Capítulo 88. Kaan #2
—Enfréntate a mí, Kaan Vaegor. —Su voz apenas es audible, pues habla con los labios apretados, pero sus palabras me golpean como si fuesen piedras—. Tienes que enfrentarte a mí.
Me vuelvo, siguiendo sus sigilosos movimientos. Estoy más desinflado que mi pulmón, que se comprime con respiraciones cortas y sibilantes.
—No puedo hacerle daño.
Se quita la máscara y la tira a un lado mientras su melena negra ondea con el humo.
—¡Será peor si no lo haces!
Sollozo. El tipo de cosa por la que pah me habría golpeado y quemado.
Mira al suelo con el ceño arrugado, examinando la humeante arena, y se arrodilla para coger la empuñadura de otra arma, una espada más pequeña, lo que me quita un peso de encima.
«Espada contra espada… Puedo mantenerla a distancia».
«Ataco el arma, no a ella».
Levanto la mía, toda la confirmación que ella necesita para arremeter con salvaje compostura.
Nos enfrascamos en una batalla fragorosa de la misma manera que Raeve y yo nos enfrascamos en nuestro baile en El Gran Flurrt: cada movimiento de nuestro cuerpo es un íntimo toma y daca.
Solo que estamos bailando con espadas, cortándonos mutuamente con todo el entusiasmo de dos personas que se enfrentan a la muerte.
La multitud se difumina.
El clamor de sus vítores se disipa.
Todo parece un poco menos agobiante.
Una vez más, Ignos se reúne entre sus omóplatos y esas alas llameantes, una extensión de su cuerpo, parpadean y danzan durante nuestro explosivo duelo, en el que enseñamos los dientes, gritamos y gruñimos desatados.
Sin embargo, por más que lo intento, me cuesta olvidar que cada chasquido me lleva a separarme más de ella.
Esa certeza me hace sentir como si estuviera a punto de que me empujaran a uno de los oscuros hoyos con los que pah me atormentaba.
Solo que esta vez no hay escapatoria, por mucho que tartamudee y chille.
Esta vez, Raeve estará en el hoyo conmigo tarde o temprano. Juró que su pena se haría oír si yo abandonaba este mundo primero, y la creo.
La sola idea me hace tambalearme y, al ver que la multitud ahoga un grito, me doy cuenta de que estoy sin aliento, con el pecho ardiendo y tanta humedad goteando de mis ataduras que me sorprende que me quede sangre para que mi corazón bombee.
Mi espada golpea el suelo con estrépito.
Caigo de rodillas, hundiendo las manos en unas brasas que apenas siento, mientras intento recuperar el aliento, con los pulmones comprimiéndose bruscamente.
Una alondra quemada revolotea cerca de mí, llamando mi atención. Va directa hacia Slátra y se le estampa contra el brazo, haciéndola estremecer.
Ella gruñe, mirando hacia la multitud.
Sigo su mirada hasta el palco coronado por pebeteros y veo a Arkyn tras la barandilla retorcida con su macabra corona.
Inclina la cabeza, una orden silenciosa que me hiela las venas.
«Es el momento».
Bajo la barbilla y contengo la respiración al oír a Slátra recoger mi espada del suelo. Cuando vuelvo a levantar la vista, la tengo ante mí empuñando dos armas mientras una tormenta de brasas se le enreda en el cabello, alborotándoselo.
De rodillas ante ella, apoyo las manos en mi regazo mientras mi pecho se sacude con cada gorgoteo.
Ella levanta ambas espadas y pone una a cada lado de mi garganta. Me estremezco y el corazón me late con tal fuerza que estoy seguro de que todo el mundo lo oye.
Por última vez, saboreo la plenitud de esos labios rojos, deseando ver su sonrisa, los hoyuelos que se le forman.
Qué no daría yo por una despedida como es debido, por hundir la nariz en el pliegue de su cuello y besarla detrás de la oreja…
Dejo de torturarme y cierro los ojos para que ella no tenga que soportar mi mirada vacía una vez que haya hecho lo que tiene que hacer.
—Hazlo —gruño presionando contra las frías hojas.
No me molesto en suplicarle que quiera a Raeve, que la cuide y la proteja. El hecho de que haya asumido esta carga me dice que hará todo lo que esté en su mano para evitar que Raeve se venga abajo.
—Mírame, pareja de mi Preciosa.
Se me escapa un doloroso lamento, pero hago lo que me dice. Y veo esas alas llameantes extendidas con tanto orgullo que casi la imagino como ella misma .
