Capítulo 14 - El castillo en el aire #2
—Tanín no lastimaría ni a una mosca—los calmó el Sr. J. A.—Aunque quizá sí friera a cualquier Ente que se le acerque demasiado.
La criatura avanzó torpemente hasta la orilla, plegando sus alas y bajando la cabeza sumisamente ante Ruaj, como un perro gigante.
— Grrp —pronunció de nuevo. A Beatriz se le escapó una risita tonta. Javier e Iván se las apañaron para sonreír.
—Tanín los llevará con Lucas—informó Ruaj.
—¿Quieres que montemos un dragón ?—preguntó Beatriz.
—Parece amigable—opinó Javier con cautela.
—En realidad, no es un dragón—aclaró Ruaj—. Es más bien un monstruo marino. Con alas.
—Ah, bueno, eso lo explica todo —reaccionó Iván poniendo los ojos en blanco.
—Tanín me ha ayudado muchas veces—agregó el Sr. J. A.—. Fue él quien me sacó de Skotos.
Se acercó y acarició el cuello de la enorme criatura. Tanín giró su gigantesca cabeza y le dio un suave empujón.
— Grrp .
—Hola a ti también—respondió el Sr. J. A.
sonriendo a pesar de su inquietud persistente—.
Cuánto tiempo sin verte. Lanzó una mirada a los niños, que aún se mantenían a cierta distancia mientras la cabeza de Tanín se movía de un lado a otro, con la lengua colgando y humo saliendo de sus enormes fosas nasales—.
Oigan, no siempre se puede juzgar un libro por su portada, ¿verdad? Entonces, ¿quién quiere subir primero?
—Yo—propuso Javier, dando un paso al frente.
Tanín bajó la cabeza hasta el suelo para que Javier pudiera trepar por las púas de su cuello hasta el lomo.
Iván lo siguió entusiasmado. El Sr. J. A.
ayudó a Beatriz a subir también. Había suficiente espacio entre las púas de Tanín para que cada niño pudiera sentarse y sujetarse para mantener el equilibrio.
Sentían su piel viscosa y escamosa. Los niños se retorcieron un poco, intentando acomodarse.
—Esto es pan comido—comentó Javier, mirando a Iván.
—Sí, pan comido—repitió Iván con una sonrisa.
—Ojalá mis hermanas pudieran verme—suspiró Beatriz. El Sr. J. A. subió y ocupó un lugar delante de ella.
—Adiós, guerreros—los despidió Ruaj, levantando un brazo.—Ten cuidado, Jaime—. El Sr. J. A. asintió con una sonrisa sombría.
—¿Quién conduce?—preguntó Iván, demasiado absorto en el dragón como para notar la conversación.
—¿Cómo manejamos esto?—repitió Beatriz.
—Tanín sabe adónde ir—informó el Sr. J. A.
—. Los métodos del enemigo no son nada originales.
Ha estado atrapando a las personas de la misma manera desde el principio de los tiempos.
Ustedes tan solo agárrense fuerte. Puede que el viaje sea un poco movido.
Tanín no es el medio de transporte más suave en Ahóratos.
Tenía razón en eso. Tanín despegó directamente desde el suelo como un rayo de luz. Ellos se aferraron con todas sus fuerzas.
—Mantengan sus respaldos en posición vertical y abróchense los cinturones—gritó el Sr. J. A.
—¡Necesitamos… cinturones de seguridad!—chilló Beatriz.
Tanín subía y bajaba de forma frenética, como si estuviera luchando por ganar altura
—¿Este bicho sabe siquiera cómo volar?—preguntó Beatriz a gritos.
—–Denle tiempo—respondió el Sr. J. A.—. Tiene que poner a trabajar sus alas voladoras. Pasa la mayoría de su tiempo bajo el agua.
Si algo les quedaba claro es que se estrellarían al menos dos veces antes de que Tanín lograra estabilizarse.
—¡Genial!—exclamó Beatriz mientras se elevaban, sí, volaban de verdad , sobre montañas, colinas, valles, bosques y ríos.
La oscura tierra de Skotos siempre parecía estar justo más allá del horizonte, nunca del todo fuera de vista.
Tanín zigzagueaba de un lado a otro para evitar los enormes objetos con forma de bulto que flotaban en el cielo dorado.
—¿Qué son esas cosas?—preguntó Beatriz mientras volaban.
—Son skypods —gritó el Sr. J. A. en respuesta—. Mejor que no los molestemos.
Las grandes alas de Tanín batían más rápido, llevándolos cada vez más alto, subiendo y bajando, esquivando más skypods y picos montañosos. Los niños chillaban de alegría, como si estuvieran en una impresionante montaña rusa.
Pero su alegría se transformó en gritos cuando Tanín de repente replegó sus alas y se lanzó, directamente en picado hacia el suelo.
—¡Agárrense!—ordenó el Sr. J. A.—. ¡Los aterrizajes no son su especialidad!
Tanín golpeó algo sólido y rebotó tres veces antes de detenerse, bajando la cabeza y abriendo la boca. Grrp.
Los niños tomaron un momento para recuperar el aliento. El Sr. J. A. bajó a toda prisa del cuello de la criatura.
Pero no había suelo. Cuando Javier miró por el costado del enorme cuerpo de la criatura, vio que el Sr. J. A. parecía estar de pie en mitad del cielo.
—¿Dónde estamos?—preguntó.
El Sr. J. A. se agachó para poner las manos sobre la superficie invisible en la que habían aterrizado.
—Es una cúpula—comentó—. Como la bola de nieve que nos mostró Ruaj.
El Sr. J. A. contempló con ansiedad la escena que se desarrollaba debajo de él.
Al principio no vio más que una masa gris pulsante, como una nube de tormenta.
Golpeó la barrera y la nube se rompió, revelando a los Entes.
Cientos de ellos llenaban la cúpula. Se dispersaron en cuanto él volvió a dar golpes, permitiéndole tener una vista clara de lo que ocurría abajo.
—¡Lucas!