La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 6 - Saltar en charcos
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Capítulo 6 - Saltar en charcos

L os pies de Lucas estaban fríos. Eso parecía extraño, ya que estaba completamente sumergido en agua.

¿O no lo estaba? Abrió ligeramente los ojos, esperando ver una escena subacuática turbia.

No había agua. Todo a su alrededor brillaba en tonos azules y blancos.

Dejó salir el aire que había estado conteniendo en sus pulmones doloridos.

Luego respiró de nuevo. ¡Podía respirar! Aire de verdad.

Miró al suelo: piedra. No era de extrañar que estuviera fría. Apenas un momento antes, todo estaba tan caliente, el viento y la arena le habían quemado en la cara.

Arena. Alzó el brazo y se tocó la piel. Estaba suave. No estaba cubierto de arena. Sacudió la cabeza y se pasó las manos por el cabello rizado, esperando una lluvia de granos de arena sobre su cara. Pero no había nada. Estaba seco… y limpio.

Su ropa también era distinta. En lugar de su camiseta Tony Hawk y sus vaqueros, vestía un pantalón de tela gruesa de color gris y una camisa con ese mismo emblema extraño, que brillaba débilmente.

Miró a su alrededor, observando las extrañas formaciones rocosas y los pequeños destellos de luz que revoloteaban a su alrededor.

Recordó haber sido succionado por el charco, aquel pozo con el símbolo.

Pensó que había ocurrido solo un minuto antes…

pero ¿habría pasado más tiempo sin que él se percatara?

Parecía como si hubiera despertado en otro mundo, uno más extraño.

Lucas miró hacia arriba. Delante de él había tres personas.

Dos de ellas eran niños, uno grande y otro más pequeño.

¿Era… Javier? ¿El chico del baloncesto del centro recreativo?

¿Y su hermano pequeño? La otra persona no era exactamente una persona .

Parecía una pequeña masa morada de algo sin rostro.

—Bienvenido a Ahóratos, príncipe Lucas—lo saludó la masa morada.

Su voz retumbó por todo aquel espacio y Lucas la sintió en el fondo de su estómago.

Debe de ser algún tipo de persona . A medida que sus ojos se iban acostumbrando, Lucas se dio cuenta de que aquella masa amorfa era en realidad una túnica. —Te hemos estado esperando.

—¿De verdad?—la garganta de Lucas estaba áspera. ¿Sabe mi nombre? Y me ha llamado príncipe. Eso es más extraño aún. —¿Dónde estoy?

—En la Cueva—le contestó el niño más pequeño. Sonaba muy seguro de sí mismo, como si supiera de lo que estaba hablando—. Y este es Reebok. No te preocupes. No es un troll.

— Ruaj —corrigió Javier con voz molesta—. Ru- aj .

—Exacto. Ru- aj— repitió el más pequeño, pronunciando cada sílaba como si fuera una palabra separada—. Y yo soy Iván, I-ván, y este es Javier, Ja-vier, mi hermano. ¿Tú eres Lucas, ¿verdad? El skater . Del centro recreativo, ¿no?

Lucas asintió, y después movió la cabeza como si intentara sacudirse la arena del cerebro.

—La tormenta… el agua… me metí en un charco, vi esa cosa extraña…

—El Blasón de Ahóratos—corrigió el tipo morado llamado Ruaj—. Es lo que los condujo hasta aquí.

—¡De modo que eso es lo que es!—exclamó Iván—. Un blasón como el que los caballeros llevaban en sus escudos en los tiempos antiguos. El blasón de A-Jinetes.

—Ahóratos—replicó Javier.

—¡Eso es lo que acabo de decir!

Javier hizo un gesto con la cabeza y dio un paso hacia Lucas.

—Tu amiga sigue ahí afuera.—Señaló el techo. Por un agujero superior, Lucas observó asombrado; podía ver al monstruo, el grobel de arena, que arrasaba el desierto. ¿Por el techo ? ¿Cómo era eso posible?

—¿Ha… Beatriz?—dijo—. ¿Dónde está?

