La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 13 - El agua sube
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Capítulo 13 - El agua sube

J avier despertó con el sonido de una voz familiar. Se sentó, parpadeó, intentando despejar el sueño de su cabeza. No estaba seguro de cuánto tiempo había estado fuera.

«¡Javi!»

Miró hacia arriba y vio a su hermano corriendo colina abajo en su dirección.

Beatriz estaba justo detrás de él. Parecían estar bien.

Se levantó, encantado de verlos. Se dio cuenta de que estaba de pie en el agua; esta se filtraba por las ranuras de ventilación de sus botas.

El agua del arroyo debió de haber subido mientras él dormía.

Dio unos pasos hacia la orilla, para acercarse a su hermano.

—¡Iván! ¡Beatriz! ¿Cómo me han encontrado?

Ambos comenzaron a hablar al mismo tiempo, contando una historia increíble: algo sobre caminar por las paredes y unos bichos grandes y feos. Cuando la chica le contó que Iván la había rescatado, él miró a su hermano pequeño con genuina admiración en su rostro. «¡Bien hecho!»

—No ha sido para tanto—replicó Iván, bajando la cabeza para ocultar su amplia sonrisa.

—¿Has visto a Lucas?—preguntó Beatriz—. ¿Está aquí?

—No lo he visto—contestó Javier.

—Tal vez haya llegado al castillo—concluyó ella, con esperanza.

—¿Eso es agua de verdad?—inquirió Iván señalando el arroyo—. ¡Tengo tanta sed!

—Sí. Sírvete—animó Javier—. Pero ten cuidado; el agua está subiendo bastante rápido.

Iván y Beatriz se arrodillaron junto al arroyo. Ella sumergió la mano con delicadeza, pero Iván metió las dos, y se salpicó toda la cara riendo.

—¡Iván, me estás mojando!—se quejó ella, molesta.

—¡No puedo evitarlo! Esto es casi tan bueno como el refresco de uva—exclamó, saboreando cada gota.

—No tiene nada que ver con el refresco de uva—gruñó ella poniendo los ojos en blanco.

Mientras bebían, Javier les contó lo que le había sucedido y cómo había llegado al arroyo. Su historia los asombró. Era tan distinta a la de ellos, pero de alguna manera también era algo similar.

—¿Tus botas se convirtieron en botas con propulsión?—preguntó Iván sorprendido—. ¡Yo también quiero botas propulsoras!

—Bueno, Iván. Las nuestras trepaban por las paredes—le recordó Beatriz—. ¿Acaso eso no es lo bastante genial para ti?

—Las botas propulsoras habrían sido más veloces—replicó Iván—. Podríamos haber volado hasta la cima en vez de caminar.

Beatriz alzó los brazos al aire.

—Y después, ¿qué ocurrió?—Se giró hacia Javier, claramente más fascinada con su historia que Iván.

—Y luego me quedé dormido—resumió Javier—. No estoy seguro de cuánto tiempo he estado durmiendo aquí—. Miró el arroyo; el agua se acumulaba alrededor de sus botas—. Deberíamos movernos hacia arriba, a la colina.

Su coraza empezó a parpadear con rapidez. Eso siempre significaba: es hora de irse .

—¡No he acabado!—gritó Iván, que seguía salpicándose con agua—. ¿Qué prisa hay? Acabamos de escapar de un enjambre de mangobichos, o como quiera que se llamen. Necesitamos un respiro.

—Fue bastante agotador—puntualizó Beatriz con un enorme bostezo—. Cielos, no me había dado cuenta de lo cansada que estoy—. Se echó boca arriba sobre el banco de hierba, suspirando profundamente.

—Yo tampoco—añadió Iván—. Salvar tu vida me agotó mucho.

—Da gusto estar aquí—murmuró Beatriz con voz de sueño.

—Hey, chicos, no podemos quedarnos aquí—insistió Javier—. ¡Tienen que levantarse!

—Lo sé, lo sé—asintió Beatriz—. Pero no creo ser capaz de hacerlo. Estoy demasiado cansada. Solo un minuto, ¿de acuerdo?

—No, ¡no puede ser!—contradijo Javier.

—Sí, tenemos que irnos—aceptó Iván. Intentó ponerse de pie, pero sentía un gran peso sobre sus párpados, algo que parecía empujarlo de nuevo sobre la suave y fresca hierba.

Levantó la mano para deshacerse de ello, pero no se fue, como la gran manta polar suave de su cama en casa, que lo cubría, obligándolo a cerrar los ojos—.

Tenemos… que… irnos…—Iván cayó sobre la arena profundamente dormido.

—¡Chicos, levántense!—gritó Javier. Tiró del brazo de Iván, sin resultado—. ¡Despierta!—. No consiguió nada. El agua seguía subiendo y lamiendo sus piernas.

Javier se preguntó si no sería el agua lo que les producía tanto sueño; después de todo, él también se había sentido así después de beber. Por primera vez, entendió que aquel arroyo fresco y refrescante podría no ser el puerto seguro que él había creído.

Entonces escuchó un ruido, como el principio de un trueno.

Pero no acabó como suelen hacerlo. Siguió retumbando cada vez más fuerte.

Miró fijamente arroyo arriba y vio que el agua no solo subía cada vez más, sino que la corriente se movía con mayor rapidez, formando crestas blancas al precipitarse sobre las rocas y los peñascos de alrededor.

