Capítulo 10 - No hay vuelta atrás
J avier se preparó, cruzando los brazos sobre su rostro, los labios apretados, los ojos cerrados, esperando ser golpeado por una tormenta de arena en cuanto atravesara la puerta.
Tardó un momento en darse cuenta de que no ocurría nada.
Abrió los ojos y miró a través de la abertura entre sus brazos cruzados.
Cuando por fin los bajó, se maravilló al notar que el viento feroz no lo tocaba en absoluto.
La tormenta rugía a su alrededor, pero él no la sentía.
Javier estaba en la tormenta, pero no estaba dentro de la tormenta.
Lucas , pensó. Deseó poder regresar y decirle…
confirmarle que, después de todo, ese era el camino correcto.
Pero cuando miró atrás, vio que la puerta había desaparecido.
Se dio cuenta de que su coraza latía suavemente, y que el latido se aceleraba según la dirección en la que miraba.
Giró en círculos hasta que el pulso se convirtió en un haz de luz constante, que apuntaba al suelo justo delante de sus pies.
Dio un paso en esa dirección. Y otro. La luz seguía brillando un poco más adelante, señalándole el camino.
Miró al frente; lo único que vio fue arena salvaje y arremolinada.
Pero a medida que daba un paso, se aseguraba de que la luz de su coraza permaneciera estable, sin parpadear ni titilar, y logró mantenerse en el aire tranquilo.
¿Cómo le irá a Lucas? pensó Javier mientras se desplazaba a través de la tormenta.
Se preguntó si tendría que haber sido más enérgico para impedir que Lucas tomara el otro camino.
Pero quizá Lucas estaba bien, sentado allá arriba en el lujoso castillo esperándolo, comiendo helado, como había dicho.
Javier supuso que lo sabría cuando llegara.
Si es que llegaba. Aquella tormenta de arena no parecía tener final.
Ni siquiera podía vislumbrar el hermoso castillo que había aparecido tras la gran puerta.
¿Habría tomado la decisión correcta?
Lo único que sabía con certeza era esto: que no había vuelta atrás.
Siguió avanzando, observando el latido de su coraza para corregir su rumbo de vez en cuando.
Después de un rato empezó a aburrirse. A veces podía ver el sol a través de las grietas de la tormenta, como un círculo blanco y borroso en el cielo.
Se preguntó si sería el mismo sol de su mundo.
Pero este sol no se movía en absoluto, así que era imposible saber cuánto tiempo había pasado, o si el tiempo estaba pasando realmente.
Pensó en sus padres; ¿habrían despertado ya? ¿Sabrían que él y su hermano habían desaparecido? Se preguntó cómo estaría Iván, en ese pueblo sombrío con la mandona de los ojos grandes. ¿Habrían llegado al castillo? ¿Estarían comiendo helado también, mientras lo esperaban?
Javier no recordaba la última vez que había estado realmente tan solo.
No era una sensación envidiable. Ojalá no hubieran tenido que separarse.
¿Por qué tenían que pasar por todas estas locuras solo para llegar a ese castillo?
¿Qué se suponía que debían hacer cuando llegaran? ¿Se libraría entonces una batalla?
Javier esperaba que Ruaj apareciera de repente para darle algunas respuestas. Entonces recordó lo último que el pequeño guía había dicho antes de desaparecer:
Ya tienen todo lo que necesitan.
Javier tenía que confiar en que eso era verdad.
Dio el siguiente paso hacia la luz, y su pie se hundió en la arena blanda hasta el tobillo.
Tiró de él para sacarlo y dio otro paso, pero ese pie también empezó a hundirse lentamente.
De repente, le resultó mucho más difícil levantar los pies para seguir avanzando: cada vez que lo intentaba, sus botas se hundían a mayor profundidad, hasta que casi no pudo moverse en absoluto.
Se le aceleró el corazón y entrecortó la respiración al darse cuenta de que se estaba hundiendo.
Arenas movedizas.
Iván y Beatriz caminaban en silencio por la oscura calle, que parecía no tener fin.
