Capítulo 90. Veya
Veya
N os conduce a una salida escarpada por la que entra un viento helado cargado de copos, una tormenta de nieve como nunca he visto antes. Por desgracia, Uno no vacila y se lanza a la ventisca, desapareciendo de inmediato.
«Mierda».
Me vuelvo, dirigiendo una mirada desdeñosa al Cambiasinos.
—¡Esto no está nada bien!
Se deja caer sobre las cuatro patas y ruge, encogiendo los hombros como si fuese a abalanzarse.
Meneo la cabeza, con los labios apretados, mientras me apresuro a envolver bien a Kyzari con la capa de Raeve, poniéndole la capucha.
Otro gruñido de advertencia me hace imitar el sonido y salgo a la oscuridad, donde me veo embestida por el aullido de la tormenta mientras me abro paso por entre la espesa nieve.
Avanzo a ciegas.
Completamente desorientada.
Y con un frío de cojones.
Aunque no puedo oír ni a Rayne ni a Clode, me da la sensación de que algo no va bien, lo siento en las impetuosas rachas que me atraviesan la ropa, en la irritación de mis pulmones cada vez que inhalo.
No vamos a sobrevivir mucho tiempo aquí fuera.
Los dedos de las manos y los pies ya me arden de frío y tiemblo tanto que cada paso que doy a través de la ventisca me parece una batalla ganada.
Y eso que llevo botas, una camisa de manga larga y pantalones con runas para combatir el frío más intenso. Sin embargo, la pequeña miskunn…
—¡ UNO ! ¿ DÓNDE ESTÁS ?
Una llamada desesperada que se pierde con el aullido del viento, aunque me llega el rugido de un dragón a lo lejos.
Una llamarada naranja capta mi atención delante de mí, como si la tapa de un vial del tamaño de una bota acabara de levantarse. Aunque algo me dice que solo parece de ese tamaño por la lejanía.
«¿La arena de batalla?».
Otra racha de nieve me tapa la vista y el Cambiasinos clava su pesada cabeza entre mis omóplatos, con fuerza. Me empuja hacia delante de tal manera que está a punto de catapultarme a la nieve.
Me faltan fuerzas para quejarme, pues estoy centrada en mantener a Kyzari pegada a mí y en no perder el equilibrio. Solo espero que ese maldito alborotador no me tire por un precipicio.
—¡ UNOOO !
Noto un tirón en los pantalones.
Al bajar la vista, veo a la pequeña miskunn mirándome. Sostiene un frasquito con luz de luna cautiva que debía de llevar en uno de sus bolsillos. Sus grandes ojos rosados brillan en el entorno y tiene las pestañas, el pelaje y la túnica cubiertos de nieve y hielo.
—¡Uno ha encontrado el lugar! —exclama—. ¡Seguid!
—Pero… —Vuelvo la vista atrás, y me doy cuenta de que el Cambiasinos ya no está. Parece que, después de empujarme con la cabeza, se ha cansado del frío y nos ha abandonado.
«Cabrón».
—¡Rápidos! —Uno señala con la mano.
Entrecierro los ojos y atisbo una mancha oscura a lo lejos, probablemente un afloramiento rocoso que protege el hueco que hay debajo del viento y de la nieve que se va acumulando.
Un refugio .
De nuevo, Uno me tira de los pantalones.
Me guía con paso firme mientras yo no pierdo de vista la baliza luminosa que sostiene.
Cuando por fin llegamos al escueto refugio que proporciona el saliente rocoso, tengo las rodillas entumecidas y noto el crujido de piedras y huesos bajo mis botas, la prueba que necesito para suponer que estamos en la guarida de algún carnívoro.
No hay runi. No hay tinturas ni tónicos curativos.
Solo piedras, huesos y un breve respiro de la tormenta.
Cualquier atisbo de esperanza que tenía sobre la promesa de Uno de salvar a Kyzari se apaga como una llama extinguida.
«Si hay algo peor que morir en una celda es hacerlo sobre capas de huesos que pertenecen a seres que han tenido la misma mala fortuna».
Me aclaro la garganta para tragarme el nudo que siento y aparto algunos restos con el lateral de mi bota, creando un hueco similar a un nido en el que dejo suavemente a Kyzari, usando el velo de Uno doblado como almohada.
Con los dientes castañeteando, aparto la capucha para verle el rostro, aunque me arrepiento al instante. Al ver sus labios azulados y sus facciones cerosas, soy incapaz de aguantarme el llanto.
Creería que ya ha fallecido de no ser por el movimiento de sus ojos bajo los párpados, como si estuviera buscando algo en la oscuridad.
Respira entrecortadamente de nuevo mientras le aparto el pelo helado de la mejilla llena de cortes, haciendo lo que puedo para ocultar el moretón de la sien, pues parece que una mancha de tinta haya invadido un tercio de su bello rostro.
—Todo va bien —le susurro, una mentira descarada.
