Capítulo 15 - Dentro de la cúpula
¡H ijo! ¡Espera! ¡Ya voy!
Desde lo alto, sobre la superficie de la cúpula, el Sr. J.
A. vio a su hijo atrapado hasta la cintura en la tierra, como si hubiera caído en cemento.
Su brazo estaba sujeto por la garra de una gran figura metálica, y el metal se había extendido hasta la mitad del brazo de Lucas.
El muchacho luchaba por liberarse, pero parecía muy débil, como si no solo hubiera perdido la fuerza, sino también las ganas de pelear.
El Sr. J. A. golpeó la cúpula y gritó de nuevo, pero Lucas no podía oírlo.
Los otros niños se deslizaron desde la espalda de Tanín hasta la superficie invisible y se arrodillaron junto al Sr. J. A.
—¡Lucas!—gritó Beatriz, sorprendida al verlo en medio de un problema tan grande.
—¡Tengo que bajar ahí ahora mismo!—El Sr. J. A. se levantó y se acercó a Tanín, susurrando con énfasis en el pequeño oído de la criatura.
—Esta superficie es sólida. ¿Cómo vas a…
?—comenzó a preguntar Iván. Antes de que pudiera terminar la frase, el enorme monstruo marino abrió su boca y exhaló una corriente de fuego azul que cayó sobre la cúpula, con el ruido de un gigantesco soplete.
La superficie invisible, similar al vidrio, se derretía poco a poco, creando un agujero irregular, con los bordes chamuscados de negro.
Los niños levantaron los brazos para protegerse del calor abrasante.
El Sr. J. A. le habló de nuevo a Tanín, y la criatura cerró la boca, deteniendo el fuego, aunque el humo seguía saliendo de sus fosas nasales.
—¡Lucas!—le gritó el Sr. J. A. a su hijo a través del nuevo agujero que Tanín había abierto. Su voz resonó varias veces—. ¿Puedes oírme, hijo? ¡Voy a salvarte! ¡Tú solo aguanta!
Lucas miró hacia arriba, y el Sr. J. A. pudo ver el miedo y la desesperación en su rostro. El chico intentó hablar, pero su voz era tan débil que no alcanzó a oírse, ni siquiera en los ecos.
—Si Tanín agranda el agujero, tal vez podría pasar por él y llevarnos allí abajo—murmuró Javier.
—No podemos hacer eso—respondió el Sr. J.
A.—. La cúpula podría romperse y lastimarlo.
¡Denme todos sus cinturones!—La voz del Sr. J.
A. era áspera y sin matices, tan diferente a su tono de costumbre, profundo y lleno de humor.
Los niños se pusieron en acción de inmediato, quitándose los cinturones y entregándoselos.
—¿Qué vas a hacer?—preguntó Beatriz. Pero el Sr. J.
A. no respondió. Colocó los cinturones uno a continuación del otro, y se fusionaron, creando una única correa larga.
El Sr. J. A. introdujo un extremo en la boca de Tanín.
El animal lo apretó con fuerza, como si ya supiera lo que el hombre pretendía hacer.
El Sr. J. A. envolvió con rapidez el otro extremo del cinturón alrededor de su propia cintura.
—Pero, ¿qué estás…?—quiso saber Javier. El Sr. J. A. desenvainó su espada y la levantó en alto. La larga y resplandeciente hoja relució a la luz del sol.
—¡Guau!—Iván se quedó boquiabierto al ver la espada y anhelando en secreto tener la suya.
Sin más palabras, el Sr. J. A. saltó al interior del domo, con la espada todavía en el aire.
El cinturón se estiró como una cuerda elástica conforme descendía.
Los tres niños observaban, conteniendo la respiración, hasta que el hombre tocó el suelo duro, rebotando una y otra vez, y por fin aseguró su posición.
Los Entes intentaron caer sobre él en picado con sus aguijones malignos, pero parecía imposible que se acercaran lo suficiente. Era como si un poder misterioso que emanaba de la espada los mantuviera a raya.
—¡Es como un campo de fuerza!—exclamó Iván, admirando mucho más la hermosa espada.
El Sr. J. A. desabrochó el cinturón y cargó contra el captor de su hijo, agarrando la espada con las dos manos.
El sudor perlaba su frente, y su boca emitió un grito como de guerrero.
De un tajo cortó la cabeza del Impostor, separándola por completo de un solo golpe.
La cabeza saltó y rodó por el suelo, con los ojos rojos parpadeando como un circuito sobrecargado.
De los cables enredados que salían del cuello de metal, como larguiruchas raíces de árbol, saltaban chispas.
Desde arriba, los niños estaban anonadados ante la visión.
El brazo metálico del Impostor decapitado seguía aferrado a Lucas, negándose a soltarlo.