Era extraña la velocidad con la que sucedía, pero de nuevo, así era como parecían suceder las cosas en Ahóratos.

Javier sabía que esta vez no estaba soñando.

El estruendo se convirtió en un rugido. Javier miró río arriba y vio una pared de agua elevándose, dirigiéndose directamente hacia ellos como si se hubiera roto una presa.

El agua retumbaba mientras descendía por el lecho del arroyo, derrumbando las orillas y arrasando plantas y árboles a ambos lados.

Javier sintió cómo se le formaba un nudo en el estómago al ver que el agua venía directo hacia ellos. Miró hacia la orilla; dudaba que fuera lo bastante alta como para evitar el agua, aunque consiguiera llevar a los dos niños hasta allí. Ni siquiera había tiempo de intentarlo.

Trató de nuevo de despertarlos sacudiéndolos. Ninguno de los dos abrió un solo párpado. Era como si se encontraran en algún tipo de trance. Si no hacía algo rápido, serían arrastrados los tres.

Javier se preguntó si Ruaj sabía que esto sucedería. «Tienes un enemigo», le había indicado. «Un enemigo que usará cualquier medio para distraerte, desanimarte, retrasarte, derrotarte». Si esto era obra de ese enemigo, entonces Javier tenía que hallar la forma de superarlo. Y rápido.

Si de alguna manera lograba mantenerlos juntos, tal vez podría resistir la ola. ¿Pero con qué? Miró frenéticamente a su alrededor en busca de una liana larga o una cuerda. No había ninguna. Lo único que tenía era… un cinturón.

El cinturón lo mantiene todo unido . Las palabras de Ruaj se repetían en su mente.

Bajó la mano, agarró su cinturón con ambas manos y tiró de él con fuerza.

Aunque ni siquiera podía ver dónde estaba la unión, el cinturón se soltó con facilidad.

No era lo bastante largo, pero tal vez, si podía estirarlo, lograría que los rodeara a los tres.

Era casi imposible, pero era lo único que se le ocurría.

Rápidamente pasó el cinturón por debajo de los dos durmientes, y se acostó entre ellos, tomó ambos extremos de la correa y los juntó sobre los tres cuerpos.

El cinturón se tensó y se estiró mientras Javier tiraba de ambos lados y, para su alivio, consiguió que se tocaran.

Se fusionaron, ajustándose con firmeza alrededor de los tres, creando un pequeño bulto humano.

Javier rodeó con los brazos a Iván y a Beatriz, cerró los ojos y se preparó para el impacto.

La pared de agua los golpeó con un rugido ensordecedor.

Javier sintió como si lo hubieran disparado desde un cañón, como a un payaso en un circo.

La fuerza del agua era tan intensa que le cortó la respiración.

Se aferró con fuerza a sus compañeros mientras la corriente los arrastraba río abajo.

Pensó que quedarían sumergidos, pero en vez de ello, sintió que estaban siendo levantados, flotando sobre el agua.

Abrió los ojos, incapaz de distinguir otra cosa que no fueran las implacables olas golpeándolo.

Tosió y se atragantó, buscando aire. Entonces se dio cuenta de que algo los rodeaba, los comprimía y los protegía de la fuerza del agua.

Miró hacia abajo y vio que el cinturón se había inflado alrededor de ellos como un flotador.

Estaban en el viaje en flotador más salvaje de sus vidas.

Rebotaban y se deslizaban sobre el agua turbulenta, girando alrededor de los remolinos y chocando contra las rocas.

En un momento, golpearon una gran piedra y salieron disparados por el aire.

Javier sintió cómo su estómago se le subía hasta la garganta, pero el cinturón evitó que se lastimaran.

Atravesaron un canal angosto y dieron varias volteretas, provocando que se mareara.

Apenas aterrizaron, la corriente los arrastró de nuevo, cada vez más rápido.

El agua le escocía en los ojos y le golpeaba la cara y los brazos, pero se aferró con fuerza a los dos niños dormidos, luchando frenéticamente por mantener sus cabezas fuera del agua.

En aquella situación nada era seguro, excepto una cosa: el cinturón los mantenía unidos con firmeza.

Qué lástima que Iván se estuviera perdiendo aquello, pensó Javier. Una vez habían hecho rafting en aguas bravas, durante un viaje de campamento, pero eso no era nada comparado con esto. Habría sido divertido de no ser tan aterrador. Se preguntó si ese viaje terminaría alguna vez.

En lugar de desacelerar, Javier sintió que la corriente se hacía aún más fuerte. Logró girar la cabeza a tiempo para ver hacia dónde se dirigían.

Una cascada.

«¡Agárrense!”, susurró para sí mismo y para los otros dos, aunque todavía seguían dormidos. Cerró los ojos y se sujetó con fuerza.

Se precipitaron por el borde de la cascada, y Javier sintió que quedaba suspendido por una fracción de segundo, como en las caricaturas cuando corren fuera de un acantilado, pero aún no se dan cuenta.

Luego, el agua en caída los atrapó, lanzándolos hacia lo desconocido más abajo.

Javier sintió cómo su estómago se le subía hasta la garganta.

Esto es como el tobogán de Six Flags , se dijo.

Excepto que no estaba seguro de salir vivos de esta.

¡Ahhhh! Como si estuvieran sincronizados, tanto Iván como Beatriz despertaron repentinamente mientras su improvisada balsa caía en picado por la cascada.