Nada de esto va bien.
No debería ser yo quien estuviera aquí ahora mismo, consolando a Kyzari en sus últimos momentos. Deberían ser Raeve y Kaan, en una cama tan cálida como un abrazo.
Deberían ser ellos .
Un tintineo metálico hace que mire a Uno, encorvada sobre Kyzari probando las llaves en su grillete, buscando la buena. Le cojo la mano a Kyzari entre las mías, agradecida por los esfuerzos de la miskunn por hacerla sentir más cómoda.
La cerradura se abre.
La tormenta pierde fuelle; los últimos copos de nieve caen sobre la ladera de la montaña y, luego…, nada . Solo un silencio tan denso que cada vez que me muevo retumba.
Se me eriza la piel con la sensación de que nos observan, por lo que dirijo la vista a la meseta que hay al otro lado de la cresta que hace las veces de refugio, aunque no veo a ningún depredador acechando.
Me abro a Bulder, pero él también se encuentra en silencio.
El mismo silencio que ha manifestado antes…
«Antes de que Slátra cayera».
Tengo un presentimiento al levantar la vista y ver cómo se abren las densas nubes, disipándose tan deprisa que casi no me parece real.
La luz de la luna cae por la escarpada ladera de la montaña, bañando el cementerio de plumalunas, entrelazadas con la aurora de mediodae.
Uno me tira de la manga.
Observo sus enormes ojos, que reflejan la luz de las lunas.
—Veya debería irse. Busca una roca para esconderte.
«¿Quiere que abandone aquí a Kyzari? ¿Que la deje morir sola?».
«¿En serio?».
Me recuesto en el suelo junto a mi sobrina y le cojo la mejilla de tal manera que con un dedo puedo controlar su pulso, cada vez más débil.
—No hay honor en eso —digo con determinación—. No voy a ir a ninguna parte.
—Veya no entiende…
—No. Ni siquiera una caída lunar podría separarme de ella.
—Te he advertido —sisea Uno.
Le quita el grillete.
Se me encoge el corazón cuando Kyzari abre los ojos y me mira sin verme. No cabe duda de que se trata de ese momento de lucidez que tienen algunos antes de sucumbir a la muerte.
Ambas tenemos los ojos vidriosos y su rostro se crispa de una manera que me hace sentir como si tuviera una montaña sobre el pecho.
—Estoy aquí —susurro pasándole el pulgar por la mejilla—. Estoy contigo, cariño.
«No estás sola».
Con las manos trémulas, agarra los bordes de su diadema y tira, como si intentara arrancársela. Al ver que no se mueve, se le desencaja aún más la cara y clava los dedos tan profundamente que se arranca la piel al tiempo que se le saltan las lágrimas.
Le cojo las manos y envuelvo con sus dedos el málmr de Kaan, que todavía lleva al cuello, apretándoselos con suavidad.
—No pasa nada —le susurro, ahogándome con cada palabra que digo—. No tienes que preocuparte. Yo la llevaré a donde tiene que ir.
Suelta un gemido que la hace sacudirse y veo un brillo en sus ojos antes de que respire hondo temblorosamente, hinchando su pecho por completo.
Entonces, comienza a mover los labios, murmurando una serie de palabras melódicas que nunca había oído antes.
— Hov ahka nuieljuak. Hov-at haquil. Nuieljuki taf maruli.
La atmósfera se sacude y noto sus reverberaciones en mi carne y huesos, provocándome náuseas.
— Gov tuu, gelunith vat kin jist, hov-at haquil, Caelis. —Su canto se vuelve más desesperado, tenso—. Guithin-dahl mai. Quialhn. Tuu tahn atharuilé…
Frunzo el ceño, buscando su mirada perdida, frenética.
«Algo va mal».
—Uno, ¿viste esto en tu premonición?
Mi única respuesta es un silencio voraz, como el que se siente en presencia de un plumaluna, pero más intenso.
Avanzando con cautela, busco a la miskunn, pero solo veo un camino de huellas. Unos hoyitos en la llanura nevada que conducen hasta una roca semejante a un canino gris. En lo que a protección contra una caída lunar respecta…, bastante inútil.
—U…
Una fuerza helada me hace salir volando por los aires. Es como si me hubiese golpeado el estallido que brota de un volcán en erupción, solo que aquí no hay ningún puto volcán.
Caigo en picado y me doy de bruces contra la densa nieve mientras el aire sale disparado de mis pulmones.
Me duele todo, pero nada comparable al martilleo de mis oídos. Es el sonido más fuerte que he oído nunca, que ahoga cualquier otro, pero a la vez es un silencio fantasmal .
A mi alrededor, la nieve se desprende en capas a causa del impacto.
Me veo empujada por ella y mi melena me azota los ojos y la boca, tirándome de las raíces.
Tardo demasiado en darme cuenta de que estoy deslizándome hacia atrás, algo que me recuerda a cuando las olas me zarandeaban al jugar en El Loff de pequeña.
