La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 5 - Agua en el desierto
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Capítulo 5 - Agua en el desierto

I ván y Javier bajaron a toda velocidad por más túneles hasta que se encontraron una vez más en la habitación donde habían entrado por primera vez, en la Cueva. No vieron a nadie más allí; nada se movía excepto las esferas flotantes de luz.

Ruaj no habló, pero extendió sus largos brazos hacia el techo, con la cabeza cubierta mirando también hacia arriba.

Los chicos miraron en aquella dirección, preguntándose qué estaría mirando Ruaj (eso, suponiendo que de verdad tuviera ojos).

No pudieron ver nada excepto filas de estalactitas de un azul brillante.

A continuación, Ruaj comenzó a rotar sus brazos en un círculo lento y constante.

Mientras lo hacía, las estalactitas se hicieron tenues, transparentes, hasta desaparecer por completo, revelando un agujero en la parte superior de la Cueva a modo de ventana.

Los chicos miraron, preguntándose qué era lo que estaban viendo a través de esta «ventana».

Al principio, solo eran colores, blanco y rojo.

Y, poco a poco, las formas se volvieron más claras: el blanco se convirtió en arena que volaba, flotando.

Y el rojo se convirtió en un cielo vasto e ininterrumpido.

— ¡Guau! —murmuró Iván en voz baja—. ¿Es como la TV? ¿O… es real?

—¿Es Ahóratos?—preguntó Javier—. Parece muy diferente de lo que vimos.

—Sí—recalcó Iván—. No hay árboles… solo arena.

—¡Espera!—gritó Javier de repente—. ¡Veo a alguien!—Pudo distinguir dos figuras, un chico y una chica caminando por la arena. Se veían perdidos y muy cansados, andando sin energía, con la cabeza inclinada por el agotamiento.

—¡Conozco a esos muchachos!—Iván dio unos pasos y se acercó, entrecerrando los ojos contra la brillante blancura del mundo arenoso por encima de ellos.—Son chicos del centro recreativo. ¿Qué hacen ahí arriba?

—Deben encontrar el Agua, como hicieron ustedes—respondió Ruaj.

—¿Agua?—contestó Iván—. Ese lugar parece un desierto. ¿Dónde está el Agua?

—El Agua está ahí. Siempre está presente. Llámenlos. Muéstrenles el camino.

Javier y Iván se miraron confundidos. ¿Cómo se suponía que debían llamar a esos chicos desde una cueva bajo el agua? Se quedaron allí por un momento, sin hacer nada. Ruaj se acercó a ellos, tanto que casi podían sentir sus palabras susurradas danzando en su nuca.

—Llámenlos. El tiempo se agota.

Así que Iván decidió hacer exactamente eso. No estaba seguro de lo que se suponía que debía decir, pero juntó las manos alrededor de su boca y gritó hacia el techo.

—¡Hey! ¡Ustedes! ¡Por aquí, chicos!

Su voz resonó varias veces y, para su asombro, pudo ver los ecos ondulando en el aire. Parecían elevarse y golpear la barrera invisible que separaba la cueva de la tormenta, haciéndola temblar.

Las ondas también llamaron la atención de Javier.

Es como si… estuviéramos bajo el Agua.—Se rascó la cabeza, incrédulo. Iván vociferó de nuevo, y a continuación Javier se unió a él enviando más ondas hacia arriba, hacia la abertura.

—¡Aquí! ¡En el Agua! ¡Encuentren el Agua!

El muchacho que estaba en el mundo desértico dejó de caminar y alzó la cabeza, escudriñando el horizonte.

¡Había oído el llamado de Iván y Javier!

En ese momento, Javier pudo ver de quién se trataba: era Lucas, el hijo del Sr. J.

A. Estaba en el grupo de skaters , los chicos más cool del centro recreativo.

Javier había querido llevar su skate tantas veces y unirse a ellos, pero lo intimidaban demasiado.

No podía hacer todas las piruetas que aquellos muchachos hacían.

Pensó que también recordaba a la chica, porque a menudo usaba esa sudadera rosa con brillo.

