Capítulo 8 - La puerta a la destrucción
L os niños se encontraron en medio de la tormenta de arena que creían haber dejado atrás para siempre. Estaban de espaldas unos a otros, con los cuerpos tensos. La nube de arena era tan densa y el viento tan feroz que no podían ver luz alguna que la atravesara, ni rastro del cielo o del sol.
—¿Otra vez esa cosa del grobel?—preguntó Beatriz, cubriéndose la cabeza para defenderse del enorme y horrible monstruo de arena que casi la había sepultado antes.
—¡Hey!—exclamó Lucas mirándose las manos con asombro—. No hay viento.
Tenía razón. Aunque la tormenta rugía a su alrededor, no sentían la arena golpeando sus rostros. Era como si estuvieran dentro de una burbuja protectora… o de un campo de fuerza invisible.
—Es como si nos halláramos en su interior, pero en realidad no estamos dentro de ella —comentó Iván en un susurro. Se acercó al borde de la burbuja y metió un dedo en la barrera. No tembló como el techo de la Cueva. Era sólida, dura y clara como el vidrio. En realidad, más clara que el cristal.
—Genial—murmuró Javier para sí mismo.
—¿Y cómo se supone que vamos a salir de aquí?—preguntó Beatriz—. ¿Hay que encontrar ese reino o lo que sea?
Como si respondiera a su pregunta, fuertes estallidos resonaron a su alrededor, y cada uno de ellos anunciaba problemas. Empezaron a formarse grietas en la burbuja, pequeñas al principio, pero que se extendían como una intrincada telaraña.
—Esto no tiene buena pinta—opinó Iván.
Los niños se agruparon más, preparándose para lo inevitable: la burbuja implosionaba y la tormenta llenaba todo el espacio a su alrededor. Las grietas seguían ensanchándose, los crujidos eran cada vez más pronunciados.
—¡Se está rajando!—gritó Beatriz, dando un paso atrás.
—Sí, pero no entra arena—constató Javier, esforzándose por ver mejor. Los demás lo imitaron. Era cierto: la tormenta no pasaba a través de las grietas—. Son más bien como… entradas.
Tenía razón; las grietas se habían convertido en aperturas lo bastante amplias como para ver del otro lado.
Aparecieron tres puertas, una grande en el centro y dos más pequeñas a cada lado.
La puerta central estaba adornada de oro, y las dos laterales eran lisas, de madera rugosa.
Sobre las tres estaban grabadas las palabras:
N O TE APOYES EN TU PROPIO ENTENDIMIENTO .
En torno a cada puerta, suspendida en el espacio, la tormenta seguía soplando.
Sin embargo, las tres entradas se abrían a tres mundos distintos.
La de la izquierda conducía a una calle oscura, de aspecto lúgubre, con viejos edificios decrépitos a cada lado.
En primer plano había dos lámparas encendidas, pero las demás estaban apagadas.
El pavimiento parecía húmedo, como si estuviera lloviendo.
La puerta de la derecha era la única que conducía directamente de regreso a la tormenta de arena furiosa.
La amplia puerta del medio conducía a un hermoso camino empedrado, bordeado de árboles y flores, que se extendía sobre varias colinas.
Había jardines y cascadas, montañas verdes y, a lo lejos, descansando sobre un cojín de nubes entre los picos de las montañas, se alzaba un magnífico y extenso castillo.
El cielo era de un azul claro, pero salpicado de extrañas formas donde deberían haber estado las nubes. Sin embargo, aquellas cosas no se parecían en nada a las nubes. Eran más bien grandes rocas flotantes de un tono grisáceo-púrpura.
—¡La casa en la colina!—exclamó Beatriz, señalando—. Bueno, en realidad es más como una casa en una nube que en una colina… ¡y esa casa es más bien un castillo! ¿No es hermoso?
—Y eso estaba en mi instrucción. Se supone que debo ir por ahí.—Beatriz se lanzó hacia la puerta del medio.
