La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 89. Raeve
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Capítulo 89. Raeve

Raeve

C on los hilos plateados que recogí en la guarida de mi Otra envolviéndome las manos, sostengo la abrasadora mirada de Arkyn. Le lanzo una sonrisa afilada que espero que sienta hasta lo más profundo de los putos huesos.

Con Ignos a la espera de que le indique la dirección de la comida prometida, abro mi trampa mental, dejando espacio para la canción de Bulder, que me golpea de lleno como un desprendimiento de rocas.

— ¡Buth du dunth, Bulder! ¡Hoth-ot túe!

Él refunfuña, como si supiera lo que tengo pensado; no muestra interés alguno, pero acepta de mala gana.

El suelo se sacude y, luego, comienza a temblar.

Un intenso crujido rasga el aire.

La muchedumbre estalla en gritos y huye despavorida mientras la arena se parte ante nosotros, como si unas garras invisibles la hubieran rasgado de un tirón.

Agarrándonos con fuerza el uno al otro, Kaan y yo conseguimos mantener el equilibrio justo en el borde de la enorme herida candente, que expulsa aire caliente y humo a la gruta.

«Parece que he de mejorar la coordinación espacial».

Kaan me insta a retroceder, alejándome de la amenaza de una caída interminable y abrasadora, mientras oigo a Bulder parloteando sobre que Ignos se alimenta de él como un parásito, todavía temblando.

Lo compadezco y le dedico unas palabras de consuelo.

Le prometo que curaré sus heridas con una canción calmante una vez que hayamos destrozado este maldito lugar y salvado a mi familia.

Él suelta un suspiro estruendoso, pero se tranquiliza y abre la boca aún más.

Sonrío, ofreciéndole a Ignos una deliciosa comida a base de rocas en las entrañas del precipicio derruido, en lo más profundo de la montaña. Le pido que se dé un festín con una ferocidad nunca vista, aunque no parece necesitar estímulos.

Todas las brasas de la arena se apagan como una ola tragada por el precipicio, sumiéndonos en una oscuridad casi completa, lo que provoca una tormenta de inquietud entre quienes aún no han escapado del graderío, todavía abarrotado.

Los labios de Kaan rozan mi oreja y su voz crepita cuando dice:

—Sé lo que estás haciendo, Rayo de Luna.

«Debería».

«Fue él quien me enseñó muchas de las palabras que acabo de pronunciar».

—Soy consciente de que soy malísima con las indicaciones, pero no hay tiempo para la exactitud —digo con una voz que no es mía, sino más ronca, un tributo al temblor que siento por dentro, como una adicta a la venganza buscando su dosis de sangre—.

Todo el público pedía tu muerte a gritos.

Lo oía desde… —«El fondo de mi lago»—. Da igual.

Si algunos mueren por las chispas, se lo tienen merecido.

—No son ellos quienes me preocupan.

«Ah».

«Ahora se pone sentimental, teniendo en cuenta todo lo que ha pasado».

Bulder retumba por el dolor de estómago, desesperado por deshacerse del magma que ahora se revuelve en sus entrañas. Es un buen comienzo, pero necesito que se sienta realmente desdichado .

Le susurro con voz melosa, obligándolo a aguantarse las ganas de vomitar por todas partes, y entonces me encuentro con la mirada de Arkyn a través de las ondas de calor.

Agarra la barandilla con tal fuerza que tiene los nudillos blancos.

Parece que quiere huir, pero no se atreve a apartar su mirada febril.

—Siento decirlo, pero tengo pensado joderlo a base de bien.

—Eso no es…

Otro fuerte estruendo sacude la montaña desde arriba. Un trozo de piedra se desprende y cae entre los gritos de la aterrada multitud, agolpada en las salidas.

Miro la constelación de runas brillantes que hay grabadas por todo el techo y se me dibuja una sonrisa al advertir un patrón en torno al agujero, que ahora actúa como un túnel de viento y nieve para la tormenta que se está desatando fuera.

Un patrón que indica que Ahvi diseñó la fortificación con un punto débil.

La sonrisa me dura poco, ya que una garra negra atraviesa la abertura y comienza a raspar los lados, como si intentara utilizar el defecto para quitarle la cima a la montaña.

Una garra negra que reconozco.

Detrás de mí, Kaan deja de moverse; tiene los brazos rígidos como piedras alrededor de mi abdomen.

«Parece que, al final, no es una caída lunar. Es Rygun intentando alcanzar a Kaan».

—Mierda —murmuro, y la garra se retira, pero entonces se asoma un ojo ardiente al agujero, con la pupila fija en Kaan, mirándolo con una devoción apabullante.

El rugido de Rygun azota el aire y se cuela gruta abajo, sacudiéndola entera.

Kaan se tambalea, así que se apoya más en mí mientras grita unas extrañas órdenes que se pierden entre el clamor, lo que hace que se le quiebre la voz, traicionándolo. Dada su urgencia, suelta cuatro palabras en un idioma que sí entiendo:

—¡ DEMASIADO FRÍO PARA TI !

Ahí fuera sí, pero aquí dentro… no tanto. Y, aunque las runas parecen muy eficaces manteniendo las cosas fuera, dudo que sean tan buenas para mantenerlas dentro.

