Capítulo 3 - Imaginando dragones #3
Miró el cielo morado-rojo, parecía moverse, como formando una tormenta terrible.
A su alrededor, los árboles se abrían, brillando al rojo vivo, y luego se marchitaban, caían y levantaban nubes de ceniza.
Ramitas carbonizadas y humeantes caían a sus lados, tan cerca que Javier podía sentir las calientes brasas picándole la piel.
Las ahuyentó como si fueran insectos, como si fueran mosquitos que atacaban.
Tal vez Iván tuviera razón; quizás aquello fuera realmente un sueño y nada malo podría sucederles.
Podía ser. Pero Javier nunca antes había sentido una vibración como esta en su alma en ningún otro sueño.
Oyó un chillido agudo y se giró para ver a Iván atrapado bajo una rama de árbol caída. Por encima de él, el resto del árbol chamuscado crujía y estallaba mientras comenzaba a inclinarse. Javier corrió hacia el niño, que clavaba las manos en el espeso barro para liberarse.
—¡Estoy atrapado!—gritó Iván, entrando en pánico al ver el árbol que caía sobre ellos.
Javier levantó la rama y agarró a su hermano, rasgando la parte inferior del pantalón de Iván mientras tiraba de él hacia arriba.
Los chicos se apresuraron a alejarse justo cuando el árbol se estrellaba detrás de ellos en una fuente de cenizas brillantes.
—¡Ay!—exclamó Iván sacudiéndose un poco de ceniza del brazo donde le quemaba la piel.
—¿Estás bien?—le preguntó Javier.
—Sí, creo que sí.
Javier intentó mirar el brazo de Iván, pero su hermano se apartó bruscamente.
¡No te detengas! La voz, otra vez, en sus cabezas, rebotando contra los árboles.
Tropezaron una vez más hacia el sendero morado.
Detrás, los árboles caían con ruidos horribles, como gritos agonizantes.
¿Los árboles sienten dolor? Se preguntó Javier.
Le parecía que todo estaba gritando de terror y miedo, con la oscuridad cerrándose sobre ellos.
¿Adónde vamos? ¿Cuándo llegaremos? ¿Terminará esto alguna vez? Se preguntó Javier.
Y luego, de repente, terminó. El sendero se abrió a un gran cuerpo de agua, cuya superficie tranquila reflejaba el cielo rojo manchado de morado.
El agua parecía no tener fin: tan grande como un océano, se extendía hacia el horizonte tormentoso.
Estaba extrañamente calmada, en contraste con el telón de fondo de árboles que caían y rayos crujientes; el retumbante ruido cada vez mayor como un terremoto que se acumulaba bajo sus pies.
El agua no se movía, ni siquiera una pequeña ondulación.
—¡Vaya!—protestó Iván. Estaba jadeando, con las manos en las rodillas. Miró hacia atrás, preparado para salir corriendo si fuera necesario—. ¿Y ahora adónde vamos?
Javier no tenía respuesta. Era como si estuvieran atrapados entre los árboles negros y el agua tranquila: no había ningún otro lugar donde ir.
— ¡Síganme!
Ambos chicos saltaron, dirigiendo su atención hacia el lago. Allí, flotando sobre la superficie reflectante del agua, se encontraba la criatura de la túnica morada.
— ¡Al Agua! —tronó la voz, casi ahogando los sonidos del caos detrás de ellos. Luego, la criatura… simplemente desapareció, como si fuera absorbida por el agua.
— ¿Al agua? —. Javier respiró profundamente, preguntándose qué significaba eso.
—Volverá, ¿verdad?—preguntó Iván. Tuvo que gritar para que lo escucharan por encima del ruido del mundo que se derrumbaba a su alrededor—. Solo habrá ido a conseguir… un bote, ¿no?
—¿ Bajo el agua?—repitió Javier a gritos—. ¿Crees que tal vez ha ido a buscar un submarino?
—¡Solo es un sueño!—chilló Iván, levantando la cabeza con una confianza recién encontrada. Como si intentara convencerse a sí mismo—. Es como Kingdom Quest.
—¿Así que estamos soñando que estamos en un videojuego? ¿Ambos? ¿A la vez?
—¡Claro!—replicó Iván—. ¿Por qué no? En un sueño puede pasar cualquier cosa. ¡Hey, mira!
Iván señaló al agua. Javier miró. La tranquila superficie había empezado a ondularse ligeramente, cambiando de color. Una imagen apareció en el agua, dorada, como si la tocara el rayo de un sol invisible.
—¡Es la cosa esa de mi libro de nuevo!—vociferó Iván, señalando—. ¡Vamos!
—¿Te vas a meter?—preguntó Javier. No se lo podía creer. ¿Era este el mismo niño al que, más temprano aquel mismo día, le asustaba saltar al estanque? Luego recordó que aquello era un sueño. En cualquier caso, es lo que pensaba Iván. Aunque a Javier, cada vez le parecía menos estar soñando.
Un nuevo relámpago los sobresaltó al crujir justo sobre sus cabezas. El retumbar del trueno se había vuelto ensordecedor. Javier tuvo la impresión de que una gigantesca roca rodaba directamente hacia ellos, aplastándolo todo a su paso.
—¡Rápido!—vociferó Iván. Se dio la vuelta y saltó al agua con ambos pies.
—¡Iván!—. Javier trató de agarrar a su hermano, pero ya se había ido; el agua se lo tragó cerrándose sobre él como una puerta.
Se quedó allí de pie, indefenso, al borde del lago.
Pensó ver un leve tinte rojo aparecer en la superficie cristalina.
Esperaba despertar pronto, antes de que aquel sueño se volviera aún peor.