Elluin. Neván (Pasado) #2
Saca la cabeza por el marco de la puerta tan deprisa que se golpea contra los lados y el dolor se expande a través de nuestro vínculo, aunque eso es lo último que siento, pues levanta una sólida pared plateada entre nosotras.
Tras bloquearme, se aleja del palacio, como si intentara protegerme del torrente de pensamientos y emociones.
No es que eso ayude.
El pánico se apodera de mi pecho cuando un trío de fundefauces atraviesa las ventanas tras Slátra. Quedan fuera de mi vista, pero los oigo chillar.
Rugir.
Me quito el anillo de hierro, abriéndome a Clode, a la que oigo aullar lejos del fuego de los dragones, pero el sonido se evapora igual que si se hubiese apagado una llama.
La cabeza comienza a darme vueltas, como si me arrastraran bajo un lago de aceite.
Tardo demasiado en darme cuenta de que me han drogado, de que hay una espantosa razón por la que ya no puedo oír a los Creadores.
Me embarga una salvaje oleada de terror.
—Que alguien cierre…
La puerta se abre con tal violencia que una criada grita.
Se me sube el corazón a la garganta al ver a Tyroth irrumpir en el dormitorio con un brillo despiadado en sus ojos dispares.
Protejo a Kyzari entre mis brazos y uso el mantón para cubrirnos mientras se me revuelve el estómago por las náuseas. Una sensación que no hace más que intensificarse al ver a una runi entrar cojeando, con el botón dorado que lleva en la nuca manchado con una gota de sangre.
«Una sanguiria».
Tyroth se queda quieto a los pies de la cama, con los brazos cruzados y el pelo suelto. Aunque lleva una camisa negra holgada remangada hasta los codos, algo que indica que está relajado y a gusto, no lo parece en absoluto.
La dureza de su mirada es la misma que he visto momentos antes de que azotara a la gente con lenguas de fuego, les cortara la lengua o les arrancara la cabeza con sus propias manos.
—Dejadnos solos.
Su voz es un embate atronador que nunca deja de herir.
Las criadas salen a toda prisa del dormitorio mientras yo bajo la mirada hacia mi hija. Intento levantar la mano para acariciarle la frente con el pulgar…, pero siento los miembros pesados, debilitados por la tintura. Nos está robando nuestro momento, parte por parte.
«Nos lo está quitando todo».
En su lugar, cuento los dedos de Kyzari, una y otra vez, escuchándola mamar.
Aprieto los labios para contener el temblor que amenaza con apoderarse de mi barbilla.
La sanguiria deja caer su zurrón. Se oyen sonidos metálicos por toda la estancia mientras graba un círculo de runas en el suelo a mi lado, rápido pero con precisión.
Durante ese tiempo, mi dragón combate a lo lejos, con llamas azules y naranjas colisionando en el cielo, y Tyroth intenta hacerme trizas con su mirada cortante.
Desearía enfurecerme, gritar. Sin embargo, no hago ninguna de las dos cosas, consciente de que es inútil. Solo serviría para arruinar lo que queda de estos breves instantes que tengo con Kyzari, convirtiéndolo en algo horrible y desgarrador.
No quiero que se quede con eso.
No pienso hacerlo.
—Si haces sangrar a mi hija, te mato.
La calma de mi voz en absoluto delata el feroz instinto de protección que me desgarra por dentro.
Al desviar la vista, me encuentro con la mirada despiadada de Tyroth.
—Puede que no sea en este dae o en esta vida, pero los Creadores me escuchan y me vengaré de tu cuerpo y de esa alma podrida que tienes.
—¿Una mujer? —Arquea una ceja.
Su forma de decirlo hace que me estremezca, como si hubiera afilado las palabras hasta convertirlas en alfileres y las clavase en la carne de la niña.
Desvía la mirada hacia Kyzari fríamente y vuelve a levantarla. Con una calma aterradora, dice:
—Qué decepción. Sin duda, cuando crezca será igual que tú: una zorra miserable.
Suelto un gruñido.
Él sonríe, algo tan raro que me dan ganas de arrancarle la cabeza, aunque su mueca se desvanece en un abrir y cerrar de ojos.
—Ahora, Zatia.
Despedazo a Tyroth con la mirada y no dejo de gruñir al ver que le clavan un alfiler en el talón a Kyzari. Aunque se retuerce, no se aparta de mi pecho y sigue mamando.
Tyroth permanece inmóvil, con el rostro imperturbable, ejerciendo todo su poder con los puños cerrados, mientras la runi mezcla la gota de sangre con una tintura y la vierte dentro del círculo de runas, las cuales veo brillar por el rabillo del ojo.
El líquido se extiende como las raíces de un árbol.
No me hace falta mirar para saber que las dos más gruesas apuntan hacia mí y hacia otro lugar, en dirección al norte, sin duda donde reside Kaan. Aunque no mire, advierto el momento en el que Tyroth se fija en la tintura.
