La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 9 - Caminando en círculos
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Capítulo 9 - Caminando en círculos

L ucas deambulaba por el camino empedrado, disfrutando del cálido sol y de la suave brisa.

Estar en Ahóratos era bastante agradable, pensó.

El sol brillaba; no hacía demasiado calor ni demasiado frío.

A su alrededor revoloteaban mariposas. Al menos, eso creía que eran, aunque en realidad no se parecían a ninguna de las que había visto antes.

Eran tan grandes como pájaros, con enormes alas lustrosas que cambiaban de color mientras volaban.

Se posaban en los árboles y las flores que bordeaban el camino a su alrededor, batiendo las alas lentamente.

A medida que avanzaba por el sendero, ellas también lo hacían, siguiendo su progreso, saltando unas sobre otras y posándose en flores y ramas de árboles a ambos lados de él.

Tenía la extraña sensación de que lo estaban observando.

Con el tiempo, su constante vigilancia empezó a inquietarlo.

Se apresuró hacia un grupo de esos insectos, y agitó los brazos como si quisiera espantarlas.

Revolotearon un poco, pero en cuanto volvió a caminar, ellas retomaron su vigilancia.

Trató de olvidarse de las mariposas y concentrarse en el castillo que se alzaba más adelante.

Parecía más fantástico que Disney World.

Tal vez haya atracciones , pensó. Y comida .

Sentía un poco de hambre. Un helado estaría bien.

Galletas y crema. Cubierto con chocolate caliente y crema batida por encima. Eso le vendría de maravilla.

Empezó a parecerle que el castillo estaba hecho de glaseado y dulces; sacudió la cabeza, seguro de que sus ojos le estaban jugando una mala pasada.

Aun así, era hermoso, resplandeciendo sobre su cimiento de nubes, acurrucado entre las altas y brumosas cumbres verdes de las montañas.

No pudo evitar pensar en Beatriz, deseando que hubiera venido con él.

Lo más probable es que, de haberle acompañado, se estaría haciendo amiga de las mariposas e imaginando una historia fantástica sobre lo que estaba ocurriendo en el castillo, una historia en la que las hadas jugaban a la pelota con caramelos o hacían carreras montadas en unicornios de colores arcoíris.

Las mariposas seguían observándolo.

El sudor goteaba de su frente. Se estaba cansando de tanto caminar. ¿Cuánto camino habría recorrido? No tenía ni idea.

Ojalá tuviera mi patineta.

Sentía sus botas pesadas y calientes. A pesar de las tiras de ventilación, no parecía que el aire fluyera a través de ellas en absoluto. Se sentó en un tronco junto al camino para quitárselas. Las arrojó a un lado y estiró las piernas, moviendo los dedos de los pies. Mucho mejor .

Se puso de pie; el camino empedrado estaba fresco y era sorprendentemente liso bajo sus pies descalzos, no áspero y accidentado como esperaba. Era muy extraño. Después de todo, era un camino de piedra. Pero quizás en Ahóratos todo era perfecto, incluso los adoquines no lastimaban los pies. Genial.

Echó un vistazo al tronco en el que acababa de sentarse.

Algo lo inquietaba, una especie de duda a la que no podía ponerle nombre se asentaba sobre sus hombros.

Miró a su alrededor, al camino, al cielo, a los árboles, a las mariposas y luego de nuevo al tronco.

¿No había visto antes ese tronco? Lo recordaba porque, desde lejos, parecía un pequeño oso.

Caminó un rato más con los pies descalzos, una bota en cada mano. Otro tronco apareció a su vista. Se quedó mirándolo. Un pequeño oso, exactamente igual al anterior. Y las flores que lo rodeaban… ¿no eran las mismas que ya había visto alrededor del último tronco también?

La duda creciente se hizo aún más pesada. Sus ojos se movieron con rapidez, buscando alguna pista. Fue entonces cuando se dio cuenta de que todos los árboles eran idénticos. Tal vez los habían plantado así, pensó. Siguiendo un diseño.

Pero ese tronco…

Serían imaginaciones suyas. No podía ser el mismo.

