Chapter 6
Este era más oscuro, el cristal ámbar casi opaco. Helena se lo había puesto en las manos a Sofia sin explicar mucho:
—Este es más intenso. Ve con calma.
Estaba en casa ahora, sentada en el borde de la bañera, intentando decidir si quería realmente abrir aquella puerta. Abigail ocupaba el umbral del baño, los ojos fijos en el frasco.
—¿Crees que debería?
La gata permaneció inmóvil. Ni sí ni no. La decisión es tuya.
Giró el grifo, la bañera empezó a llenarse, mientras echaba el aceite y el vapor subía en espirales lentas. Ylang-ylang olía a noches cálidas, piel contra piel, sensaciones que había desaprendido. Entró en el agua a regañadientes.
*
El vestido era azul marino, ajustado en los lugares justos para realzar las curvas, escotado lo suficiente para sugerir sin mostrar.
Sofia lo había comprado para el aniversario de noviazgo, tres años con Martín, una celebración que merecía algo especial.
Pasó una hora en la tienda probándose opciones, imaginando la mirada de él cuando la viera, aquella sonrisa de aprobación que a veces le ofrecía como limosna.
Llegó a casa y se arregló: vestido, peinado, el carmín rojo que nunca usaba.
Le gustó el reflejo, una mujer guapa que merecía ser deseada.
Martín llegó a las siete. Sofia estaba en la sala, el corazón latiéndole demasiado rápido cuando la puerta se abrió y él entró, dejó el maletín en el sofá, frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
—Lo compré para hoy.
—Está muy... —Un gesto vago con la mano—. Llamativo.
—¿Cómo?
—El escote. Y ese carmín. Parece que estás intentando llamar la atención.
La ilusión se le fue por el desagüe. El vestido que minutos antes era bonito ahora pesaba, la piel del rostro se le calentó y las manos tiraron del bajo de la tela hacia abajo.
—Pensé que te iba a gustar.
—Me gustas tú. No necesitas todo eso para impresionarme.
Él se acercó, la punta de los dedos rozándole el rostro, el gesto de un adulto calmando a una niña caprichosa. La voz tierna, el cariño que desmonta.
—¿Te cambias? Tenemos reserva a las ocho.
Sofia se cambió por un vestido negro, discreto, aprobado.
Se quitó el carmín rojo, lo sustituyó por uno rosa claro.
Se recogió el pelo que había dejado suelto.
Cuando salió del dormitorio, Martín le dedicó la sonrisa que ella esperaba haber recibido cuando él llegó a casa y que solo aparecía cuando ella cabía en el molde.
—Así estás mejor. Estás más guapa al natural.
Al natural. Como si el vestido azul y el carmín rojo fueran disfraces y la Sofia verdadera fuera esta: la apagada, la que no llamaba la atención y cabía en el espacio que él le permitía.
Fueron a cenar. Sonrió en los momentos justos, dijo las cosas justas, fue la novia perfecta que él quería. Por dentro, algo murió, otro pedazo de sí misma sacrificado para ser amada.
El vestido azul marino fue al fondo del armario aquella noche. Sofia lo dobló con cuidado, una disculpa que nadie iba a leer. Lo dejó detrás de los abrigos de invierno, junto con la blusa roja y todos los demás pedazos de ella que Martín le había devuelto con etiqueta de defectuoso.
Después vino el pelo. Mencionó que quería cortarlo corto, una mañana de sábado, mientras preparaban café. Martín soltó un me gusta tu pelo así , en tono de quien constata un hecho, informa de que el cielo es azul. No se lo cortó.
En una cena con amigos de él, Sofia contó una historia y la mesa entera se rio.
En el coche, de vuelta a casa, Martín conducía callado.
En la puerta del apartamento, cuando ella le preguntó por qué estaba tan serio, si todo estaba bien: Te ríes muy alto en público.
Sofia pasó a reírse bajo, tragándose la alegría, midiendo el volumen de su propio placer.
