La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Elluin. Neván (Pasado)
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Elluin. Neván (Pasado)

Elluin

Neván

Pasado

E so es, majestad, un empujón más.

El profundo relincho de Slátra rasga el cielo, alentándome. A través de nuestro vínculo, la misma urgencia reverbera como un rugido furioso.

Reprimo un grito y lo utilizo como impulso para empujar, sintiendo cómo se va distendiendo mi cuerpo a medida que los hombros de mi bebé van saliendo. El resto se desliza con suavidad, aliviándome.

Todos mis músculos se relajan de golpe y se me va la cabeza contra el cabecero.

Tomo bocanadas de aire temblorosamente mientras la tensión se apodera de la estancia.

He estado empujando mucho tiempo. Demasiado, a juzgar por las miradas que cruzan las parteras, que se mueven en silencio alrededor de la cama como fantasmas.

Reina un silencio abrumador, solo roto por el sonido de unas palmaditas.

Se oyen murmullos de pánico procedentes de las dos parteras que miran a mi hija sobre la cama, entre mis piernas. Una cama que ya se ha cobrado la vida de demasiados seres queridos.

«No se va a cobrar otra más».

«No se va a cobrar la vida de mi hija».

Me apoyo en el cabecero de piedra y miro a la comadrona que intenta reanimar a mi pequeña, inerte.

—Dadme a la niña.

—Su majestad, estamos haciendo todo lo que podemos. —Levanta la vista, pálida, y veo la verdad en su mirada: cree que mi bebé ha fallecido.

Slátra ruge tan fuerte que hace vibrar los cristales de las ventanas.

La criada dirige una mirada nerviosa a las puertas del balcón.

—La niña… lleva demasiado tiempo sin…

— DÁDMELA .

Una llamarada azul se cuela por las puertas, bañando la habitación con un resplandor azulado.

La criada se estremece y se pone en marcha. Corta el cordón umbilical y envuelve a mi hija.

Me abro el camisón al compás del batir de alas, y los botones saltan desde la nuca hasta el ombligo, dejando al descubierto mis pechos. Algunas de las criadas bajan la barbilla, como si me ofreciesen intimidad.

Sé que no es así. Sé que ocultan las lágrimas de sus ojos, prueba de que ya han perdido la esperanza.

Creen que la mía es inútil, pero yo no acepto tal cosa.

Una luz plateada baña el dormitorio y Slátra se acerca tanto al palacio que me azota el frío batir de sus alas mientras dejan a mi hija sobre mi pecho.

No pierdo tiempo examinando sus facciones, contemplándola u oliéndola, sino que la desenvuelvo y pongo su cuerpo sobre mis pechos, sosteniendo su cabeza con el hueco del brazo.

Le froto la espalda con movimientos firmes pero suaves mientras canto la melodía que mah me cantaba en esta misma habitación. Una que siempre me hacía sentir feliz y segura.

Querida.

Liu ath na, juu ta ne guile no…

Too la too. Too la too.

Liu ath na, juu ta ne guile no…

Me dicen que empuje de nuevo.

Hago fuerza mientras me resbalan las lágrimas y sale mi placenta junto con un chorro templado que no se detiene, como si se quitase el tapón a un fregadero… o se liberara delicadamente un alma.

Trato de no pensar en ello, de no darle vueltas al hecho de que parece que mi cuerpo intente ir tras mi hija hacia su final.

Ella se queda aunque yo me vaya. Le daré mi último aliento y lo haré realidad.

Eeah to ail. Eeah to ail.

Han dui garl, igath da se se marth…

Me meten trapos entre las piernas, que sacan empapados de sangre, tiran a un cubo y se llevan fuera del dormitorio.

Me obligan a tragar tinturas y me las frotan en el abdomen.

Después, una criada me presiona el vientre y me lo masajea de una forma que me haría gritar de dolor si el silencio de mi hija no me estuviera matando ya. Lentamente.

Con precisión.

Aun así, sigo frotándole la espalda. Dándole palmadas.

Cantándole.

Aun así, me niego a perder la esperanza y me aferro a ella con las pocas fuerzas que me quedan, que cada vez son menos.

Eeah to ail. Eeah to ail.

Han dui garl, igath dain to ne…

Todo se sacude.

Se oyen arañazos en la piedra cuando Slátra clava sus garras en el alero en busca de un asidero en una parte del palacio que no se construyó para que se posaran dragones.

Hay un remolino luminoso y una de las criadas no puede evitar soltar un grito al ver que Slátra mete su enorme cabeza por la puerta del balcón, por la que apenas cabe.

Invadiendo la estancia con la gelidez que desprende su piel.

Empuja hasta meter parte del cuello, llenando el espacio con su inmensa figura. Todas mis sirvientas, excepto dos, se pegan a la pared del fondo, acobardadas.

Me cuesta pronunciar el siguiente verso, pues se me está cerrando la garganta.

Lio lo na, lo na…

Miro a los ojos lechosos de Slátra, agradecida por su presencia.

Agradecida de no tener que hacer esto sola.

Duali do, shooth ait nui la…

Ella huele el aire; respira profundamente mientras yo froto.

Doy palmadas.

Canto.

A pesar de su ceguera, a través del fuerte latido de nuestro corazón compartido, percibo todo lo que huele.

