La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Epílogo
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Epílogo

S ereme se abre paso a través de la niebla; un modelo de elegancia y compostura en medio de la sordidez que la rodea, con su abrigo de pelo morado ceñido.

Pasa la vista de un pequeño artilugio metálico que sostiene en su mano enguantada al cielo cubierto de lunas, el cual apenas se ve por la bruma, calcu­lan­do su ubicación con cada paso que da sobre la nieve.

Sus ojos grises resplandecen, algo en lo que sin duda Clode se fija, pues se acerca de golpe para ver mejor y sale disparada.

Curiosa.

Esa curiosidad no hace sino aumentar cuando Sereme cierra el artilugio y, tras guardárselo en el bolsillo, se arrodilla en la nieve, cubierta de cenizas, sobre una tumba sin señalar —el lugar exacto indicado por la miskunn— y cava con las manos.

No tarda mucho en formar un montón de nieve manchada de sangre, dejando dos cuerpos al descubierto.

Sereme se detiene para quitarse el pañuelo de la boca y respira en una atmósfera aún contaminada por el polvo y los escombros, aunque ya no tanto como para obstruirle los pulmones, tomando grandes bocanadas de un aire que le sabe a victoria .

Sonríe tanto que le brillan los caninos, visibles para la curiosa Creadora que revolotea a su alrededor, la cual se acerca a toda prisa, demasiado intrigada como para centrarse en otras cosas.

Sereme sigue cavando, entregándose por completo a la tarea, lo que hace que se le vayan soltando mechones de su repeinado cabello.

Por fin, deja al descubierto lo suficiente de Arkyn como para agarrar su brazo congelado y sacudirlo, sacudirlo y sacudirlo hasta quitarle cualquier rastro de nieve mientras murmura con los labios apretados:

—Maldito… saco inútil de… mierda de colk —dice entre dientes tirando de su cadáver hasta sacarlo de la tumba y alejarlo de la mujer pelirroja que también está congelada entre la nieve…, condenando así a la pobre criatura.

Asegurándose de que ella tampoco renazca de sus cenizas .

Suspirando, Sereme se seca el sudor de la frente al tiempo que se arrodilla junto al cadáver mutilado.

—Nunca he trabajado tan duro como lo he hecho por ti y así me lo pagas, manchando de sangre mis guantes favoritos.

¿Sabes lo que cuesta encontrar este tono morado?

Y más ahora —masculla tratando de rascarla de las costuras, pero se rinde poniendo una mueca de fastidio—.

Claro que no. Eres un puto caso perdido.

Sigue reprendiendo al cadáver mientras abre su zurrón y rebusca por entre el Libro de Voyd , envuelto en tela. Saca un frasco de vínculo de sangre, lo destapa y lo deja a un lado. Luego, le corta un trozo de carne congelada a Arkyn con una daga sin vacilar siquiera y lo mete por la boquilla.

—Más vale prevenir que curar —dice al tiempo que el pedazo chisporrotea y humea, soltando vapores rosáceos.

Tapa el frasco y se pone la cadena al cuello. Rebusca en su zurrón y saca una botella de licor fuerte que vierte sobre el cadáver del hombre en el que había depositado tantas esperanzas.

Él tenía su corazón, su dedicación.

Todo.

Y no hay furia como la de una mujer despreciada.

Se echa el zurrón al hombro y se pone de pie, sacando un vial plateado de su bolsillo de piel.

—Por desgracia para ti, has fallado. Ahora te arrodillarás ante mí —dice con rabia, y abre la tapa, dejando al descubierto una llama que se refleja en su dura mirada.

Clode aúlla y sale corriendo.

«No lo bastante rápido».

Lanza el vial y el cuerpo de Arkyn estalla en una vorágine de fuego sibilante que chisporrotea.

Sereme lo observa arder desde una distancia prudente, esperando a que el cadáver se convierta en cenizas y brasas.

A que la maravilla que le devolvió la vida a Arkyn hace tantas fases lo agarre por el cuello y lo transforme en algo que nunca más se rebele contra ella.

Algo que la trate con una devoción extraordinaria, tal y como ella se merece.

Ignos ruge y Clode chilla mientras, a espaldas de Sereme, un hombre avanza tambaleándose en la penumbra, en dirección a las llamas y el olor a carne quemada.

Un hombre imponente, aunque castigado por las inclemencias del tiempo, con barba desaliñada, pelo blanco y vivos ojos azules, así como el pellejo ensangrentado de un animal sobre sus anchos hombros, una protección contra la gelidez y contra un mundo que no se parece en nada al que vio por última vez a lomos de su plumaluna plateado mientras volaba entre las montañas junto con su hermana.

Sereme se vuelve y sonríe al toparse con su mirada.

—Ah, esperaba verte aquí.

El hombre se queda quieto y junta sus pálidas cejas; en parte por confusión, en parte por cautela.

«No lo bastante de lo segundo».

—¿Te conozco? —pregunta con voz grave y ronca, y se pasa la lengua por los labios, secos y agrietados, al tiempo que posa la mirada en el fuego, en el cuerpo en llamas de Arkyn, que no deja de chisporrotear y desprender humo.

Hambre, eso piensa Sereme, de esa tan desesperada que no discrimina.

Una señal clara de que ha estado vagando por las llanuras apocalípticas sobreviviendo como ha podido mientras intentaba orientarse.

—No, todavía no.

Las llamas comienzan a retorcerse, arremolinándose en forma de plumaje rojizo con las puntas doradas, lo que hace que el hombre abra unos ojos como platos al darse cuenta de que se ha topado con algo… inexplicable.

Muy parecido a él mismo.

—Una miskunn muy especial me dijo que podrías estar por estos lares —dice Sereme rebuscando en su zurrón, del que saca un trozo de cecina envuelto en un paño encerado. Se lo ofrece, una ofrenda que no hará que el príncipe resucitado se odie a sí mismo más tarde—. Haedeon Neván.