La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 98. Raeve #2
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Capítulo 98. Raeve #2

Vuelvo a mirar a nuestra hija, cuyo pecho sube y baja despacio, pero con ritmo constante. De nuevo, me pregunto cómo he podido pasar tantas cosas por alto.

Todo.

Cómo es que escribió esas dos palabras en una alondra que envió a alguien que hacía tiempo que había fallecido. Qué dolor debió de sentir en ese momento. Qué horrores debió de pasar.

Me hormiguean las yemas de los dedos. Esa parte de mí que lleva sedienta de sangre desde el dae en que llegué a esta montaña se inclina hacia delante, ansiosa por obtener una respuesta.

En busca de su ancla .

Me acerco a Kyzari y, tras recorrer sus cejas con el dedo, le planto un beso entre ellas.

Sus pálidas pestañas se agitan como respuesta.

Cojo su mano y la de Kaan, sacando fuerzas de su presencia, y cierro los ojos, sumergiéndome dentro de mí misma mientras retiro suavemente los hilos que envuelven mi mano.

Con enorme gratitud, los dejo sobre una roca y luego desmonto la pila de piedras que coloqué sobre la astilla plateada en la orilla de mi lago interior.

Sacando a la luz su crudo brillo.

Acercándomela al pecho, me dirijo hacia el lago y, con la mano libre, hago un agujero en el hielo lo bastante grande como para pasar a través de él.

No vacilo ni una vez mientras nado hacia mis profundidades hasta llegar a la luminosa guarida de mi Otra…

, donde hay una enorme plumaluna acurrucada en su nido, la cual irradia un resplandor argentado que solo he visto en otra ocasión.

En la luna torcida que tanto quiero.

Está cubierta con su ala, por lo que desde este ángulo solo es visible su cola, que rodea el borde del nido.

No salgo corriendo ni intento esconderme, tampoco me apresuro a regresar a la superficie.

Lo que hago es acercarme nadando hasta el borde del nido, donde reina una tranquila melancolía que amenaza con destrozarme.

Porque aquí abajo hay un silencio que cuenta una historia mortal.

No hay respiraciones profundas que reverberan.

No hay latidos.

Ella está aquí, pero… no está. Porque yo también la perdí.

«Yo también perdí a Slátra».

Con esa pesada piedra incrustada en mi pecho —un peso que me doy cuenta de que lleva ahí desde el momento en que desperté como Raeve—, me inclino hacia ella y, sin perder tiempo, le paso los dedos por la parte rugosa de la cola.

Su tacto me resulta tan familiar que es como volver… a casa .

Sonrío a pesar del escozor que siento en los ojos y se me ensancha la sonrisa al advertir que mi roce le provoca un escalofrío.

Rodeo el nido al tiempo que deslizo los dedos por su piel congelada, acariciando los surcos.

Luego, su piel da paso a unos sedosos mechones que forman un copete en su cola.

Pego más la astilla plateada a mi corazón, tragando saliva con dificultad.

Y más aún cuando levanta ligeramente la cola y me envuelve con sus sedosas hebras a modo de abrazo suave con un movimiento lento y tierno que me parte en dos.

Pliega el ala de golpe y siento un nudo en el pecho cuando abre sus pálidas pestañas, descubriendo unos ojos tan profundos que me parece estar cayendo.

No sé muy bien por qué, pero esperaba que fueran lechosos.

Ciegos.

Me siento muy aliviada de que no sea así.

Demasiadas emociones distintas luchan por tomar el control mientras la contemplo con avidez. Es dos tercios el tamaño de Rygun e irradia una energía antigua, como si su alma hubiera sido templada por el tiempo.

«O tal vez por demasiadas pérdidas».

Pongo mi mano libre entre sus fosas nasales, el mismo lugar donde creo que descansaba mi cabeza cuando estábamos juntas en el cielo. En el momento en que nuestros ojos se encuentran, agita los párpados y su mirada se suaviza debido a lo que parece ser alivio.

Yo siento una sensación similar, como si me hubiera quitado un peso de encima.

Slátra gira la cabeza, dejándome ver su perfil; creo que me está pidiendo que le rasque.

Me sale una sonrisa al instante y, enrollándome sus largos mechones en los dedos, se los hundo en los carrillos, donde le brotan, y froto. No sé cómo, pero sé justo dónde tocar, como si mi mano fuese dos pasos por delante de mí.

«O quizá dos pasos por detrás».

Cierra los ojos con satisfacción y emite un gorjeo que la calma. Es como si llevase varias fases con el pelaje erizado y al fin se le alisara.

Me sorprende lo fácil que me resultaría perderme aquí abajo, lo rápido que podría pasar el tiempo.

Siento una abrumadora sensación de que es con Slátra donde he de estar en este extraño lugar aislado del mundo.

Confirma algo que me dijo Kaan después de mostrarme esa enorme luna plateada tan bella que le está costando tanto recomponer.

Como si me leyera el pensamiento, Slátra abre los ojos y me sorprende la intensidad de su mirada sombría. El corazón me late con fuerza al verla estirarse, mostrando una piedra marmolada de dos tonos en el centro de su nido: plateada y negra.

«Nuestros recuerdos se fusionaron».

Lo observo desde lejos.

—¿Es eso…? —Miro a Slátra en silencio mientras intento tragarme el nudo que tengo en la garganta—. ¿Es esa la razón por la que lo perdimos todo? ¿La razón por la que…?

Las palabras se me quedan atascadas, ahogándome. Pero las siento en mi pecho. Las siento ahí como una luna helada entre mis costillas.

«… te perdí».

Slátra vuelve a acercar su cabeza y siento sus pensamientos invadiéndome como un susurro dicho a mi alma. Que nunca la perdí, que ahora está conmigo.

Juntas.

—¿Siempre? —Se me va a desencajar la cara.

Su respuesta es un eco que parece no tener fin.

Asiento con la cabeza, aunque quiero gritar.

Revolverme.

Llorar.

Escapar de este dolor y no volver a mirar atrás.

Pero juré que no volvería a hacerlo, que había dejado de esconderme, de huir de las cosas que duelen y de la gente a quien quiero.

Me adentro en la concavidad, me siento con las piernas cruzadas junto a la solitaria piedra y dejo la astilla a su lado…

«Un regalo por otro».

Slátra me envuelve de forma acogedora, pegándose tanto que, si me echo hacia delante, podría apoyar la cabeza en su hocico.

Le aguanto la mirada y, animada por ella, cojo la piedra y me la llevo al pecho, dejando que el pasado me inunde como un trago de agua helada y me lleve a un lugar frío y oscuro, a un cuerpo débil y dolorido.

De repente, me doy cuenta de que Slátra me está mostrando el momento en que conocí a mi hija.

El momento en que traje a Kyzari a este mundo.