—¡Espera!—advirtió Javier, extendiendo un brazo para bloquear su camino—. Se supone que debemos seguir la armadura, ¿recuerdas? Sigan el Camino de la Armadura … signifique lo que signifique.
—¿Y cómo hacemos eso?—preguntó Lucas—. ¿Se supone que va a hablar o algo?
Los niños miraron la placa de su pecho, como si esperaran que dijera algo.
—Y, ¿qué dice?—interrogó Iván—. ¿Escuchan algo?
Lucas y Javier negaron con la cabeza.
—Bueno, yo sé que no quiero ir por ahí—afirmó Beatriz, señalando la oscura calle de la izquierda—. Parece… embrujada. Y definitivamente no voy a volver a meterme en esa tormenta de arena. Así que, solo hay una opción.—Se acercó más a la puerta del medio.
—Yo estoy de acuerdo con ella—añadió Iván—. ¿Por qué nos daría Ruaj esta armadura para luego enviarnos de vuelta a una tormenta de la que estos dos apenas logaron salir?—indagó, señalando a Beatriz y a Lucas.
—¿Qué esperamos?—preguntó Lucas—. ¡Vamos!
De repente, el orbe en la coraza de Lucas empezó a girar, y las palabras que contenía salieron disparadas para que pudiera verlas revolotear en el aire delante de él:
A NCHA ES LA PUERTA A LA DESTRUCCIÓN ,
Y EL CAMINO QUE LLEVA A ELLA ES FÁCIL DE SEGUIR .
Los niños leyeron la instrucción lentamente, con cuidado, y sus ojos saltaban del mensaje a las opciones que tenían frente a ellos.
Javier señaló la puerta del medio.
—Esa parece bastante amplia. No creo que debamos ir por ahí.
—No tiene sentido elegir una de esas opciones—comentó Lucas—. ¡No tienen más que mirarlas!
Javier miró; Lucas tenía razón. Ambas opciones parecían poco acogedoras. Respiró hondo.
—No te apoyes en tu propio entendimiento—leyó—. Está escrito justo ahí arriba, ¿lo ven?
—Es cierto—corroboró Beatriz pensativa. Justo en ese momento, el orbe en su placa comenzó a girar, brillando tenuemente.
—¡Hey, miren!—exclamó Iván—. ¡Tu armadura está haciendo algo!
Beatriz bajó la vista, esforzándose para ver. Luego miró otra vez a Iván.
—La tuya también.
Contemplaron con asombro cómo ambos orbes proyectaban un haz de luz en el espacio que había entre ellos.
Partículas de luz comenzaron a danzar, girando unas alrededor de otras hasta reorganizarse en una imagen: la visión de la oscura calle de la ciudad que se extendía más allá de la puerta de la izquierda.
De repente, la imagen se desintegró, y la luz se retiró de nuevo a los orbes.
— ¡Guau! —murmuró Iván—. Creo que quiere que vayamos por ahí.—Señaló la puerta de la izquierda.
—¿Por ahí?—preguntó Beatriz, con una expresión de horror—. No puede ser correcto.—Golpeó la placa de su pecho varias veces, esperando que apareciera una nueva imagen.
Pero eso no ocurrió.
—Me pregunto si todos deberíamos ir por el mismo camino—observó Javier—. Probablemente deberíamos mantenernos juntos.
Justo en ese momento, el orbe de Javier hizo lo mismo, proyectando una imagen en el aire frente a él: la puerta con la tormenta. Miró hacia la puerta de la derecha.
—¿Me está señalando que vaya por ahí?—Sus hombros se hundieron con desánimo.
—A ti también—señaló a Lucas. De hecho, la armadura de este proyectaba la misma imagen.
—¿Qué? ¡De ninguna manera!—Lucas sacudió la cabeza—. ¡No, no! Yo no vuelvo a entrar ahí.
—Pero ahora tenemos armadura—lo tranquilizó Javier.
—¿Esta armadura? ¿Crees que esto nos va a proteger de… eso?—Miró a los demás, que solo se encogieron de hombros, delatando sus propias dudas respecto a la armadura. Lucas sacudió de nuevo la cabeza.