Ruaj alzó sus brazos, realmente largos, hacia el techo y empezó a girarlos lentamente y, al hacerlo, toda la escena cambió de perspectiva hasta que se vio un pequeño montón blanco rosado, casi perdido en la arena que volaba.

A continuación, Ruaj arrastró sus brazos hacia abajo, y la vista se enfocó en un primer plano.

Lucas podía ver ahora que el montón era Beatriz.

No se movía en absoluto, como si se hubiera rendido en la lucha.

Lucas emitió un grito ahogado.

—Intenté convencerla, pero no quiso venir.—Sintió que iba a llorar, y giró la cabeza para que los dos chicos no lo vieran—. La he perdido.

—No está perdida.—Ruaj dio un paso hacia Lucas, pero su rostro encapuchado seguía mirando hacia arriba, hacia Beatriz—. No temas. Puedo acercar el agua a ella.

Ruaj señaló hacia arriba, y la escena cambió de nuevo, acercándose al charco donde estaba el símbolo de Ahóratos.

Lucas observó, indeciso. Pero entonces, Ruaj agitó sus brazos y…

movió el agua . El muchacho parpadeó asombrado, mientras el charco de agua (el Agua) se deslizaba por la arena hasta quedar justo frente a Beatriz.

Sin embargo, ella no lo vio. Tenía los ojos apretados con fuerza, con el rostro oculto bajo sus brazos.

—Llámala—ordenó Ruaj.

—¿Qué quieres decir?—preguntó Lucas, confuso.

—Te escuchará—le aseguró Iván—. Tienes que gritar muy muy fuerte.

Lucas frunció el ceño. Vaciló.

—¡Hazlo!—le gritó Iván.

—Eeh, está bien… ¡Habi!—llamó Lucas, sin gritar exactamente. Se sentía un poco necio.

—¿Habi?—repitió Iván, riendo con nerviosismo.

—¡Quiero decir, Beatriz!—gritó Lucas más alto, y el eco de su voz resonó por toda la cueva—. ¡Beatriz! ¿Puedes oírme?

Para su sorpresa, Lucas vio cómo la ventana que estaba sobre él empezaba a ondular, como si sus palabras hubieran golpeado de verdad una barrera invisible.

—¡Eso es!—alentó Iván—. Sigue así. ¡Dile que se meta en el Agua!

—¡Habi! ¡Al Agua! ¡Métete en el Agua!

Las palabras hicieron ondular de nuevo la barrera.

Beatriz levantó la cabeza y abrió los ojos ligeramente; después, los cerró de golpe contra la embestida de arena.

Hasta sus pestañas estaban cubiertas. Luego los volvió a abrir, lo suficiente como para mirar hacia abajo.

Cuando vio el Agua abrió poco a poco los ojos.

Sabía que aquel charco no estaba allí un momento antes.

—¡Beatriz! ¡Habi! ¡Métete al Agua! ¡Está ahí!—La voz de Lucas se hacía más fuerte, más alta. ¡Podía escucharlo! Beatriz extendió una mano con cautela, tocando muy levemente la superficie del Agua. La barrera volvió a ondularse.

—¡La está viendo!—gritó Lucas. Ruaj había llevado el Agua junto a ella—. ¡Métete, Habi! ¡Entra al Agua!—vociferó una y otra vez. Los demás niños se unieron a él.

Beatriz todavía parecía vacilar. El viento se intensificó; la tormenta era ahora tan densa que resultaba difícil de ver, salvo por unos pocos destellos de su diadema.

—¡No te rindas, Habi!—Lucas miró alrededor con desesperación, y vio una serie de repisas en las formaciones rocosas de la Cueva.

Corrió hacia ellas, saltando de una a otra para poder acercarse lo bastante al techo.

Luego trató de meter la mano a través de la barrera, con la esperanza de alcanzarla.

Pero la barrera invisible rebotó simplemente como si fuera un trampolín, y lo derribó.

Fue dando tumbos por las rocas, gimiendo.

—Ella debe atravesarlo por su cuenta—señaló Ruaj con calma—. Otros pueden llamarla, y yo puedo hacer que sea accesible para ella, pero debe tomar la decisión por sí misma.

