La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 91. Kaan
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Capítulo 91. Kaan

Kaan

R aeve sigue dando órdenes con la furia de un Creador chamuscado. Sus paladines candentes se retuercen, ahuecando aún más la arena, que empieza a parecerse a una erupción volcánica.

Todo rastro de dolor se desvanece con el alivio que siento al apretar los brazos de Raeve contra su pecho y hundir la cara en su terso cuello.

—Lo tienes —le digo abrazándola con fuerza, intentando que exhale sin soltar más palabras—. Ya no queda nada. Se acabó .

Ella canta más alto.

Más fuerte.

La montaña sigue derrumbándose a nuestro alrededor, deslizándose precipicio abajo, alimentando las apariciones.

Expandiéndolas.

Aunque Rygun está encantado, frotándose contra las paredes viscosas como si intentara aliviar una picazón, la piel de Raeve cada vez está más caliente, casi ardiendo de fiebre.

—¡Rayo de Luna, ya basta!

Los paladines se derriten, perdiendo su forma, y regresan al abismo del que surgieron, aunque Raeve sigue cantando.

Gruñendo, se zafa de mí y avanza, gritando hacia el abismo con toda la furia de un dragón rabioso.

— ¡Luvth at uin shiith, Bulder ahn Ignos! ¡ NAILEN ! ¡ NAILEN ! ¡ NAILEN ! LUVTH AT UIN …

Me acerco a ella y la hago girar, apartándola del precipicio. Su pecho se agita mientras le cojo la cara, que tiene salpicada de sangre, y la miro a los ojos, negros como el azabache, sin un solo reflejo de luz.

No es Slátra, solo una señal clara de que está cediendo demasiado a su sed de sangre.

Junta las cejas y respira el aire cargado de humo mientras intenta soltarse de mí.

— Ya está —repito, suplicándole quedamente que lo deje estar, que vuelva a mí—. Ya está, Rayo de Luna. Lo has conseguido. Estamos a salvo, estamos vivos .

Suaviza el gesto.

Se tambalea y recorre la arena fundida con la vista.

No hay más palabras, no hay más canciones a los Creadores. Solo un ligero movimiento de barbilla mientras respira entrecortadamente por la nariz, como si intentara calmarse.

—Estamos vivos —repito con más compostura de la que tengo en este momento—. Estamos. Vivos.

Parte del azul vuelve a sus ojos.

Pone las manos sobre las mías.

—Estás bien —susurra mientras la luz de la luna baña la arena, iluminando su rostro—. Dime que estás bien.

—Estoy…

Un chillido feroz me hace levantar la vista: una inmensa bestia de plumas doradas y rojas sale de un enorme agujero en la cuenca derretida. Salta con las alas extendidas hacia el cielo, lanzando una lluvia de piedras candentes y removiendo las brasas.

Una bestia que parece un…

—Un ave Elding —dice Raeve con voz ronca dirigiéndose hacia la brecha que Rygun y ella han abierto. Una salida hacia el cielo despejado.

La bestia se revuelve, mostrándonos su lomo.

Se me hiela la sangre al ver una figura que conozco posada entre sus alas con una corona de puntas afiladas y una capa andrajosa ondeando al viento.

Arkyn .

Ha logrado sobrevivir .

Raeve se queda rígida, aún sostenida por mí. Su conmoción y rabia son palpables por la tensión que flota entre nosotros, que me alcanza como una llamarada. Al mismo tiempo, Rygun se encrespa, adoptando una postura desafiante, y suelta un rugido retumbante con los dientes fuera.

Los está retando a que se enfrenten a él en esta arena de combate cuyo dominio ha reclamado.

Arkyn nos mira a todos y, luego, da una serie de órdenes a toda prisa ante las que el ave Elding sacude la cabeza en señal de protesta.

En lugar de permitirle que se lance en picado y se enfrente a nosotros con honor, espolea a la criatura hacia el cielo, revelando la poca sangre que tiene.

Lo cobarde que es.

Noto un picor en las yemas de los dedos que conozco bien.

El ave Elding sale disparada de la arena en dirección al norte, hacia La Bruma, desapareciendo de nuestra vista. Raeve se sacude en mis brazos gruñendo, como si estuviera ansiosa por desplegar también sus alas y darles caza.

