La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 11 - Una mano amiga
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Capítulo 11 - Una mano amiga

L ucas estaba enterrado hasta la cintura en el espeso y pastoso suelo que se endurecía lentamente como el hormigón. Su hundimiento se había ralentizado, pero ahora estaba tan sumergido que no tenía esperanzas de escapar.

«¡Ayuda!», gritó con todas sus fuerzas. Pero su voz solo rebotó y volvió a él, como si hubiera chocado contra una pared. Eso no parecía posible, a menos que en realidad hubiera paredes a su alrededor, unas paredes que ni siquiera podía ver.

«¡Ayúdenme!», gritó una y otra vez, esperando contra todo pronóstico que alguien, quizás Ruaj, viniera a rescatarlo.

Sus gritos rebotaban de vuelta, sin respuesta.

Ancha es la puerta a la destrucción…

Había tomado el camino equivocado. Ahora lo sabía. Pero con toda seguridad Ruaj no lo abandonaría allí. Sin duda vendría a salvarlo…

«¡Ruaj! ¡Por aquí! ¡Ayúdame!»

Se detuvo, pero no hubo más respuesta que el eco de su propia voz.

«¡Lo siento! ¿Vale? ¡Cometí un error! ¡Por favor, ayúdame!»

Lucas solo percibió el aleteo de las mariposas. Cada vez aterrizaban más numerosas sobre las flores que bordeaban el camino a ambos lados, observándolo con calma mientras él intentaba liberarse.

Mariposas… La verdad es que su aspecto ya no era tanto de mariposas, con sus alas oscuras y angulosas que parecían recortadas de piezas de metal…

Maribuntas.

Su corazón se aceleró. La historia de Beatriz sobre los horribles insectos negros con enormes aguijones se le vino de repente a la mente. Quizás aquellas cosas eran realmente maribuntas… tal vez existían de verdad.

«¡Que alguien me ayude!», gritó Lucas con renovada determinación.

«¿Hola?»

Miró a su alrededor, seguro de haber escuchado una voz. Había sido muy débil… quizás lo había imaginado.

Pero entonces vio algo entre los árboles, alguien que caminaba hacia él. Un niño.

«¿Javier? ¿Iván? ¿Eres tú?», llamó.

Al principio no pudo distinguir bien al chico, pero había algo familiar en su forma de moverse, en su ropa.

Cuando se acercó más, Lucas pudo ver el diseño de Tony Hawk en su camiseta.

Era la misma camiseta que llevaba puesta en el centro recreativo antes de agarrar el blasón, y ser absorbido por este mundo.

Tal vez otro niño del centro deportivo había llegado, alguien que había venido después de él, y ahora estaba atrapado con él en esta cúpula de plástico.

O quizás Ruaj había enviado a alguien… ¡para rescatarlo!

La esperanza creció en el corazón de Lucas mientras el chico se acercaba, caminando con total tranquilidad, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Llevaba un skate . ¡Genial! Podrían montarlo por turnos, y tal vez encontrar una forma de salir de aquel lugar.

Pero cuando el otro chico se hizo más visible, Lucas empezó a confundirse. Parpadeó varias veces; la imagen que estaba viendo no podía ser real. Apretó los puños y se frotó los ojos; miró de nuevo.

Sin duda, la vista le estaba fallando. Debía ser un sueño, o tal vez solo estaba alucinando después de haber estado atrapado en este mundo loco durante tanto tiempo. Porque lo que estaba viendo era, simplemente, imposible.

Ese chico era idéntico a él.

Lucas miró, incrédulo, a ese otro Lucas.

Su rostro, su ropa, sus zapatillas Vans, todo era exactamente igual.

Incluso la marca de nacimiento en el lado izquierdo de su cuello.

¡ Su marca de nacimiento! Abrió la boca para hablar, pero no salió nada.

No podía. No quería . Estaba viendo en un espejo su propia imagen reflejada. Era… él mismo.

El otro Lucas se detuvo y lo observó con curiosidad.

—Hey, amigo, ¿tienes problemas?

¡Hasta sonaba como él! La boca de Lucas se abrió y se cerró como la de un pez.

Su otro yo se acercó y dejó el skate en el suelo.

—¿Puedes hablar?—preguntó el otro Lucas, con una media sonrisa en el rostro. Su sonrisa. Hasta tenía el diente astillado como él.

—Sí—respondió Lucas por fin, tragando saliva. Tenía la boca muy seca. El impacto de verse a sí mismo, o a un clon suyo, lo había hecho olvidar por un momento que seguía atrapado en el suelo.—Pero, ¿quién eres? ¿Cómo…?

El otro Lucas se agachó y examinó la situación.

—¡Vaya! Tienes que salir de ahí, amigo. ¿Te echo una mano?

El otro Lucas extendió su mano.

—Agárrate. Te sacaré de ahí.

Lucas contempló el brazo extendido, su brazo, con la misma cicatriz en el antebrazo que se había hecho en un accidente de skate cuando tenía siete años. Pero no podía ser él , ¿verdad? Estaba convencido de que estaba alucinando.

Ancha es la puerta a la destrucción…

Lucas no conocía muy bien a Ruaj, pero tenía la sensación de que esta no era la forma que usaría para rescatarlo, si es que decidía hacerlo. Había algo en todo aquello que parecía demasiado fácil, demasiado conveniente.

