La batalla del reino invisible (Los príncipes guerreros 1) Capítulo 4 - La Cueva
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Capítulo 4 - La Cueva

¿E stoy bajo el agua?

Iván abrió un ojo, convencido de que no vería nada en la oscuridad bajo la superficie. Pero había algo en esa agua que no parecía agua. No estaba fría; ni siquiera estaba mojada.

Abrió lentamente el otro ojo y miró a su alrededor, observando un mundo resplandeciente de azul y plata, pequeñas burbujas blancas de luz flotando con pereza, titilando levemente, como si atraparan los rayos del sol del mundo más arriba.

Levantó un brazo y se dio cuenta de que se movía con libertad, no como si estuviera suspendido en el agua.

Se percató de que no había agua. Respiró con cautela.

El aire llenó sus pulmones. Aire real. Oxígeno.

No estaba bajo el agua en absoluto. De hecho, estaba completamente seco.

Estaba de pie; no flotaba ni estaba nadando.

Estaba sobre un suelo. Terreno firme. Una roca.

Miró su ropa. Su pijama desgarrado y lleno de barro había desaparecido, y ahora vestía una camiseta gris y unos pantalones lisos, similares al cuero.

El símbolo de su libro sobre Ahóratos estaba estampado en plata en la camiseta. Lo tocó y parpadeó levemente.

¿Dónde estoy?

Giró con movimientos lentos, absorbiendo todo lo que lo rodeaba. Una cueva. En una ocasión había visitado una. Aquel lugar era de algún modo parecido a aquella, con todo tipo de formaciones rocosas al azar; ¿cómo las llamaban? Estalactitas y estalagmitas

Las estalactitas goteaban desde el techo como enormes carámbanos.

Pero estas brillaban con un azul plateado, como si estuvieran iluminadas desde su interior.

Las estalagmitas se elevaban desde el suelo como pequeñas y resplandecientes cadenas montañosas.

Incluso las paredes tenían un resplandor extraño, de otro mundo.

¿Qué tipo de lugar era este en el que había aterrizado?

¿Una cueva submarina sin agua? ¿Y dónde estaba Javier?

Iván dio un paso, y luego otro, esperando ver más de la cueva. Notó varios túneles que se ramificaban en distintas direcciones, pero estaban completamente a oscuras. ¿Acaso se suponía que debía caminar por uno de ellos? No veía al pequeño ser morado por ninguna parte.

De repente, se escuchó un ruido chirriante, como si un triturador de basura estuviera tratando de moler algo demasiado grande.

Iván saltó, sorprendido, y se giró para ver a su hermano de pie junto a él, completamente seco y vestido de igual manera.

Era como si el triturador de basura lo hubiera vomitado de una sola pieza.

Javier tenía una expresión boba en la cara, como si no tuviera ni idea de lo que le acababa de pasar.

Tenía sentido. Tampoco Iván lo sabía. pero él había llegado primero, de modo que por una vez tenía algo de qué presumir.

—Ya era hora de que aparecieras—le dijo con seguridad, de modo que Javier no supiera lo agitado que estaba por dentro. Y, entonces, en voz baja: «Gallina».

Javier no respondió al comentario. Estaba demasiado ocupado mirando alrededor con la boca abierta, maravillado por las formaciones luminosas y fantásticas de este mundo en el que se encontraban.

—¿Es real?—inquirió por fin, como si necesitara ayuda para tomar una decisión—. ¿Estamos debajo del agua? preguntó finalmente, como si necesitara ayuda para tomar una decisión—. ¿Estamos debajo del agua?

—Entramos al agua, pero ya no estamos en ella—contestó Iván pensativo. Él había tenido más tiempo para pensar en ello—. Es como si hubiéramos pasado por el agua y terminamos aquí. Abajo.

—¿Debajo del agua? ¿Secos por completo? ¿Y con ropa diferente?

—Sí, genial, ¿verdad?—replicó Iván—. Pero oye, si es un sueño, ¡todo puede pasar, ¿no es así?

—¿Qué es eso?—preguntó Javier, señalando motas de luz que danzaban en patrones aleatorios a su alrededor, algunos casi infinitesimales y otros tan grandes como flores de diente de león. Iván intentó alcanzar uno, pero se alejó rápidamente.

—Bienvenidos a Ahóratos, jóvenes príncipes.

Los dos chicos se sobresaltaron. Una voz imponente llenó la cámara haciendo temblar las estalactitas y las estalagmitas. La pequeña figura con túnica morada estaba delante de ellos de nuevo; apareció de la nada, irradiando luz y su rostro todavía en la sombra.

—Aquí están a salvo.

Dieron por sentado que era la criatura la que había hablado, aunque la voz parecía venir de todos los lugares de la sala, como muchos ecos que convergían al mismo tiempo.

¿Cómo podía una cosa tan pequeña tener una voz tan fuerte?

Y, sin embargo, había algo grande en aquella criatura, a pesar de su diminuto tamaño.

Algo así como… magnífico. Algo que hizo que tanto Javier como Iván creyeran en lo que estaba diciendo: Estamos a salvo.

