La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 95. Kaan #2
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Capítulo 95. Kaan #2

Todo sucede tan deprisa que lo único que veo es una garganta cavernosa y una hilera de dientes brillantes que muerden al ave Elding mientras se oye un crujido de huesos y un alarido desgarrador.

Arkyn convulsiona y se atraganta al soltar un rugido mientras yo me esfuerzo por mantenerlo sujeto, pero su voz está tan rebosante de dolor que traspasa mi coraza de venganza, tocándome la fibra.

El aliento lleno de plumas de Rygun me golpea la pierna cuando gruñe con la boca llena y, al momento, pliega las alas y se precipita hacia el suelo velado a tal velocidad que me doy cuenta de que no tiene intención de aterrizar de forma segura.

El corazón me late fuerte y deprisa al ver el mundo convertirse en una mancha rojiza.

«Va a estrellar al ave Elding contra el implacable suelo. Piensa estampar a la bestia».

«Se va a estampar él mismo debido a su desesperación por acabar con esto».

Me vuelvo y miro fijamente a su ojo, cubierto de ceniza, mientras él por fin levanta el muro que nos separa, como si envolviera con sus costillas la parte más tierna de mi alma y me revelase su lado de nuestro corazón compartido.

Por lo general, es una cavidad repleta de llamas turbulentas, pero ahora solo tiene una brasa que brilla en la penumbra.

Se me cierra tanto la garganta que no logro tomar aire al respirar.

«Ha llegado al límite».

«Solo le queda este último acto».

Rygun suaviza la mirada y, a través de nuestro vínculo, me insta a soltarme, a saltar, a salvarme. Como no respondo, lo grita, como si me golpease el alma con las garras.

Le dedico una sonrisa triste.

— Aburr… ath tuíl, Rygun.

«Estamos juntos en esto».

Él gruñe a pesar de tener la boca llena y da una poderosa sacudida que hace que me suelte del plumaje del ave Elding. Con un alarido, me alejo de Rygun con Arkyn todavía pegado a mi pecho gritando por su bestia.

Las Nieblas pasan demasiado rápido entre nosotros y yo concentro mi ira en no soltar al responsable.

Caemos durante un instante. Una eternidad.

Rygun es el primero en golpear el suelo. Aunque no lo veo, lo oigo rugir al unísono con el estruendo de la colisión y el clamor de Bulder.

Mi impacto parece una bofetada en comparación con el dolor que emana de nuestro vínculo y me quedo sin aliento mientras rodamos por la nieve y el hielo. Para cuando nos detenemos, me bulle tanto la sangre que me siento aturdido y no veo nada más que al hombre que llora entre mis manos.

Aterrizo sobre Arkyn, con las rodillas a ambos lados de sus costillas, inmovilizando uno de sus brazos, mientras que con el otro me araña al tiempo que el suelo se sacude con una caída que tiñe las Nieblas de rojo.

La onda sísmica despide un resplandor naranja que ilumina las deformidades del rostro de Arkyn.

Se le desorbitan los ojos mientras trata de tomar aire y ya no me araña, sino que levanta la mano entre nosotros a modo de escudo.

—Soy de tu sangre. Soy…

Le sujeto la muñeca y le doy un tortazo en la mandíbula con tal fuerza que casi le separo la cabeza de la columna.

Su mirada refleja el miedo que siente mientras se retuerce con desesperación, gimoteando con angustia al tiempo que intenta quitarme de encima.

Me pregunto si también está viendo a pah, pues soy muy consciente de que, de todos nosotros, soy el que más se le parece. Qui­zá incluso piense que estoy a punto de recurrir a nuestro víncu­lo Daga-Mórrk y arrojarlo a la llama de Rygun.

Pero yo no soy pah.

Ni aunque a Rygun le quedase alguna llama haría tal cosa.

Tampoco voy a gruñirles a los Creadores hasta que Ignos por fin me escuche y ofrecerle la carne de este hombre como él ofreció tan gustosamente la de Raeve.

Lo que sí haré será vengar a mi familia y acabar con Arkyn, la única solución para alguien con semejante sed de sangre.

Le aprieto la mandíbula con ambas manos.

Arkyn abre unos ojos como platos mientras sigue tratando de hablar entre dientes. Pero está silenciado, de la misma forma en que él me silenció mientras yo lo veía abrasar a Raeve hasta los huesos.

—Le hiciste daño a mi amada —le digo con voz ronca. Luego, le suelto el brazo, aprieto el puño y lo golpeo en la cara, hundiéndole el pómulo.

Hace un ruido agudo temblorosamente y agita la mano tratando de agarrarme. Pero yo soy una montaña con voluntad de hierro.

«Inamovible».

—Le has hecho daño a mi hija. —Las palabras retumban cual rugido de dragón y esta vez mi puño choca contra su mandíbula. El golpe es tan fuerte que se le deforma la cara y se le sacude la cabeza mientras vuelan dientes y sangre.

Trata de agarrarme de nuevo, ahora más débil.

—Has encarcelado a mi hermana.

Puñetazo.

—Has mutilado a Rygun.

Puñetazo.

Suelta una serie de gorgoteos, ahogándose, mientras patalea y se retuerce tratando de arañarme, pero no tiene uñas como para rasgarme la piel. Sus ojos están desorbitados, llenos de pánico, sin duda porque sabe que le queda poco tiempo.

Sus latidos son limitados.

Siento una punzada de compasión que me recuerda que no estoy muerto por dentro. Dejo que se disipe, que desaparezca cualquier rastro de ternura que quede en mi corazón antes de alzar de nuevo mi puño ensangrentado.

—Tú no eres de mi sangre —gruño, y le doy un puñetazo tan fuerte en la cara que le hago papilla el cerebro, salpicándome en la mejilla y el pecho a la vez que me azota el hedor a orina y mierda.

Sin perder tiempo, le rompo el cuello y le levanto la cabeza agarrándolo del pelo. Le arrebato la daga con la que me ha apuñalado y la utilizo para rebanarle el cuello con movimientos rápidos.

Se desprende mucho más despacio que la de pah, al no tener la ayuda de un filo dentado, y, cuando al fin su torso cae hacia atrás, la nieve se tiñe de rojo, pues todavía sangra, como un grifo con una fuga.

Tiro su cabeza.

No necesito tomarme un momento para asimilar lo que ha ocurrido. Sus garras ya están bien clavadas en mí, sacándome las tripas por la garganta.

Las lunas siguen impactando en el suelo cuando me vuelvo hacia un lado y vomito.