Miró hacia el lejano castillo sobre las nubes.

Qué extraño, pensó. No parecía estar acercándose.

Llevaba horas caminando, o así lo sentía , aunque no podía afirmarlo con seguridad, porque el sol no se había movido en el cielo.

Tal vez solo habían transcurrido minutos.

¡Pero estaba tan cansado! Y el reino seguía estando igual de lejos que cuando había empezado.

Algo se movió detrás de él. ¿Una persona? ¿Un animal? Se giró rápidamente para comprobarlo, pero no había nada.

Dejó las botas en el suelo y extendió la mano para tocar el tronco de árbol.

Lo sentía liso y duro, sin bordes ásperos, sin marcas de dientes de animales, sin olor a savia o pino como los troncos del jardín de su casa.

De hecho, este se parecía mucho a las manzanas artificiales que su madre guardaba en una canasta decorativa sobre la mesa de la cocina.

Recordó una vez que había intentado darle un mordisco a una y haberse sorprendido al descubrir que era de plástico.

Su pensamiento lo golpeó como un camión descontrolado de dos toneladas.

¿Plástico? ¿Aquel tocón de árbol era falso ?

Volvió a mirar a su alrededor, con el corazón acelerado, mientras se daba cuenta poco a poco de que todo lo que veía en ese mundo, todo, era de plástico.

Tocó los árboles, las flores, todos eran falsos.

Podía sentir la brisa, pero las hojas de los árboles ni siquiera susurraban.

Lo único que se movía eran las mariposas.

Se preguntó si también podrían ser falsas, como esas mariposas mecánicas que había visto en internet.

Soltó las botas y se acercó a una de ellas, posada sobre una flor falsa, que batía lentamente las alas. Extendió la mano para tocarla.

—¡Aaay!

Un dolor agudo recorrió su dedo. Lo retiró rápidamente y miró de cerca: una roncha comenzaba a formarse.

¿Desde cuándo picaban las mariposas? El dedo le dolía de verdad.

Sacudió la mano, tratando de deshacerse del dolor.

La roncha se hinchó y enrojeció. Como una picadura de abeja.

Una vez le habían picado muchas cuando él y sus amigos creyeron que sería una buena idea lanzar pelotas de béisbol a una colmena.

Recordaba las dolorosas ronchas por todo su cuello y sus brazos, la hinchazón y la picazón.

Esta picadura dolía más que todas aquellas juntas.

Afortunadamente, el dolor desapareció bastante rápido, más que el de una picadura normal de abeja.

Pero al mirarse el dedo, vio que la roncha roja se estaba volviendo morada.

La piel en torno a la herida estaba tensa, como si…

se endureciera . ¿Se podía formar una cicatriz a tanta velocidad?

El color morado se oscureció hasta convertirse en un gris profundo y oscuro.

Tocó la superficie callosa que se estaba formando en su piel: era fría y dura, como… el metal .

El corazón de Lucas se aceleró y sintió un nudo en el estómago del miedo.

La mariposa seguía revoloteando, observándolo.

Sus alas parecían estar cambiando de color: los brillantes tonos de rojo, amarillo y morado se disolvían en un gris oscuro, el mismo color que la roncha en su dedo.

Las alas también parecían cambiar de forma, los bordes suaves y sutiles se torcían y se volvían dentados.

Era casi como si la mariposa también se estuviera transformando en metal.

La mariposa siguió observándolo. Entonces, Lucas vio docenas de diminutos rayos de luz roja que destellaban como láseres de sus ojos.

Un escalofrío recorrió la espalda de Lucas y se enroscó alrededor de su cuello, haciéndolo temblar. El miedo le susurró suavemente al oído, como si fuera la mariposa misma la que hablara: estás atrapado .

Retrocedió lentamente mientras las mariposas comenzaban a revolotear alrededor de su cabeza.

Se posaban en los árboles y las flores que lo rodeaban, batiendo despacio las ya incoloras alas.

Definitivamente había algo muy malo en ellas.

Cuanto más asustado se sentía, más tranquilas parecían ellas, como si solo estuvieran esperando… algo.