Altos edificios lúgubres se alzaban a ambos lados, con las ventanas cerradas con tablones.
Se inclinaban hacia adentro, y la madera crujía de manera escalofriante, como si estuvieran a punto de abalanzarse sobre cualquiera que pasara.
No había luna en el cielo ni tampoco estrellas.
La pareja no podía ver lo que había más adelante.
La única iluminación provenía de las farolas, que parpadeaban y se encendían una por una a medida que Iván y Beatriz se acercaban.
Sus corazas brillaban débilmente, con rayos de luz constantes que iluminaban pequeños charcos de claridad frente a sus pies.
—¿Crees que vive alguien aquí?—preguntó Beatriz, mirando los edificios deteriorados—. ¿Zombis quizás?
—Los zombis no existen—espetó Iván.
—Leí un libro sobre zombis—replicó Beatriz—. Se esconden en edificios viejos y abandonados como estos, y luego saltan sobre ti mientras caminas tranquilamente, sin sospechar nada…
—¡No existen los zombis! Lees demasiado.
—¿Y tú cómo lo sabes? Seguro que ni siquiera lees, ¿verdad?
—¡Claro que sí!—Iván se sonrojó—. Hombre, ¿cómo crees que terminé en este lugar horrible con una niña sabelotodo? Ese tipo, Roach, debe de odiarme.
—¡Ruaj!—resopló Beatriz enojada—. ¡Ni siquiera sabes pronunciar su nombre!
—Bueno, es un nombre raro—se justificó Iván con amargura—. No entiendo esto. Se supone que estamos en una batalla. ¡Esto no es una batalla! ¿Qué sentido tiene?
—¿Y si hay zombis…?
—¡No hay zombis! Y si los hubiera, ¿con qué pelearíamos contra ellos? ¡Ni siquiera tenemos armas!
—Ruaj señaló que tenemos todo lo que necesitamos—respondió Beatriz, aunque más bien parecía que intentaba convencerse a sí misma y no a Iván—. Si algo nos salta encima… sabremos qué hacer. ¿No?
—¿Como qué?
—Como… no lo sé todavía. Confiar en la armadura. Eso es lo que dijo Ruaj. Y tu hermano… también lo dijo.
—¿Así que ahora sigues los consejos de Javier?
—Parece inteligente—afirmó Beatriz con un pequeño encogimiento de hombros.
—¿O sea que yo no soy inteligente?
—¡No, no he dicho eso! Solo que él es mayor y… probablemente sabe más.
Iván sacudió la cabeza, disgustado.
—Eres como todos los demás. Crees que Javier es increíble. Pues créeme, si tuvieras que vivir con él, seguro que no pensarías eso.
Beatriz suspiró, pero no respondió. Caminaron en silencio durante un rato.
—¿Crees que Lucas está bien?—preguntó Beatriz en voz baja, con un matiz de preocupación.
—Lo más probable es que lo esté pasando mejor que nosotros ahora mismo—murmuró Iván.
—No lo sé. Las instrucciones de Lucas fueron bastante claras respecto a la puerta ancha y todo eso. No estoy segura de que haya sido una buena idea…
—Bueno, nosotros seguimos las instrucciones y no nos está yendo muy bien, ¿o sí? ¡Mira este lugar!
—Sí, es bastante espeluznante—admitió Beatriz—. Al menos ya no está lloviendo.
—Tú lo que no quieres es estropearte el pelo—murmuró Iván por lo bajo.
—¿Qué has dicho?
—He dicho: «Seguro que no está siendo un día de feria»—respondió Iván en voz alta. ¿Estás segura de que debemos ir por aquí?
—Este es el camino que la armadura nos está indicando—replicó Beatriz. Ya habían descubierto que sus corazas dejaban de parpadear y permanecían estables cuando iban en la dirección correcta.
—¿Lo ves?—preguntó Iván—. ¿Ese castillo? Debemos de estar cerca.
