La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 14 - El castillo en el aire
52%

Capítulo 14 - El castillo en el aire

J avier pisó con cuidado la escalera de luz, seguido por Iván y Beatriz.

A pesar de su transparencia, los sostuvo sin problemas.

Ninguno de ellos hizo comentarios: a esas alturas habían dejado de sorprenderse por casi todo.

Subieron los escalones con paso pesado; la ausencia de Lucas apagaba su alegría por haber llegado finalmente a su destino.

Cuando emergieron de la capa de nubes, se encontraron en un gran balcón de piedra blanca y lisa, parecida al mármol, con vistas al lago.

Ante ellos se alzaba una gigantesca puerta que conducía al castillo.

Brillaba como si estuviera incrustada con miles de diamantes, casi difícil de contemplar bajo el sol resplandeciente.

A su alrededor, pequeñas luces centelleaban como gemas brillantes.

El aire mismo parecía estar impregnado de un resplandor estrellado.

Los niños miraban a su alrededor, sin saber muy bien qué pensar de todo aquello.

Iván fue el primero en moverse, corriendo hacia el borde del balcón para observar el reino que se extendía debajo de ellos.

Los otros dos lo siguieron. Desde este punto de vista, se dieron cuenta de que Ahóratos era mucho más grande de lo que habían imaginado: un paisaje interminable de montañas, bosques y ríos.

Pero las montañas no se parecían en nada a las de su hogar; eran altas y retorcidas, como si estuvieran formadas por cuerdas de roca, adornadas con árboles delicados y flores brillantes.

Cascadas descendían por los rostros de las montañas hasta un ancho río azul que serpenteaba por el paisaje, besado por la luz dorada del sol.

En el cielo refulgente flotaban grandes objetos abultados, casi como rocas.

Una fina neblina nadaba sobre el agua y alrededor de las montañas, envolviendo toda la escena en una majestuosidad de ensueño.

—¡Vaya!—exclamó Iván. No se le ocurrió nada más que decir.

—¿Qué es eso?—preguntó Beatriz. Señaló hacia un lado, donde un profundo abismo separaba la escena de ensueño de un paisaje oscuro y amenazante, con montañas afiladas y dentadas y árboles negros sin hojas.

El cielo era una mezcla violenta de colores, rojo, negro y morado, y estaba repleto de más objetos extraños flotantes y pesadas nubes oscuras que parecían humo brotando de los picos puntiagudos.

Un puente se extendía sobre el abismo. Del lado cercano, parecía un puente peatonal antiguo, con barandillas cubiertas de enredaderas y escalones de piedra.

Pero a la mitad del camino, se transformaba en vigas negras y angulares, como si fueran estructuras de acero que se desvanecían en una niebla baja.

—Eso es Skotos, la Oscuridad—indicó Ruaj—. El refugio del enemigo en Ahóratos.

Beatriz se estremeció un poco.

—¿De ahí vienen esas horribles mariposas?—preguntó—. ¿Las maribuntas?

—¡Ah, sí!—respondió Ruaj con una profunda risa—. Aquí se las conoce como Entes . Descubrirán que en Ahóratos, las cosas que parecen inocentes y familiares pueden ser muy peligrosas, incluso letales. Supongo que en el mundo de ustedes es lo mismo. Como las pequeñas mentiras, por ejemplo.

La capucha de Ruaj se giró en dirección a Beatriz, y ella supo de inmediato que se refería a ella. En ese instante, recordó la pequeña mentira que le había dicho a Lorenzo sobre las maribuntas.

Beatriz bajó la mirada.

—Yo no tenía mala intención—murmuró.

—Ese es el peligro—explicó Ruaj con voz firme pero amable. Luego hizo un gesto con su brazo cubierto por la túnica—. Ahora, entren.

Los niños siguieron a Ruaj por la puerta reluciente, y entraron al castillo.

Contemplaron con asombro el enorme salón en cuyo centro había una larga mesa repleta de comida.

Fruta, quesos, pan, pastelillos, incluso grandes tazones de helado.

Por un momento, los niños olvidaron su tristeza y su cansancio al sentarse y empezar a comer todo lo que podían.

Beatriz se sirvió un muffin . Con pepitas de chocolate, su favorito. Parecía que todos sus alimentos preferidos estaban sobre aquella mesa.

—Me encantaría que Lucas estuviera aquí—expresó.

—A mí también.—Era una voz profunda. Pero no era la de Ruaj, aunque sonaba muy familiar. Se giraron sorprendidos. Allí, de pie junto a ellos en el castillo, estaba alguien a quien nunca esperaron ver.

—¿Sr. J. A.?—Beatriz ahogó un grito, poniéndose de pie—. ¡Sr. J. A.!

Corrió hacia él y se arrojó en sus brazos. Ni siquiera pareció notar que él también llevaba armadura.

Los demás sí se percataron de ello. Se quedaron inmóviles, emocionados, pero confundidos al verlo sin su característica gorra de béisbol y su camiseta.

—Jaime también es un príncipe guerrero—explicó Ruaj, percibiendo la incredulidad en sus rostros—. Igual que ustedes.

Hubo una breve pausa, llena de preguntas no formuladas.

—¿Cómo ha llegado aquí?—preguntó Iván finalmente, con la boca todavía llena de comida.

—Vi el dibujo de Lucas, y supuse que probablemente terminaría aquí—respondió el Sr. J. A., con el brazo todavía alrededor de Beatriz—. Vine porque pensé que podría meterse en problemas.

La sonrisa de Beatriz se desvaneció.

