceada.
Todos los niños observaron anonadados cómo el viento se llevaba el polvo metálico.
Lucas movió el brazo de un lado a otro, y sus dedos.
—Gracias—murmuró. Tocó cada uno de sus dedos. Pero quedaba un pequeño bulto de metal en la punta de uno de ellos, donde el Ente le había mordido.
—Quedará como recordatorio—explicó Ruaj.
El Sr. J. A. se inclinó hacia Lucas y se subió la manga.
Tenía un pequeño nudo metálico oxidado, del tamaño de una moneda de diez centavos, unos centímetros por encima del codo.
Lucas no había visto nunca antes esa cicatriz.
Sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos y parpadeó con rapidez, esperando que los demás no lo notaran.
Su padre no dijo nada, solo envolvió a su hijo en un gran abrazo de oso.
—¡Yo también quiero uno!—pidió Beatriz. Corrió para abrazar también a Lucas.
—Cuidado con ella—le advirtió Iván a Javier, dando un paso atrás—. Le gusta mucho abrazar.
Javier sonrió levemente.
—Ahora, cálzatelas—ordenó el Sr. J. A.—. Y no te las quites.
Lucas se puso las botas, y se levantó tambaleándose. Los demás niños sonrieron felices.
—Gracias a todos ustedes por venir a buscarme—agradeció Lucas—. De verdad han sido… muy valientes.
—Bah, no ha sido nada—respondió Iván—. Pan comido.
—Sí, pan comido—recalcó Javier.
—Hablando de pan y de comer…—comentó Iván mirando a Ruaj—. ¿Hay…?
La cabeza encapuchada de Ruaj asintió.
—Y también helado—confirmó con un toque de humor en su voz habitualmente severa—. Más vale que entremos antes de que se derrita.
Extendió los brazos y la gran puerta se abrió de par en par. Los cuatro niños entraron corriendo al salón, donde la larga mesa seguía cargada de comida: parecía que nadie hubiera comido nada todavía.
Lucas se sentó frente a un enorme tazón de helado y comió hasta sentirse enfermo. Era la mejor sensación que había tenido jamás.
—Hmmm, ¿puedo hacer una pregunta?—preguntó Javier una vez hubieron comido hasta saciarse—.
Los árboles negros, los socavones, el grobel de arena y los Entes, ¿por qué están aquí?
Quiero decir, ¿por qué la Fuente les permite existir?
¿Acaso no puede hacer que desaparezcan, y ya está? ¿No puede destruir Skotos de una vez?
Ruaj guardó silencio por un momento. Todos los niños lo observaron. Siempre resultaba difícil saber qué miraba exactamente el hombrecillo.
—En un tiempo—comentó por fin, con una voz más suave y sosegada de lo habitual—había armonía en Ahóratos.
Un gran príncipe llamado Poneros gobernaba el reino.
Pero no se contentó con ello. Quiso más.
Quiso usurpar el Trono Supremo que pertenecía a la Fuente.
Reunió a muchas de las criaturas de Ahóratos de su parte, prometiéndoles que tendrían más libertad y poder si él fuera su soberano. Muchos eligieron creerle.
—Poneros reunió sus fuerzas y se rebeló contra la Fuente.
Hubo una guerra terrible, y él perdió. Pero en vez de destruirlo por completo, la Fuente reveló su infinita justicia, su rectitud, su misericordia y su amor, y se limitó a desterrarlo al otro lado del abismo.
Allí debe quedarse Poneros hasta el tiempo del Retorno, cuando la Fuente se revele a todo el mundo.
Entonces habrá una gran conmoción, y todos los que hayan elegido a Skotos serán aniquilados. Poneros sabe que le queda poco tiempo.
—Pero aún no ha abandonado su misión. Ha reclutado a muchos para su causa. Ha tomado muchos prisioneros y ha arruinado muchas vidas. El Impostor con el que te encontraste, Lucas, es uno de los soldados de Poneros. Hay muchos más de los que se pueden contar, y pueden adoptar muchas formas.
—Sí, ya lo sé—reconoció Lucas en voz baja—. Era idéntico a mí al principio.
Beatriz lo miró fijamente.
—No, era una especie de cosa, un monstruo de metal. Todos lo vimos.
Lucas sacudió la cabeza.
—Cuando lo vi primero… él… era un niño. Y tenía el mismo aspecto que yo.
Como si fuera mi clon. ¡Y llevaba un skate !
Vestía mi camiseta. Su cara y sus manos, todo era idéntico a mí.
Pensé que tal vez me lo estaba imaginando.
Pero entonces, me habló , y su voz era igual a la mía.
Me aseguró que me iba a ayudar. Me hizo que…
tomara su mano. Pronunció las últimas palabras casi en un susurro.
Los demás se quedaron boquiabiertos, sin saber cómo responder.
La capucha de Ruaj asintió.
—Los Impostores, como su maestro, son sobre todo grandes engañadores. Por eso siempre deben seguir el camino de la armadura, porque a veces el peor enemigo… eres tú mismo—El mensaje era claro.
Lucas no podía ver los ojos de Ruaj, pero podía sentir que lo miraba. Asintió lentamente.
—Tienes toda la razón—reconoció.
—Pero ¿qué quiere ahora ese Poneros?—preguntó Javier—. Sabe que nunca podrá gobernar Ahóratos, ¿verdad? Ya ha sido derrotado.
—Así es, y él lo sabe muy bien. Su única esperanza es poner al mundo entero en contra de la Fuente.
Y a aquellos como ustedes, que han elegido el camino de la armadura, los quiere engañar y disuadir de experimentar la alegría de la victoria que la Fuente ya ha obtenido.
Por esa razón es necesario que se reúnan más guerreros contra él y contra su causa.
Por cada victoria conseguida aquí, se experimenta una allí, en la tierra.
—Pero, ¿qué podemos hacer nosotros?—preguntó Beatriz—. Quiero decir, solo somos niños.
—Empieza por ustedes—señaló Ruaj. Cruzó los brazos dentro de su túnica de manera que, de repente, pareció muy pequeño de nuevo—. Deben regresar ahora. No tengan miedo. Recuerden que tienen todo lo necesario.
Ruaj se dio media vuelta, y las puertas blancas y resplandecientes se abrieron para dejarlo pasar.
—Pero, ¿conseguiremos regresar?—le preguntó Beatriz mientras se iba.
—¿Y recibiremos espadas?—añadió Iván.
—¿Qué hay de los unicornios?—insistió Beatriz.
Ruaj no respondió. La puerta se cerró tras él. Todos se quedaron mirándola unos momentos, sin saber qué hacer a continuación. Beatriz fue la primera en darse la vuelta.
—¡Miren!—gritó Beatriz. La mesa con la comida había desaparecido.
—¿Dónde ha ido?
Los niños se agruparon, y el Sr. J. A. con ellos.
Las paredes parecían desvanecerse, fundiéndose con las nubes, de manera que pronto no pudieron ver más que nubes y luz en todas las direcciones.
Las nubes los rodearon, volviéndolo todo blanco y amorfo.
Insoportablemente resplandeciente, como si estuvieran mirando al sol de cara.
—Cierren los ojos—dijo el Sr. J. A. Obedecieron.