Lucas retomó la marcha cada vez más rápido. ¡Ojalá tuviera su patineta! Luego comenzó a correr, pero aun así no parecía avanzar. En la distancia, el castillo seguía muy lejos.

Era como si estuviera corriendo en círculos.

O sobre un círculo.

Se detuvo, jadeando. Miró fijamente las piedras bajo sus pies.

Dio un paso, y luego otro. Se estaba moviendo hacia adelante y, sin embargo, no avanzaba.

De repente, recordó a un artista de circo que había visto una vez, haciendo equilibrio sobre una enorme bola.

El artista corría, haciendo girar la bola, pero en realidad no iba a ninguna parte.

Lucas reemprendió de nuevo su marcha rápida, con los pies demasiado doloridos ahora para correr.

No recordaba dónde había dejado sus botas.

Las había puesto en el suelo cuando fue a investigar a la mariposa, así que deberían estar junto al tronco.

Pero cuando el tronco apareció de nuevo, sus botas no estaban allí.

Se preguntó si debía ir a buscarlas, pero no tenía ni idea por dónde empezar.

No importaba a dónde fuera, no parecía avanzar a ninguna parte.

Frente a él, el paisaje no cambiaba nunca.

Se preguntó si era real o solo una imagen, como un telón de fondo en una obra de teatro.

Dejó de caminar. Se dio cuenta de que no tenía sentido seguir andando.

Era evidente que no progresaba. Pero quizás, si iba hacia atrás , de alguna manera regresaría a las puertas donde había comenzado con los demás.

Tal vez Javier aún estuviera allí. Había tenido muchos problemas para decidir qué camino tomar.

Lucas podría contarle lo que había descubierto: que tal vez el camino a través de la tormenta era, después de todo, el correcto.

Se sintió mejor al tener un plan en mente. Se dio la vuelta y comenzó a caminar de regreso. Tal vez encontraría sus botas por el camino. Pero ocurrió lo mismo. El paisaje no cambiaba. Nunca se acercaba al lugar donde había comenzado. La puerta ya no estaba.

Estaba atrapado.

No, yo puedo salir de esto. Ruaj no me va a dejar aquí, ¿o sí?

No estaba tan seguro de Ruaj. Después de todo, ni siquiera le había visto la cara.

Tal vez era algún tipo de espíritu maligno disfrazado de guía servicial, y su intención desde el principio había sido atraparlo en ese miserable lugar.

¿Acaso no era en las cuevas donde habitaban los seres malignos? Como los trolls .

Él no es un troll. Iván estaba muy seguro de eso. Pero, ¿qué podía saber un niño pequeño?

—Está bien, Ruaj, si puedes oírme, ¿por dónde debo ir ahora?

Ninguna respuesta. Bajó la cabeza y miró su coraza. Estaba oscura. El orbe no giraba. Lo golpeó varias veces con el puño para ver si podía reactivarlo de nuevo. Nada.

Mamá, papá…

¿Estarían preocupados por él? ¿Seguiría esperándolo su padre en el centro recreativo?

Tal vez ni siquiera sabía que había desaparecido.

El sol no se había movido: quizás el tiempo no estaba pasando en su mundo.

Su mundo. Se preguntó si la Tierra seguía existiendo.

También se preguntó por los demás chicos, y por el camino que habrían tomado.

¿Estarían atrapados en algún lugar, igual que él?

Mientras estaba allí, pensando en qué hacer a continuación, sintió que el suelo bajo sus pies se movía.

El temblor fue leve, pero lo bastante para captar su atención.

Se quedó inmóvil, sin saber si cualquier movimiento podría causar más problemas.

Transcurrieron varios segundos mientras esperaba. A qué, no tenía la menor idea.

Silencio.

Tal vez no era nada. Levantó un pie para dar otro paso. Pero no pudo moverlo. Miró hacia abajo y contuvo el aliento. Sus pies descalzos estaban desapareciendo lentamente en el camino empedrado, mientras el suelo mismo se derretía.

Levantó la cabeza y gritó:—¡Ayuda!

Pero el eco solo le devolvió su súplica, sin respuesta.