Capítulo 12 - Besos de mariposa
¡N os vamos a caer!
Beatriz le gritó a Iván mientras se impulsaban sobre el borde superior del edificio, que había comenzado a derrumbarse bajo ellos.
Pero no cayeron. El techo no se derrumbó. De hecho, ni siquiera era un techo.
Era otro paisaje por completo. Un prado.
Exhaustos, los dos niños se incorporaron y miraron a su alrededor, observando las olas de hierba alta y flores de colores vibrantes que se extendían hasta el borde de un bosque espeso.
Ya no había edificios que se derrumbaban ni arenas movedizas.
Todo estaba en calma. El único sonido era la suave brisa que inclinaba las flores, acariciando sus rostros febriles.
Parpadearon y miraron a su alrededor, incapaces de ubicarse por un momento.
¿Dónde estamos?—preguntó Beatriz en voz baja.
—No… lo… sé…—murmuró Iván.
Beatriz extendió una mano cautelosa tanteando para ver si era sólido. Iván hizo lo mismo, asegurándose de que el lugar donde estaban sentados no se desmoronaría.
—Parece… estable—comentó después de un momento.
Beatriz rozó con la punta de un dedo una de las flores, y luego la acercó a su nariz. Tenía un olor maravilloso.
—Genial—dijo. Una mariposa se posó sobre la flor, y ella saltó ante el movimiento repentino, esperando que algo terrible sucediera. Casi soltó una carcajada al ver que era solo una mariposa.
Iván seguía observando a su alrededor, esperando también que sucediera algo malo en cualquier momento. Todavía intentaba comprender la situación.
—De modo que hemos subido hasta el tejado… y hemos aterrizado aquí. Así que el techo del edificio era como… ¿un portal?
—Sí, supongo que sí.
Otra mariposa aterrizó cerca de la primera. Eran mucho más grandes que las normales, con alas de colores salvajes que brillaban con la luz del sol. Beatriz sonrió, relajándose. Extendió la mano para tocarlas, segura de que saldrían volando. Pero no lo hicieron.
Iván seguía preguntándose cómo habían logrado escalar una pared. Levantó un pie para examinar su bota. La veía igual. No había señales de picos, garras, ventosas ni nada que explicara cómo se habían adherido a la pared.
—¿Cómo han hecho eso las botas?—preguntó Iván, más para sí mismo que para Beatriz.
—¡Son mágicas!—respondió Beatriz, aún fascinada por las mariposas.
—Sí… Ru nos informó que tendríamos todo lo necesario. Ese tipo está lleno de sorpresas.
Beatriz no respondió. Seguía embelesada con las mariposas.
—Hey, tenemos que movernos—añadió Iván molesto porque ella no le prestaba atención—. Tengo hambre.
Beatriz lo miró por fin, como si se acabara de dar cuenta de que seguía allí.
—Sí, ahora que lo pienso, yo también. Y tengo sed. Me tomaría un refresco de uva.
—¿Un refresco de uva?—Beatriz puso los ojos en blanco—. Yo me tomaría un gran vaso de limonada.
Más mariposas volaron hacia ellos, con sus alas brillantes y relucientes mientras se posaban sobre las flores silvestres a su alrededor.
—¿Mariposas con brillo? No puede ser—exclamó Iván horrorizado—. Debe ser… ¿cómo se dice?
—Alucinaciones—dijo Beatriz, sacudiendo la cabeza—. Estas son reales. ¡Y tan bonitas!
Se inclinó hacia la que estaba más cerca de ella.
—Hola, hermosa mariposa. ¿Cuál es tu nombre?
—¡Venga ya!—soltó Iván—. ¡Por favor, que estás hablando con mariposas!
Miró a las mariposas con desconfianza. Había algo definitivamente extraño en ellas. Eran tan grandes como pájaros, y tenían una manera de… mirar… que lo incomodaban. No era demasiado sorprendente, después de todo, ya que casi todo en aquel lugar era diferente a la Tierra.
—Oye, no creo que debamos meternos con esas cosas—opinó Iván, poniéndose de pie—. Deberíamos seguir adelante.