—Cuando veas a Raeve, dile que mi corazón sigue latiendo con el suyo. —Sus mejillas se hinchan con una melancólica sonrisa—. Y que estoy esperando a que venga a mí.
—¿Qué?
Slátra cierra los ojos y sus alas llameantes chisporrotean justo antes de que un brillo plateado le envuelva ambas manos. Algo que he visto antes…, cuando estábamos en Bothaim.
Da un respingo y comienza a jadear, la respiración entrecortada de alguien hambriento. Cuando vuelve a abrir los ojos, son de un sorprendente azul intenso y se enfocan en mí, analizándome con frenesí, recorriendo la arena, la multitud.
A mí otra vez.
El alivio suaviza su mirada, ilumina su rostro. Y duele; es tal puñetazo en las costillas que está a punto de hundírmelas. Porque, aunque esto lo es todo para mí —ver a Raeve lo es todo—, esperaba que no fuera ella quien tuviera que acabar conmigo.
Deja caer las espadas ante los abucheos de la multitud y se desata el pánico.
—Raeve…
Se acerca, me coge la cara y me besa… con fuerza.
Y despacio.
Y todos los matices entremedias.
Sus labios y lengua saben a brasas, algo que no cuestiono mientras me desmorono bajo su hechizo, como si me cantaran una serenata en medio de una guerra.
En silencio, rezo para que lo haga ahora, que me clave una daga en el corazón mientras estoy pegado a ella, en el único lugar en el que moriría feliz.
Se aparta, inclina mi cabeza hasta que su frente toca la mía y me mira con una dolorosa abundancia de…
—Yo también te quiero —dice con tal aplomo y seguridad que es como si clavara una estaca en el suelo e izase una bandera sobre ella—. Y no tienes nada por lo que disculparte.
Me cuesta coger aire tras su declaración y cuando abro la boca para hablar…
Todo tiembla, retumbando al son de los gritos de pánico de la multitud, como si algo enorme acabara de impactar contra la cumbre de la montaña.
Como una luna.
Raeve abre mucho los ojos y yo miro por encima de su hombro, más allá del palco de Arkyn.
Incluso él escudriña el techo, grabado con runas brillantes que se supone que protegen contra las caídas lunares.
Otra sacudida que hace temblar la montaña entera provoca una oleada de chillidos y gritos.
A duras penas, consigo ponerme en pie. Frunzo el ceño cuando siento un titileo dentro de mí, justo donde se encuentra la llama de Rygun. Un único destello que se filtra por mis venas como un soplo caliente.
«El tónico está perdiendo su efecto…».
Raeve se da la vuelta, dándome la espalda.
—Rodéame con tus brazos.
Hago lo que me dice y me agarro de su abdomen, sufriendo por la cercanía mientras le pregunto al oído:
—¿Qué estás haciendo, Rayo de Luna?
—Acabar con esto —dice con determinación.
Resuelta .
—Pero Kyzari y Veya…
—No van a salir vivas de esa celda a menos que las liberemos nosotros mismos. Me apostaría el puto mundo.
No hay tristeza en su tono, ni incertidumbre. Solo una profunda aversión hacia el hombre del palco, que nos observa con desdén, atravesado por la mirada acerada de Raeve.
Arkyn se inclina hacia un lado y le dice algo a uno de sus secuaces enmascarados, pero se queda quieto cuando Raeve empieza a levantar las manos, ambas envueltas en esos hilos plateados luminosos.
Aprieta los puños, les da la vuelta y luego alza los meñiques. Un «que te jodan» universal que provoca un grito ahogado colectivo.
—Raeve…
— ¡Guthh in thaissah vaugh, Ignos! —grita, una frase crepitante que me acelera el pulso, pronunciando cada palabra a la perfección con la sibilante acritud propia de la lengua voraz de Ignos—. ¡Geist shooth baghh, shekin tah!
Sus palabras reverberan y van seguidas de un silencio expectante, interrumpido por alguna que otra risa burlona. Pero ella ha conseguido la atención que buscaba.
Así pues, todos ven el momento exacto en que cada brasa y piedra humeante se enciende y comienza a palpitar con júbilo. La carcajada hambrienta de un Creador desenfrenado que se prepara para hincarle los dientes a su comida…, respondiendo a la llamada a las armas de Raeve.
Eso quiere decir que todos se dan cuenta, en el mismo instante, de que están atrapados en una jaula con una bestia desatada.