La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 97. Kaan
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Capítulo 97. Kaan

Kaan

P or fin he dejado de sentir las tripas revueltas.

Mientras escupo sangre y bilis sobre la nieve, me doy cuenta de que el mundo lleva un rato sin temblar…

«¿Han dejado de caer lunas?».

Levanto la cabeza y, con los ojos entornados, trato de ver a través de la bruma mientras tomo bocanadas de aire, pero solo consigo congestionarme los pulmones aún más. Una tos seca amenaza con partirme en dos, sacudiendo las dos cuchilladas que me dieron, a las que ya es imposible ignorar.

Carece de sentido examinarlas. Estoy seguro de que la ligereza que siento no se debe a lo poco que he comido desde que nos capturaron, sino a la sangre que ha estado manando de manera constante de mis vendajes empapados.

Parece que las heridas hayan aguantado lo mejor que han podido hasta que he hecho lo que tenía que hacer.

Algo que agradezco.

Evitando la mueca que compone la boca mutilada de Arkyn y su mirada vacía, arranco una tira de su capa y me cubro con ella la mitad inferior de la cara para evitar que se me obstruyan los pulmones con el polvo.

Durante todo este tiempo, casi toda mi conciencia está puesta en mi interior, cuidando de la brasa que queda de Rygun, soplando, rogándole que arda.

Aun así, por más que lo intento, solo crepita.

Se dispara mi necesidad de estar con él, lo que me da las fuerzas que necesito para ponerme en pie y, mientras lo busco en la penumbra que nos envuelve, gritar con todas mis fuerzas:

—¡Rygun!

Su brasa se apaga un poco más…

El pánico se apodera de mí mientras doy vueltas a toda velocidad en busca de una señal que me indique en qué dirección buscar, cualquier cosa.

—¡Rygun!

Otra tos me desgarra el pecho, amenazando con acabar conmigo, pero ni todo el dolor del mundo es comparable a la constatación de que mi dragón se está muriendo. Se está muriendo y yo no estoy ahí para decirle que no pasa nada por elevarse al cielo.

Por dejarme.

Porque no lo hará, no sin mí alentándolo.

Morirá solo en la fría oscuridad y quedará a merced de los depredadores.

Su sangre se filtrará en el suelo, se fosilizará y acabará llevándosela gente codiciosa, que se disputará sus valiosas escamas y colmillos hasta que solo queden sus huesos… , perdidos para siempre en la nieve.

Elijo una dirección y avanzo a trompicones mientras mi pecho se sacude.

—¡Rygun!

Algo que emerge de la penumbra comienza a tomar forma delante de mí, haciéndome contener la respiración. Sin embargo, se desvanece toda esperanza cuando veo que es demasiado pequeño para ser Rygun. Va cojeando y usa su ala izquierda para sostenerse.

Me quedo paralizado.

Tengo delante el pico del ave Elding, todavía manchado con la sangre de Rygun. Espero que se abalance sobre mí y acabe conmigo, pero no mira en mi dirección, sino que fija sus ojos rojos como la sangre en el cuerpo que hay destrozado a mi espalda, rompiendo el silencio con sus gemidos.

Me echo a un lado tambaleándome para dejarlo pasar, lo que me ofrece una vista perfecta de su ala: la tiene aplastada y hecha jirones y va dejando un rastro de sangre en la nieve.

Con un gemido lastimero que se hace eco de mi propia agonía, la bestia se desploma junto a Arkyn, apoyando la punta del pico en su pecho.

Tiembla.

Unos chasquidos y crujidos rompen el silencio cuando comienza a encogerse: retrae las garras, que forman unos pies, y recoge las alas hasta que semejan unas delicadas manos entrelazadas.

Se le tensan algunas partes del cuerpo, se le funden las plumas, dejando al descubierto una piel pálida, y su pico se contrae, dando forma a un rostro delicado.

No consigo encontrarle sentido a que haya una bella feérica acurrucada junto al cadáver de mi hermano en lugar del ave Elding, con la cabeza sobre su pecho sobre una melena pelirroja… Me pregunto si he perdido más sangre de la que pensaba, si estoy viendo cosas.

«Tiene que ser eso».

Respira soltando un gorgoteo y, luego, se queda inmóvil, con mi hoja aún clavada en su espalda…

Gimiendo, me doy la vuelta y avanzo a duras penas por el camino sangriento que ha dejado.

— Ruif, Rygun. —Empieza a nublárseme la vista y cada vez lo veo todo más oscuro—. RUIF …

Me llega una exhalación atronadora que casi me parte el pecho.

Aunque apenas siento las piernas, echo a correr por entre la nieve ensangrentada y el humo hasta que llego al borde de un cráter del que el ave Elding debe de haber salido trepando, a juzgar por las marcas llenas de sangre que hay en la ladera helada.

