Capítulo 95. Kaan
Kaan
C on cada batida de sus alas, mucho mayores, Rygun se acerca más al ave Elding.
Y más frío hace.
A nuestro alrededor, las lunas siguen cayendo, a toda velocidad y en llamas.
Sus hermanos vivos se abren paso entre el caos rugiendo y chillando por sus antepasados caídos.
Cada colisión con el suelo provoca explosiones y las llanuras de Ergor se hallan ahora envueltas en una espesa humareda.
No obstante, ni todo el fuego existente podría calentar este lado del mundo que nunca ha sido tocado por el sol.
Para cuando nos acercamos lo suficiente como para distinguir la mancha negra de la capa raída de Arkyn azotada por el viento, tengo las manos agarrotadas alrededor de las púas heladas de Rygun y el sudor y mis vendajes ensangrentados se han cristalizado.
La victoria parece tan cercana que casi puedo tocarla, pero una sacudida de Rygun me hace sentir un pinchazo en las entrañas.
El pánico se apodera de mí.
Me inclino con fuerza hacia la izquierda mientras él intenta enderezarse, pero siento un nudo en el pecho al darme cuenta de que está peor de lo que aparenta.
— Nei. Huk atáh TUÍL .
Él echa la cabeza hacia atrás y ruge, un obstinado grito de guerra acompañado de una serie de aleteos feroces que nos impulsan con una voluntad férrea.
— HUK ATÁH TUÍL . DAHN NAH .
Rygun no responde, como si yo no estuviera aquí, y atraviesa las Nieblas Errantes, que se hunden formando hoyuelos al tragarse luna tras luna, eructando tumores de fuego y pedruscos.
Delante, el ave Elding avanza zigzagueando, mostrando una preocupante destreza y rapidez, esquivando algunos impactos violentos.
Rygun sigue esa trayectoria errática, acercándonos con cada poderosa batida de sus alas más… y más… hasta que por fin nos aproximamos lo suficiente como para que alcance al ave Elding con sus llamaradas.
— ¡Varoughin ail, Rygun!
Se llena el pecho con una bocanada de aire, luego se lanza hacia delante y suelta una lluvia de brasas, seguida de un alarido que me hiela hasta los huesos.
«No puede generar una llama».
«Se ha enfriado demasiado».
Echa la cabeza hacia atrás, gruñendo frustrado, al tiempo que yo bramo órdenes desesperadas a un impacto lunar cercano, intentando que las llamas de la explosión se dirijan hacia nosotros. Le suplico que derrame sobre Rygun el calor suficiente como para derretir el hielo que le coagula la sangre.
Solo obtengo silencio; Ignos parece demasiado distraído para escuchar.
— Sheish tah, Ignos. Vush. ¡Vush hiss tha!
«Haz algo, por favor».
«Por favor, ayúdalo».
— VUSH .
No hay respuesta.
Con una impetuosa ráfaga de las alas, Rygun se acerca más y, estirando el cuello, lanza un mordisco a las finas plumas de la cola del ave Elding con un sonido que recuerda al de un hueso partiéndose.
Pero se le escapan al instante, como si danzaran.
La bestia gira la cabeza hacia nosotros, contrayendo las pupilas de tal manera que me siento amenazado, aunque seamos nosotros los perseguidores.
Arkyn hace lo mismo, tensando el cuerpo y hundiéndose más en el plumaje de la criatura.
Es la única advertencia que recibimos antes de que el ave Elding se vuelva y clave sus garras en el delicado vientre de Rygun.
El muro que hay en nuestro espacio cardiaco compartido tiembla con tal fuerza que se desprende una escama. Eso me permite sentir cómo las garras le rajan la carne y le seccionan los músculos del abdomen.
Rygun echa la cabeza hacia atrás y ruge como nunca antes. Y lo mismo hago yo, echando un vistazo por encima del hombro justo en el momento en que el ave Elding da la vuelta y se lanza en picado hacia las Nieblas, con Arkyn todavía sobre su lomo.
«No…».
— Duin kai. Atáh marus thun atka-ain.
«No los persigas. Espera a que aparezcan de nuevo».
Grito la misma petición a través de nuestro vínculo, que reverbera en la oscuridad al otro lado del agujerito. No obtengo respuesta, solo siento el hormigueo de su feroz necesidad de protegernos a mi familia y a mí.
Chasqueando los dientes por la rabia y el dolor, Rygun se inclina hacia delante, en dirección a las Nieblas que estuvieron a punto de quitarle la vida hace mucho tiempo. Hacia el ave Elding, que nos baña con las brasas que caen de su plumaje.
— Atáh duin. ¡ ATÁH DUIN !
Con cada palpitación en mi pecho, Rygun gana terreno a la bestia, por más ligera y ágil que sea, con las fauces bien abiertas.
Preparado.
Arremete contra ella, pero tampoco esta vez alcanza su cola, al tiempo que el ave Elding abre un cráter en las Nieblas y desaparece.
Una boca neblinosa por la que caemos, como una de las lunas.
Estamos encerrados, en una avalancha de alondras que revolotean sin rumbo, algunas de las cuales no consiguen desviarse a tiempo para evitar golpearme la cara, los brazos o las manos, dejándome cortes de papel.
Me invade un miedo atroz al imaginar a Rygun bajo las Miel et Muíem hace tantas fases, removiéndose mientras cae hacia una tumba aún más profunda.