La felicidad pasó a tener un límite permitido.
*
Era la última vez que durmieron juntos, dos meses antes del final.
Sofia se había acercado en la cama en un intento que exigió todo su valor después de meses sin contacto, espaldas vueltas, espacio en el colchón donde antes había piel.
Le tocó el brazo probando si la superficie podía estar caliente.
—¿Ahora? Estoy cansado, Sofia.
—Tú siempre estás cansado.
—Y tú siempre quieres hablar de esto en la peor hora. —Se volvió de lado.
Sofia se quedó sintiendo su propio cuerpo existir para ser ignorado.
El deseo que había reunido valor para mostrar se encogió volviendo al lugar donde lo mantenía encerrado, y allí se quedó.
Había pasado el punto de llorar. Aceptó, porque aceptaba todo.
Otra muerte en una sucesión de pequeñas muertes que ella llamaba relación.
Dos semanas después, encontró los mensajes en el móvil de él. Otra mujer, alguien que, los mensajes lo indicaban, no recibía espaldas vueltas ni suspiros de impaciencia.
Lo peor fue el alivio de tener un motivo para irse, una razón que no exigía explicación, una puerta que no necesitaba abrir sola.
*
El agua de la bañera se había enfriado. Sofia abrió los ojos, el baño estaba oscuro, la única luz venía del pasillo donde Abigail esperaba, una silueta pequeña y paciente.
El cuerpo le dolía de un modo extraño, como si hubiera estirado músculos después de mucho tiempo, el dolor del tejido vivo forzando espacio en lo que se había endurecido.
El frío del aire contra la piel mojada era intenso cuando salió, pero no se apresuró.
Se quedó de pie, desnuda, sintiendo su propio cuerpo como hacía años no lo sentía.
Las curvas, las marcas, los lugares que Martín le había hecho odiar. Todo allí, todavía suyo.
Abigail soltó un maullido suave.
—Estoy bien… Creo que estoy bien.
Fue al dormitorio, la gata detrás, y se detuvo frente al espejo del armario dejando caer la toalla.
El cuerpo en el espejo era familiar. Los mismos pechos que a Martín le parecían tímidos cerca de unas caderas que le parecían demasiado anchas, el vientre que él sugería ejercitar con más ganas.
Cinco años viendo este cuerpo con los ojos de él, tratando la casa donde vivía como si perteneciera a otra persona.
Abigail saltó a la cama, pero Sofia no se cubrió. Se tocó el pecho, sintió el corazón latir bajo la piel. Deslizó la mano: cintura, cadera, muslo. Cartografía, reconocimiento. Cada centímetro de aquí es tuyo. Siempre lo fue.
La gata caminó por la cama y se detuvo cerca. Extendió una pata y le tocó la mano. Sofia contuvo la respiración: un sello felino sobre una promesa hecha al espejo.
*
A la mañana siguiente, el móvil sonó mientras preparaba el café. La pantalla mostraba Mamá . El estómago se le apretó antes de que el cerebro pudiera decidir qué sentir. Abigail, enroscada en la silla de la cocina, abrió un ojo.
—Hola, mamá.
—Sofia. ¿Vas al cumpleaños de tu tía el sábado? —La eficiencia de siempre, sin preámbulos.
—Voy. Ya se lo he confirmado.
—Estupendo. Ponte aquel vestido gris que te regalé en Navidad, el de lino. Queda discreto y bonito.
Sofia miró hacia el armario donde la blusa roja estaba colgada. Recordó el vestido gris de lino doblado en un cajón, usado en ocasiones estratégicas. Discreto. La palabra preferida de Elisa para todo lo que importaba: ropa, opiniones, ambiciones, hijas.
—Ya veré qué me pongo, mamá.
—Es solo una sugerencia. Pero esa blusa que llevas últimamente, la roja, no es apropiada para una cena familiar. El rojo es para otro tipo de ocasiones.
