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ISLA SECRETA EN EL MAR MEDITERRÁNEO
brOGAN
Atardece cuando llegamos a la pequeña isla que gané en una partida de póquer de altas apuestas a principios del siglo XX.
No tenía ni idea de cómo jugar, y a base de faroles me llevé una gran victoria.
Está bastante apartada del mundo, principalmente porque no es mucho más que un banco de arena. Ah, sí, y un puto castillo.
—Diosmío, eso no es lo que parece, ¿verdad? —me llega su voz entre las olas rompientes.
Sonrío y me giro; se me pone dura de inmediato al ver que Bonnie ha Cambiado de vuelta igual que yo.
Está reluciente por el esfuerzo del día, y el agua salada le resbala por ese cuerpo delicioso en gruesas gotas.
Me relamo y contemplo sus amplias caderas, esos pechos perfectos, ese vientre saludable que pronto estará redondo y grande con nuestros cuatro...
no, cinco bebés. Ah, sí, y ese divino triángulo de Venus que me hace sentir como Marte, el Dios de la Guerra.
—Creo que es exactamente lo que parece —gruño, clavando la mirada en sus rizos íntimos y avanzando hacia ella con una sola cosa en mente.
Los dedos de los pies se me hunden en la arena húmeda, frenando mi avance. Pero no me detengo. Nada va a parar este tren ahora. El destino puede irse a la mierda. El sino puede tirarse por un acantilado.
Porque soy un Dragón, y voy a tomar a mi compañera.
Bonnie balbucea algo sobre el castillo de piedra blanca construido sobre un acantilado de arena ardiente, pero apenas oigo nada por el rugido de la sangre en mi cabeza, el fuego en mis venas, la necesidad en mi polla, la semilla en mis pelotas.
Quizás más tarde me divierta ver cómo los instintos acaparadores de su nuevo Dragón se manifiestan en la forma en que mira el castillo como si ya fuera suyo.
—Es tuyo —susurro mientras me acerco y le deslizo el brazo alrededor de la cintura húmeda—. Todo lo que tengo es tuyo, Bonnie. Todo lo que soy es tuyo. Siempre tuyo. Para siempre tuyo.
Estoy serio como nunca antes, y la siento derretirse mientras me mira a los ojos y se estremece.
—Quizás al final sí te estás convirtiendo en poeta —susurra, intentando sonreír pero apenas logrando contener las lágrimas.
La beso suavemente, profundamente, con todo el amor de mi corazón, todo el compromiso de mi alma, toda la posesividad de mi Dragón, todo el respeto del hombre.
La sal en sus labios mezclada con la dulzura de su boca me hace gemir, y le agarro el culo y restriego la polla con fuerza contra su monte cálido hasta que el aroma de su sexo asciende hacia mí en el aire tibio.
El sol está a punto de ponerse, pero se demora en el horizonte como si quisiera presenciar esto, como si supiera que los Dragones arden con fuego solar, eterno e imperecedero, que brilla y arde más que cualquier cosa en el universo.
Sonrío y beso a mi compañera de nuevo, agarrándole el culo con fuerza y dejándola caer sobre la arena suave mientras siento que el sol se retira educadamente para darnos algo de intimidad.
La arena está cálida mientras tumbo a Bonnie y le quito con cuidado la arena de los pechos. Le sonrío y la beso entre esas curvas, saboreando cada centímetro de su carne suave, tomándome mi tiempo con cada pezón hasta que gime como una sirena.
En un instante estoy entre sus piernas, el hambre por su sexo apoderándose de mí mientras abro la boca de par en par y empiezo a lamerle la raja con largas pasadas verticales. Se tensa y gime, temblando cuando llego a su clítoris y lo chupo suavemente hasta que se retuerce y palpita.
Luego le meto la lengua bien adentro del coño, la curvo hacia arriba y golpeo con fuerza hasta hacerla correrse por toda mi cara, rociándome con su dulce jugo que sorbo ávidamente como la poción mágica que es.
La follo con la lengua hasta la gloria, separándole las nalgas desde abajo y metiéndole el grueso dedo medio en el ano.
Lo deslizo adelante y atrás mientras bebo de su coño, y se corre de nuevo con un gemido sorprendido, mi Dama-Dragón retorciéndose como la criatura salvaje que puede llegar a ser. Solo para mí, por supuesto.
—Solo para mí —murmuro, besándole de nuevo la raja goteante y retirándome lentamente.
Me tomo un momento para saborear la belleza de su silueta de reloj de arena sobre la arena, y gruño satisfecho de que es mía y solo mía. Menudo premio me he llevado. Y menudo culo, ya puestos...
Le masajeo los muslos mientras mi necesidad asciende como un volcán submarino burbujeando en las profundidades. Bonnie todavía gime mientras desciende del orgasmo, completamente ida. No importa. Yo me encargo, nena. Te tengo.
