7
BONNIE
—Llámame Damita otra vez y te aplastaré cuando vuelva a mi forma humana —le gruño a Brogan mientras surcamos los cielos, un enjambre de drones pisándonos los talones, aunque ninguno está ni remotamente a tiro.
Brogan gruñe, con una mirada maliciosa en sus ojos ardientes.
—Me parece bien. ¿Puedes sentarte en mi cara mientras intentas aplastarme con tu cuerpecito menudo? Me gustaría pasar un rato a solas con tu trasero. Creo que nuestra relación ha avanzado lo suficiente como para que sea una petición razonable.
Suelto una risita desde mi forma de Dragón y le doy un aletazo juguetón, aunque la mujer que hay en mí siente la emoción de la anticipación, la impaciencia que crepita en el aire ardiente entre nosotros.
Es casi cómico cómo los hados conspiraron para unirnos y luego nos pusieron todos los obstáculos posibles para impedir que nos reclamáramos el uno al otro, que reclamáramos nuestro para siempre.
—¿Cuándo vamos a quitarnos de encima a estos drones?
—me quejo mientras seguimos volando, todavía cómodamente por delante.
Los drones siguen a la vista, eso sí, pegados a nuestra cola como moscas molestas zumbando de fondo—.
Volémoslos del cielo y ya está, Brogan. Son máquinas sin piloto. Nadie va a morir.
—No. No voy a correr ningún riesgo contigo, Bonnie —gruñe Brogan, con un tono tan autoritario que ni siquiera intento discutir—.
Eres fuerte y tu Dragón es rápido como el demonio.
Pero ni tú ni tu Dragón tenéis la experiencia todavía.
Además, ahora estamos volando sobre una zona poblada.
Estamos demasiado alto para que nadie nos vea desde el suelo, pero si entramos en combate, podríamos vernos obligados a descender, y eso solo se sumaría a las grabaciones que ya puedan estar circulando.
Por no hablar de que podríamos herir a gente en el suelo.
Suspiro, pero sé que tiene razón. Desde luego, no quiero que ningún dron en llamas caiga sobre gente inocente. Y tal vez... tal vez sea un poco ambicioso empezar a luchar contra robots militares en mi primer día como Dragón...
—Está bien —me quejo—. Entonces, ¿cómo vamos a perderlos? De hecho, creo que ahora hay más.
—Sí, están lanzando más desde distintos puntos de nuestra ruta.
Algunos se quedarán sin batería y tendrán que retirarse.
Puede que incluso logren predecir nuestra trayectoria y lancen otros para cortarnos el paso.
Mantente alerta hasta que lleguemos a la costa.
Una vez allí, estaremos a salvo —dice Brogan.
—¿La costa? —digo—. Ah, ¿porque una vez que estemos sobre el océano ya es Espacio Aéreo Internacional y el Ejército de EE. UU. no puede perseguirnos?
Brogan se ríe.
—Sí, no creo que al ejército le importe una mierda el espacio aéreo cuando están persiguiendo a dos Dragones que no deberían existir fuera de un dibujo animado.
Pero entonces su tono se vuelve serio.
—En realidad, si tuviera que apostar, diría que la cosa se pondrá fea en cuanto estemos sobre mar abierto.
Hasta ahora el ejército no ha enviado cazas de verdad tras nosotros.
No quieren ese tipo de pelea sobre suelo estadounidense.
Joder, seguro que están encantados de empujarnos hacia el océano, donde sus pilotos de combate pueden sacar la artillería pesada de verdad.
Parpadeo al darme cuenta de que es un poco extraño que el ejército pareciera conformarse con entretenernos con drones cuando tienen la Fuerza Aérea más letal del mundo a su disposición. Y tiene sentido que quisieran esperar a que no haya civiles debajo antes de lanzar una ofensiva a gran escala.
—Entonces, ¿qué pasa cuando lleguemos al océano, Brogan? —digo con la voz temblorosa—. ¡No vamos a entrar en combate con pilotos estadounidenses! ¡No podemos matar a soldados estadounidenses! ¿Qué vamos a hacer, Brogan?
—Confía en mí, cariño —dice Brogan, esbozando una sonrisa desde su forma de Dragón mientras el azul profundo del océano abierto aparece en el horizonte—. Y confía en tu Dragón. Confía en ti misma.
Antes de que pueda preguntarle qué quiere decir, Brogan se lanza en picado.
Mi Dragón lo sigue, y el aire silba a nuestro alrededor mientras nos precipitamos hacia el océano a una velocidad mortal.
Supongo que el plan de Brogan es volar tan bajo que los aviones no puedan seguirnos sin correr un gran peligro, y me preparo para remontar antes de estamparme de panza en el Atlántico.
Pero Brogan no remonta, y parpadeo confundida mientras el aire salado me llena las fosas nasales, casi puedo saborear la espuma del mar.
—¿Brogan? —lo llamo—. Vamos a remontar, ¿verdad? ¿Verdad? ¿Brogan?
Pero no responde, y solo ahora recuerdo lo que dijo.
Confía en mí.
Confía en tu Dragón.
Confía en ti misma.
Y chillo cuando Brogan atraviesa la superficie del océano y desaparece bajo las olas. Un momento después lo sigo en su estela, el terror recorriéndome el cuerpo mientras me preparo para ahogarme.
Pero no me ahogo, y solo cuando recupero la orientación bajo el agua veo al Dragón de Brogan flotando tranquilamente, ligero como una pluma, con sus grandes fauces abiertas en una sonrisa bobalicona.
—Los Dragones somos criaturas de magia y mito —dice, con la voz algo gorgoteante pero aún clara—. Pero también tenemos algo de sangre de reptil y anfibio. Todos los Dragones podemos respirar bajo el agua tan fácilmente como respiramos en el aire más tenue, muy por encima de las nubes.
Jadeo al darme cuenta de que tiene razón. El agua se filtra por mi boca y mis fosas nasales, y siento el cuerpo rebosante de energía.
—En realidad, los bebés humanos pasan nueve meses respirando líquido en el vientre de su madre —digo—. Así que quizá no sea tan sorprendente.
—Siempre tienes que tener la última palabra, ¿no? —refunfuña Brogan.
—Ajá. Y ahora, ¿vas a ponerte a nadar o te vas a quedar ahí flotando como un caballito de mar gigante? Venga. Mueve ese trasero escamoso. ¡Estás asustando a los pececitos! —digo.
Brogan se ríe. Luego sale disparado, y yo lo sigo a toda velocidad mientras nos adentramos en las profundidades con la misma facilidad con que surcamos los cielos.