—No puedo verlo—respondió Beatriz—. Casi no veo nada. ¡Me duelen los pies! Necesito sentarme un minuto.
—¿Sentarte dónde?
—¡Ahí!—exclamó Beatriz, señalando un farol que acababa de encenderse—. ¡Un banco!
—No creo que debamos detenernos—opinó Iván, mirando el banco con sospecha, como si pudiera ser una trampa.
—¡Solo un minuto! Estoy cansada. El Libro no decía nada sobre no tomar descansos, ¿o sí?
—No… pero tampoco decía que pudiéramos.
—¿Ves?—Beatriz se dejó caer en el banco con un suspiro—. ¡Por fin! Mira, no ha pasado nada. Estoy bien.
Iván vaciló, sin tener todavía en claro la seguridad del banco. Pero después de un momento, también se sentó.
—Echo de menos a mi mamá—comentó—. Y a mi papá. ¿Y tú?
—Yo no vivo con mi madre y con mi padre—respondió Beatriz.
—¿No? ¿Por qué? ¿Están muertos?
—No, no están muertos. Solo que no me pueden cuidar. Mis hermanas y yo vivimos con mi Nana y mi abuelo Toni.
—Oh, los abuelos son geniales—replicó Iván—.
Mi abuelo me hizo una vez un lindo escudo y una espada.
Quiero decir, cuando yo era un niño pequeño —añadió—.
Hace cosas así. Construyó una casa en un árbol para mi madre cuando era pequeña.
Cuando voy a su casa todavía juego en ella—explicó, como si esperara impresionar a Beatriz.
Ella no lo estaba en absoluto.
—¡Fantástico!—soltó ella con un toque de sarcasmo.
—Nos mudamos al campo para poder estar más cerca de ellos—añadió Iván.
—¿Tú querías mudarte?
—En realidad no. Echo de menos a mis amigos. Pero está bien tener una casa con jardín. Y también tengo mi propia habitación ahora.
Beatriz suspiró.
—¡Ojalá yo tuviera mi propia habitación! Tengo que compartir dormitorio con mis hermanas. Apenas me dejan espacio, porque soy la pequeña.
—Sí, ya sé lo que es ser el más pequeño. No es divertido.
—Tienes razón.
Guardaron silencio durante un momento. Luego habló de nuevo Iván.
—Me pregunto qué estarán haciendo.
—¿Quiénes?
—Mis padres. Tus hermanas. Nuestra… gente. ¿Crees que nos estarán buscando?
Beatriz se encogió de hombros.
—Mis hermanas, no lo creo. Apenas se dan cuenta de que existo. Pero Nana y el abuelo Toni…—Hizo una pausa—. Tal vez ni siquiera saben que hemos desaparecido. Quiero decir, ¿cuánto tiempo hemos estado aquí?
—No lo sé. No podría decirlo.
—Yo tampoco.
Iván miró hacia el cielo, de repente nervioso. Tenían que llegar a ese castillo, dondequiera que estuviera. Pronto .
—Deberíamos irnos—dijo, poniéndose de pie.
—¡Aaaaaaaah!—gritó Beatriz, asustándolo. Se giró, y vio que el banco se había inclinado como un balancín, y el extremo en el que Beatriz estaba sentada se hundía en el pavimento, como un barco que se hunde en el mar.
—¡Agarra mi mano!—gritó Iván.
Beatriz estiró la mano e Iván tiró de ella con todas sus fuerzas, emitiendo un gruñido por el esfuerzo. Por un momento creyó que podría arrancarle el brazo de su lugar, pero ella logró impulsarse y liberarse del banco que zozobraba. Juntos observaron cómo se iba a pique con un sonoro gluglú .
—¿Qué está pasando?—. Beatriz soltó un grito ahogado.
—No lo sé. ¡Pero creo que debemos salir de aquí!
Dieron tumbos alejándose mientras el agujero en el suelo se hacía más grande y se tragaba adoquines y farolas. Rugía y gruñía como un monstruo que devoraba un pueblo entero. Un edificio cercano comenzó a inclinarse aún más, mientras el suelo debajo de él se desmoronaba.