— Hals, Rygun. HALS .
« ALTO ».
Extiende las alas.
Me pego a él, con el corazón desbocado, mientras reduce la marcha y surca con suavidad la inquietante penumbra. Luego, me incorporo y giro a los lados, buscando señales del ave Elding. Un rastro de brasas.
Algo.
Pero todo lo que veo es blanco salpicado por llamaradas lejanas. Cada explosión va seguida por los gemidos agonizantes de Bulder.
«Tenemos que salir de aquí».
— Gash utun ath, Rygun. Ruif.
«Vuela hacia el cielo. Por favor».
A través del diminuto orificio de su muro, le muestro visiones de nosotros alcanzados por una luna antes de que tengamos la oportunidad de terminar esto. Él sacude la cabeza, contrariado, pero me doy cuenta de que está decidido a ello al notar que relaja el cuerpo.
Se eleva, impulsándose hacia el cielo, al tiempo que veo una única brasa flotando ante mí…
Unas garras extendidas nos alcanzan desde arriba.
Se clavan al cuello de Rygun al son de un graznido agudo y el ave Elding ahora lo usa como percha, dándome la espalda. Una maniobra que le garantiza acceso libre al rostro de Rygun, indefenso.
Siento el primer picotazo, que le perfora el ojo derecho. Lo siento triturarse por la fuerza de ese pico ganchudo de color dorado. El chillido que emite Rygun es agudo y entrecortado, tan desgarrador y fuerte como para partir un corazón.
El mundo se vuelve borroso. Todo excepto el penacho de plumas que revolotea de un lado a otro mientras el ave Elding sigue dando picotazos.
Picotazo.
Picotazo.
Eso y la mancha negra de la capa raída de Arkyn agitada violentamente por el viento.
Me levanto, con paso firme a pesar de los movimientos frenéticos de Rygun. Es como si Clode suavizara mi recorrido a lo largo de su pescuezo helado lleno de púas.
Gruñendo entre jadeos cortos y agudos, esquivo las plumas de la cola, esperando el momento oportuno.
Cuando la bestia se agacha hacia el cuello de Rygun, salto y me agarro a su plumaje rojizo.
Algo que espero que el ave Elding no note, ocupada como está tratando de atravesarle el cerebro a Rygun, arrancándole carne con cada picotazo.
Rygun sigue batiendo sus alas entre chillidos. Una súplica que me impulsa a avanzar. A pesar de que me arden los músculos, me esfuerzo por mover mi cuerpo hacia arriba…, hacia arriba… hasta que estoy lo bastante cerca como para percibir el olor de Arkyn y oír sus furiosas órdenes de matar.
Matar.
MATAR .
Desenvaino la espada que llevo a la espalda, por mucho que odie haber llegado a esto, y se la clavo profundamente en el plumaje al ave Elding; lo hago rápido, atravesando la dura capa exterior hasta llegar a la parte blanda.
Al instante, agarro la capa de Arkyn y tiro de él hacia mi pecho al tiempo que echo mano de la daga…
El ave Elding gira la cabeza tan deprisa que el movimiento se vuelve borroso.
Bajo la vista a las fauces de la bestia, que está ensangrentada y llena de capas de colmillos afilados que apuntan hacia su garganta. Su lengua roja es una espada que se alza al tiempo que la bestia emite un silbido húmedo, como una sierpe preparándose para atacar.
Arkyn se retuerce, pero no puede soltarse de mi férreo agarre mientras clavo las botas sobre la espada hundida en el lomo del ave y, agarrando un puñado de plumas, grito:
— SHATHUN , RYGUN .
« AGÍTATE ».
Su rugido es un asentimiento atronador justo antes de comenzar a removerse, como un látigo.
Con solo dos puntos de apoyo, el ave Elding se lleva la peor parte y se ve azotada con tanta fuerza que no le queda más remedio que soltar a Rygun, saliendo despedida entre la niebla y el humo. Se sacude, agitando las alas con frenesí y amenazando con soltarnos.
A Arkyn se le cae la corona.
Me aprieto contra el ave, hincándole las rodillas.
Ya no sé lo que está arriba y lo que está abajo.
Las palabras de pah resuenan en mi cabeza mientras mis manos empiezan a ceder, diciéndome lo débil que soy. Me enfurezco y agarro con fuerza a mi hermano, que se retuerce, y a su bestia chillona, a la que le clavo las botas en la empuñadura que le sobresale del lomo.
Empezamos a estabilizarnos, pero no veo a Rygun por ninguna parte y Arkyn sigue escupiendo órdenes que parecen no ser escuchadas. Me suelto, le rodeo el cuello con el brazo y aprieto.
Su voz se convierte en un gorgoteo mientras se retuerce y trata de zafarse, pero entonces se sacude.
Siento un golpe en el estómago, como si hubiera echado la mano hacia atrás y me hubiera dado un puñetazo a ciegas. Por un instante, pienso que solo ha sido eso.
Un puñetazo.
Entonces, noto ese dolor cálido y punzante que conozco tan bien y advierto que tengo un objeto extraño clavado en el abdomen.
Rujo y estoy a punto de soltar a su bestia y arriesgarme a caer en el infierno que hay debajo de nosotros para romperle el maldito cuello a Arkyn justo cuando Rygun ataca por un flanco.