Los otros dos chicos gritaron y lanzaron pequeñas piedras al techo, creando más ondas. Lucas subió de nuevo a la repisa, uniéndose a su coro, golpeando la barrera con las manos.

—¡Habi! ¡Métete!—Ya no le importaba que los demás lo oyeran llamarla Habi. Lo único que quería era sacarla de la tormenta y meterla en el Agua.

Beatriz entrecerró los ojos ante el charco de agua frente a ella; el símbolo de Ahóratos, el que habían visto sobre la cabeza de Lorenzo, brillaba en la superficie. Las voces sonaron de nuevo, como si procedieran del charco mismo: ¡Métete!

Sintió la arena en sus oídos, en la boca y hasta en las fosas nasales. El grobel de arena se cernía sobre ella con sus enormes brazos de arena envolviéndola, dificultándole cada vez más la respiración.

Sin embargo, el agua seguía hablándole.

La tocó y sintió un tirón, una sensación de atracción.

Se apartó: la sensación era demasiado extraña.

Pero el agua estaba fresca, era un alivio ante la arena caliente y punzante.

Volvió a sumergir toda la mano. El agua empezó a tirar de ella, arrastrándola hacia abajo.

Intentó resistirse, pero se sentía tan bien, tan fresca y mojada, sin arena.

Se dejó llevar, el brazo, el hombro. Cerró los ojos mientras aquello tiraba de ella para abajo, hacia la oscuridad.

Beatriz tosió, casi ahogándose con la arena asfixiante.

Bailó de un lado a otro y agitó los brazos en el aire, como si todavía estuviera luchando contra el grobel.

Sacudió la cabeza frenéticamente para quitarse la arena del cabello, de la cara, de la boca, pero le llevó un momento darse cuenta de que ya no había tormenta.

Su piel estaba fresca, pero no estaba mojada.

Por fin abrió los ojos, sorprendida de poder hacerlo sin que la arena la golpeara.

Permaneció muy quieta, observando su entorno.

Solo sus ojos se movían, arriba, abajo, izquierda, derecha.

Su sudadera rosa y sus pantalones a rayas habían desaparecido.

Ahora vestía una camiseta larga gris y unos leggins .

Y, lo más extraño de todo, no había ni asomo de arena o agua en su cuerpo.

Tal vez estuviera soñando todavía, un sueño dentro de otro.

Sintió que algo la agarraba del hombro y dio un brinco, soltando un pequeño grito de miedo.

—¡Habi! ¿Estás bien?

Se dio la vuelta con la boca abierta de asombro.

—¿Lucas?—Lo miró fijamente, sorprendida de que él también estuviera allí.

—Te estaba llamando y llamando. Estaba asustado… parecía como si no…—no acabó sus palabras.

Ella notó que él también estaba seco y libre de arena, y que vestía ropa casi idéntica a la suya, con el símbolo de Ahóratos brillando en su pecho. Aquello se estaba volviendo muy raro.

—¿Dónde estamos?

—En una cueva, creo.

—¿Una cueva?

— La Cueva—corrigió una voz. Se volvió para ver quién había hablado.

Vio a dos niños y… ¿un conejito morado?…

de pie, junto a ellos, que la miraba fijamente.

Los muchachos vestían igual que ella y Lucas, salvo que también llevaban unos extraños accesorios: coraza blanca sobre el pecho, cinturón y botas blancas lustrosas.

Como si estuvieran a punto de jugar una partida de pistolas láser.

—¿Qué…?—dejó escapar—¿Cómo es que no estoy cubierta de arena?—Se tocó el pelo; no había arena, ni siquiera estaba despeinada. La diadema seguía en su sitio.

—Princesa, no tienes nada de arena encima—señaló otra voz, muy profunda y resonante que retumbó alrededor de ella—. El Agua te ha lavado.

Miró fijamente a la criatura morada… ¿Acababa de hablar? Y… ¡la había llamado princesa ?

—¿Qué está pasando aquí?—Se giró de nuevo hacia Lucas—. Nos estaba atacando una cosa monstruosa de arena, y después entramos a un charco? ¿Y hemos acabado… aquí?

