Capítulo 11 - Una mano amiga #2
Se repitió estas palabras una y otra vez, tratando de no acordarse del suelo que colapsaba detrás de él ni de la arena revuelta que tenía por delante. Bajo sus pies seguía siendo sólido, al menos por ahora. Se preguntó cuánto tiempo aguantaría.
S IGUE EL CAMINO DE LA ARMADURA…
Cerró los ojos para no tener que mirar más la tormenta.
Intentó pensar en otra cosa. En su casa, en sus padres, en que la escuela comenzaba la próxima semana.
La escuela… ahora parecía estar a un millón de kilómetros de distancia.
Se preguntó si alguna vez volvería allí.
¿Regresaría a su mundo otra vez? Había estado nervioso por empezar en una nueva escuela.
Pero eso no era nada comparado con lo que había pasado desde que llegó a Ahóratos.
Ahóratos. Ruaj había anunciado que habría batallas, pero no era este tipo de batalla a la que había imaginado enfrentarse.
Hasta ese momento, el enemigo había hecho caer árboles, había producido relámpagos, tormentas de arena…
y provocado sus propias dudas y miedos. Aquello no parecía una pelea justa.
Ciertamente no era como las batallas sobre las que había leído en los libros ni las que había recreado con su hermano, o a las que había jugado en videojuegos.
En aquellos casos, el enemigo siempre era algún monstruo terrible, un dragón o un caballero negro a caballo.
Ese tipo de enemigos eran mucho más fáciles de reconocer, de enfrentar. Pero esto… esto era mucho más difícil.
De repente, Javier aguzó el oído. Oyó algo. Un sonido nuevo, diferente al incesante ulular de la tormenta de arena. Sonaba a… risa.
Abrió los ojos de golpe y miró hacia la arena arremolinada.
La tormenta parecía disiparse, como cuando se desempaña una ventana.
Pudo distinguir una escena: un grupo de personas.
¡Lucas! ¡Iván! ¡Beatriz! Estaban sentados en torno a una mesa enorme llena de comida de todo tipo, un banquete digno de un rey.
O de varios. Comían y conversaban alegremente.
La sala donde se encontraban era majestuosa, como el gran salón de un castillo.
Entonces, la visión de Javier alejó el zoom, y mostró el exterior del palacio.
Y de nuevo, más lejos, centrándose en todo el reino, los montes, los valles, los árboles y los arroyos.
¡Ahí estaba! ¡El camino despejado! Solo a unos pocos pasos.
Pronto estaría en el castillo con sus amigos y su hermano, atiborrándose de esa maravillosa comida.
Fue entonces cuando se dio cuenta del hambre y de la sed que tenía.
Estaba a punto de saltar sobre la primera piedra, cuando algo hizo que se detuviera lo bastante como para que las palabras de Ruaj resonaran en su corazón.
Sigue el camino de la armadura.
Bajó la mirada hacia su coraza. Seguía oscura.
Le dio unos golpecitos de nuevo. ¿Seguiría funcionando? Tal vez se le había acabado la batería. Ruaj no había mencionado que hubiera que recargarla.
El orbe brilló débilmente, proyectando palabras en el aire frente a él:
P OR ENCIMA DE TODO, GUARDA TU CORAZÓN
PORQUE DETERMINA TU SENDA .
Su corazón deseaba saltar por el sendero de piedras hacia el castillo. Reunirse con su hermano y con sus nuevos amigos. Pero la coraza no le estaba dando permiso.
«¡Vamos! ¡Dime algo!», pidió irritado, golpeándola más fuerte.
Miró la escena de comida y compañía frente a él, y volvió a bajar la mirada a la coraza. Todavía nada.
Tan solo espera.
Javier esperó.
Te guiará al camino correcto…
Frustrado, Javier echó la cabeza hacia atrás, mirando al cielo mientras soltaba un largo suspiro.
Su cuerpo se arqueó apenas lo suficiente para que la coraza se elevara un poco.
En ese momento, se encendió como si estuviera en llamas, emitiendo un brillante rayo de luz blanca, pero no iba dirigida hacia la arena frente a él. Apuntaba hacia arriba.
Los ojos de Javier siguieron el rayo de luz hasta un alto acantilado que emergía a través de la tormenta de arena. Medía al menos diez metros de altura.
Pensó: ¿En serio? ¿Quieres que salte… hasta allí?
El haz de luz permanecía fijo en el borde del acantilado.
Había que tener superpoderes para llegar hasta allí de un solo salto.
Nunca lo lograría. Se estremeció al considerar las consecuencias: ¿Caer en un abismo sin fin?
¿Quedar sepultado por la arena? Volvió a contemplar la escena del hermoso reino que lo esperaba delante.
Entonces recordó a Lucas y la puerta ancha. ¡Cuán tentadora y real había parecido!
No te apoyes en tu propia prudencia.
Suspiró para sí mismo. Solo había una forma de saberlo.
Comenzó a levantar un pie del suelo, pero sentía sus botas extrañas. Miró hacia abajo y vio un leve resplandor rojizo alrededor de las suelas. La planta de sus pies se sentía muy caliente. El brillo se intensificó; le pareció ver una pequeña llama brotar de sus talones.
¡Salta!
Volvió a mirar el borde del acantilado. ¡Allá vamos!
Se agachó, tomó una gran bocanada de aire y saltó.
Las botas parecían impulsarlo hacia el cielo.
Estas botas me vendrían fenomenal en la cancha de baloncesto, pensó mientras se elevaba sin esfuerzo hasta la cima del acantilado.
Debajo de él, la tormenta de arena y todo el desierto desaparecieron de su vista.
Voló hacia el acantilado, siguiendo el rayo de luz que emanaba de su coraza.
En un instante, aterrizó suavemente, como si una mano gigante y amable lo hubiera depositado allí.
Estaba de pie sobre la hierba, en un prado soleado.
No más arena. El cielo era azul. Una brisa suave acariciaba su rostro.
Era como si hubiera saltado a otro mundo completamente nuevo.
Un mundo de paz y descanso. Como las vacaciones de verano. Respiró hondo una vez. Después otra.
Se enderezó y miró fijamente a su alrededor.
El terreno descendía hacia un arroyo bordeado de hierba alta y flores silvestres.
Grandes sauces perezosos se inclinaban sobre el agua, sumergiendo sus largas ramas en la corriente.
Javier recordó lo sediento que estaba. Corrió colina abajo hasta el arroyo, se arrodilló y bebió agua con las manos.
El agua era clara y estaba fría, deliciosa.
Bebió tanto como pudo y después se dejó caer sobre la hierba, boca arriba, disfrutando de la sombra de los sauces.
Un poco de descanso era lo único que necesitaba.
Había conseguido salir de la tormenta. Ya no podía faltar mucho, estaba seguro.
A su alrededor, las mariposas revoloteaban perezosas.
Muchas, muchas mariposas. Sonrió, y sintió los párpados pesados.
Más pesados que nunca. Quizás una siestecita, pensó.
Una siestecita rápida…