Por ir en busca de venganza.

La sujeto por los hombros…

El suelo se sacude con tal fuerza que estamos a punto de perder el equilibrio y, luego, hay temblores, como cuando un cuerpo se estremece entero. Es algo que solo he sentido tres veces antes.

Se me encoge el corazón como si tuviese una piedra en el pecho.

—¡No! ¡Todavía no! —gruño mirando las lunas de plumaluna que hay agrupadas sobre nosotros.

Observo con horror que una pequeña tiembla…

, tiembla… y cae en picado, desapareciendo de la vista y dejando una estela llameante en el cielo.

Una herida similar se abre en mi pecho y el corazón me late tan fuerte y rápido que parece que entre mis costillas haya una bestia rabiosa.

«No estamos preparados».

«Todavía tenemos que encontrar a Kyzari. Todavía tenemos que salvar a nuestra hija».

—Creadores, protegednos a todos —digo con voz ronca, y cierro los ojos, apretándolos mientras la montaña se sacude por la fuerza de la caída cercana, a lo que se suma un lamento desgarrador de Bulder, como si acabaran de clavarle una flecha en el estómago.

Trago saliva y, esforzándome por mantener la compostura, le inclino la cabeza a Raeve para que se vea obligada a mirarme. Tiene la cara demacrada, los dientes apretados y los ojos muy abiertos, sin parpadear: en su rostro se está librando una batalla.

La misma que dentro de mí.

Si Arkyn escapa, la historia se repetirá. Hibernará, recuperará el poder y resurgirá. Vendrá a por nuestra familia, de eso estoy seguro. Ninguno de nosotros estará a salvo mientras él siga vivo.

Pero nuestra hija nos necesita a uno de nosotros.

Ahora mismo.

Le cojo la mejilla a Raeve y noto su mandíbula tensarse en mi mano ensangrentada.

—Rygun estará encantado de llevarte al norte para que le des caza. —El mundo vuelve a sacudirse y estamos a punto de caer de rodillas. O tal vez sea el peso de este momento, esta decisión tan difícil que está a punto de separarnos—. Si quieres ser tú quien acabe con él, Raeve…, tuyo es.

El tiempo se detiene mientras ella me mira a los ojos, de un lado a otro cual péndulo, con las pupilas tan dilatadas que parecen espejos oscuros del cielo que se desmorona, del mundo que se rompe al otro lado.

Hasta que advierto un destello de vulnerabilidad azul que me causa dolor en el pecho junto con un ligero temblor de su barbilla.

—No quiero eso. —Se le quiebra la voz, pero luego se vuelve más sólida, más firme—: Solo la quiero a ella.

Su afirmación me llena de un alivio cada vez mayor y de un profundo orgullo primigenio.

Esta vez… no está eligiendo perseguir la muerte, sino la vida .

«Está eligiendo a nuestra hija».

«Está eligiendo el amor».

La abrazo con fuerza, pegando los labios a su frente con los ojos apretados.

—Vete con ella, Rayo de Luna.

Las palabras no dichas siguen flotando entre mis brazos y el ferviente temblor que me invade. Una promesa silenciosa que brota de lo más profundo de mi ser, gritada cada vez que exhalo temblorosamente pegado a ella.

«Acabaré con el hombre que te utilizó, que te torturó, que intentó aniquilar toda la dulzura de tu alma. Por ti, por nuestra hija y por todos aquellos a quienes ha perjudicado».

«Yo

acabaré

con esto».

—Pero tus heridas…

—Son un inconveniente, pero no son letales —respondo con voz ronca apartándome lo justo para verle los ojos, iluminados por el reflejo de otra luna que se desprende—. He sobrevivido a heridas similares sin atención inmediata.

Parece dudar, pues le tiembla el labio superior, como si quisiese decir algo.

De nuevo, el mundo se sacude. El aire ya no es limpio, sino tan polvoriento como para hacerme toser de no ser porque lo reprimo.

Raeve asiente con frialdad.

—Te quiero —dice, y yo aspiro sus palabras.

Dejando que me infundan fuerzas.

Las repito y le doy un último beso en los labios.