Al echar un vistazo por encima del hombro, veo el suelo alejándose.
«Un precipicio».
«Joder».
Con una mueca en los labios, consigo clavar los dedos en la piedra y busco huecos donde encajar los dedos de los pies para mantener el equilibrio.
Me atrevo a mirar hacia arriba. Trato de ver algo en medio de la extraña y caótica tormenta con los ojos entornados.
«Nada parece igual».
El saliente rocoso ha desaparecido, como si la cima de la montaña se hubiera resquebrajado y derrumbado.
Kyzari está en el epicentro de la explosión, que se propaga por la atmósfera en ondas de calor, todavía tumbada en el mismo sitio donde la dejé, todavía cantando, todavía con el málmr de Kaan agarrado.
Pero ya no me está mirando a mí.
Mira hacia arriba, hacia unos haces de luz plateada que surgen de la Piedra Éter como si fuese aceite mezclado con agua. Hay miles de ellos formando cintas a su alrededor y se entrelazan hasta dar forma a un ser de hombros anchos arrodillado a su lado.
Un imponente hombre de otro mundo con una capa plateada con el bajo deshilachado que se agita con las ondas de calor.
Luce una melena azabache, piel de ébano y unos deslumbrantes ojos plateados que parecen soles lejanos, iluminados con una mezcla de furia y devoción. Observa el cuerpo de Kyzari, inspeccionando cada moretón, cada corte y cada mancha.
Las cintas plateadas siguen dibujando su silueta mientras este, con la suavidad de una aurora naciente, toma a Kyzari en brazos al tiempo que mueve la boca. Palabras que no oigo, pero que siento grabadas en mi piel, como runas.
Curva los brazos, apretando el cuerpo inerte de ella contra su ancho pecho, del mismo modo que me imagino a Bulder abrazando a Rayne, tratando de mantenerla en una sola pieza…, aunque sea inútil.
Un chorro de luz plateada emerge del ser hacia las numerosas heridas de Kyzari. Ahogo un grito al verlo y toparme con esos ojos plateados indomables.
Solo dura un instante. Enseguida, me veo expulsada como cuando se escupe un bocado de carne.
Bajo la barbilla, mostrando la nuca en señal de sumisión, y clavo la mirada en el suelo. Me siento hecha polvo, desgarrada por completo.
Otra onda me golpea con tal fuerza que la piel casi se me desprende de los huesos y su enorme poder me impide respirar.
Tira de mis dedos hacia arriba…, arriba.
Salgo disparada agitando los brazos, pero consigo agarrarme a una grieta y detenerme antes de seguir deslizándome más allá de las llanuras, probablemente hasta Ovlaeve.
La onda pierde la suficiente fuerza como para que pueda respirar. Tomo bocanadas de aire mientras busco un lugar firme donde apoyar la bota y miro hacia arriba por entre mi cabello agitado por el viento. Me quedo petrificada ante lo que veo.
Sollozo, al darme cuenta de que todo es en vano. Porque, en medio de la espesa penumbra, los dos han cambiado.
Kyzari ya no está flácida e inerte contra el pecho del hombre.
No.
Está de pie con las manos en el pecho y su cabello blanco ondeando al viento. Y su piel…, impecable y con un brillo saludable.
El hombre sonríe con alivio acariciando el rostro de Kyzari; parece estar memorizando su forma y tacto.
Ella le coge una mano y, luego, se acerca más a él.
La atmósfera vibra mientras este la estrecha con fuerza, con una mano extendida entre sus omóplatos mientras con la otra la coge de la nuca y se la lleva debajo de su barbilla con tal devoción que me escuecen los ojos.
Sin dejar de cantar, Kyzari se funde en su abrazo, más tranquila que nunca.
Más en casa .
Y me doy cuenta de lo estúpida que he sido al dudar de ella cuando me dijo que su corazón ya le pertenecía a un Creador. Ahora todo tiene sentido.
Es él.
«El dios del Éter».
Unas alas inmensas comienzan a elevarse entre los pliegues de lo que yo creía que era solo una capa. Son plateadas y de gran envergadura, casi con la misma forma que las de Rygun, pero raídas y lánguidas, como si algunos trozos se hubieran desprendido.
Una vez extendidas, vislumbro la parte inferior, oscura y con unas membranas correosas que semejan ventanas a cielos desconocidos. Unos vacíos sombríos rebosantes de estrellas y lunas de aspecto extraño y…
Se mueven hacia delante, envolviendo a Kyzari en un abrazo íntimo, encajando de una manera que me hace pensar en el málmr de Kaan.
Dos partes perfectas de un todo.
Estoy tan embelesada, sin aliento por la fuerza bruta de su amor catastrófico, que no me doy cuenta de que algunas de las lunas se mueven en lo alto y caen en picado hacia las llanuras cubiertas de nieve.
Hasta que impacta la primera.