Capítulo 4 - La Cueva #3
—Estoy bien—respondió Javier, apartándose de su hermano y sacudiendo la mano como si se hubiera quemado. Luchó por ponerse en pie—. No es para tanto.
Javier retrocedió, mirando a su hermano con preocupación. Aunque parecía estar bien, había recibido un gran golpe. ¿Y qué fue ese destello? Debió de haberle dolido.
—La armadura debe ser recibida. Tengo que dársela yo; después será responsabilidad suya ponérsela y usarla—explicó Ruaj.
Tomó el cinturón de la pared y lo levantó.
Extraños símbolos aparecieron en su superficie lisa.
Mientras Iván y Javier miraban fijamente, los símbolos empezaron a pulsar y cambiar, formando una palabra:
V-E-R-D-A-D
—¿Por qué pone verdad ?—preguntó Iván.
—El cinturón lo mantiene todo unido.
Ruaj no ofreció explicación alguna para esta respuesta críptica.
Les entregó a los chicos sus cinturones.
Javier tomó el suyo sin saber qué hacer con él.
No había forma de abrocharlo. Esperó instrucciones, pero Ruaj no abrió la boca.
Miró a Iván, quien sostenía el cinturón de una manera y de otra, tratando de averiguar cómo se suponía que debía encajar.
Finalmente, Javier se dio por vencido y lo puso alrededor de su cintura, como un cinturón de bata.
Al hacerlo, el cinto pareció cobrar vida propia, serpenteando alrededor de su cuerpo y adaptándose a su tamaño.
Los dos extremos se fusionaron de tal modo que los bordes eran invisibles.
—¡Vaya!—exclamó Iván—. ¡Genial!
Estaba ansioso por probarlo él mismo; se colocó el cinturón alrededor de la cintura, y este se le ajustó igual que el de Javier. Miró a su hermano y sonrió como diciendo: un sueño, ¿no?
A continuación, Ruaj bajó la coraza de Javier y se la entregó.
El muchacho la miró con dudas. No tenía correas para abrocharla.
Pero claro, el cinto tampoco las tenía, y sin embargo funcionó.
Así que la colocó contra su pecho. Al instante, sintió cómo cambiaba, se moldeaba y se adaptaba a su tamaño, como había ocurrido con el cinturón.
La coraza se pegó a él como si hubiera sido cosida, ajustándose a la perfección.
Esperó a que algo hiciera que el orbe se iluminara o parpadeara y mostrara una palabra.
Pero no sucedió nada. Estaba un poco decepcionado.
—Esto nunca detendría una flecha ni un golpe de espada—protestó Iván después de ponerse su propia coraza—.
Ni siquiera es de metal. Parece plástico o algo así.
¡Y además es demasiado pequeña! Ni siquiera me cubre todo el torso.
¿Para qué sirve?—Miró al no-troll , esperando esta vez una respuesta real. Pero no la hubo.
Javier no dijo nada por el estilo, pero en cierto modo estaba de acuerdo. La coraza parecía más un accesorio de moda elegante—la vestimenta de un ninja futurista del espacio—que la pieza funcional de una armadura.
Tal vez cambie cuando uno entre en batalla, pensó Javier. Buscó un interruptor en la coraza. No vio ninguno.
—Las botas.—Ruaj entregó el calzado a los muchachos, que se apresuraron a ponérselas.
A pesar de no tener cordones ni hebillas, las botas se deslizaron fácilmente, adaptándose a los pies de los chicos como ocurrió con los cinturones.
Eran bastante cómodas, incluso tenían ranuras de ventilación en los tobillos, lo que hacía más fácil caminar.
Iván dio algunos pasos de práctica, pero no estaba demasiado impresionado.
—Muy bien. ¿Nos das ahora las espadas?
—Iván—advirtió Javier.
—Tienen todo lo que necesitan—contestó por fin Ruaj. Y eso fue todo.
Ruaj se acercó a ellos.
—Recuerden, deben usar estas tres piezas todo el tiempo que estén en Ahóratos. ¿Lo entienden?
—Está bien, pero ¿qué hay de las espadas?—insistió Iván. Intentaba no ser grosero, pero no parecía correcto que solo recibieran esas tres piezas y no el resto. ¿Acaso Ruaj esperaba que fueran a la batalla medio protegidos?
—Las batallas en Ahóratos no son como las de la Tierra, por lo tanto, no se pueden pelear de la misma manera—explicó Ruaj, como si hubiera leído la mente de Iván—. Es algo que aprenderás, príncipe Iván. Tú también, príncipe Javier.
—¿Por qué nosotros ?—preguntó Javier—. ¿Por qué estamos aquí?
—Fueron elegidos.—Ruaj hizo una pausa, y el ritmo de sus palabras cambió. Más lento. Más triste.—Muchos son elegidos, pero pocos vienen.
—Tal vez vendrían si la armadura se viera un poco más…
como una armadura—soltó Iván sarcásticamente.
Miró a Javier, riendo un poco, pero se detuvo al ver la expresión de disgusto en el rostro de su hermano.
Javier exhaló un largo suspiro. Ojalá Iván no verbalizara todo lo que se le pasaba por la cabeza.
—¿Y ahora qué hacemos?—continuó insistiendo Iván, con un tono de voz menos sarcástico—. ¿Nos quedamos aquí hasta que llegue ese enemigo?
—Pronto lo verán. Primero debemos ir en busca de los otros.—Ruaj giró rápidamente y comenzó a hacer ese extraño movimiento de caminar-correr-bambolearse que hacía mientras bajaba por el sinuoso túnel.
—¿Qué otros?—gritó Iván mientras corrían tras Ruaj—. ¿Quieres decir que hay más ?