Lucas se retorcía, intentando liberar su brazo, llorando despacio.
El Sr. J. A. siguió dando zarpazos a aquel brazo con su espada una y otra vez, haciendo saltar chispas en todas las direcciones.
Pero el brazo seguía sin aflojarse. El otro brazo del Impostor voló hacia el Sr. J.
A. con la mano abierta como si quisiera atraparlo como había hecho con Lucas.
El hombre lo esquivó bajando la punta de su espada a tierra.
Tan pronto como lo hizo, los Entes empezaron a dispararle sus dardos.
Él volvió a mover la espada en el aire para defenderse de ellos.
Lucas llamaba a su padre, casi llorando.
—No sirve da nada…
Javier se volvió hacia los demás. «No funciona. No puede él solo».
—Tenemos que ayudarle—gritó Beatriz—. ¡Vamos!
Antes de que Javier pudiera preguntar siquiera cómo lo harían, la chica se había agarrado con ambas manos del cinturón, envolviéndolo también con las piernas.
—¡Espera!—le pidió Javier. Pero ella no se detuvo.
Ya había empezado a descender a la cúpula, una mano después de la otra, moviendo sus piernas con experiencia como si ya lo hubiera hecho cien veces.
Cuando se acercó lo suficiente al suelo, saltó y se lanzó hacia el Sr. J.
A. Agarró el brazo mecánico del Falsificador y tiró con toda la fuerza de su cuerpo, mientras el hombre seguía golpeando con su espada.
—¡Vamos!—chilló.
—Deberíamos bajar nosotros también—instó Iván, mirando desde arriba. Javier asintió. Agarró el cinturón y empezó a descender también. Una vez pisó tierra, sostuvo la correa para que Iván bajara a su vez.
Corrieron a ayudar al Sr. J. A. El ataque del hombre había aflojado ligeramente; se estaba cansando bajo la tensión de la pesada espada. Sobre ellos, los Entes volaban en círculos como buitres hambrientos, listos para lanzarse en picado tan pronto como el arma bajara.
—¡Mantenla en alto!—indicó Javier, agarrando el brazo del Sr. J. A. que blandía el arma y sosteniéndolo en el aire para que la espada atrapara el rayo de sol. Los Entes se encogieron y retrocedieron de nuevo.
—¡No sirve de nada!—se lamentó Lucas, dejando caer la cabeza sobre el pecho.
—No… puedo… hacerlo—jadeó el Sr. J. A. en busca de aire—. No hay manera…
—¡Sí hay una forma!—exclamó Beatriz desafiante. Se volvió hacia el Impostor, con los puños apretados—. Te lo aviso. ¡Suelta a mi amigo!—. Le propinó una patada con su bota.
Y algo sucedió.
Todos ellos dejaron de hacer lo que estaban haciendo y contemplaron perplejos cómo se abría una grieta en la pierna de hierro del Impostor, que se fue agrandando.
Beatriz miró a sus pies. Las botas tenían el mismo aspecto: no les habían salido púas. Sin embargo, habían provocado una grieta en la sólida pierna metálica del Impostor.
—¡Hazlo de nuevo!—le indicó Javier.
Beatriz asestó otra patada. Y se abrió una nueva hendidura. El brazo libre del Impostor voló hacia ella.
—¡Cuidado!—gritó Javier, alcanzando a sacar a Beatriz de la trayectoria. Pero, en ese momento, el Sr. J. A. interceptó con su espada el brazo, y lo fracturó en una docena de trozos que se dispersaron como metralla a su alrededor.
—¡Sigue!—chilló el Sr. J. A. Beatriz, Iván y Javier dieron patadas con todas sus fuerzas, haciendo nuevas grietas por todo el cuerpo metálico del Impostor.
Los golpes de espada del Sr. J. A. eran más eficaces ahora, quebrando al Impostor en mil pedazos.
Los Entes, perturbados por la destrucción del Impostor, volaron ascendiendo hasta la barrera invisible y permanecieron allí temblando.
Finalmente, con un horrible quejido rechinante, como un motor que estalla, las partes metálicas del Impostor se desintegraron en una lluvia de fragmentos diminutos que cayeron al suelo.
Un viento repentino barrió de arriba abajo, agitando los fragmentos, juntándolos y haciéndolos volar en un pequeño tornado.
Los niños miraban cómo el torbellino de trozos de hierro se iba acelerando hasta que se disparó hacia arriba y salió de la cúpula.
Los Entes lo siguieron, chillando y aullando de terror.
Los guerreros miraban fijamente hacia arriba asombrados por aquella visión. Durante un largo tiempo nadie pudo hablar. Al final, fue Iván quien rompió el silencio: «Lo conseguimos». No había euforia en su voz, solo alivio y gratitud.
