La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 4 - La Cueva #2
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Capítulo 4 - La Cueva #2

Entonces, Ruaj extendió lentamente los brazos.

Javier no se había dado cuenta de que tenía brazos.

Eran mucho más largos que el resto de su cuerpo, pero estaban cubiertos de tela morada, por lo que sus manos no eran visibles.

Estaba señalando hacia la armadura que había a su lado, que se iluminó como si estuviera bajo un foco.

Iván se acercó sigilosamente para verla mejor.

—¡Oye! ¡Ese es mi nombre!—exclamó Iván sorprendido, señalando una placa donde su nombre completo y la fecha de su nacimiento estaban escritos con letras doradas elegantes—. ¡Y ahí está el tuyo, Javi! ¡Llevan nuestros nombres! ¡Y nuestras fechas de nacimiento también! ¡Genial!

Javier miró y vio su propio nombre y fecha de nacimiento en la misma letra dorada junto a otro conjunto de armadura. ¡Guau! Ahí estaba. Su propia armadura.

Pero la armadura… ¡no parecía una armadura en absoluto!

Al menos, no era como una que Javier hubiera visto antes.

La coraza era blanca, de un material liso que parecía plástico y vagamente triangular, como una especie de plato de cena futurista.

Había una gran esfera redonda en el centro, de un color gris violáceo.

Un cinturón ancho colgaba debajo de la coraza, blanco y simple, sin siquiera una hebilla.

Las botas descansaban en su pequeño estante correspondiente.

Eran blancas, del mismo material que la coraza; muy lisas y sencillas.

Junto a la coraza y el cinturón había un gran escudo dorado con ese extraño emblema en el centro.

Un casco redondeado blanco, no muy distinto a un casco de bicicleta, pero más aerodinámico, con menos acolchado y un borde curvo, reposaba justo por encima de la coraza.

Por encima de todas las piezas, justo fuera de alcance, pendía una espada larga y elegante, con el pequeño emblema de Ahóratos grabado en la empuñadura dorada.

Los dos chicos contemplaban su armadura, examinando cada una de las piezas. Antes de que cualquiera pudiera formular otra pregunta, Ruaj habló.

—Cuando llegan a Ahóratos deben ponerse la armadura lo antes posible. No pueden estar aquí sin ella. Siempre la encontrarán en la Cueva, y deben entrar allí a través del Agua. Es la única forma de acceder a ella. ¿Lo entienden?

Los muchachos se quedaron mirando fijamente a Ruaj en silencio durante un par de minutos.

—Esto no parece una armadura real—señaló por fin Iván, claramente decepcionado. Javier pensaba lo mismo, pero nunca lo habría articulado en voz alta.

—Nunca lograrán la victoria en Ahóratos a menos que estén equipados—prosiguió Ruaj, ignorando el comentario.

—Pero esto no es más que un sueño, ¿verdad? Solo es un lugar imaginario—replicó Javier con un gesto de asentimiento, tratando de convencerse a sí mismo.

Ruaj inclinó su cabeza encapuchada hacia abajo y la giró un poco hacia la izquierda. Su brazo derecho se levantó hasta el nivel del pecho y descansó donde podría haber estado su corazón.

—Ahóratos es el mundo real —indicó—. Y aquí, siempre eres quien deberías ser. Ustedes son Príncipes Guerreros.

—¿Príncipes Guerreros?—Iván empezó a sentirse mejor—. ¡Príncipes Guerreros! ¡Como en mi libro! ¡Genial!

—Creo que se han confundido—observó Javier, negando con la cabeza—. Quiero decir, solo somos niños. No somos príncipes. Y, definitivamente, no somos guerreros.

—Aquí en Ahóratos, lo son—contradijo Ruaj.

Su voz era más suave ahora, casi un susurro, aunque Javier no lograba descifrar de qué dirección provenía—.

El mundo en el que viven día a día, ese mundo es solo una sombra del mundo real.

Este es el mundo donde arden las batallas, donde yace su verdadero enemigo.

Las orejas de Iván se aguzaron; de repente, recordó la conversión que mantuvo con su madre antes de acostarse. Batallas… un enemigo… un adversario que no era Javier.

—¿Qué tipo de batalla?—preguntó Iván de repente.

—Te gustan las batallas, ¿verdad?—La voz de Ruaj había cambiado, se había suavizado, aunque era más firme. Iván sabía que se estaba refiriendo a las peleas entre su hermano y él, como en el muelle. Le lanzó una mirada a Javier, que miraba al suelo, como si él también lo supiera.

—Deben aprender quién es su verdadero enemigo—indicó Ruaj, con la voz más suave aún. Iván se estremeció al percibir su tono. Su verdadero enemigo…

—Ahí arriba, por encima del agua; los árboles y lo demás…—susurró Iván—. ¿Qué era todo aquello?

—¿Qué vieron?—preguntó Ruaj.

—Se fue oscureciendo, los árboles caían y el mundo entero se desmoronaba.

—Caos—añadió Javier de repente, recordando la palabra que había estado buscando a principios de aquella tarde. Tumulto. Caos. El Riot Act.

—El caos es obra del enemigo—contestó Ruaj con una inclinación de su capucha, como si aprobara la evaluación de Javier—.

El enemigo hará todo lo que pueda para distraerlos, desalentarlos, retrasarlos, derrotarlos.

Siempre anda cerca en Ahóratos. Este es su lugar de morada.

La evidencia de sus planes es mucho más fácil de ver en Ahóratos que en la tierra, y por eso deben estar equipados como es debido cuando estén aquí.

La victoria que consigan aquí determinará el resultado de las batallas a las que se enfrenten allí.

—¿Qué hay detrás de esas puertas?—inquirió Iván. Había empezado a husmear a su alrededor—. ¿Es una mazmorra o algo parecido? ¿Podemos echar un vistazo?

—A su debido tiempo.

—¿Y qué hay de la espada? ¿Puedo probarla? Parece muy pesada.

—Primero el cinturón.—Ruaj gesticuló hacia el cinturón que colgaba del muro. Iván extendió el brazo para tocarlo.

—¡No!—gritó Ruaj, pero era demasiado tarde. Al rozar los dedos de Iván en el cinturón, se produjo un destello de luz que lo propulsó hacia atrás y lo hizo caer al suelo. Se le escapó un «¡uuh!» ahogado e hizo una mueca de dolor.

—¿Estás bien?—preguntó Javier, apresurándose para ayudarlo.