Sensaciones.

Sentimientos.

Suelta un gemido agudo que se hace eco de mi agonía. Con mucha delicadeza, acaricia con el hocico la nuca de mi hija, sollozando. Una suave invitación para que respire.

Para que viva .

Lio lo na, lo na…

Tras resoplar, Slátra se retira. Frunzo el ceño y, al bajar la vista, veo que mi hija contrae el rostro a pesar de tenerlo azul.

Suelta un gemido tembloroso que resuena por todo el dormitorio y yo emito un sonido similar, a punto de derrumbarme por el peso del alivio que siento en el pecho.

Tiemblo, como si me liberase de una soga que no sabía que me ataba, vagamente consciente de que mis criadas ahogan gritos y alaban a los Creadores. Algunas se dejan caer de rodillas y lloran o besan el suelo.

Mi hija respira hondo y grita de nuevo con estridencia. Es como si se hubiera hundido hasta estar a punto de llegar a su final y se hubiera levantado asustada y tratase desesperadamente de escapar.

La aprieto más contra mí, consolándola mientras Slátra nos olisquea a ambas. No me sorprende oír murmullos de que mi sangrado ha comenzado a disminuir. No hay ningún otro lugar en el que prefiera estar que aquí, con ella.

El tiempo se difumina…

Slátra se queda a pesar de la calma que reina en el dormitorio, un centinela silencioso mientras canto acariciándole a mi hija la frente con el pulgar. Repito el movimiento hasta que todo rastro de tensión desaparece de su rostro.

Le beso la cabeza y busco a Kaan en sus delicadas facciones. Lo encuentro en el tono de su piel y en sus pómulos marcados. Desde luego, no en el mechón de pelo blanco tan parecido al de mah…

Se me cierra la garganta al pensarlo, sabiendo lo orgullosa que se sentiría de estar aquí.

Aunque yo no estoy tan orgullosa de mí misma.

Mah se unió por amor contra viento y marea, poniendo en peligro las alianzas políticas. Se las arregló para renunciar a todo menos al amor que sentía por pah, sin dejar de ser leal y justa para con su pueblo, para con sus responsabilidades como reina de La Sombra.

Yo he tomado el único camino que veía, uno que le ha costado a Kaan… esto .

Estar aquí mientras daba a luz, conocer a su hija, darle la bienvenida al mundo con su fuerza y su cálida presencia.

Slátra se lamenta mientras a mí me resbalan más lágrimas por las mejillas y prometo en silencio ser más fuerte.

Mejor.

Para aliviar las injusticias de este mundo. Para convertirlo en un lugar mejor, de una forma u otra. Por nuestra hija.

Por…

—Se llama Kyzari —anuncio a la sala con todas las fuerzas que soy capaz de reunir, pronunciando el segundo nombre de mah con un nudo en la garganta.

Una oda silenciosa tanto a ella como a Kaan.

Mi única esperanza es que un dae Kaan y Kyzari vean el víncu­lo entre generaciones. Que, más allá de las tremendas ganas de entregarle una parte de mi bella y encantadora mah, hay una razón más grande por la que le di a mi hija un nombre que empieza por K.

—Kyzari Neván Vaegor —susurro, porque que le jodan a Tyroth por obligarme a llevar su apellido, por no darme opción.

El mío seguirá vivo, y lo hará a través de mi hija.

Por el rabillo del ojo, veo a todas las criadas inclinar la cabeza y una de ellas se dirige al escritorio.

Anota el nombre de Kyzari en el pergamino del anuncio oficial y lo entrega en la puerta, sin duda a uno de los muchos guardias que se agolpan en el pasillo.

No tardará en darse a conocer a la multitud que abarrota las calles de Arithia, esperando saber el resultado de mi parto.

Una criada me echa un mantón sobre los hombros, ocultando mi desnudez, mientras Kyzari busca mi pecho con los labios para alimentarse. Una vez más, lamento no contar con los consejos de mah y dirijo con torpeza mi pezón hacia la boca de Kyzari.

Ella succiona, tirando suavemente. Mueve su manita y me agarra el dedo con ella.

Se me dibuja una sonrisa.

Nuestro cuerpo ya no lucha y encontramos un ritmo apacible, acurrucadas juntas como los dos dragones del málmr de Kaan.

Decido ignorar la sensación de que este momento es un regalo, que no durará.

Ahora mismo, no hay espacio para eso en mi corazón.

Cuando una criada se acerca a mí con una bandeja en la que hay tres frascos, apenas consigo apartar la atención de Kyzari, tan hipnotizada como estoy por sus pálidas pestañas extendidas sobre su mejilla y por la forma en que su pequeño cuerpo encaja a la perfección con el mío mientras hace ruiditos al mamar.

—Esto es para ayudaros a expulsar los restos de placenta sin que haya más sangrado —dice la criada señalando un frasco morado.

Lo cojo y, sin apenas mirarlo, apuro el contenido de un trago.

—Esto es para estimular la producción de leche —dice señalando el frasco marrón que hay al lado—. Y esto es para…

Se oye un rugido ensordecedor y una llamarada naranja rasga el cielo, bañando la estancia en un resplandor furioso.

Los gritos ahogados de las criadas quedan sofocados por el feroz gruñido de Slátra.