La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 98. Raeve
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Capítulo 98. Raeve

Raeve

G iro la ruedecilla del candil que llevo en la mano, bañando el angosto dormitorio con una cálida luz, e ilumino a Ahvi, acurrucado en el centro de la gran cama que hay en el rincón de la habitación.

Parece tranquilo, a salvo…, si no fuera por el enorme Cambiasinos, que está enroscado a su alrededor como si de un mullido nido plateado se tratase.

Con un suspiro, dejo el candil en una mesita y extiendo una manta.

Inclinándome sobre la cola de la bestia, que no deja de mover, tapo a Ahvi, remetiendo la manta por encima de sus hombros.

Mientras lo hago, el Cambiasinos espira aire soltando un leve gruñido.

Se gana mi decimoséptima mirada de reojo desde que descubrí que se había colado en nuestra poco ortodoxa familia.

Justo cuando pensaba que me había librado de ese gilipollas revoltoso, Ahvi me informa de que es una especie de mascota suya. Supongo que no nos queda más remedio que aceptarlo.

Ahvi bosteza y, con la voz aún somnolienta, dice:

—Hola, Raeve.

—Hey, chaval. —Me siento y le aparto los mechones plateados de la cara, que sigo viendo demasiado pálida—. ¿Te encuentras bien?

A su lado, el Cambiasinos abre los ojos y me mira aún medio dormido.

—Tú no —aclaro—. Tú estás en la cuerda floja. Si te lo comes, te convierto en una alfombra, o te diseco.

Ahvi sonríe.

—Ya te dije que no va a hacerme daño.

Por suerte para él. Yo, por otro lado, tal vez tenga que empezar a dormir con un ojo abierto, si nos basamos en nuestros últimos encuentros.

Ahvi hunde los dedos en las cintas que conforman el pelaje del Cambiasinos y la bestia cierra los ojos, ronroneando relajada.

—Es mi amigo. Te lo prometo.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo os hicisteis amigos?

Mira los hilos plateados que envuelven mis manos, brillantes en la penumbra. Hilos que anularon las runas neutralizadoras en la arena de combate de Arkyn, al igual que hicieron, supongo, en Bothaim.

Hilos que nos salvaron .

—Pronto lo entenderás —susurra, y su radiante sonrisa pasa de ser afectuosa a… otra cosa, tal vez melancólica.

Es algo en lo que no quiero pensar demasiado, no ahora que todo parece un poco más calmado.

—Vale. —Le pongo la mano en la mejilla—. Estoy al otro lado de la puerta. Duerme un poco más.

Él asiente y, tras bostezar de nuevo, cierra los ojos. Al instante, comienza a respirar profunda y lentamente, unas respiraciones saludables gracias a las runas purificadoras que hay grabadas en todas las paredes, que resplandecen en la escasa luz.

Atenúo el candil, sumiéndolos en una oscuridad casi total, y cruzo la puerta arqueada que separa los dos dormitorios, entrando en el más grande.

Dos candiles ofrecen luz suficiente para que Pidra pueda hacer su trabajo: la hilvacarne, con una túnica blanca, se mueve apresurada alrededor de Kaan, que sigue inconsciente en el lado más próximo de la enorme cama.

En el lado más alejado, yace Kyzari bajo las pieles, también inconsciente.

Las heridas de él son visibles; las de ella no.

Pidra cambia el vendaje del pecho de Kaan, cubriendo una de las dos heridas que hay que curar por fases, cortesía de unas armas que penetraron más que músculo y piel.

Apoyada contra el marco de la puerta, observo cada uno de sus movimientos, de una precisión milimétrica, mientras me arranco las cutículas.

Ella me mira por encima del hombro con sus ojos verde claro, la piel tensada en las comisuras y unas ojeras oscuras. Testimonio del esfuerzo que lleva haciendo desde… que todo esto pasó.

—¿Cómo está Ahvi?

—Tiene un poco más de color. —Observo la palidez de su piel, ahora casi gris, a juego con la gruesa trenza que le llega hasta las caderas—. Las runas purificadoras han ayudado mucho, gracias. No estoy segura de que él hubiera tenido las fuerzas para hacerlo por sí mismo.

Asiente con la cabeza y vuelve a su tarea.

—Ya casi he terminado. Siéntate en la esquina y te curo las heridas.

—No urge. —Me cruzo de brazos, ocultando las vendas raídas con que me he cubierto las quemaduras de las manos—. Necesitas descansar. Estoy bien.

Es mentira, por supuesto. No estoy bien, pero mis mayores males…, ella no puede ayudarme con eso, lo tengo claro.

Pidra suspira y ata el vendaje.

—Como quieras.

Guarda sus tinturas en un zurrón manchado de ceniza y comienza a recoger las vendas ensangrentadas que hay amontonadas junto a la cama.

—Déjalas, Pidra. Yo las tiro.

Ella frunce el ceño, aunque enseguida suaviza la mirada. Esboza una breve sonrisa y asiente, quizá consciente del frasquito corrosivo de Sereme.

De la crueldad con que se ha utilizado.

Aunque Arkyn esté muerto, dudo que a todos sus seguidores los motivase el miedo o la coacción. Algunos creían en él, pensaban que iba a mejorar el mundo.

Cuando las opciones son limitadas, incluso la carne podrida resulta apetecible.

