La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 7 - El Libro
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Capítulo 7 - El Libro

C uando Lucas y Beatriz regresaron a la sala principal de la Cueva, Iván y Javier los miraron boquiabiertos.

—¿Qué es eso?—preguntó Iván, señalando la armadura de Beatriz, que era similar a la de los chicos, pero incrustada con diminutas chispas que brillaban en la tenue luz de la Cueva.

Incluso su cinturón y sus botas parecían iridiscentes, como si hubieran sido sumergidos en su característico brillo labial—. ¡No se supone que la armadura brille!

—Es mi armadura—respondió Beatriz, con los brazos en jarra—. Puede brillar si quiere.

Estaba claramente encantada con sus nuevos accesorios.

—Ojalá tuviera mi brillo labial—añadió en voz baja.

La armadura de Lucas era bastante parecida a la de los demás chicos.

El viaje a través de los túneles había sido…

un viaje . ¡Cómo le habría gustado tener su patineta allí!

Ruaj no hablaba mucho ni tampoco explicó para qué eran las puertas con los candados.

Lucas quería realmente saber qué había en esas habitaciones.

Beatriz había estado demasiado ocupada admirando su reluciente armadura como para prestar atención.

—Se ve raro—murmuró Iván.

—Tú también te ves raro—replicó Beatriz con desdén—. ¿Quién ha visto a un niño de seis años con armadura?

—¡Tengo casi diez!—la rectificó Iván.

—¡Lo que sea!—concluyó Beatriz, moviendo la melena con aire de superioridad.

—Jóvenes guerreros…—La voz atronadora de Ruaj puso fin a la discusión.

Se volvieron para mirarlo, sintiendo una advertencia en la quietud de su figura encapuchada.

Ruaj levantó un brazo y señaló algo que flotaba en el aire y que no había estado allí un momento antes.

Era un gran pergamino. Hizo un movimiento con el brazo y este se desenrolló, revelando una lista de declaraciones escritas una tras otra en una elegante caligrafía.

—Hay algunas cosas que deben recordar para asegurar la victoria en Ahóratos.—Las pronunció una a una en voz alta, mientras los niños leían con él lo que ponía el pergamino.

E NTRAR SIEMPRE EN LA C UEVA A TRAVÉS DEL A GUA .

V ESTIR DE INMEDIATO LA ARMADURA .

N O DEJAR NADA EN A HÓRATOS .

N O LLEVARSE NADA A SU MUNDO .

—¿Entonces no podemos llevarnos esta armadura?—preguntó Iván, con expresión de desánimo. Realmente quería presumirla delante de sus amigos. Aunque no era del todo aterradora, tenía algunas características geniales.

La capucha de Ruaj se giró en dirección a Iván.—Por ahora no… pero a su debido tiempo. Sé paciente, joven príncipe.

—Está bien—se conformó Iván con un suspiro—. ¿Podemos irnos ya?

Ruaj no respondió. En su lugar, se dio la vuelta y se dirigió a uno de los oscuros pasillos.

A la distancia, los niños pudieron ver un pequeño destello dorado que flotaba en el aire.

Estaba demasiado lejos para distinguir con exactitud qué era.

Ruaj extendió sus dos largos brazos hacia el túnel una vez más y, al hacerlo, un fuerte rayo de luz irrumpió desde el techo y cayó sobre el objeto, iluminándolo.

Resaltaba con fuerza contra el fondo de las paredes oscuras y oníricas de la cueva.

Ruaj recogió los brazos como si estuviera atrayendo el objeto hacia ellos.

A medida que lo hacía, este comenzó a moverse a una velocidad imposible.

—¡Cuidado! ¡Se va a estrellar!—exclamó Iván, lanzándose detrás de una estalagmita para protegerse. Por instinto, Lucas agarró a Beatriz por el brazo y tiró de ella hacia atrás, alejándola del objeto que se acercaba; como era natural, ella se había estado acercando más a él para verlo mejor.

Curiosamente, se detuvo de repente en el centro de la Cueva, aún bañado en la luz dorada, flotando justo por encima del suelo. La luz que lo alumbraba se atenuó para que los niños pudieran ver realmente lo que era. Sus ojos se abrieron de par en par.

Un libro.

Un libro grande, posado sobre un pedestal dorado.

No se parecía a ningún libro que los niños hubieran visto antes.