Kaan grita otra serie de órdenes desesperadas, pero se calla cuando le pongo la mano en la mejilla, aferrado al hervidero de ira, dolor y rabia despiadada que es mi corazón ahora mismo.

Tenso el cuello y la lengua, y mascullo unas palabras feroces en angustiosa sincronía. Órdenes a Ignos y Bulder que rechinan, chisporrotean y se funden al salir de mis labios.

Ambos Creadores permanecen en silencio durante un instante, como si estuvieran atónitos. Me los imagino mirándose de reojo pensativos y acabar encogiéndose de hombros y dándose la mano en lugar de pegarse un puñetazo en el estómago, para variar.

El suelo retumba.

La montaña tiembla.

Clode suelta una risita, como si estuviera observando el desarrollo de los acontecimientos, emocionada al ver las almas de sus enemigos capturadas.

Sostengo la mirada encendida de Arkyn y, levantando la barbilla, doy una orden arrolladora.

— Luvth at uin shiith, Bulder ahn Ignos. ¡Nailen!

Del precipicio, comienza a brotar magma con una fuerza volcánica, adquiriendo la forma de dos dioses esculturales, uno de espaldas al otro.

Bulder, robusto y de hombros anchos. Ignos, ágil pero de complexión atlética, con una melena llameante.

Pierdo a Arkyn de vista mientras escupo una última orden con furia, ocho poderosas palabras para que se asfixie de una puta vez.

— ¡Lahvuu de ahn balcoon aht nah… shúneruin rath!

Bulder e Ignos se vuelven al unísono, levantan sus puños candentes y los dirigen al palco de Arkyn, propinándole a la plataforma una y otra vez unos golpes demoledores que la agrietan, la resquebrajan y la derriten.

La destruyen con unos vengativos ataques abrasadores mientras yo bullo por dentro, imaginando cada golpe como un tajo en su alma podrida.

Imaginando cada golpe como un ataque no propinado por unas marionetas forjadas en fuego, sino por Kaan…, Kyzari…, Veya…

Fallon.

Por todas las personas a las que él consideraba inferiores y a las que arrojaba a estas arenas para el disfrute de los más afortunados y poderosos, a quienes tan desesperadamente quería demostrar su valía.

Hasta que el palco se asemeja a un quiste reventado. Una herida sangrante a la que no hay manera de que Arkyn sobreviva.

Siento un triunfo febril llenándome por dentro, pero a la vez me deja hambrienta.

Rygun ruge tan fuerte que sacude el aire.

Alzo la vista.

— Duith ashh uin luvth. ¡Busta!

Mi enérgica orden hace que un puño gigantesco golpee el techo, agrietándolo como una cáscara de huevo y haciendo que lluevan piedras desde la abertura hacia la tormenta del otro lado.

Invitándola a pasar.

Un viento ciclónico cargado de nieve entra formando un remolino; un gran contraste con la piedra caliente que tenemos bajo los pies.

Rygun se embute por el agujero y comienza a abrirse paso a la fuerza, saturando la gruta entera con su inmensa figura, sin dejar de resoplar, ante los gritos de angustia de la gente, una multitud despiadada que ha venido a deleitarse con el sufrimiento ajeno, con el de Kaan .

Mi sed de sangre me hace salivar.

Tenso los músculos del cuello, afilo la lengua y escupo otra serie de palabras entre dientes. Mis apariciones ígneas se agitan y alcanzan las gradas, llevándose por delante a la muchedumbre, que grita como si de insectos en un alféizar se tratase.

Uno a uno, los gritos se van apagando, pero la rabia que siento sigue rugiendo en mi interior.

Por fin, Rygun irrumpe del todo. Va cubierto de hielo y parece que lleva una armadura; las escamas que quedan a la vista son tan mates que parecen absorber la luz.

De todos modos, solo tengo un instante para observarlo antes de que los Creadores atiendan mi súplica de empaparlo con chorros de magma.

Lanza un rugido atronador.

Ahora, chorreando lava, clava sus garras en las paredes, calientes y pastosas, y trepa por ellas con las alas extendidas, arrastrando su vientre.

A modo de maza, va triturando lentamente los bordes de lo que parece un mortero profundo, masacrando a quienes aún quedan en pie por no haber podido escapar por las salidas, que se encuentran obstruidas.

No se da un festín. Se limita a morderlos como si estuviera metiendo la cara en un plato de carne y, luego, sacude la cabeza, expulsando lo que queda. Les ofrece un final similar al que tuvieron aquellos a quienes vinieron a ver luchar por el derecho a vivir en esta puta arena despiadada.

Mientras tanto, les canto a Bulder e Ignos. Kaan me aprieta con más fuerza; creo que me está hablando, incluso gritándome, pero no soy capaz de oír nada más que el pulso en mis oídos.

El resto del mundo se vuelve insignificante mientras insto a los Creadores con órdenes que comienzan a quemarme por dentro, rebosantes de una necesidad voraz de raspar hasta el último vestigio de la asquerosa esencia de Arkyn de las entrañas de esta montaña.

Es como arrancar un corazón corrosivo con las arterias colgando del órgano carbonizado que se consume entre mis garras.

Eso es lo que tengo en mente mientras canto.

Canto.

CANTO …