Cada paso hacia el fondo es una agonía y me veo obligado a deslizarme la mayor parte del tiempo, desgarrándome la piel de los brazos, hasta que el terreno vuelve a nivelarse.

Me pongo en pie y avanzo con energía a través de la penumbra polvorienta.

Suelto un sollozo al ver que comienza a perfilarse una colina de oscuridad que se alza sobre un revoltijo de brillantes fragmentos lunares.

Rodeo con paso vacilante el ala deformada de Rygun y me acerco a su pata derecha, extendida y con las escamas cubiertas de escarcha.

Como si estuviera hecho de hielo.

Gimo al llegar junto a su cara, llena de picotazos y sin un ojo. Lo único que queda es un hueco del que mana sangre sobre la nieve.

Dejándome caer de rodillas, apoyo las manos sobre su mandíbula y miro hacia arriba, a su único ojo, directamente a su alma agonizante. Él suelta un largo suspiro de alivio que me parte el alma.

Me abro a los Creadores y, tras tomar aire entre gorgoteos, lanzo una serie de peticiones desesperadas, pero solo obtengo silencio. Parecen estar demasiado abrumados por su mundo destrozado como para escucharme.

De nuevo, le susurro a Ignos:

— Vaugh… aith ish-áth Ignos. VISH AITH .

En el silencio que sigue, el frío se clava más hondo. Mil espadas de hielo apuntan hacia mi dragón y atraviesan sus escamas.

Mirando hacia dentro, me atrevo a mirar la brasa que queda de él, que ya apenas brilla. Mi lado solo está iluminado por la llama que él me regaló, la que nos unió y me mantuvo con vida en un momento en que mi corazón se había rendido.

Sin pensarlo dos veces, levanto la llama que nos une, tensando sus raíces de lava.

— Ew tua zin-ath… ooshá.

«Puedes sobrevivir».

Me acerco para devolvérsela y separarnos para siempre, para darle la energía suficiente para desplazarse a algún lugar cálido, quizá adonde haya caído una luna recientemente.

Él me proporciona un recuerdo, una visión de mí cubierto de sangre y aferrado al ave Elding mientras caíamos en picado a través de la humareda del combate. Cuando él me instaba a soltarme para salvarme y yo me negaba gritando:

— Aburr… ath tuíl, Rygun.

«Estamos juntos en esto».

Entonces, levanta una pared de escamas entre nosotros, cerrándome el paso.

Sentir su mandíbula cerrándose sobre mí me dolería menos.

— ¡Ruif!

Mi súplica sale con sangre.

Pierdo el equilibrio.

Con un gemido atronador, Rygun me sujeta con su garra. Solo cuando me levanta del suelo me doy cuenta de que no me queda nada que me mantenga en pie.

Que mi cuerpo también está fallando.

Me relajo contra él, dejando que mis músculos se distiendan por primera vez desde la duermevela que pasé con Raeve durante nuestro viaje por Suburbia. Antes de que todo cambiara.

— Lukith át… utun ath tah… tuíl, Rygun. Ruif.

«Vámonos juntos al cielo. Por favor».

En lugar de desplegar las alas, me atrae contra su pecho, tanto que me quedo pegado a sus frías escamas y siento el lento latir de su corazón.

Emite un zumbido denso, grave que me lo dice todo. Que no hay nada que desee más que elevarnos juntos al cielo, pero le faltan las fuerzas para lograrlo.

Se me rompe el corazón cuando aprovecha lo poco que le queda para moverse con pequeños pero enérgicos movimientos hasta formar un ovillo que recuerda a una luna.

Me envuelve con sus alas, dejando una rendija por la que apenas se ve el cielo a través del denso humo, pero ahí está.

Algo en lo que concentrarme mientras tarareo la canción que tanto le gustaba a mah, la que le tocaba mientras ella traía a Veya al mundo, con la esperanza de que le proporcione a Rygun algo de paz.

Aunque también la tarareo por otra razón.

Para abstraerme de las respiraciones entrecortadas de Rygun, pues no quiero pasar estos momentos preguntándome si este será el último latido de su corazón, si esta será su última inspiración.

No quiero oír su cuerpo solidificándose a mi alrededor aquí abajo, en la nieve, tan lejos del cielo.

Lo que quiero es creer que nos iremos al mismo tiempo y sumirme en la ignorancia hasta el momento en que se rompa nuestro vínculo.

Pienso en Raeve. Pienso en nuestra hija.

Rezo a los Creadores para que por fin se hayan encontrado, para que estén juntas .

Un pensamiento que me reconforta conforme los párpados se me van volviendo cada vez más pesados como para mantenerlos abiertos.

Algo se mueve sobre nosotros. Una sombra puntiaguda tan grande que podría confundirla con el espíritu de Rygun elevándose hacia el cielo… de no ser por las escamas plateadas que brillan con la luz de los fragmentos de luna dispersos.

Un poderoso rugido rompe el silencio justo antes de que me envuelva una dulce oscuridad.