Chapter 21
A media tarde, Sofia levantó los ojos esperando un cliente al oír la campanilla.
Encontró a su madre parada en el umbral con el cuerpo rígido.
Llevaba el abrigo beige, el pelo recogido en un moño y tenía la postura erguida de siempre, pero la mirada vagaba por las baldas, deteniéndose en los frascos, la luz filtrada por el escaparate, como si viera algo que Sofia no conseguía ver.
—¿Mamá?
Sin responder, Elisa dio un paso hacia dentro, después otro.
—Ha cambiado. El mostrador estaba al otro lado.
—¿Te acuerdas?
—Me acuerdo de todo.
Helena apareció por la cortina del fondo y se detuvo. Las dos mujeres se miraron y Sofia sintió el aire de la tienda cargarse.
—Elisa.
—Helena.
—Estás vieja —dijo Elisa.
—Tú también.
Un segundo. Dos. Entonces Elisa se rio.
—Siempre directa.
—Tú también lo eras. —Helena dio un paso al frente—. Antes.
La risa murió y Elisa miró los frascos de la balda más cercana, extendiendo la mano para coger uno de ellos. Lavanda.
—Era este... El primero que me diste, dijiste que iba a abrir espacio. —Elisa hizo girar el frasco entre los dedos con cuidado—. No lo entendí en aquel momento, pensé que era una tontería.
—¿Eso ha cambiado?
Elisa puso el frasco de vuelta en la balda con cierta renuencia, devolver aquel objeto a su sitio parecía más difícil que cogerlo. Sofia observaba, muda. Nunca había visto a su madre así, vulnerable, perdida, la armadura de décadas agrietándose en los bordes.
—¿Por qué has venido? —preguntó Helena.
—Porque mi hija va a asumir esta tienda. —Miró a Sofia por primera vez desde que había entrado—. Y porque necesitaba verlo. Recordar.
—¿Recordar el qué?
—Quién era yo antes de tener miedo.
Helena caminó hasta la encimera del fondo y volvió con dos tazas de té, poniendo una delante de Elisa y la otra delante de Sofia.
—Siéntate. —Se quedó de pie, apoyada en el mostrador, observando a las dos, piezas de un mismo rompecabezas.
—Treinta años y esta tienda todavía huele igual. —Elisa miraba el té.
—Los aceites no cambian. Las personas, sí.
—No todas.
—También lo creía, pero ahora pienso que todas cambian. —Helena se cruzó de brazos—. Tú cambiaste... No en la dirección que querías.
Sofia vio una rabia vieja en la mirada de su madre, enterrada, pero viva.
—Tú no sabes nada sobre la dirección que yo quería.
—Sé que te sentabas en esta misma silla y hablabas sobre la libertad, sobre vivir de verdad. Sobre no ser como tu madre.
—Sabes lo que pasó con ese plan.
El nombre de Sofia quedó suspendido en el aire entre ellas. Siempre supo que había sido un accidente, pero nunca lo había oído dicho en voz alta, con tanta claridad, en aquel tono de hecho consumado.
—Tenía que ser responsable —dijo Elisa controlando la voz—. Dar estabilidad a mi hija.
—Y la diste. —Helena no apartó la mirada—. También diste miedo. Rigidez. La misma prisión de la que querías escapar.
—No deberías hablarles así a las personas.
—Voy a hablar así, sí, fuiste tú quien vino aquí después de treinta años, cruzaste la ciudad para entrar en esta tienda. Y no fue para verme a mí.
Sofia quería decir cualquier cosa que rompiera la tensión, pero no sabía el qué.
—No sabía cómo ser madre, no tuve ejemplo. Mi madre era fría, distante, se pasaba la vida criticándome, destruyó mis sueños... Pero miro atrás y veo que hice lo mismo.
—Mamá…
—Déjame terminar. —Levantó la mano callando a Sofia—. Creciste pensando que el problema eras tú ocupando demasiado espacio, sintiendo demasiado. Te enseñé eso en la manera en que te frenaba cada vez que intentabas ser diferente de mí.
Las lágrimas le nublaron la vista a Sofia. Dejó que se quedaran emborronando el rostro de su madre y todo lo que la rodeaba.
—Cuando hablamos sobre Helena —continuó Elisa— me dio mucha rabia, primero con ella, por haberte encontrado, y después contigo, por haber venido. Pero también me dio rabia conmigo por haber abandonado todo esto... Era tan bonito esto… Y lo dejé ir.
—Todavía lo es —dijo Helena, suave—. Bonito. Y todavía está aquí.
Tantas palabras no dichas pasaron entre las dos mujeres. La admisión de los errores cometidos en el pasado, el duelo por los caminos no tomados. O solo el cansancio de cargar secretos durante demasiado tiempo.