Sí, te tengo.
Y voy a tomarte.
Aquí, allí y en todas partes.
¿Qué te parece como poesía, nena?
Sonrío encantado mientras la volteo como si fuera una pluma, levantándole el culo y dándole una palmada en cada nalga con la palma abierta. No demasiado fuerte, pero lo suficiente para arrancar un sonido agudo que la hace gritar y espanta a una bandada de gaviotas más abajo en la playa.
—¿Estás bien, nena? —susurro, masajeándole el culo mientras contemplo las marcas rosadas de mis grandes palmas en su carne suave.
Gira la cabeza, los ojos marrones muy abiertos por la sorpresa.
—¡No acabas de hacer eso! ¡Diosmío, Brogan! ¡No acabas de azotarme!
—Claro, nena. Lo que tú digas. No te azoté —digo encogiéndome de hombros.
Luego levanto la mano y la bajo de nuevo, dos veces en la nalga derecha mientras ella grita e intenta golpearme.
Le agarro la mano y niego con la cabeza.
—Espera, ¿pensaste que bromeaba cuando te advertí de los azotes que ibas a recibir por desafiar mi autoridad?
—suspiro y finjo compasión mientras la veo empezar a reírse tontamente cuando el breve escozor del azote da paso a una excitación que puedo oler entre sus piernas mientras le gotea por los muslos.
Sonrío ampliamente y me acerco, olfateándola entre las piernas desde atrás como un dragón sucio. Alargo la mano, recojo su humedad en los dedos y se los llevo a la cara.
—Parece que tu cuerpo sabe que no bromeaba. También sabe que has sido una mala Dragona, y ahora toca imponer la ley.
—Soy una Dragona y no me inclino ante nadie —susurra, mirándome con desafío juguetón mientras siento el fuego en su sangre, las necesidades de su animal elevando la excitación de la mujer a alturas que ni siquiera sabe que está alcanzando.
—Esa es mi chica —susurro, inclinándome y besándole cada nalga.
Luego me retiro y la azoto bien fuerte, con la fuerza justa para hacer ondular su carne, para desatar la furia de su Dragón, furia que sé que se canaliza en pura excitación, necesidad cruda, el anhelo de ser reclamada, de ser tomada, de ser poseída, dominada, rota en pedazos y luego reconstruida para siempre.
Gime mientras las oscuras garras de su dragona interior toman el control, y pronto levanta el trasero para recibir mis palmas abiertas, aullando de placer con cada golpe que procuro dar en la parte más carnosa de su culo para no hacerle daño.
No es cuestión de dolor. Es cuestión de placer.
Un juego de dominación amoroso y cuidadoso, un toma y daca que en la superficie podría parecer violento, pero así es como juegan entre sí las bestias de destrucción.
Me pierdo en lo más hondo de nuestro placer compartido mientras masajeo sus nalgas y le froto el coño desde abajo hasta que se corre en silencio, con un estremecimiento que me deja sin aliento, derramándose sobre mi mano y la arena.
La llevo hasta el clímax, y luego le separo las nalgas y expongo su ano virgen al crepúsculo, a los cielos que oscurecen, a su pareja, su animal, su dragón sucio y depravado.
—Más hermoso que todas las lunas de Júpiter —susurro mientras le acaricio suavemente ese pliegue divino, y la hago gemir y estremecerse cuando se tensa. Sigo acariciando su círculo oscuro hasta que se relaja, y entonces deslizo mi dedo húmedo en su interior.
Lo mantengo ahí para que se acostumbre, y cuando relaja el ano añado otro dedo, y otro, y otro, hasta que está abierta de par en par con cuatro de mis dedos dentro.
Bonnie está fuera de sí al sentirse tan abierta, y yo casi me desmayo ante la belleza de ese agujero dilatado que por fin es bastante ancho para su pareja.
—Tranquila, Bonnie —murmuro mientras me acerco y le lamo el ano con devoción.
Le masajeo el borde hasta que brilla en el crepúsculo, y entonces acerco mi polla palpitante y lo cubro con mi lubricante natural—.
Joder, Bonnie. No tienes ni idea de lo que me haces.
Me tienes completamente dominado, nena. Voy a reclamarte como un dragón reclama a su pareja.
Pero de algún modo tú ya me has reclamado.
Ya soy tuyo. Soy tuyo, Bonnie. Y ahora tú vas a ser mía.
Vamos allá. Vamos allá. Tranquila. Te tengo, nena. Te tengo.
Y entonces mi visión estalla en rojo y dorado mientras me deslizo dentro de Bonnie, me hundo en su ano, sigo hasta estar enterrado hasta las bolas, reclamándola por completo, hasta el último maldito centímetro.