El momento en el que se le tensa el rostro, confirmando sus sospechas.
Levanta la barbilla y baja los párpados, entrecerrando los ojos con ira.
—Puta.
Lo ignoro, decantándome por pasar mis últimos latidos con la persona que me importa, y bajo la mirada hacia Kyzari… Desearía poder inclinarme y besar sus pálidas pestañas, pero me conformo con cantarle, empezando la melodía de mah desde el principio y entonándola poco a poco.
Solo llevo dos estrofas cuando Tyroth murmura una frase punzante.
Bulder no responde de inmediato, como si sopesase la orden.
O al menos eso es lo que quiero creer, que espera que sea capaz de echarme a un lado.
No lo soy.
Me ahogo cuando una lanza de piedra se me clava en la espalda y me atraviesa las costillas con un dolor insoportable. Siento un frío intenso en el pecho cuando esta sale, salpicándole la cara a Kyzari con sangre.
Ella se estremece y abre los ojos, pero no lo suficiente como para que vea de qué color los tiene antes de que Tyroth me la arrebate.
La sangre me hierve en la garganta junto con un grito desgarrador que surge de unas profundidades desconocidas para mí. Aunque es el chillido de Kyzari lo que más daño me hace.
Lo que me mata.
Tyroth la envuelve en un paño y se la pone contra el pecho mientras la vida se escapa de mis venas. Mi cuerpo cede mucho antes que mi mente, aterrada, que intenta captar cada detalle frenéticamente.
La sanguiria se acerca cojeando y comienza a recoger sus pertenencias. Levanta la vista y me mira con los ojos muy abiertos y rebosantes de tristeza…
Otra frase cortante sale de los labios de Tyroth.
Una lanza de piedra atraviesa la mandíbula de la sanguiria y le sale por el cráneo mientras la sangre brota de sus ojos aún abiertos, ahora sin vida.
Tyroth la aparta de un empujón e, inclinándose, tira de la diadema que llevo en la frente. Al ver que no se suelta, aprieta los labios y está a punto de gruñir.
Suspirando, acerca a Kyzari lo suficiente como para tentarme con su aroma, haciendo que desee tocarla, pegármela al pecho, donde debería estar, si pudiera levantar los brazos.
Las runas de la diadema palpitan con un cálido latido y uno de sus numerosos tentáculos se suelta, como si un alfiler saliera lentamente de mi cerebro…
Mi cráneo…
Bullo de rabia entre resuellos mientras él vuelve a meter los dedos bajo la diadema. Esta vez, tira con tanta fuerza que está a punto de sacarme de la lanza que me atraviesa.
La diadema se desprende, como una costra que aún no está lista para caer: una señal clara de que ya no le sirvo como huésped, que el parásito metálico considera un manjar mejor a mi bebé, más jugoso.
Porque yo me estoy muriendo .
Tyroth mira a mi hija, que se retuerce y llora entre sus brazos, y me veo obligada a observar con horror cómo le pone la diadema en su frentecita.
Al sentirla, los filamentos metálicos se curvan, adaptándose a su forma, y se enganchan a ella como una garra.
Su chillido de respuesta amenaza con arrancarme el corazón de cuajo, algo más doloroso que la herida que está acabando conmigo.
—Tranquila, que ella nunca sabrá lo zorra que eres —murmura lanzándome una última mirada furiosa. Después, niega con la cabeza y se dirige a la puerta, ocultándome a Kyzari.
Grito, pero no sale ningún sonido.
Me sacudo, pero no puedo mover ni un solo miembro.
Entonces, me doy cuenta de que no le he dicho a Kyzari que la quería, lo que hace que mi alma se haga añicos como una luna al caer y mi corazón se deshilache.
Se rompa.
El rugido de Slátra sacude el palacio. Se transforma en un lamento que resuena en mi maltrecho corazón al tiempo que late por última vez…
Y caigo en una oscuridad que no conoce fin.
L a conciencia de Elluin se ve arrancada del corazón de Slátra como una arteria desgarrada, dejando un agujero palpitante del que mana sangre. Por su cavidad torácica, se extiende un dolor inimaginable, como si al desprenderse se hubiera llevado trozos de carne.
Fragmentos de hueso.
Hebras de venas.
Una agonía que solo había sentido dos veces, cuando perdió a su compañero y cuando su pequeña Allume se elevó al cielo para descansar.
Slátra ruge tan fuerte que sus antepasados se estremecen en la gran oscuridad mientras bate las alas contra el aullido del viento, consumida por una furia salvaje.
Se abalanza sobre el cuello del fundefauces, la última de las tres bestias que la han mantenido alejada de su preciosa Pequeña durante demasiado tiempo, y le desgarra la garganta, salpicando sangre al soltar su pesado cuerpo de entre sus garras.
Un acto que por lo general le causaría una gran tristeza —abatir a un dragón empujado a la batalla por la sádica codicia de los feéricos—, pero el corazón de Slátra ya no está completo.
Lo que lo hacía latir ha desaparecido.