Iván se acercó a la criatura con cautela, esperando verla mejor. No se movía en realidad, pero dondequiera que Iván daba un paso, su rostro permanecía oculto.

—¿Eres un troll ?—preguntó despacio

—¡Iván!—lo reprendió Javier, avergonzado. Iván lo ignoró.

—¿Un elfo?

—Soy Ruaj—. Cada palabra sonaba como una oración en sí misma, lo que hacía que pareciera más importante.

—Ru… ¿qué? —indagó Iván, arrugando la nariz.

—Ruaj—repitió la criatura morada, que parecía un troll , un elfo, con voz medida—. Soy tu guía en Ahóratos.

—Ru-oc—. Iván volvió a repetir el nombre lentamente, como si intentara averiguar que significaba. Se volvió hacia su hermano y susurró—: Desde luego no es un troll .

Javier intervino, con la esperanza de que aquella criatura, elfo, troll o lo que quiera que fuera, no hubiera escuchado el comentario de su hermano—. Emm, señor, ¿le importaría decirnos dónde estamos y qué estamos haciendo aquí?

—Están en la Cueva—declaró Ruaj con la misma voz deliberada y retumbante.

Iván rio entre dientes.

—Buen nombre para una cueva—murmuró en voz baja. Javier lo empujó.

—Deben estar debidamente equipados antes de poder avanzar.

Síganme.—Ruaj giró lentamente, y el emblema brillante de Ahóratos en la parte posterior de su túnica quedó claramente visible para los chicos.

Después, se adentró de repente en uno de los oscuros pasadizos.

Mientras avanzaba, las paredes y el techo se iluminaron con luces moradas, similares a las hojas del oscuro bosque, revelando objetos brillantes a ambos lados.

Javier no estaba seguro de querer seguir adelante. Sin embargo, Iván empezaba a relajarse como si estuvieran listo para una aventura. Después de todo, solo era un sueño.

—¡Armaduras!—exclamó Iván, porque los objetos del pasadizo se parecían mucho a unas armaduras—. ¡Vaya, es genial!—La vista de las armaduras hizo que el último resquicio de miedo desapareciera—. ¡Vamos Javi!

Corrió tras la pequeña criatura, que no era un troll , llamada Ruaj.

—¡Espera!—gritó Javier—. ¿De verdad crees que es seguro?

—¡Claro!—replicó Iván—. Estamos en una cueva, bajo un lago, con un hombrecillo morado que no es un troll . ¿Qué puede ser más seguro?

Javier se apresuró a seguir a su hermano pequeño, sin estar seguro todavía de si era lo correcto, pero no veía otra opción.

El túnel se retorcía y giraba, a veces se dividía en varios túneles más, y otras veces descendía de forma inesperada.

La extraña y pequeña criatura llamada Ruaj parecía estar muy apurada, pero los chicos no tuvieron problemas para seguirle el ritmo.

Javier sentía que se movía mucho más rápido de lo que sus piernas podían.

A medida que los pasajes se iluminaban, los chicos vieron que había cientos, tal vez miles de armadura exhibidas a ambos lados de ellos: corazas, cascos, cinturones, botas, escudos, espadas, todos dispuestos en las paredes de la Cueva.

La armadura venía en infinitas variedades y parecía provenir de muchas épocas diferentes de la historia.

De hecho, cada conjunto estaba claramente señalizado con una fecha en una pequeña placa de plata debajo: 1649, 1875, 1947, 2013…

Y las fechas llegaban hasta el futuro. Había piezas hechas de cuero, de hierro, de madera, de bronce e incluso de algunos materiales de colores extraños que Javier no podía identificar.

Algunos eran muy sencillos, y otros tenían intrincados grabados en las corazas.

Los cascos también eran de diferentes formas y tamaños: romanos, griegos, vikingos y algunos tan fantásticos que nunca los había visto en ningún libro de historia.

Cuando eran más pequeños, Javier, Iván y sus amigos del antiguo vecindario solían jugar a castillos y reyes en el sótano del edificio donde vivían.

El sótano era oscuro y sombrío, con paredes que se desmoronaban y que a ellos les parecían las húmedas paredes de piedra de un verdadero castillo.

Hacían torneos simulados (usando patinetas a modo de caballos) y batallas épicas con espadas fabricadas con reglas de medición y viejos trozos de molduras que habían encontrado tiradas.

Fabricaban corazas con cartón y retazos de papel de aluminio.

Pero esta armadura, esta armadura, parecía real. Javier deseaba detenerse y tocarla, solo para asegurarse, pero se movían demasiado rápido.

Junto a cada conjunto de armadura había una puerta pesada asegurada con un gran candado. ¿Qué habría detrás de esas puertas? Javier sospechaba que había algo muy importante e interesante detrás de ellas; anhelaba saber qué era.

Estaba tan ocupado mirando la armadura y las puertas que casi choca con Ruaj, que se había detenido de repente en mitad del túnel. Iván tampoco estaba mirando y se estrelló contra la espalda de Javier antes de caer al suelo con un grito. Javier se dio la vuelta para ayudarle a levantarse.

—Gracias por el aviso—murmuró Iván.

—La próxima vez mira donde pisas.