—¿Quién lo dice?—preguntó Beatriz sonando molesta.
—Ya sabes lo que pasó la última vez que tomamos un descanso.
—¡Oh, relájate, Iván! ¡Eres tan alarmista! Ni siquiera hemos recibido indicación alguna de la armadura todavía.
—Por aquí—invitó una voz suave, delicada y dulce como la miel.
Iván miró a su alrededor.
Beatriz sacudió la cabeza. Dudó, sin estar segura de si debía articular lo que estaba pensando, porque no sabía cómo podía ser posible.
—Creo… que ha sido la mariposa … Creo que ha hablado.
Beatriz miró fijamente a la mariposa, acercándose unos pasos.
—Sígueme.
La mariposa batió sus alas, se elevó de la flor y voló una corta distancia. Luego aterrizó en otra flor, como si estuviera esperando a que ella la siguiera. Las demás la imitaron, llenando todo el prado de un glorioso despliegue de color, como una alfombra en movimiento.
—¡Ha hablado! ¿La has oído?—Beatriz tragó saliva con dificultad. Nunca, ni siquiera con su propia imaginación salvaje, había pensado que algo tan maravilloso pudiera ocurrir en realidad.
—No puede ser—negó Iván. Pero él también la había escuchado, y eso lo ponía aún más nervioso—. No la escuches. Tenemos que esperar a la armadura.
Pero Beatriz parecía no escucharlo en absoluto. Corrió tras las mariposas que seguían alejándose y posándose de nuevo, siempre fuera de su alcance.
Jadeó de emoción mientras las perseguía hasta el borde del bosque.
—¡Regresa!—le gritó Iván.
La persiguió, llamándola para que se detuviera. Pero ella no le prestó atención.
La coraza de Iván comenzó a parpadear. Se detuvo y giró en círculos hasta que la luz dejó de palpitar y se quedó constante.
Señalaba exactamente en la dirección opuesta a la que iba Beatriz.
—¡Oye! ¡Mira! ¡Tenemos que ir por aquí!—le gritó a Beatriz, que ahora estaba más lejos, adentrándose en el bosque—. ¡Ese no es el camino!
Demasiado tarde. Ella había desaparecido.
—¡Nunca escucha!—se dijo Iván a sí mismo. Miró su coraza y luego hacia el bosque. ¿Debería seguir por su cuenta o ir tras ella? No podía dejarla sola. ¿Quién sabe en qué lío se metería? Suspiró y se desvió del camino correcto, adentrándose entre los árboles detrás de Beatriz.
El bosque era tan oscuro que ya no podía ver el cielo. Los árboles eran altos, con hojas negras y siniestras que le recordaban al bosque que él y Javier atravesaron corriendo para llegar a la Cueva. No se oía sonido alguno. Las hojas no se agitaban. Los pájaros no cantaban.
Las extrañas mariposas se posaban en los retoños y en las ramas bajas, alineadas como pequeños soldados.
Ya no eran coloridas: sus alas habían cambiado a un gris metálico opaco.
Miraban con ojos rojos y brillantes, batiendo sus alas lentamente.
Iván respiró hondo y siguió caminando, en busca de Beatriz.
Después de un rato, la vio. Estaba sentada en un tronco con una sonrisa perezosa en el rostro, la mirada fija en aquella misma mariposa enorme (o lo que fuera) que había estado persiguiendo.
Al parecer, ni siquiera notaba que ya no brillaba.
Sus ojos rojos estaban clavados en los de ella, como si la estuviera controlando con su mirada láser.
Parecían estar teniendo una conversación alegre que solo ellas dos podían escuchar.
—¡Beatriz!—la llamó. Ella giró la cabeza rápidamente para mirarlo, y todas las mariposas hicieron lo mismo, fijando en él sus brillantes ojos rojos. Era como si lo hubieran oído y entendieran lo que decía. Se sintió inquieto por sus miradas espeluznantes.
—¡Iván! Ven a saludar a mi nueva amiga—invitó Beatriz, con un gesto de mano mientras él se acercaba.
