La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 96. Raeve #2
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Capítulo 96. Raeve #2

Cada paso supone un esfuerzo abrasador. Cuanto más me acerco a Kyzari, más se me tensa la piel de las mejillas y más parece que el pelo vaya a desprenderse de mi cuero cabelludo.

Aun así, no me detengo, no vacilo, incluso cuando otro violento embate me deja sin aliento.

El ser alado gira la cabeza para mirar por encima de su ancho hombro, más allá de la estela de su capa ondeante y el arco que forman sus alas plateadas, impactándome con sus ojos, auda­ces.

Retadores.

Mueve la boca, pero no lo oigo. Aunque creo que ella sí lo oye…, por la forma en que lo mira. Con ojos llenos de amor, esperanza y alivio…

«Está tranquilizando a mi hija, cantándole una canción que le proporciona consuelo».

«Está haciendo algo que no tengo claro que vaya a poder hacer yo misma nunca».

No lucho contra la envidia que me revuelve las entrañas, sino que dejo que me atraviese. Noto cómo se ve afectada mi respiración por su fuerza, porque, junto con la envidia, se despierta otra emoción que suavemente le da la mano.

Gratitud.

Él está aquí, abrazándola, con los ojos rebosantes de adoración protectora. La ama con tanta fuerza que el mundo se derrumba a su alrededor.

Y, de repente, me doy cuenta de que nuestra hija encontró su gran amor antes incluso de que nosotros la encontráramos a ella.

De que, durante el tiempo que yo he estado ausente o sumida en la incertidumbre, durante el tiempo que Kaan ha pasado creyendo que Kyzari era hija de su hermano, ella ha dejado atrás la juventud.

Nos lo hemos perdido. Cada pequeño detalle.

Nos lo han arrebatado —a mí y a su bello y bondadoso pah— y nunca lo recuperaremos.

Con ese pensamiento me derrumbo. Se me parte el pecho mientras avanzo y mis labios apenas balbucean la canción de Clode, cuyo escudo se disipa tan deprisa que espero salir volando por los aires de inmediato.

Pero no es así.

Incluso en su momento de máximo esplendor, Clode no era rival para la ventolera que apenas se sostiene en su ausencia. Eso quiere decir que yo avanzaba impulsada por mi deseo de estar cerca de Kyzari.

Un paso más y casi estoy al lado de…

Él.

Tan cerca que, si alargo la mano, rozo con los dedos la membrana de sus magníficas alas plateadas, justo a la izquierda del lugar donde le nacen entre los omóplatos.

No le pregunto su nombre. No hace falta, ya que reverbera en mi interior.

Caelis.

De todos modos, encontrándome tan cerca, me doy cuenta de que no está del todo completo, ya que, cuando enfoco bien la vista, veo a Kyzari a través de él: tiene los ojos cerrados y la mejilla apoyada en su pecho.

Esas cintas plateadas que brotan de la piedra que ella lleva en la frente están tejiendo a Caelis, dándole la vida…

Con el ceño fruncido, vuelvo a mirarlo a los ojos.

El mundo que nos rodea pierde su forma, olor y sonido, dejando solo dos sorprendentes esferas plateadas que recuerdan a las lunas de plumaluna. Me hace sentir como si estuviera suspendida entre las que aún quedan en el cielo, sola en medio de una silenciosa oscuridad que parece eterna.

Una parte de él que no puedo ver, que apenas siento, se acerca a mí, difuminando las líneas que nos separan, y examina mi alma, asomándose a los rincones más profundos y oscuros, a esas partes de mí que, sin duda, yo no me he tomado el tiempo de analizar o que he ignorado por completo.

A propósito.

Reflexiona sobre algunas áreas, como si hojease un tomo polvoriento que ha despertado su interés, y es delicado con otras más vulnerables, con cuidado de no causarme ningún dolor o malestar que me dé ganas de llorar.

Es como si me sacase de una caja: me levantara, me examinase, me envolviera en un paño suave y me dejara de nuevo en mi sitio. Y, aunque debería sentirme invadida —demasiado expuesta—, no es así.

Porque, mientras me lee, también me nutre con fragmentos de sí mismo .

De una soledad más infinita que el cielo, de un dolor aplastante, punzante y desgarrador como nada que hubiese imaginado antes, pero que palidece en comparación con la profunda sensación de traición que tiene clavada entre las costillas.

Al darse cuenta de mis intenciones, se detiene y me deja entrever su inconmensurable amor por mi hija, como si estuviera sopesando los sentimientos de ambos, y después se retira, con delicadeza y sin causar dolor, dejando una tranquila sensación de… permiso .

Respiro hondo mientras el mundo vuelve a cobrar su horrible e implosiva forma y las lágrimas me resbalan por las mejillas.

Con el corazón hecho trizas.

Inclino la cabeza en silencio a modo de agradecimiento, pero no dejo que el momento se prolongue por miedo a que cambie de opinión, decida que no soy digna y me arroje por la montaña.

Doy un paso adelante de inmediato, atravesándolo.

Directa a los brazos de Kyzari.

Ella ahoga un grito e inclina la cabeza para mirarme. Sus asombrosos ojos azules cautivan mi corazón y lo acunan, provocándome un gemido.

Deja de cantar. Deja de respirar.

Ni siquiera parpadea cuando Caelis regresa a la piedra, acallando el extraño clamor y dejándonos envueltas en un silencio gélido que me aterroriza hasta lo más profundo.

A pesar de ello, la abrazo con todas mis fuerzas, poniendo una mano entre sus hombros y acariciando con la otra su rostro, ya curado.

Sano.

Vivo.

—Estás aquí —dice entrecortadamente al tiempo que busca mis ojos con tal frenesí que estoy segura de que trata de ver algo en ellos, ojalá supiera qué. Ojalá conociera sus gestos y manías, cualquier cosa sobre ella—. Has venido.

Abro la boca, pero la cierro. Trato de dar con las palabras adecuadas para hablarle a esta bella mujer adulta que me mira como si yo hubiera creado el mundo codo con codo junto a los Creadores.

No lo hice.

Lo único que ha tenido de mí es una alondra que le dijo que se las arreglara sola cuando sin duda más me necesitaba.

Miro el málmr de Kaan que lleva al cuello, trago saliva y vuelvo a levantar la vista.

Como no se me ocurre nada más delicado que decir, decido optar por la fría y dolorosa verdad…

, pues no es una niña a la que tenga que ocultarle cosas ni enmascarar la fea realidad con palabras bonitas. Es una adulta y nos lo hemos perdido.

«Nos lo hemos perdido todo».

—Ojalá hubiera llegado antes —susurro acariciándole la frente con el pulgar de una manera que estoy segura de haber hecho antes.

Abre los ojos de par en par, siguiendo el movimiento de mi mano. Aparte de eso, está tan quieta que me pregunto si se ha olvidado de respirar. Mi pensamiento se confirma cuando se le van los ojos hacia atrás y se desmaya.

Pero la sostengo.

Quizá por primera vez desde que la traje al mundo hace más de cien fases… la sostengo.