—¡Corre!—gritó Iván.
Los dos niños corrieron calle arriba, pero el socavón los seguía y crecía tanto que los edificios que tenían detrás empezaron a derrumbarse y caían en él. Era insaciable, lo engullía todo a su paso. Iván y Beatriz apenas podían mantenerse por delante de él.
De repente, sus corazas empezaron a parpadear con frenesí. Los niños se detuvieron, volviéndose en todas las direcciones hasta que la luz intermitente se convirtió en un rayo de luz constante, y se dirigieron a un edificio alto a un lado de la calle.
—¡Quiere que sigamos esta dirección!—gritó Beatriz.
Se apresuraron hacia el edificio, pero no había puertas ni ventanas por la que escalar. Solo una pared sólida.
—Y ahora ¿qué hacemos?—preguntó Beatriz con la voz tan temblorosa como el suelo bajo sus pies. Se tapó los oídos para sofocar los horribles ruidos y el gorgoteo de los edificios y los caminos absorbidos por el abismo.
Iván se inclinó hacia atrás para mirar hacia arriba en busca de algo por donde trepar, o una ventana más alta. Observó que la luz de su coraza apuntaba también hacia arriba, por la pared.
¿ Subir por la pared?
—Tenemos que trepar por la pared—le explicó a Beatriz.
—¿Por la pared? ¿Estás loco?—preguntó ella con voz entrecortada.
—¿Por qué no? ¡ Spider-Man puede hacerlo!
—¡Tú no eres Spider-Man !
Iván levantó un pie, y pronto sintió vibrar su bota, enviando largos tentáculos que se adherían a la pared como…
como Spider-Man, pensó. ¡Genial! Respiró hondo y alzó el otro pie del suelo, colocándolo sobre la pared, de manera que su cuerpo estaba ahora en paralelo al suelo.
Pensó que podría caer boca arriba y aplastarse la cabeza contra la acera, pero no sucedió.
Estaba de pie sobre la pared, mirando todo recto al cielo sin estrellas, con la boca abierta de par en par por el asombro.
Los ojos de Beatriz eran más grandes de lo habitual.
—¿Cómo has hecho eso?
—¡Las botas! ¡Pruébalas!—indicó Iván a gritos. El suelo empezó a temblar con violencia bajo los pies de la muchacha—. ¡Vamos, pisa la pared o serás engullida!
Ella lo miró y asintió con la cabeza, respirando hondo.
Es como saltar al charco de agua, pensó.
¿Qué tengo que perder? La coraza alumbró la pared frente a ella como para confirmar que estaba tomando la decisión correcta.
Ella saltó con ambos pies sobre la pared, justo cuando el suelo desapareció debajo de ella.
Sus botas cobraron vida, disparando varios tentáculos y afianzándola con firmeza.
Ella emitió una risita y un pequeño grito por la sorpresa.
Su calzado se agarró a la pared como las patas de una araña.
Sentía que no pesaba nada, y que su cuerpo desafiaba la gravedad.
Tal vez así es como se sienten los astronautas, pensó.
Dio un paso, y sus botas se soltaban con facilidad y después volvían a agarrarse una vez más a la pared cuando ella bajaba el pie.
Iván empezó a correr pared arriba; en realidad parecía un astronauta: sus pies se alzaban y volvían a caer casi a cámara lenta.
Beatriz comenzó a correr tras él, disfrutando de la sensación de cómo se agarraban y se soltaban las botas.
—¡Genial!—exclamó Beatriz entre dientes—. Verás cuando se lo cuente a mis hermanas…
—Eh… oh…
El edificio en el que estaban empezó a temblar y a tambalearse.
—¡Se va a caer!—vociferó Iván—. ¡Date prisa!
Corrieron pared arriba tan rápido como los llevaban sus botas, rodeando la esquina hasta el tejado, justo cuando el edificio empezaba a derrumbarse debajo de ellos con un rugido aterrador.