Lucas caminó con mayor determinación, haciendo gestos a la chica para que lo siguiera. Señalaba algo. Iván se preguntó si ahora podía ver el Agua.

Pero, entonces, otra cosa desvió la atención de Javier.

Por encina de ellos, el cielo rojo comenzó a cambiar; se oscurecía con vetas moradas y negras, como cuando ellos habían estado corriendo para cruzar el oscuro y amenazante bosque.

Entonces se acordó de los árboles que se partían en dos y caían, convirtiéndose en cenizas, como si todo el mundo estuviera ardiendo. Esto no puede ser bueno, pensó.

Sus ojos se posaron sobre el horizonte, porque sabía lo que sucedería a continuación. Su corazón comenzó a golpear con fuerza en el pecho. Estaba llegando. El enemigo. Aquel de quien Ruaj les había hablado. Aquellos dos chicos necesitaban encontrar el Agua antes de que…

En aquel mismo momento, una nube de arena se levantó del suelo en el horizonte. El viento comenzaba a rugir, agitando más arena.

—El caos se acerca murmuró Javier, sin dirigirse a nadie en particular.

—¿Qué?—dijo Iván.

— Está llegando, ¡mira!—señaló Javier.

El rostro de Iván palideció, se quedó blanco como la cal por el recuerdo de lo que él y su hermano habían experimentado hasta llegar al Agua.

La columna de arena se elevó hacia el cielo rojo, creciendo más y más a medida que absorbía más cantidad en su vórtice.

Pero después, más columnas surgieron del centro del pilar central, como si le estuvieran creciendo brazos y piernas…

y una cabeza. Dos rayos brillantes de luz irradiaban de la forma de la cabeza, como ojos, enfocándose en Lucas y Beatriz.

—Es un grobel …—murmuró Iván—. Un grobel de arena. También aparecía uno en mi libro.

—¿Un grobel? ¿Qué es eso?—preguntó Javier.

—Es una criatura—una criatura mala— creada a partir de algo que en realidad no está vivo.

—¡Tienen que apurarse!—exclamó Javier, con un escalofrío de miedo que le recorría la nuca. Se puso las manos alrededor de la boca, llenó los pulmones con más oxígeno del que pensó que podían contener, y gritó—. ¡Rápido! ¡Lleguen al Agua!

Lucas también lo vio… el montón enorme de arena, con ojos blancos y ardientes, que le crecían piernas y brazos, se hacía cada vez más grande. No era una tormenta de arena común.

—¡Corre!—le gritó a Beatriz, tomándola de la mano.

No tenía ni idea de adónde ir, pero sabía que no podía ser bueno quedarse en el lugar que estaban—.

¡Vamos, Habi! Los dos chicos corrieron, cubriéndose los ojos del viento caliente que les quemaba la cara y el interior de su boca.

Cuando esta primera brisa había rozado sus mejillas ardientes, se habían sentido agradecidos.

Necesitaban un respiro después de caminar bajo aquel calor abrasador durante tanto tiempo.

¿Pero esto ? Era algo que no habían esperado en absoluto.

—¿Dónde podemos ir?—preguntó a gritos Beatriz.

Lucas lo oyó de nuevo, eran voces de alguien que los llamaba. ¿De dónde procedía? Miró hacia adelante y vio algo, un oasis que brillaba en la superficie de la arena. ¿Era realmente agua? ¿O tal vez era solo un espejismo?

—¡Agua!—gritó—. ¡Tenemos que llegar al agua!

—¿Agua? ¿Dónde?

— Rápido… Lleguen al Agua…

¿Acaso el agua hablaba?

Beatriz cayó de rodillas, incapaz de seguir moviéndose en contra del viento por más tiempo.

—¡Tú ve a mirar!—vociferó—. ¡Yo te esperaré aquí!—Se encogió resguardándose con su sudadera, tratando de protegerse el rostro.

—¡No! ¡Tú tienes que venir también!—gritó Lucas.

—¡No puedo! ¡Ni siquiera consigo ver!