—¿Qué tipo de ocasiones?
—Tú sabes. No te pega.
No te pega. La frase de Martín sobre el vestido azul resonó por encima de la frase de Elisa, las voces fundiéndose en una sola. Las manos apretaron el móvil.
—Mamá, me gusta la blusa roja.
—Ya me he dado cuenta de que te gusta. Pero hay una distancia grande entre gustar y quedar bien. Tienes un tipo más clásico, Sofia. Los colores fuertes no te favorecen.
Abigail había dejado de lamerse la pata y observaba a Sofia con las orejas hacia delante, los dos ojos muy abiertos.
—¿Estás comiendo bien? —Elisa cambió de tema, sin esperar respuesta—. Tienes la voz rara.
—Estoy bien, mamá.
—¿Estás bebiendo suficiente agua? Porque cuando eras pequeña también te ponías así cuando comías porquerías, ¿te acuerdas? Te decía siempre que bebieras agua y nunca hacías caso. Nunca has hecho caso, por cierto.
—Mamá.
—¿Y el trabajo? ¿Tu jefe todavía te sobrecarga? Porque ya te lo dije, Sofia, editora no es profesión para quien no sabe decir que no, y tú nunca supiste. Te crié para ser educada, pero educada de más es un felpudo.
Como si fuera culpa de Sofia y el exceso fuera defecto de la hija y no proyecto de la madre. Cada frase era un hilo invisible tirando de Sofia hacia un lugar más pequeño. La voz, la ropa, la comida, el cuerpo, el trabajo. Todo pasaba por el filtro de Elisa antes de ser aprobado.
—Mamá, tengo que colgar. Me voy a trabajar.
—Vale. Pero piénsate el vestido gris. Y bebe agua. Y come una fruta, por favor, Sofia, parece que vives de café y ansiedad.
—Adiós, mamá. —Colgó.
Se quedó quieta en la cocina con el móvil en la mano, el café enfriándose en la encimera. Abigail bajó de la silla, se restregó contra la pantorrilla de Sofia y caminó hasta el cuenco del pienso. Asunto cerrado.
Martín no inventó a la mujer pequeña, la heredó.
La recibió hecha, empaquetada, con manual de instrucciones.
Cabía en vestidos discretos y opiniones silenciosas, existiendo mucho antes de que él apareciera.
Elisa la había cosido, punto a punto, desde que Sofia llevaba vestido amarillo y corría por el jardín de la abuela.
Y la abuela, que decía que Sofia tenía fuego, quizá supiera que alguien estaba intentando apagarlo.
Sofia abrió el armario. Cogió el vestido gris de lino. Lo metió en una bolsa y lo guardó en la balda más alta, detrás de las cajas de zapatos. No iba a tirarlo, pero tampoco iba a ponérselo.
*
Aquella noche, buscó el vestido azul marino, guardado con la etiqueta de la última tintorería. Reliquia de una derrota que nadie aparte de ella conocía.
Lo sacó de la percha y se lo puso. Le entraba, claro que le entraba.
El cuerpo y las curvas eran los mismos. Solo la mirada había cambiado.
La tela le abrazaba la cadera. Sofia no tiró del bajo hacia abajo ni cruzó los brazos sobre el pecho.
Sonrió al reflejo. Una sonrisa que Martín llamaría exagerada y Elisa, inadecuada.
Sabía que estaba guapa. No necesitaba que nadie más se lo dijera.
Abigail, en la cama, asistía al desfile privado con la expresión de jurado de concurso que no se impresiona con facilidad. Cuando Sofia giró probando el movimiento de la tela, maulló.
—¿Aprobado?
La gata bostezó y se tumbó. No entendía por qué los seres humanos hacían tanta ceremonia con trozos de tela.
Sofia se rio. Se puso el pijama, se acostó y Abi vino a acurrucarse, el ronroneo bajo llenando el dormitorio.