—Está atrapado—explicó, con voz temblorosa.

—Lo sé—. El Sr. J. A. la soltó y caminó hasta la mesa, y se dejó caer pesadamente en una silla—. A mí me ocurrió lo mismo la primera vez que vine aquí.

—¿En serio?—soltó Iván.

—Seguí mi propio camino, tomé mis propias decisiones. Me metí en un gran lío. Me atrajeron al otro lado del puente, a Skotos, la Oscuridad, y luego fui capturado por los Impostores.

—¿Impostores?—repitió Javier.

—Sí, los siervos del enemigo.

—¿Qué lo salvó?

—Esto.

El Sr. J. A. golpeó su armadura con los nudillos. Su armadura era más elaborada que las placas simples que llevaban los niños. Cubría todo su torso y hombros con varias secciones. Notó la curiosidad de los niños.

—Crece contigo, cuanto más la usas—explicó—. Pero si no la usas, se debilita y se marchita.

—Parece que la ha usado mucho—constató Iván con admiración.

—Todavía lo hago—recalcó el Sr. J. A.—. Hubo tiempos difíciles. Pero ahora soy libre, gracias a la sabiduría de Ruaj y El Libro.

—¿Por qué no se lo comentó a Lucas?—preguntó Beatriz—. ¿Por qué no se lo advirtió?

—Lo hice.—El Sr. J. A. bajó la mirada a sus manos, pensativo—. Bueno, lo intenté muchas veces. Pero puede ser que no lo haya entendido del todo. Es importante descubrir algunas cosas por uno mismo. ¿Verdad, Ruaj?

—Así es, Jaime—asintió el pequeño guía.

El Sr. J. A. soltó un gran suspiro, lleno de tristeza. Luego levantó la cabeza con nueva determinación en la voz—. Espero que hayan comido bien, porque tenemos trabajo por delante.

Todos se volvieron hacia Ruaj, quien sacó un objeto de su túnica y lo colocó delante de ellos, sobre la mesa.

—¿Una bola de nieve?—preguntó Beatriz, observándola. Parecía una bola de nieve, excepto que no tenía nieve dentro. Se agruparon alrededor para verla más de cerca.

Dentro de la esfera había una imagen holográfica de su amigo Lucas, atrapado hasta la cintura en algo parecido a cemento gris.

Estaba pidiendo ayuda. Su mano estaba atrapada en la garra de una criatura mecánica.

Su brazo había adquirido un tono completamente gris, el mismo color del ser metálico que lo sujetaba.

En la superficie de la bola de nieve, unas letras comenzaron a parpadear:

L-U-C-A-S

Entonces, las letras temblaron, como si alguien las estuviera sacudiendo. Contuvieron la respiración mientras veían cómo cambiaban y formaban una nueva palabra:

M-A-L

Beatriz se llevó una mano a la boca para sofocar un grito. Las palabras LUCAS y MAL parpadeaban alternativamente, una y otra vez.

—¿Qué significa eso? ¿Lucas se está volviendo malva-do?—preguntó Beatriz.

—No, pero está en las garras del mal—explicó Ruaj.

Beatriz se irguió, con un brillo decidido en los ojos. Se volvió hacia Ruaj y el Sr. J. A.

—Tenemos que ir a sacarlo. ¡Ahora!

—Lo haremos—asintió el Sr. J. A. con preocupación, pero esbozó una sonrisa al ver la determinación de Beatriz.

—¿Cómo podemos llegar allí?—preguntó Javier—. Al lugar donde Lucas está atrapado.

—Tengo un amigo que puede llevarlos—indicó Ruaj. Condujo a los niños y al Sr. J. A. al amplio patio, y de regreso a la resplandeciente escalera que los llevó a la orilla. Se detuvo frente al agua y alzó sus largos brazos cubiertos por la túnica.

—¡Tanín!—gritó de un modo que su voz retumbó sobre la superficie vidriosa del agua—. ¡Tanín! ¡Ven!

—El agua empezó a vibrar como si la orden de Ruaj la agitara. Un ruido sordo y retumbante emanó desde debajo de la superficie. Iván dio un paso y se acercó al Sr. J. A. Beatriz se aproximó a Javier.

—¿Qué está ocurriendo?—susurró.

El agua tembló con furia hasta que algo irrumpió de ella—algo enorme y plateado—, algo con alas.

Iván estaba seguro de que se trataba del monstruo del lago Ness, aunque nunca se habría atrevido a decirlo en voz alta con Javier allí delante. Se quedó inmóvil, intentando no llorar de miedo.

La criatura era enorme. La envergadura de sus alas parecía extenderse hasta los bordes mismos del lago.

El agua caía en cascada por sus escamas iridiscentes, y su largo cuello se sacudió con violencia.

Su cabeza, sorprendentemente pequeña en comparación con su cuerpo, tenía grandes ojos amarillos.

Abrió la boca, soltando un torrente de agua y revelando unos dientes largos y afilados.

Luego, de forma extraña, pareció sonreír.

—No tengan miedo—los tranquilizó Ruaj con suavidad—. Tanín no les hará daño.

La enorme criatura se acomodó sobre la superficie del lago, mirándolos y parpadeando con calma.

— Grrp —soltó el monstruo. Los niños se miraron entre sí. Beatriz sonrió. Había algo casi cómico en la criatura, a pesar de su temible apariencia.

—Tanín fue un esclavo—dijo Ruaj—. Lo obligaban a usar su aliento de fuego al servicio del gobernante de Skotos.

—Entonces… ¿no es… peligroso?—preguntó Iván con voz temblorosa.