Pero Lucas no creía tener muchas opciones. No había forma de salir de ese lío si no aceptaba la ayuda de este Otro Lucas.

Respiró hondo y extendió el brazo.

El Otro Lucas agarró su mano. Su agarre era fuerte… y frío.

—¡Súbeme!—gritó Lucas, usando su otra mano para hacer palanca en el borde del socavón—. ¡Súbeme!

Pero el Otro Lucas no tiró de él. Se quedó inmóvil, con su mano aferrada a la de Lucas.

Con un horror creciente, Lucas se percató de que la mano de su clon estaba cambiando. Se estaba endureciendo. Un tono gris cubría las yemas de sus dedos y se iba extendiendo por la palma y la muñeca. Se estaba convirtiendo en metal, igual que las mariposas.

Y, ahora, el gris del clon se estaba diseminando por la propia mano de Lucas.

Intentó soltarse con desesperación, pero el agarre era firme, imposible de romper.

Tiró y tiró, pero cuanto más luchaba, más rápido se propagaba el recubrimiento metálico por su propia mano.

Así que se obligó a quedarse quieto. Observó cómo el Otro Lucas cambiaba rápidamente: sus brazos y sus piernas se cubrían de placas metálicas unidas por remaches, y su rostro desaparecía tras una máscara de hierro.

Cualquier rasgo humano que hubiera tenido alguna vez se transformó ahora en partes mecanizadas.

Sus ojos, ahora simples orbes rojos y brillantes como los de las mariposas, lo miraban fijamente, latiendo con intensidad, como si intentaran forzar el cuerpo de Lucas a cambiar como el suyo.

Lucas observó cómo el metal gris trepaba por su brazo, lenta pero implacablemente. Tarde o temprano, pensó, cubriría todo su cuerpo. Acabaría como aquella espantosa criatura metálica que lo sujetaba con fuerza.

Y él no podía hacer nada para impedirlo.

«¡Ruaj!», gritó desesperado. «¡Que alguien me ayude!»

Pero, una vez más, sus propias palabras rebotaron en el aire, regresando hasta sus oídos sin respuesta.

Javier pedaleó con los pies en la arena movediza, intentando ganar el impulso suficiente para mantenerse sobre la superficie.

Era un esfuerzo arduo y desesperado, pero de alguna manera logró el empuje suficiente para sacar una rodilla de la arena.

Se arrastró fuera y se desplomó sobre el suelo, jadeando por la falta de aire.

¡Qué poco había faltado! Muy poco. Permaneció inmóvil por un momento, dejando que el latido de su corazón se apaciguara un poco.

Pero enseguida notó que, debajo de él, la tierra empezaba a ceder de nuevo.

Rodó rápidamente sobre sí mismo y se alejó a gatas antes de que otra parcela de arena movediza se derrumbara debajo de él.

Se preguntó si la armadura lo había guiado directamente a una trampa.

Le echó una mirada a su coraza, que parpadeaba, con el orbe girando y las palabras haciéndose visibles:

Sigue el camino de la armadura. Te guiará……

«Está bien, guíame», pronunció en voz alta.

Como si respondiera a su petición, la coraza proyectó un rayo de luz sobre un punto justo delante de él en la arena movediza.

Javier lo observó por un momento, inseguro.

No veía en qué podía ser más seguro ese lugar que el sitio en el que estaba ahora.

Pero había preguntado, y la armadura había respondido.

Se esforzó por ponerse de pie y saltó hacia el punto iluminado, esperando a medias volver a hundirse en la arena.

Pero eso no ocurrió. De alguna manera, estaba de pie sobre un suelo firme que parecía cualquier cosa menos sólida. Se miró los pies, asombrado.

Otro punto se iluminó a un par de pasos de distancia.

Javier contuvo el aliento y volvió a saltar, aterrizando justo en la zona iluminada.

Era tierra sólida. A su alrededor, la arena se agitaba, ondulante, como las olas en el océano, pero dondequiera que se posaba la luz, el terreno era sólido y no se movía.

Otra luz, esta vez un poco más lejos. Javier balanceó los brazos para ganar impulso extra y saltó de nuevo.

No creyó poder lograrlo, pero, de alguna manera, lo hizo.

Era como saltar de piedra en piedra en un arroyo, solo que cada vez los pequeños «pedruscos» de luz estaban más separados.

Tenía que saltar más lejos y, aunque no se creía capaz, siempre conseguía aterrizar en el siguiente punto iluminado.

Después de unos diez saltos, las luces se detuvieron de repente y la coraza se oscureció.

Javier se quedó de pie en la última zona iluminada, sin saber qué hacer.

Su corazón latía acelerado mientras observaba cómo la arena seguía hundiéndose a su alrededor.

Golpeó la coraza, intentando que volviera a funcionar.

No ocurrió nada. Frustrado, le entraron ganas de arrancársela y lanzarla a lo lejos, pero no pudo despegarla de su camiseta.

Detrás de él, el suelo se había derrumbado prácticamente y se había convertido en un vacío oscuro. Delante de él, el desierto continuaba agitándose y arremolinándose como una tormenta en el mar.

Te guiará… Te GUIARÁ…

Solo tengo que esperar , pensó Javier. Ser paciente. Esperar. me guiará, me guiará…