El Sr. J. A. lo miró y sonrió, respirando de forma entrecortada.
«Lo hicieron. Todos ustedes». Él también parecía demasiado superado por la emoción como para añadir algo más.
Después se volvió hacia Lucas, se arrodilló y agarró a su hijo que seguía atrapado en la tierra que parecía cemento.
Colocó su brazo alrededor del muchacho lentamente.
—¿Estás bien, hijo?
Lucas asintió en silencio y acurrucó su cabeza en el abrazo de su padre lo mejor que pudo. Pero entonces, el suelo que lo retenía empezó a agrietarse como había ocurrido con el Impostor. Lucas sintió como se iba liberando mientras la presión de la superficie sólida cedía.
—¡Me caigo!—gritó.
El Sr. J. A. dejó caer su espada y abrazó a Lucas con ambos brazos a la vez que el chico era tironeado hacia abajo.
—¡Ayudémosle!—apremió Javier, lanzándose para sujetar al Sr. J.
A. para que no perdiera el equilibrio. Iván se aferró a la cintura de Javier y Beatriz se agarró a Iván, y todos tiraron hacia atrás hasta que aterrizaron en un montón de tierra sólida.
Gatearon retrocediendo mientras el agujero seguía ampliándose y el suelo se derretía.
—¡Salgamos de aquí!—exclamó Beatriz.
Las rajas del suelo serpentearon hacia los bordes de la cúpula invisible, y subieron hacia la superficie. Toda la cúpula se cubrió enseguida de un estampado de grietas como una enorme telaraña.
—¡Se va a romper!—gritó Iván.
El Sr. J. A. agarró su espada y la blandió en el aire mientras los trozos de la cúpula caían alrededor, convirtiéndose en polvo.
Por encima de ellos, Tanín soltó un bramido ahogado al ceder la cúpula bajo su peso.
Extendió sus alas y descendió planeando hasta aterrizar junto al Sr. J.
A. Abrió la boca, y dejó caer el extremo del cinturón, a la vez que le dirigía al hombre una sonrisa llena de dientes.
—¡Grrp!
—¡Suban! ¡Javier, agarra el cinturón!—ordenó el Sr. J. A. manteniendo la espada en alto. Los chicos treparon por al cuello de Tanín y se colocaron entre las púas de su espalda. El Sr. J. A. los siguió y agarró a una de las puntas para estabilizarse.
—¡Arriba, Tanín!—gritó—. ¿Chicos, mantengan la cabeza baja!
Los niños obedecieron, inclinando la cabeza y cerrando los ojos, mientras Tanín extendía sus poderosas alas y se lanzaba al aire. Beatriz chilló, y el sonido se perdió en el rugido ensordecedor de Tanín al salir disparado de la enorme nube de polvo creada por el derrumbe de la cúpula.
Tanín abrió la boca y exhaló una corriente de fuego, abriéndose camino a través de los escombros acumulados. Cuando por fin emergió de la nube hacia el cielo despejado, emitió un rugido de triunfo. «¡Grrp!».
El Sr. J. A. abrió los ojos y, con una larga bocanada de alivio, guardó su espada. Tanín niveló el vuelo y se deslizó con mayor suavidad por el cielo dorado.
—¡Está bien, chicos! Ya pueden mirar—dijo el Sr. J. A.
Los niños abrieron los ojos con cautela y se sorprendieron ante la magnífica vista que se extendía ante ellos, olvidando su terror por la pura emoción del vuelo.
—¿De verdad es un dragón?—preguntó Lucas, agarrado con fuerza a una de las espinas dorsales de Tanín.
—Más o menos—respondió Beatriz—. ¿No es adorable?
Unos minutos después, Tanín bajó en picado al patio del castillo y aterrizó de golpe, casi tirando a todos los niños de su espalda. El Sr. J. A. rio, dándole una palmada en el cuello a Tanín.
—Buen dragón—elogió al animal.
—¡Grrp!
Tanín bajó la cabeza para que sus pasajeros pudieran descender por su cuello hasta el suelo. El Sr. J. A. bajó primero y ayudó a cada uno de los niños. Lucas fue el último, y se tiró a los brazos de su padre con un profundo suspiro.
—¡Gracias, Tanín!—Beatriz corrió hacia el dragón y lo abrazó. El animal meneó la cabeza, con sus ojos bien abiertos por algo que parecía felicidad. Iván y Javier también le dieron las gracias.
—¡Grrp!—Dejó salir un pequeño estallido de fuego de su boca y voló zumbando por el aire con las alas bien extendidas durante una fracción de segundos antes de volver a plegarlas y lanzarse en picado al lago, donde desapareció en otro asombroso chapoteo.