Y debajo de esta montaña vive un ejército de Fíur du Ath que aún no hemos empezado a investigar. Por no mencionar que aún tenemos que encontrar a Sereme. No pienso perder de vista ni una sola gota de la sangre de Kaan, no sea que esa víbora encuentre la manera de hincarle los colmillos.

—Volveré en cuanto haya comido y descansado un poco. Entonces estaré en condiciones de coserle las fibras musculares. —Se echa el zurrón al hombro—. Me pasaré a ver a Veya de camino a mi dormitorio.

—Eso estaría bien, gracias.

Inclina la cabeza cuando paso junto a ella en dirección a la salida de los túneles y le abro la puerta. En cuanto sale, echo el cerrojo y exhalo lentamente con un ligero temblor.

La más mínima grieta.

Me aclaro la garganta y, cuando recobro la compostura, rodeo la cama y me agacho junto a Kyzari. Inclinándome hacia ella, le susurro al oído:

—Yo también te necesito.

No responde, refugiada en algún lugar profundo. Quizá se esconda de cosas que no deberían haber sucedido, de heridas que no deberían haber existido.

Siento un cosquilleo en las yemas de los dedos mientras contemplo sus bellas facciones, segura de que haría cualquier cosa para aliviar su dolor.

Cualquier cosa.

Le aparto el pelo de la frente, palpando la diadema que tiene sujeta a ella como un maldito parásito, deseando arrancársela. Se supone que es un gran honor proteger la Piedra Éter, pero no puedo evitar sentir que no supone honor alguno.

Intento ignorar esa sensación, pero me carcome por dentro.

Con los labios fruncidos, meto la mano en el bolsillo y saco a la pequeña Ne. Sigue tan inerte como cuando la encontré en la celda, pero vuelve a estar entera tras coserla con un hilo blanco que saqué de la capa que me regaló Kaan.

Al desplegarla, revelo las palabras que hay en su interior…

Vuelvo a darle forma y me detengo tras doblar el último pliegue, conteniendo la respiración para ver si esta vez alza el vuelo. Pero continúa inmóvil en mi mano.

Ya no está.

Me proporciona algo de consuelo el hecho de que, aunque ya no tenga a Ne, Kyzari y yo nos hayamos encontrado. Creo que eso es lo que Ne quería desde el momento en que le hicieron la primera doblez.

Lo que la volvía especial.

Era el hilo que nos unía en silencio, tirando suavemente de nosotras. Ojalá estuviera aquí para ver que su duro trabajo ha dado sus frutos, para formar parte de la familia.

Dejo a Ne en los brazos de Kyzari y la tapo con una piel hasta la barbilla. Rodeo los pies de la cama, me subo y me acurruco entre ella y Kaan, apoyando la cabeza en el hombro de él.

Kaan se mueve y se me acelera el corazón al verlo levantar un brazo por encima de su abdomen para posarlo en mi cintura, apretándome con tal intensidad que me duele respirar. Echa la cabeza hacia un lado y abre los ojos; es la primera vez que los veo desde que nos despedimos en la arena de combate.

Comienza a temblarme la barbilla y cruzamos la mirada con tal ternura que atrapar una luna al vuelo parecería menos significativo.

Le tiemblan los labios y ahoga un gemido al desplazar la mirada más allá de mí, hacia Kyzari, hacia donde yace nuestra hija…, respirando.

Viva.

Aprieta los ojos y se le desencaja la cara. Aunque no hace sonido alguno, lo oigo todo.

Su alivio.

Su pesar.

—Rygun…

—No es el momento —murmuro cogiéndole la barbilla y sintiendo entre mis dedos su espesa barba, unos mechones desaliñados que peino con delicadeza.

Se le mueve la nuez y asiente con la cabeza, dejando que se instale el silencio. Cuando por fin vuelve a abrir los ojos, me mira lleno de dolor.

—Slátra quiere que sepas que su corazón sigue latiendo con el tuyo —dice con unas palabras tan densas como el sirope—. Y que te está esperando.

Intento responder. Trago saliva.

Lo intento de nuevo.

—Lo sé —digo con voz ronca subiendo los dedos por su rostro hasta llegar a sus magulladuras y a su pómulo roto, una de sus innumerables heridas—. Duerme otro rato, te hace falta.

Parece que se le vaya a desencajar la cara de nuevo y se le tensan todos los músculos del cuerpo, tan duros como esta montaña en la que estamos enterrados.

—Tengo miedo de abrir los ojos y que todo esto sea un sueño —dice con la voz quebrada—. Que vosotras estéis…

—Duerme —le imploro pasando mi dedo por su nariz y su mejilla otra vez, trazando sus rasgos—. Por favor, Kaan.

Me mira a los ojos con el entrecejo arrugado.

—Esas palabras tienen demasiado poder en tus labios, Rayo de Luna.

—¿De verdad? —Le dedico una sonrisa mucho más liviana de lo que me siento—. No me había dado cuenta.

—Mentira —murmura elevando ligeramente la comisura de los labios, una sonrisa fugaz.

Levanta la mano y me acaricia uno de los hoyuelos con su pulgar calloso al tiempo que relaja el cuerpo y suaviza el gesto.

Por fin, cierra los ojos.

Inclinándome sobre él, le beso ambos párpados mientras le sube por la garganta un rumor denso justo antes de que el sueño se lo lleve a algún lugar donde pueda esconderse un poco más.

Eso es todo lo que quiero para él ahora mismo: que su alma tenga la oportunidad de descansar antes de enfrentarse a la dura realidad.