Capítulo 84. Raeve
Raeve
C uanto más me alejo de la arena, menos mazmorras hay. Es como si Arkyn los hubiera acercado a todos, preparándose para una fase de batallas ilimitadas. Quizá sea entretenimiento para mantener a sus clientes enganchados tras el otoño, mientras hurga en sus bolsillos políticos.
Un pensamiento que hace que me piquen los dedos por las ganas de partirle la puta cara. Lo que espero que esté haciendo Kaan en este preciso instante.
Estoy recorriendo los últimos túneles, sin dejar de toser a causa del polvo y saltando sobre grietas cada vez más anchas y rocas caídas, cuando se me ocurre una idea que me oprime el pecho hasta casi asfixiarme.
«¿Y si ha trasladado a Veya y Kyzari?».
No, no haría tal cosa.
De marchar las cosas según lo previsto, me habría llevado de vuelta a esa maldita celda que ya me ha quitado tanto.
Me habría metido allí, todavía manchada con la sangre de Kaan, y me habría dejado ver cómo se pudría nuestra hija como otra manera de doblegarme.
Estoy tan segura de ello que, cuando veo mi celda vacía y también la de Veya, me tambaleo y tengo que agarrarme a los barrotes.
Las llaves se me caen al suelo con estrépito.
El mundo se sacude con tal fuerza que caigo de rodillas y golpeo los barrotes con la mano mientras grito enseñando los dientes:
—¡ JODEEEEER ! ¡ JODER , JODER , JODEEEEER ! —Suspiro temblorosamente con los dientes apretados mientras se me desencaja la cara—. Joder —digo mucho más bajo esta vez, carcomida por la patética derrota.
Hasta que veo un charco de sangre debajo de mí y el guardia muerto en el suelo detrás de una gran roca caída.
Observo la escena sintiendo la esperanza corriendo por mis venas.
«¿Ha alcanzado Veya al guardia y lo ha matado? ¿Ha cogido las llaves? ¿Ha sacado a Kyzari?».
Al posar la vista en un botón rosa que hay escondido entre la paja esparcida del jergón de Kyzari, se me corta la respiración.
«Uno, menuda maravilla».
Me levanto, cruzo la puerta y agarro el botón de Uno. Aparto el polvo del aire con la mano mientras busco más pistas, algo que me indique la dirección que han seguido.
Me llama la atención un trozo de pergamino color crema y me da otro soplo de esperanza lo que parece una alita. Al remover la paja, veo los restos de un pico que en su dae estuvo arrugado, el cortecito en el ala, el desgarro largo justo en el medio…
Me fallan las piernas.
El mundo se encoge.
Todo desaparece, excepto el escozor de mis ojos y la opresión del pecho.
Haciendo un esfuerzo por moverme, consigo alcanzar la mitad delantera de mi preciosa Ne, que ya no aletea rebosante de vida.
Ya no está… aquí .
Toco su pico: me resulta tan familiar, lo he apretado tantas veces con los dedos.
Casi temblando, demasiado como para confiar en mí misma, levanto su cuerpecito y lo dejo sobre mi palma mientras remuevo la paja hasta que doy con su otra mitad.
Veo esas dos delicadas letras por primera vez desde que doblé su pliegue de retorno y la abandoné.
ne
Aprieto los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas me resbalen por las mejillas.
Pienso en Dhomm… «Yo tenía razón».
Ne iba destinada a mí. Era mía. Un mensaje de mi hija, que me necesitaba. Y yo la envié de vuelta con una respuesta fría e indiferente que seguramente recibió estando en esta celda.
Esta
puta
celda.
Gimiendo, me doy la vuelta. Ahora lo veo todo de otro modo.
Podría haber evitado esto. Podría haber aprovechado la oportunidad cuando Ne llegó a mí por primera vez hace cinco fases, dejar que me condujese a Kyzari, pero no lo hice.
Descarté de inmediato la idea de que alguien me necesitara .
«Podría haber evitado esto».
Otro temblor sacude el mundo.
A pesar del estruendo que amenaza con tirarme al suelo, apenas me doy cuenta de que el túnel se derrumba a mis espaldas. Hasta que me alcanza una fuerte ráfaga de viento como una bofetada a mano abierta. Parece que Clode haya soplado hasta aquí desde el exterior solo para golpearme.
Me abro a su canción, a punto de gritarle que haga lo peor que se le ocurra, pero, antes de que tenga oportunidad, su estridente melodía aterrada me corta los tímpanos con la fuerza de una cuchilla de afeitar.
— ¡Geil shoole! ¡Marlúe!
«¡Ven rápido! ¡Por favor!».
Mirando por encima del hombro, arrugo el ceño al ver que el camino por el que he venido se ha derrumbado. En la otra dirección, sin embargo, apenas hay una piedra fuera de sitio, como si Bulder y Clode hubiesen tenido la misma iniciativa.
— Sheith liu tail uin KYZARI —respondo, a punto de pronunciar las mismas palabras en el idioma de Bulder. Hago que ambos se den cuenta de que solo hay un lugar al que me interesa ir, así que o me llevan allí, o pueden buscarse a otra persona que arregle sus problemas.
— ¡Yeil! —grita Clode, y sus siguientes palabras son como un rayo que me atraviesa el corazón—. Savei luin uil. ¡Marlúe!
«Sí».
«Ella te necesita».
«Por favor».
Me levanto y salgo por la puerta antes de volver a respirar, guardándome a mi preciosa Ne en el bolsillo mientras persigo el inquietante aullido de Clode.