—Ve a buscarla. Y dile a Kyzari que…

—Ya se lo dirás tú —asegura con una ferocidad regia que me hace querer arrodillarme, y da un paso hacia atrás de una forma que me hace imaginar un músculo desgarrándose del hueso.

A regañadientes.

—Sea lo que sea, Kaan Vaegor, se lo dirás tú mismo. —Traga saliva, parpadeando para contener unas lágrimas que me destrozan—. Lo arreglaré, te lo juro. —Dicho esto, se da la vuelta y echa a correr, saltando entre charcos de magma en dirección a un arco que está goteando y lo cruza.

Desaparece en un suspiro.

En cuanto la pierdo de vista, se me contraen los pulmones, provocándome una tos húmeda que me desgarra.

Cuando el ataque remite, estoy sin aliento con la cabeza gacha, tratando de no perder el equilibrio mientras el mundo sigue temblando y gritando.

Intentando no caer sin tener aquí a Raeve para sostenerme.

Su ausencia solo deja dolor; cada corte, quemadura, latigazo y la puñalada en mi pulmón ahora se vuelven insoportables.

Me tambaleo…

Pero Rygun me engancha con la cola, evitando una caída mortal por el precipicio humeante. Ni siquiera me había dado cuenta de que se había acercado.

Me acaricia con el hocico y olfatea mis vendajes ensangrentados.

Tomo aire a duras penas y miro sus ojos, oscurísimos, brasas hambrientas de aire.

— Ew shathta mal… hein ák —logro decir.

«No deberías haber venido».

Él resopla en señal de rebeldía.

Sacudiendo la cabeza, me agarro a uno de sus colmillos para mantener el equilibrio mientras me adentro en mí mismo, ya sin el entumecimiento que me provocaba el tónico. Sus últimos efectos se han desvanecido en cuanto Rygun se ha colado por el agujero creado por Raeve.

Atravieso los restos del muro que construí con la esperanza de mantener a Rygun ajeno a mi dolor, el cual derribé al darme cuenta de que había venido.

Que había volado hacia el frío por mí.

Pongo la mano contra el muro que he encontrado detrás del que he derribado.

Una barricada de escamas que nunca había visto; del mismo tono de sangre quemada que Rygun.

Su muro.

— Luk uhn mei bárk úin. Ruif.

«Déjame entrar. Por favor».

Me empuja con la parte lisa de su mandíbula, instándome a que me acerque a su costado con una urgencia firme pero delicada. Una orden clara para que me dé prisa y monte.

Con un suspiro, lo rodeo y me detengo para sacar una espada y una daga de entre los escombros. Meto la primera en la funda va­cía que llevo a la espalda y la pequeña hoja me la guardo en mi ropa de cuero.

Al llegar a las cuerdas de la silla de montar que no se han quemado, paso la mano por unas escamas de Rygun que aún no han perdido su brillo y, al descubrir que están heladas a pesar de los baños de magma, me quedo paralizado.

—Rygun…

Da una dentellada a mi espalda, tan cerca que siento retorcerse el aire ante el chasquido.

Gruño por encima del hombro y, apretando los dientes, comienzo a trepar por las cuerdas. Cada doloroso paso está impulsado por mi determinación a acabar con esto. A cortarle la cabeza a Arkyn y llevar a Rygun a algún lugar cálido.

A sobrevivir , a volver con nuestra familia. A decirle a Kyzari que no ha pasado un solo dae en el que no haya deseado que fuera mía…, desde el mismo dae en que llegó a este mundo.

Ni

un

solo

dae.

Me aclaro la garganta, paso la pierna por encima de Rygun y me acomodo en la manta de la silla, que está destrozada; no quedan riendas ni correas a las que agarrarme.

Así pues, lo hago a la antigua usanza, inclinándome hacia delante para agarrarme a dos de las muchas púas que tiene a lo largo de la columna.

Rygun se remueve debajo de mí y levanta la cabeza, dirigiendo la mirada al cielo, rojo y contaminado, iluminado por las explosiones de un mundo herido. Despliega las alas y las impulsa con profundas batidas, tensando el cuerpo mientras se lanza al aire.

— Lukith… kai hik atuín… da zun —logro decir entre respiraciones entrecortadas.

«Vamos tras él en dirección al sol».