Sabían que era un libro, pero era luminoso y latía débilmente, como si no estuviera del todo allí.

La cubierta dorada era muy simple, sin título ni imagen, excepto por el Blasón de Ahóratos.

Pero el escudo en sí no era estático; giraba lentamente, proyectándose fuera de él como una imagen en 3D. Los niños lo miraron asombrados.

—Este es El Libro—dijo Ruaj—. Lo escribió la Fuente. Les proporciona instrucciones que los ayudarán a enfrentarse al enemigo.

—¿Quién es la Fuente?—preguntó Javier.

—La Fuente de todas las cosas: toda vida, toda verdad, toda sabiduría. El Libro contiene todo lo que necesitan para obtener la victoria en Ahóratos y en la Tierra.

Ruaj extendió un brazo hacia El libro. Los niños casi esperaban que se moviera a la velocidad del rayo, como antes.

En cambio, la cubierta se abrió, como la de un libro normal.

Excepto que emitió un sonido—como una nota musical—al apoyarse sobre el pedestal.

Una pequeña pulverización de luz se elevó desde la primera página, como si el sonido mismo fuera visible.

Ruaj hizo otro movimiento rápido con el brazo, y las páginas del libro comenzaron a pasar, abriéndose como un abanico, y cada una de ellas hacía sonar su propia nota suave.

Todas armonizaban en algo parecido a una canción, llenando la Cueva con una música extraña y vibrante.

Ruaj alzó una mano, y las páginas dejaron de pasar, mientras la música seguía vibrando todavía levemente en el aire.

Los niños se inclinaron para mirar más de cerca.

La página en la que se había detenido el libro estaba llena de letras y palabras sin sentido.

Estaban misteriosamente revueltas, como un código.

—¿Es algún idioma nuevo?—preguntó Beatriz.

—Este Libro es diferente a cualquier otro.

No se puede leer simplemente. Debe ser revelado.

Puede que al principio no entiendan la revelación, pero si lo mantienen cerca, pronto verán su significado.

Cada instrucción que reciban de El Libro se almacenará aquí—señaló el orbe en la placa del pecho de Beatriz.

Los niños miraron sus propias placas y luego volvieron a mirar a Ruaj. Ahora estaban realmente confundidos.

—Príncipe Javier, da un paso adelante.

Javier avanzó con cautela hacia El Libro resplandeciente. Y, sin que nadie se lo indicara, se arrodilló. No estaba seguro de por qué; solo sintió que debía hacerlo. Se respiraba algo sagrado en ese momento.

Ruaj asintió con la cabeza encapuchada y tocó la página de El Libro. El mensaje críptico comenzó a brillar y a cambiar, cobrando vida. Luego, las letras mismas se elevaron de la página y flotaron en el aire sobre ellos.

G S EIU LE O C MINA ED ALR U A MARDA .

E T RÁEVELL A AL OICMNA OCRRTECO .

Ante sus ojos, las letras empezaron a moverse lentamente, bailando y cambiando de lugar hasta formar una frase completa:

S IGUE EL CAMINO DE LA ARMADURA .

T E GUIARÁ AL CAMINO CORRECTO .

Javier leyó una y otra vez las palabras, preguntándose qué significaban.

¿El Camino de la Armadura? Entonces Ruaj alargó la mano y tomó una de las letras, y la arrancó del aire.

Al hacerlo, el resto de las letras lo siguieron como si estuvieran todas conectadas.

Ruaj las reunió entre sus brazos y se las lanzó a Javier.

El muchacho estaba demasiado sorprendido para moverse mientras observaba cómo cada letra fluía dentro del orbe de su placa pectoral, acompañada de la misma música suave que había inundado la Cueva al haber ido pasando las páginas del Libro.

El orbe comenzó a brillar tenuemente, con un tono púrpura iridiscente, como si las palabras doradas giraran justo debajo de la superficie.

Javier respiró hondo, como si inhalara las palabras mismas en sus pulmones, sintiendo cómo se arraigaban y se incrustaban en lo más profundo de su alma. Era algo extraño y asombroso, la bocanada de aire más refrescante que hubiera tomado jamás.

—¡Vaya!—murmuró en voz baja. Miró a Iván, cuyo rostro reflejaba asombro, y tenía la boca abierta, aunque esta vez no salió de ella palabra alguna. Iván estaba sin habla. como cuando vio a Ruaj por primera vez en su habitación.