Slátra no necesita el sentido de la vista para percibir dónde se halla el palacio, pues cada mancha lechosa de sus ojos es la fulgurante conciencia de un pariente lejano que la ayuda a perfilar el mundo.
Y, si no fuera por ellos, la desquiciada diosa del Aire emite suficientes sonidos como para trazar las cosas con todo detalle, pues azota los devastadores contornos de todo cuanto existe.
Los dragones caídos.
La discordia.
La muerte.
Slátra arremete contra el palacio con las garras extendidas, abriendo grietas en aleros y paredes que están construidos para resistir la fuerza de un dragón, los cuales se desmoronan por su rabia mientras sigue el rastro de la sangre de Elluin, agriada por la agonía de sus últimos momentos.
Al llegar a la entrada, arranca grandes trozos de la estructura, desgarrándola como si fuera una presa que acaba de cazar.
Con una sacudida de la cabeza, otro trozo del tamaño de una casa cae en picado hacia la ciudad, aunque a Slátra no le importa dónde vaya a parar.
Solo le importa llegar hasta donde se encuentra su preciosa Pequeña, cuyos últimos pensamientos resuenan con furia en su corazón.
Una tragedia que jura remediar con cada fibra de su ser.
Introduce la garra, el hombro y la cabeza por el boquete, olfateando.
Huele todo lo sucedido desde que se ha visto expulsada del lecho de Elluin.
Alcanza su cuerpo…
Y los gemidos del bebé de Elluin se le clavan como astillas en el alma.
Gruñendo, gira la cabeza hacia el sonido y olfatea al hombre que sostiene a la pequeña de un modo desafiante.
Usándola como escudo.
Un bebé cuyo bienestar Slátra no arriesgaría, ni siquiera para atacarlo… a él.
Abre las fauces, dejando que Tyroth Vaegor vea la llama que se arremolina en su lengua y chisporrotea entre sus dientes.
Se alimenta del latido aterrado del corazón del hombre, que reverbera como un rugido en su fino oído, preguntándose si le hará a ella lo mismo que le ha hecho a su preciosa Pequeña.
Si se atreverá.
Quizá intuya la masacre que provocaría si intentara impedirle a Slátra que se acerque al cuerpo de Elluin, pues mantiene los labios pegados.
Slátra desvía su atención a Elluin, acerca el morro a su costado y olfatea el afilado trozo de piedra que aún le sobresale del pecho.
Se le escapa un gemido.
Con delicadeza, Slátra desliza a Elluin hasta liberarla de la lanza de piedra. Destrozada y lánguida como está, no le cuesta cogerla con su gran garra.
Slátra dirige de nuevo la atención al hombre que sostiene a una niña que no es suya mientras se acerca a Elluin al pecho y vuelve a gruñir. Una promesa silenciosa de que a Tyroth le llegará su merecido.
Ella se encargará.
Se retira con más sutileza de la que ha hecho gala al llegar y alza la cabeza al cielo nada más salir de esa guarida que aún conserva el olor de su preciosa Pequeña, de su espíritu fiero, que rugió hasta su último aliento.
El mundo la necesita, pero aún no está lo bastante devastado como para ser consciente de ello. Slátra alza las alas y se impulsa en la torre derruida en dirección al cielo, con sus ojos lechosos fijos en su hermosa Allume, dormida y rodeada por los familiares fallecidos de Elluin.
Y vuela. Se eleva hacia ellos de una forma que ha imaginado muchas veces desde que vio a Allume hacerse un ovillo y abandonar la vida. Sin embargo, nunca imaginó que sería así, que ascendería con tanto pesar en su corazón, sosteniendo a su preciosa Pequeña…, que ya no es tan pequeña.
Y tiene a una preciosa Pequeña propia.
Sigue ascendiendo hasta que la atmósfera se vuelve fría —demasiado lejos para Clode— y respira por última vez antes de que la gravedad deje de ejercer su atracción sobre ella. Se acerca lo suficiente a Allume como para pintar con su cola la alita de esta y, luego, se enrosca.
Envolviendo a Elluin como si de su huevo más preciado se tratara, encuentra un lugar apacible entre tantos antepasados queridos…
Solo que no se entrega a la muerte.
Lo que hace es soltar la cinta plateada que envuelve las fibras de su alma, desenredando cada hilo con cuidado hasta que se convierte en una bobina rebosante de la esencia misma de la existencia. Luego, la saca de entre sus costillas.
Y la introduce en el pecho de Elluin.
Aunque desaparece, engullida por el insondable abismo que hay dentro de su preciosa Pequeña, encuentra una paz serena en la esperanza de que eche raíces. Que crezca y lata con vida para que Elluin tenga la oportunidad de volver con su preciosa Pequeña.
Para que tenga la oportunidad de decirle que la quiere.
Con esa esperanza en su conciencia, Slátra exhala su último aliento helado sobre la frente de Elluin antes de que su cuerpo se convierta en piedra.