Lucas vio que era inútil tratar de persuadirla, así que la dejó donde estaba y siguió luchando, usando su peso para empujar contra toda la fuerza del viento.

Afortunadamente, el oasis que había visto no desapareció, aunque no era todo lo que él había imaginado.

Cuando se acercó, se dio cuenta de que no veía un solo cuerpo de agua, sino varios pequeños charcos, como si el oasis se hubiera secado y eso fuera lo único que quedaba.

Lucas se puso la mano sobre la boca para evitar tragar el aire caliente, ahora mezclado con granos de arena que se le hundían en la piel.

Se arrodilló ante uno de los charcos y metió la mano que tenía libre en el agua.

Estaba fresca y mojada, pero era muy poco profunda, tan superficial que ni siquiera podía acostarse en ella para protegerse.

Se arrastró hasta otro, con la esperanza de que fuera más hondo. Pero no lo era.

Miró por encima de su hombro al grobel de arena que se acercaba a toda velocidad, con sus brazos tan abiertos como para atrapar cualquier cosa a su paso.

El cielo—al menos lo que podía ver de él—era un lienzo agitado de colores furiosos, rojo, negro, morado.

El tiempo se estaba agotando. Tenía que encontrar una forma de escapar, si no por él mismo, al menos por Habi.

Los charcos, por escasos que fueran, constituían su única esperanza.

Lucas se arrastró hasta otro charco, con la cabeza agachada contra el viento que se iba intensificando, y hundió sus dedos en la arena húmeda y embarrada.

Era igual que el anterior. Se salpicó algo de agua sobre el rostro, y se preguntó cómo podría llevarle algo de agua a Habi.

Incluso si pudiera tomar un poco del agua con sus manos, para cuando llegara hasta ella ya, se habría secado o se la habría llevado el viento.

Miró fijamente el agua. ¿Por qué esperaba que sucediera algo? ¿Por qué las voces le decían que se metiera en el agua? Tan solo era un charco.

Vuelve junto a Habi. El pensamiento lo atormentaba.

Ella seguía sola. Si se iban a quedar atrapados por un monstruo, al menos deberían estar juntos.

Tal vez aún podría protegerla de alguna manera.

Intentó volver atrás y buscarla, pero el viento era ahora tan feroz que no podía ver a más de treinta centímetros.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero cuando intentó limpiarlos…

Percibió un movimiento por el rabillo del ojo.

Uno de los charcos se agitó como si se hubiera lanzado una piedra a su superficie.

Pensó que el viento no tardaría en llevarse el agua.

Entonces oyó las voces de nuevo, apenas audibles por encima del viento que aullaban: ¡Rápido!

¡Lleguen al Agua! Las voces parecían estar sincronizadas con las ondas.

Gateó hasta ese charco y se asomó. Cuando las ondas se calmaron, pensó que veía su propio rostro, sobre el que soplaba el viento, reflejado en el agua, como en los otros charcos.

Luego se percató de que no era en absoluto su rostro.

Era otra cosa: ¡era la imagen que había visto sobre la cabeza de Lorenzo! ¡Aquel extraño emblema de Ahóratos!

Llamó a Beatriz—¡Habi! ¡Vamos! ¡Lo encontré!—Su voz se perdió en el agudo silbido del viento, en el sonido extraño de millones de granos de arena que chocaban entre sí—. ¡Habi!—gritó tan fuerte como pudo. Pero ella no lo oyó.

¡Rápido! ¡Entra en el Agua!

¿Entrar en el agua? ¿Qué conseguiría con ello?

Al fin y al cabo, solo era un charco. Pero la imagen estaba allí, y las voces seguían llamándole, haciendo que el agua temblara aún más.

Tocó el agua, y percibió una sensación de atracción, como cuando había agarrado el extraño objeto que colgaba sobre la cabeza de Lorenzo.

—¡Habi! ¡Aquí! ¡Entra en el agua!—Estaba siendo arrastrado ya hacia abajo, su brazo, su hombro, todo su cuerpo. Intentó gritarle una vez más a Beatriz—. ¡Por aquí…!

El Agua se lo tragó.