—Príncipe Iván—llamó Ruaj. Iván dio un respingo, y luego se acercó lentamente a Javier. Se arrodilló también, en total reverencia a este extraño y maravilloso Libro.

Ruaj volvió las páginas del Libro como había hecho antes.

Cuando las páginas se detuvieron, el corazón de Iván empezó a acelerarse anticipando lo que podrían ser sus instrucciones.

Las páginas dejaron de girar, y Ruaj señaló las palabras que había planeado para Iván desde antes de que existiera el tiempo; estas salieron también de la página y revolotearon en el aire.

GSLH A AAYDL ASUAP ZS LGEUN THS RI SAEN .

Una vez más, las letras se transformaron para deletrear la verdadera instrucción.

S IGUE LAS SENDAS ANTIGUAS Y HALLARÁS LA PAZ .

—¿Qué significa esto?—preguntó Iván, frunciendo las cejas—.

¿Las sendas antiguas?—Pero Ruaj no le contestó.

En su lugar, atrapó las palabras y las lanzó al orbe de Iván, y brilló, tarareando suavemente.

Iván respiró más profundo de lo que recordaba haber hecho nunca.

Echó una mirada a Javier, quien puso su mano sobre el hombro de su hermano, esbozando una leve sonrisa.

—Príncipe Lucas—llamó Ruaj. Le hizo señas y él se acercó lentamente. Pero no se puso de rodillas. Apoyó su peso sobre una pierna, incómodo.

Ruaj no pareció notarlo. Solo hizo que las páginas volvieran a pasar. Lo hicieron con rapidez hasta que apareció una hoja nueva, las palabras mezcladas se enderecharon y flotaron en el aire.

A NCHA ES LA PUERTA A LA DESTRUCCIÓN ,

Y EL CAMINO QUE LLEVA A ELLA ES FÁCIL DE SEGUIR .

Lucas frunció las cejas; parecía confundido.

El mensaje sonaba más como una advertencia que como un consejo amistoso.

No era como el de Iván y Javier. Observó cómo Ruaj transfería las palabras a su propio orbe; vio el mismo resplandor que en los demás, y escuchó la música.

Se sorprendió por la profunda bocanada de aire que tuvo que tomar cuando las palabras llegaron a él.

Beatriz dio un paso y se acercó a él. Miró a los dos chicos arrodillados y a Lucas, y se encogió de hombros esperando que Ruaj le mostrara la instrucción para ella:

M I VERDAD TE CONDUCIRÁ

A MI CASA SObrE EL MONTE SANTO .

Beatriz sonrió de satisfacción.

—Hay una instrucción más que deben recibir—anunció Ruaj, luego de entregar las palabras al orbe de Beatriz. Tocó otra página y las palabras aparecieron delante de ellos:

P OR ENCIMA DE TODO, GUARDA TU CORAZÓN

PORQUE DETERMINA TU SENDA .

Ruaj hizo de nuevo el ademán de agarrar, y las palabras entraron en la coraza de los cuatro, con una nota musical final. Los orbes brillaron un poco más.

—Ahora—indicó Ruaj—. Verán su destino tan pronto como abandonen la Cueva. Pero asegúrense de seguir la armadura. Ella los guiará.

—¿Qué es el destino?—preguntó Beatriz—. ¿Es una casa, como decía mi instrucción? ¿Cómo un castillo quizás? ¿Con unicornios?

—Cuando lo vean lo sabrán.

—¿Y ya está?—Javier frunció un poco el ceño. No parecía ser suficiente información—. ¿No hay mapa? ¿Ni siquiera una descripción de hacia dónde nos dirigimos? Quiero decir, si se supone que vamos a librar una batalla…

La voz de Ruaj detuvo a Javier en seco; resonó por las paredes de la Cueva, haciendo temblar las estalactitas, y haciéndose eco en el corazón de cada uno de los niños.

—Tienen todo lo que necesitan.

Las paredes de la Cueva se estremecieron como cuando empieza a haber interferencias en la imagen de un televisor. Los niños miraron a su alrededor, sobresaltados. Cuando se dieron la vuelta, Ruaj había desaparecido.

Luego, la Cueva misma se desvaneció como cuando se apaga el televisor.

Simplemente… desapareció .