—Es una de las normas—apuntó el niño pequeño, adelantándose—. Siempre tienes que pasar a través del Agua para entrar a la Cueva. Es realmente importante. No lo olvides. Y después tienes que conseguir tu armadura. ¿Correcto, Sr… Ruejo?

El otro chico suspiró, como si estuviera aburrido.

—Discúlpalo. Soy Javier y él es mi hermano Iván. Nosotros también hemos llegado aquí.

—¿Aquí, donde?—preguntó Beatriz.

—Bienvenida a Ahóratos—la saludó el conejo morado parlante. No, no era un conejo, pero tampoco parecía tener cara. Tal vez era un hado—. Soy Ruaj, su guía mientras estén aquí.

—No es un troll —explicó Iván.

—¡Iván!—regañó Javier.

—Ahóratos—repitió Beatriz, sin acabar de creérselo.

—Por lo que veo tú tenías razón en la forma de pronunciarlo—reconoció Lucas.

—¿De verdad?—preguntó Beatriz—. ¿En Ahóratos? ¿Como en mi libro?—Parpadeó unas cuantas veces como intentando todavía sacar la arena de sus ojos—. ¿A ustedes también los perseguía un monstruo de arena?

—Era un grobel de arena—explicó Iván, lleno de confianza—.

Y no, nosotros estábamos en un bosque donde todos los árboles se nos caían encima.

Y después llegamos a un gran lago, y vimos ese símbolo—el Blasón—y nos metimos.

Es lo que hay que hacer cuando se ve el Blasón en el Agua; hay que meterse rápido. Menos mal que lo hiciste.

—Ya—replicó Beatriz, que todavía sonaba algo confusa—. Imagino que sí.

Lucas puso su mano sobre el hombro de ella.

—Hey, Habi—la tranquilizó con suavidad—. Todo está bien. Estamos bien. ¿Verdad?

—Genial—respondió ella débilmente, consiguiendo sonreír—. Solo estoy un poco… ya sabes… alterada. Quiero decir, ese monstruo, ese grobel o lo que sea… y esta cueva… Pero, en primer lugar, ¿cómo llegamos a ese desierto?

—Estaban teniendo un problema—informó Ruaj, esta vez con amabilidad, como si supiera lo que habían experimentado.

—Sí—respaldó Lucas—. Ese matón estaba causando problemas, y ese símbolo extraño—el Blasón—colgaba sobre su cabeza. Parecía tan real que lo agarramos, y lo siguiente que sé es que ¡nos encontramos en ese desierto! Y, a continuación, ese monstruo…

—Grobel—recalcó Iván.

—Sí, lo que quiera que sea. Empezó a venir hacia nosotros y…

—El enemigo sabe cuándo entras a Ahóratos, de modo que siempre hay que meterse en el Agua de inmediato; siempre hay que pasar por el Agua para entrar a la Cueva —señaló Ruaj—. Es peligroso estar en Ahóratos sin estar equipado.

—Como yo te he dicho—insistió Iván—. Necesitan tener su armadura. ¿Verdad, Ru?

—No le llames así—lo reprendió Javier, dándole un golpecito con el dedo en la nuca a su hermano.

—¡Déjame!—refunfuñó Iván, apartándolo con un manotazo.

Ruaj asintió con su cabeza encapuchada.

—Sí. Su armadura. Ustedes dos, síganme.—Se volvió hacia Javier e Iván, e hizo un gesto leve con la cabeza, como diciendo: No causen problemas hasta que volvamos. Después, empezó a descender por uno de los oscuros túneles que se iluminó de color morado a su paso.

—Más vale que lo sigan—indicó Iván—. No espera a nadie.

—Vamos, Habi—dijo Lucas, todavía confundido, pero agarrando a Beatriz de la mano—. ¡Vamos!

—¿Armadura?—Beatriz contempló el atuendo de Javier e Iván, arrugando la nariz—. ¡Ni pensar que yo me vaya a poner eso!

Siguió protestando mientras Lucas la arrastraba hacia el oscuro sendero.