—Beatriz, la armadura indica que tenemos que irnos… por allá —le comentó Iván, señalando la salida del bosque.
—¡Solo unos minutos más! Leonor me estaba contando la historia más maravillosa…
—¿Leonor?
—¡Ese es su nombre! Es como mi nombre favorito en el mundo entero. ¡Ojalá me llamara Leonor!
—Beatriz, esa mariposa… ¡ni siquiera es una mariposa! Tienes que alejarte de ella ahora mismo.
—No digas tonterías, Iván. Es un amor. Ven a conocerla.
Beatriz tenía la cabeza vuelta hacia Iván, por lo que no vio que su dulce mariposa, la que la había guiado hasta ese lugar, abrió sus alas y se elevó en el aire.
Iván contempló con horror su enorme cuerpo gris, segmentado como si estuviera blindado, y su larga cola.
Un momento… ¿las mariposas tenían cola? La gruesa cola se curvó hacia Beatriz, y entonces Iván se dio cuenta de que no era una cola en absoluto: era un aguijón .
Parpadeó, atónito por lo que estaba viendo.
¡Las mariposas no deberían tener aguijones!
Iván empezó a correr hacia Beatriz, gritando mientras avanzaba.
—¡Cuidado!—Corrió tan rápido como le permitían sus botas.
—¿Cuál es el problema?—preguntó Beatriz, girándose para mirar a su amada mariposa; sus ojos se abrieron de par en par, por el sobresalto. Comprendió de golpe lo que era—. ¡Maribunta!—exclamó encogiéndose.
«Leonor» emitió un sonido parecido a una carcajada y lanzó un dardo delgado y plateado, como una jabalina, directamente hacia Beatriz.
Sin pensar lo que hacía, Iván se arrojó frente a ella. Cerró los ojos, preparándose para el impacto del dardo mortal en el centro de su pecho.
—¡Iván!—gritó Beatriz.
Iván oyó un sonido metálico y sintió un golpe cuando el dardo lo derribó hacia atrás. Quedó tendido en el suelo, sin moverse, preguntándose si seguía vivo. Respiró hondo una vez. Luego otra vez. Al parecer, sí lo estaba. ¿Pero estaba herido?
Abrió los ojos y miró su pecho con una mueca de dolor. El dardo no estaba allí; había rebotado en su coraza y se había desviado hasta clavarse en un árbol cercano.
Casi se rio de puro alivio; la coraza realmente había protegido su corazón.
Beatriz corrió a ayudarlo.
—¡Rápido! ¡Allí!—susurró, señalando un arbusto frondoso. Lo ayudó a ponerse de pie con celeridad y ambos se lanzaron dentro del arbusto, cubriéndose la cabeza y quedándose lo más quietos posible.
Leonor, la malvada criatura, estaba furiosa; emitió un chillido espantoso, llamando la atención de las otras criaturas mariposa.
Beatriz se asomó entre las hojas y vio cómo un grupo entero se arremolinaba en el aire, con sus ojos rojos como láser escaneando el bosque, y sus largas antenas explorando el aire.
—¿Qué están haciendo?—preguntó Iván con voz ronca y baja.
—Nos están buscando.—Beatriz atisbó entre las hojas—. Leí en alguna parte que las mariposas no ven bien en la oscuridad. Pero pueden oír… con sus antenas—. Se llevó un dedo a los labios.
Los dos niños permanecieron en el más absoluto silencio mientras las maribuntas seguían buscándolos.
Beatriz estaba empezando a preguntarse cuánto tiempo podrían quedarse perfectamente quietos cuando su coraza empezó a palpitar suavemente. La de Iván también.
—¿Qué está haciendo?—murmuró Iván.
—No estoy segura.—Beatriz no veía luz alguna procedente de la coraza, pero podía sentir sutiles vibraciones silenciosas. Entonces lo entendió—. Nos está diciendo hacia dónde ir… sin que ellas sepan dónde vamos—susurró.
Iván lo comprendió.
Los dos niños comenzaron a cambiar de postura dentro del arbusto hasta que las vibraciones se detuvieron.
Iván levantó un dedo y señaló en esa dirección.