—No sé cómo arreglarlo —dijo Elisa—. Treinta años no se borran con una conversación.
—No se borran, tienes razón, pero pueden convertirse en otra cosa.
—¿En qué?
—En el comienzo de una nueva conversación.
*
Más de una hora entre tazas de té, intercambios con algunos silencios de por medio.
Sabio apareció en algún momento, olió a Elisa, decidió que era aceptable y caminó hacia su cuenco de pienso.
Abigail se había refugiado en la cajita de transporte en el rincón, observando y archivando información para uso futuro.
Helena habló de la enfermedad, los meses que le quedaban, la tristeza al percibir el paso inclemente del tiempo, la decisión tranquila de pasarle la tienda a Sofia. Elisa escuchó, el rostro poniéndose cada vez más pálido a cada frase.
—Te estás muriendo.
—Estoy viviendo el tiempo que me queda.
—Helena…
—No. Ya se lo dije a Sofia, no quiero lástima. —Fue hasta una balda, volviendo con un frasco pequeño—. Toma.
Elisa miró el frasco.
—¿Qué es esto?
—Rosa, ya lo sabes, para el corazón... Va a ayudarte a sentir lo que pasaste años evitando.
—No lo necesito…
—Sí que lo necesitas. —Le puso el frasco en la mano a Elisa—. No es un regalo, lo vas a pagar con treinta años de retraso, pero lo vas a pagar.
Elisa sostuvo el frasco y por un momento pareció que iba a rechazarlo y salir por la puerta sin mirar atrás. Entonces los dedos se cerraron alrededor del cristal con firmeza.
—¿Cuánto?
Helena dijo el precio, Elisa abrió el bolso, sacó el dinero, lo dejó en el mostrador. Un gesto sencillo, una transacción común, pero Sofia vio lo que significaba: la madre eligiendo, después de décadas, entrar en un mundo que había abandonado.
—Tres gotas en el agua del baño —dijo Helena—. Veinte minutos, sin móvil, nada de distracciones.
—Me acuerdo. —Elisa esbozó una sonrisa, pequeña y vacilante.
*
Un poco antes de salir, Elisa se volvió hacia Sofia.
—¿Y la editorial?
—Me hice autónoma, puedo hacer las dos cosas, está saliendo bien. ¿Y papá?
—Tu padre prefiere no preguntar. Siempre fue así. —Cogió el bolso—. Eres más valiente de lo que fui yo.
—Es necesidad, mamá... No aguantaba más seguir igual.
Elisa asintió y, dando un paso al frente, le dio un abrazo torpe a Sofia, dos cuerpos que no sabían cómo encajar después de años evitando el contacto.
—No sé si soy capaz. —Dijo contra el hombro de Sofia.
—Está bien, mamá, me alegra que quieras intentarlo.
Elisa se apartó y salió, instantes después, Helena apareció a su lado.
—¿Cómo estás?
—No lo sé. Un poco confundida. Triste. Aliviada, creo. Todo junto.
—Lo entiendo... Llega todo de una vez y una que se las arregle para ordenarlo.
—Ha cambiado. Aquí, hoy. Un poco.
—Un poco es el comienzo.
Las dos se quedaron mirando la puerta, la luz de la tarde que entraba por el escaparate.
—¿Crees que lo usará?
—No lo sé. —Helena caminó hasta el mostrador y empezó a colocar los frascos que no necesitaban ser colocados—. Lo compró y se lo llevó a casa. Eso ya es más de lo que hizo en décadas.
—¿Es suficiente?
—Suficiente no existe. Es lo que ella consigue dar. Tu madre te dio hoy lo máximo que podía.
La mujer de veinticuatro años que se sentó en aquella misma tienda treinta años antes seguía allí repleta de sueños que nunca cumplió.
—No quiero convertirme en ella.
—No vas a hacerlo.
—¿Cómo lo sabes?
—Estás aquí. —Helena esbozó una sonrisa cansada—. Tu madre huyó.
*
Más tarde, Sofia se dio un baño con rosa con Abigail en la alfombra, enroscada en la posición de siempre, con los ojos cerrados pero las orejas atentas. El calor del agua le erizó levemente la piel, soltándole los músculos. Pensó en su madre, que quizá estuviera haciendo lo mismo en aquel momento.
No sabía si Elisa iba a cambiar. Quería que el abrazo torpe se repitiera y que las conversaciones continuaran, pero quizá la distancia no pudiera vencerse con aceites y palabras atrasadas, aunque ahora hubiera una rendija en la puerta que estaba cerrada, suficiente para que entrara la luz. El resto dependía de las dos.
Después del baño se puso el pijama y se fue a la cama seguida de su fiel escudera. Sabía que su madre no mandaría mensajes. Algunas transformaciones suceden lejos de los ojos de quien espera.