Capítulo 96. Raeve
Raeve
M is pulmones sufren por el embate casi constante de un viento huracanado lleno de humo mientras recorro un laberinto de túneles que se sacuden, subiendo sin cesar hasta llegar a una salida en la ladera de la montaña.
Me detengo en seco con los ojos muy abiertos y, a través de las extrañas ondas del aire, contemplo el mundo derrumbarse al otro lado.
Las lunas atraviesan el cielo arrebolado, dejando estelas que semejan heridas abiertas. Cada vez que una golpea el suelo, brota una nube de fuego y piedra acompañada de los lamentos de Bulder. Son gemidos tan dolorosos que imagino sus huesos aplastándose y derritiéndose.
Alzo la vista. El cielo sigue plagado de lunas.
«¿Cuántos impactos más puede soportar el mundo antes de quedar inhabitable? ¿Antes de…?».
Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando mi Otra se eleva. Algo me impulsa a mirar hacia el sur, donde se bambolea la casa de Hae, como si unas manos invisibles la sacudieran con la intención de tirarla y robar así uno de los huevos plateados más preciosos de su nido en la oscuridad.
—No…
«Por favor, no. Por favor, quédate donde estás».
La luna se sacude y… cae. Al principio, despacio, pero luego va más rápido, rozando el cielo al tiempo que mis rodillas están a punto de ceder.
Mi Otra está tan cerca de la superficie que un entumecimiento que conozco bien amenaza con tirar de mí hacia abajo.
Se detiene justo en el borde, mirando a través de mis ojos como si se asomase a una ventana.
Juntas, seguimos a esa pequeña luna torcida en su último viaje: atraviesa el arco del horizonte y su colisión sacude el mundo a lo lejos.
Me sale un gemido áspero, más bestial que feérico, pero que nos pertenece a ambas.
Clode me empuja por la espalda.
Me tambaleo al toparme con unas ráfagas que amenazan con elevarme y arrojarme montaña abajo. Me agacho para agarrarme a las grietas de la roca, perturbada por el estruendo, que parece una exhalación interminable.
«Pero hay algo más».
Un eco que me aturde hasta tal punto que quiero acurrucarme y llorar. En lugar de eso, gruño, tratando de averiguar si Clode me ha enviado por el túnel equivocado o si, en realidad, me detesta tanto como para torturarme, cuando un resquebrajamiento rompe el clamor.
El suelo bajo mis pies comienza a deslizarse.
Y yo caigo con él, gritando; no por miedo, sino por frustración.
«Clode me ha traído aquí a propósito para que Bulder me tirara montaña abajo».
«Cabrones».
Todo el aire sale de mis pulmones cuando choco contra algo duro y rugoso que está helado y… se mueve. Oscila debajo de mí como…
—Líri.
Abro mi pecho y dejo que su presencia me invada.
Ella se lamenta, un sonido que va creciendo hasta tornarse un graznido vertiginoso mientras yo me sujeto a ella, apoyando los pies sobre el nacimiento de sus alas.
Consigo agarrar sus riendas antes de que se aleje de la avalancha de rocas y nieve que cae hacia la humareda, iluminada por el fuego que se acumula en las llanuras.
Ella se desplaza de un lado a otro y, luego, se eleva, como si se dispusiera a sacarnos fuera del alcance de la gravedad, ofreciéndome una panorámica sobrecogedora de las llanuras, cubiertas por centenares de colisiones hasta donde alcanza la vista.
Las ondas de choque atraviesan la densa nube de gases que se desprende tras cada fiero impacto que soporta el suelo.
Se me encoge el corazón al verlo y me invade el pánico. Me cuesta creer que vaya a quedar algo cuando acabe todo esto.
Líri gira y se detiene echando el cuerpo hacia delante. Sin dejar de batir las alas, baja la cabeza y el cuello, permitiéndome ver sin obstáculos la cima de la montaña, arrasada, lo que parece ser el epicentro de las ondulaciones.
Entrecierro los ojos para tratar de ver el epicentro a través del vendaval y se me para el corazón al ver un vestido azul claro que reconozco, una melena pálida agitada: Kyzari…, atrapada en el musculoso abrazo de un ser alado que nunca había visto antes.
Una ira protectora hace que se me retraiga el labio superior, dejando al descubierto mis colmillos, pero entonces observo con más detenimiento.
Más atentamente.
Veo la ternura con la que él le sostiene la mejilla, el anhelo en las delicadas facciones de Kyzari; la gentil inclinación de su cabeza mientras lo mira, diciendo palabras que no alcanzo a oír, aunque veo la intención en su mirada, que es conmovedora.
Amor.
Fijándome más, me doy cuenta de que esas ondas no solo se propagan hacia las grietas de la montaña y por las llanuras, sino también hacia arriba, hacia las lunas que permanecen suspendidas en el cielo a duras penas, algunas amenazando con caer…
—Joder.
Las lunas… están cayendo por ellos. La curiosa energía que emana de los enamorados está sacudiendo la atmósfera con suficiente fuerza como para derribar las lunas y estamparlas contra el suelo con una fuerza devastadora.
Me da un vuelco el corazón al compás de otro desplome.
«Mi hija está destruyendo el mundo».