—¡De ninguna manera! Yo no voy por ahí. Nos vemos luego.—Se dio media vuelta y fue hacia la puerta del medio.
Beatriz lo agarró del brazo.
—Lucas, no creo que debas…
—No se preocupen por mí. Es probable que esté en ese castillo elegante, comiendo un helado antes de que ustedes lleguen. ¡Diviértanse!
Se acercó con cuidado a la puerta, respiró hondo y miró a sus amigos una vez más. Luego se giró, enderezó los hombros y cruzó el umbral hacia el otro lado. Para los demás niños, era como si hubiera atravesado una cortina invisible; la escena del camino empedrado se lo tragó mientras desaparecía.
Iván corrió hacia la puerta del medio, mirando la escena vacía con asombro.
—¡Él… simplemente ha desaparecido!
—Espero que esté bien—susurró Beatriz, claramente preocupada.
—Tal vez Lucas tenga razón—reconoció Javier—. Quizás deberíamos ir con él. Parece el camino correcto. Y tal vez no entendamos realmente lo que significan estas imágenes…
Se detuvo de repente: sus ojos fueron atraídos hacia las palabras inscritas sobre la puerta de la tormenta.
N O TE APOYES EN TU PROPIO ENTENDIMIENTO
Bueno, en realidad no tenía mucho sentido, pero eso era lo que la armadura le decía que hiciera. Suspiró.
—Supongo que tenemos que ir por ahí.—Tan pronto como lo pronunció en voz alta, sintió que algo se abría dentro de él, una nueva certeza que emergía: Sí, este es el camino correcto.
—Entonces, supongo que tenemos que ir por ahí—confirmó Beatriz, señalando la entrada a la vieja calle de la ciudad—. ¡Es tan oscura! ¡Y tan húmeda! Y… vieja …
—¡El camino antiguo!—exclamó Iván de repente, como si se le hubiera encendido una bombilla en la cabeza—. ¡Tal vez eso es lo que significaba la instrucción! ¡Seguir el camino viejo!
—El camino antiguo, no camino viejo—corrigió Beatriz.
—¡Es lo mismo!—replicó Iván—. Decía que, si seguía el camino antiguo, sería pacífico o algo así, ¿no?
—Decía que hallarías la paz —respondió Beatriz.
—Bueno, es casi lo mismo.—Iván marchó hacia la entrada, pero se detuvo y se dio la vuelta. La expresión de confianza brillante en su rostro ya se había desvanecido.
—Entonces… ¿vienes o qué?—apremió a Beatriz.
—Sí, eso creo—Beatriz suspiró profundamente, echando su melena hacía atrás, y preparándose para lo peor.
—¡Hey!—llamó Javier. Briana se giró para mirarlo. Sus grandes ojos le llamaron la atención: eran marrones oscuros, pero tenían una especie de chispa, como el resto de ella. Sintió que se sonrojaba, y esperó que ella no se diera cuenta—. Solo te pido que vigiles a mi hermano pequeño, ¿vale?
—¡Puedo cuidarme solo!—replicó Iván. Dicho esto, se giró y se lanzó a través de la puerta. Parecía que él, como Lucas, había atravesado una cortina y se había desvanecido.
—No te preocupes—tranquilizó Beatriz a Javier y le sonrió—. Yo me encargo.—Le hizo un gesto de aprobación con el pulgar hacia arriba, luego se dio la vuelta, hizo otra respiración profunda y avanzó con determinación, cruzando la puerta detrás de Iván. Ella también se esfumó.
Ahora completamente solo, Javier miró una vez más la imagen que flotaba en su coraza. Solo quería asegurarse. No había cambiado. La tormenta. Volvió a mirar el sereno camino del medio que conducía directamente al castillo en la nube.
—Tal vez estoy loco—suspiró. Se acercó a la puerta de la derecha y miró al viento violento: el torbellino de arena era tan denso que parecía una niebla espesa y oscura. Se enderezó, respiró hondo tres veces, cerró los ojos y se lanzó por la puerta a la tormenta.