Beatriz lo entendió y asintió. Iván no veía sendero alguno delante de él, solo un bosque oscuro, pero creyó oír la voz de Ruaj en algún lugar, ¿quizás en la copa de los árboles?
Ya tienen todo lo que necesitan. Respiró hondo.
Más vale que esto funcione. Le mostró tres dedos a Beatriz para que pudiera ver la cuenta atrás.
Tomó otra respiración profunda. Después bajó un dedo, luego otro, y finalmente el último.
Los dos niños saltaron de su escondite y corrieron.
Las maribuntas, alertadas por su movimiento, se lanzaron tras ellos.
Beatriz agarró la mano de Iván mientras tropezaban con ramas y arbustos, manteniendo la cabeza agachada lo mejor que podían.
Dardos mortales pasaban zumbando a su alrededor, algunos a solo centímetros de sus cabezas.
Siguieron corriendo hasta que Beatriz vio un rayo de luz brillante asomándose entre los densos árboles.
—¡Allí!—gritó ella.
Corrieron hacia la luz, y por fin irrumpieron a través de la espesa maleza y aterrizaron en la hierba alta y brillante. Cayeron de bruces y permanecieron inmóviles, jadeando con dificultad, esperando que los insectos furiosos los alcanzaran con sus aguijones malignos. Pero todo estaba en silencio.
Beatriz fue la primera en asomarse. Solo vio bonitas mariposas brillantes revoloteando entre las flores silvestres en el borde del bosque.
—¿Dónde han ido?—preguntó Iván, todavía jadeando por la carrera.
—No lo sé. Es como si hubieran vuelto a ser… mariposas…—Beatriz ni siquiera pudo terminar la frase.
Se quedaron sentados en la hierba fresca durante un largo rato, tratando de recuperar el aliento. Iván sintió que su corazón iba a estallar de lo rápido que latía. El sudor le resbalaba por el rostro. Se lo limpió con la mano.
—¡Qué poco ha faltado!—exclamó.
Miró a Beatriz, y le sorprendió ver sus grandes ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento—se disculpó Beatriz, sorbiendo por la nariz, y secándose los ojos con el dorso de la mano—. Lo siento mucho. No quise…
—Sí, sí, lo sé—la tranquilizó Iván. Nada lo incomodaba más que ver a una niña llorar.
—Gracias, Iván… por venir a buscarme.
—Está bien.
Entonces Beatriz hizo algo verdaderamente aterrador. Lo abrazó.
—¡Puaj!—reaccionó él, apartándola—. ¡No vuelvas a hacer eso nunca más!
—¡Oh, lo siento! Solo quería darte las gracias—replicó ella, desinflada.
—No me lo agradezcas a mí, sino a Ru—dijo Iván—. Él nos dio la armadura. Pero nada de perseguir mariposas, ¿capichi?
—¿Capichi? ¿Qué significa eso?
—Ehh… nada—. Iván se puso de pie, sacudiéndose los pantalones—. ¿Cómo llamaste a esas cosas? ¿Mariachis?
—Maribuntas—corrigió Beatriz. Pensó en la historia que le había contado a Lorenzo sobre las Lupinas Ala Maribunta . Grandes bichos negros con aguijones del tamaño de bolígrafos—. No pensé que existieran de verdad.
Sus corazas comenzaron a parpadear de nuevo. Iván giró sobre sus talones hasta que la luz se mantuvo fija.
—Venga—urgió el chico—. Tenemos que seguir.
—¡Pero no hay camino!
—No importa. Es por donde indica la armadura. Así que, ¡vamos!
Avanzaron a través de la hierba alta, buscando un camino claro. El prado parecía interminable. Pero, entonces, el terreno comenzó a inclinarse hacia abajo, lo que hizo que el trayecto fuera más fácil.
Iván pudo distinguir un arroyo ancho más adelante, agua fresca y cristalina fluyendo suavemente sobre pequeñas piedras. Y luego vio algo más, algo que hizo que su corazón casi estallara.
—¡Mira!—gritó—. ¡Ahí está mi hermano!