—Por todos los Creadores… —murmuro, como si algo se acercase a mí y me susurrara al oído que las lunas seguirán cayendo hasta que el cielo quede vacío si nada cambia, si ese estrépito no cesa.
Con la mandíbula tensa, me pego a Líri y la insto a avanzar.
Ella pliega las alas contra los costados y se lanza en picado, dirigiendo su esbelto cuerpo hacia Kyzari, hacia la furiosa corriente que amenaza con arrancarme la piel de los huesos y convierte cada inhalación en una pelea agonizante.
A pesar de ello, Líri se mantiene firme …
hasta que la alcanza una ráfaga furiosa que le separa las alas del cuerpo, abriéndoselas lo suficiente como para que se hinchen como una vela y nos empujen a un lado.
Líri no chilla presa del pánico o del dolor, pero con cada sacudida lanza un graznido furioso, como si reprendiese al cielo diciéndole que la deje en paz.
Otra embestida y otra inclinación. A pesar de ello, vislumbro a Veya luchando por llegar hasta Kyzari. Va a gatas, con el cuerpo pegado a la llanura, en la que no hay nieve ni piedras sueltas.
Avanza con un esfuerzo enorme, con los dientes apretados y los músculos de la cara tensos.
Su pelo no es más que una franja marrón a punto de desprenderse de su cuero cabelludo.
Cuando logra recorrer un palmo, rugiendo en silencio contra la tormenta, otra ráfaga la hace resbalar.
Mi corazón imita el movimiento y siento como si fuera a explotar en mi pecho, pero Veya recupera el equilibrio, aunque más atrás de donde había empezado.
Me llama la atención una mancha colorida: una piedra gris agrietada se desmorona lentamente, dejando al descubierto a una pequeña miskunn vestida con colores llamativos, acurrucada en el refugio que le proporcionaba.
«Uno».
Cruzamos la mirada, el tiempo suficiente para que me dé cuenta de que ella previó esto. Y, con un poco de suerte, también que sobrevivíamos todos.
«Si conseguimos acercarnos, quizá pueda pedirle directrices».
Un breve intervalo en las ondulaciones me hace instar a Líri a descender de nuevo. Ella pega sus alas tanto contra el cuerpo que se convierte en una flecha luminosa que va directa hacia el refugio en ruinas de Uno. Estamos llegando justo cuando otra onda la golpea.
Líri se desvía hacia un lado, pero clava sus garras tan hondas en el suelo que nos detenemos bruscamente. Solo la fuerza con que sujeto sus riendas me impide salir volando por los aires.
Ella se agacha mientras el viento azota su crin, cola y melena, y yo me deslizo por su costado al refugio que ha creado arqueando su cuerpo. Y puedo tomar grandes bocanadas de aire sin problemas.
Mirando alrededor, observo que Uno está tan lejos como Kyzari y su afectuoso acompañante.
No me va a servir de nada arrastrarme primero hasta ella y pedirle consejos, maldita sea.
«Supongo que voy a tener que ir a ciegas».
Estoy a punto de salir al espacio abierto cuando Veya se resbala hacia nosotros gritando. Le agarro la muñeca justo antes de que se precipite por el acantilado y tiro de ella hacia mí.
Se viene abajo, sollozando entrecortadamente de un modo que lo dice todo.
—¡No puedo alcanzarla! —Me mira con los ojos inyectados en sangre, el pelo alborotado por el viento y las mejillas enrojecidas por el frío—. Lo siento mucho, Raeve. Yo…
—Has sacado a mi hija de esa puta celda —le grito arrastrándola más al abrigo de Líri.
Se queda blanca, abre mucho los ojos y articula dos palabras en voz baja que no oigo por el estruendo:
—Lo sabes.
Asiento con la cabeza.
—Voy a arreglar esto —exclamo con más confianza de la que siento, insegura en este terreno desconocido y con miedo de que haya sido Kyzari quien partió a Ne en dos. De que no me necesite o incluso de que no me quiera.
Ya no.
Sea como sea, tenemos que detener la caída de las lunas antes de que no quede nada que salvar.
—¡No te muevas de aquí!
Paso junto a Veya y, abriéndome a Clode, comienzo a entonar una melodía enérgica. La canción más perfecta que jamás haya salido de mis labios.
Ella obedece, forjando un escudo para atenuar la fuerza destructiva que irradia Kyzari. Responde con los dientes apretados, decidida pero ligeramente cabreada, enfrentándose a lo peor de la situación.
Salgo tras ella, alejándome del cobijo que me proporciona Líri, y entorno los ojos al verme azotada por una gélida ráfaga.
El escándalo semeja cien puños golpeándome una y otra vez que amenazan con arrancarme el pelo y, a pesar de la ayuda de Clode, estoy a punto de caer al suelo. No obstante, por algún milagro, consigo dar un paso victorioso.
Mover una montaña resultaría menos difícil.
Me detengo un momento, resollando, para planear mi próximo movimiento mientras recupero fuerzas.
Adelanto el otro pie, rápido, para no correr el riesgo de caerme.
Mientras tanto, le cuento a Clode historias sobre su belleza y habilidad, maravillándome ante su ferocidad y aplomo.
Le ruego que aguante, que me lleve hasta allí.
Doy otro paso vacilante. Y otro más.