La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 88. Kaan
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Capítulo 88. Kaan

Kaan

M e obligan a arrodillarme ante los barrotes mientras se eleva la reja, con la punta de una espada sobre mi nuca.

Me quitan los grilletes de hierro, lo que me da un destello de esperanza, pero se apaga enseguida en cuanto noto la presión en mis tímpanos, igual que la que se siente bajo los arcos de Bothaim.

No me molesto en buscar en las paredes las runas neutralizadoras con las que sin duda están cubiertas, impidiendo la comunicación con los Creadores.

Abrumado por el humo y el hedor a sangre quemada, me empujan hasta dejarme a cuatro patas. Las brasas me queman las palmas de las manos mientras la reja se cierra a mi espalda.

Respiro entrecortadamente unas cuantas veces mientras hago acopio de fuerzas para levantarme y sentarme sobre los talones de mis botas.

La multitud ahoga un grito y del graderío comienzan a llegarme murmullos y burlas, provenientes de los cientos de personas que hay apiñadas.

Dado el tipo de gente que atraen estas arenas de combate —los leales a los valores de mi difunto pah—, no me sorprende ver a la mayoría de los espectadores inclinados hacia delante con los ojos rebosantes de odio y regocijo sádico.

¡ ES EL REY SALVAJE !

¡ EL PARRICIDA !

¡ TRAIDOR ! ¡ MATADLO !

En el espacio que queda entre Raeve y yo, hay un remolino de humo, aunque se disipa lo suficiente como para que pueda verla con claridad. Cruzamos la mirada durante un instante que parece una eternidad; sus centelleantes ojos negros están llenos de preocupación, pero me instan a mantenerme firme.

Inclino ligeramente la cabeza, asintiendo, y ella dirige la vista a un palco.

Sin duda, donde está sentado Arkyn.

Observando.

Fuera de nuestro campo de visión, redoblan unos tambores, con tanta fuerza que el suelo tiembla, como si el corazón de Bulder latiera bajo nuestros pies. La multitud ruge al tiempo que aporrea las balaustradas mientras ciertas zonas de la arena comienzan a abombarse.

Esas alas llameantes se despliegan, extendiéndose hacia los gritos ahogados de una multitud embriagada; más de mil personas preparadas para deleitarse con mi muerte. Sedientas incluso después de ver a tantos nulos gastar su último aliento en un gri­to de ayuda.

De clemencia .

Raeve gira la cabeza para hacer crujir su cuello en lugar de doblarla de lado a lado.

Otro breve recordatorio de que no estoy a punto de luchar contra el amor de mi existencia, sino contra un ser ancestral que durante mucho tiempo creí que lo había dado todo para que Elluin pudiera regresar a este mundo. En cierto modo.

¡ MATADLO !

¡ CORTADLE EL CUELLO !

¡ DESTRIPADLO !

Las protuberancias llenas de magma estallan, perforadas por las garras que las golpean desde el interior.

Noto otro gorgoteo en la garganta al tiempo que atisbo algo brillante por el rabillo del ojo: la punta de un mango metálico que sobresale entre las piedras.

Agarro la empuñadura y saco la hoja chamuscada.

La espada es mucho más pesada de lo que me resultaría si no estuviera sangrando como estoy, usando la mayor parte de las pocas fuerzas que me quedan para sostener el muro que mantiene a raya a Rygun.

Más de una docena de razah salen de su útero líquido y echan la cabeza atrás soltando chillidos y gruñidos.

Con los dientes apretados, giran sus ojitos brillantes en busca de su presa.

Sobre todo, la miran a ella , vulnerable en lo alto del montículo en que se encuentra, muy bien situada para que la rodeen y acabe devorada.

«Sin duda, esa es su intención».

Al ver que la mayoría de ellos, agitados y salivando, comienzan a dirigirse en su dirección, retraigo el labio superior.

Doy un paso adelante…

Ella gruñe al tiempo que levanta una daga y clava la mirada en un enemigo que se aproxima. Una orden silenciosa para que mantenga la espalda contra la pared, me concentre en mis rivales y no le dé a ella más preocupaciones de las que tiene.

Con un gruñido, me sitúo en posición defensiva. Ella hace lo mismo, girando mientras observa a las bestias que la tienen rodeada.

De repente, los razah arremeten contra ella, levantando piedras y ascuas en su carrera. Desplazo rápidamente la vista entre un enemigo que se me acerca y la horda que se aproxima a Slátra. Se me sube el corazón a la garganta al ver que las bestias alcanzan primero a Slátra.

La multitud ruge con malévola alegría mientras ella se lanza a la batalla con un gruñido y un brillo salvaje en los ojos, moviéndose con la rapidez y la violencia sigilosa de una bestia sacada de la cima de la cadena alimentaria.

El tiempo se detiene. Cada movimiento de su cuerpo es suave, ensombrecido por las alas blancas en llamas que se mueven a su compás.

No lanza sus dagas, como yo esperaba, sino que las utiliza como garras, acercándose a esas monstruosas criaturas achicharradas, que chillan sedientas de sangre. Parece disfrutar al sentir su último aliento en la piel.

Estoy a punto de ceder al miedo, convencido de que es solo cuestión de segundos que la golpeen o corten con una garra en alguna parte que no quede protegida por la armadura.

Sin embargo, las fieras bestias que dominaban la arena en los combates anteriores ahora parecen casi insignificantes: aúllan cuando les rajan la garganta o se les salen las entrañas, convulsionan mientras rueda su cabeza.

Tras cada rápido y sangriento asesinato, Slátra se aleja del cuerpo solo con algunas quemaduras superficiales que parecen avivar su ira.

Los razah restantes no tienen ninguna oportunidad.

Concentro mi atención en las dos bestias que se me echan encima mientras la multitud desvía su clamoroso odio de mí. Dirige su voraz afecto hacia ella.

¡ ALONDRA DE FUEGO !

¡ ALONDRA DE FUEGO !

¡ ALONDRA DE FUEGO !

Su veneración por el apodo me llena de rabia y suelto un bramido al cortarle el abdomen a un razah que no para de retorcerse, salpicándome con una sangre que me quema. Al mismo tiempo, la otra bestia se abalanza sobre mí, así que la agarro del cuello con la mano libre. Apretando.

Da dentelladas hacia mi cara, con un aliento que es como el hedor de un géiser lleno de carne podrida, sacando la lengua por entre sus dientes grises. Por fin, su garganta cede y la bestia se queda flácida como una muñeca.

La tiro a un lado y alzo la vista. Veo a Slátra corriendo hacia una bestia que se aleja mientras otra le pisa los talones a una velocidad preocupante.

Lanzo mi espada.

Corta el aire y la multitud contiene el aliento al verla clavarse en la nuca del monstruo que la persigue. Al oír el chillido de agonía, Slátra se da la vuelta y la salpica un chorro hirviendo de sangre que sale de la garganta de su presa.

Ella ni se inmuta. Pasa la vista de la bestia caída a la espada que se balancea en la nuca de esta y luego a mí, que también me balanceo. Gruñe, empujando a un lado a su presa sin vida, y otea la arena. Yo hago lo mismo, dándome cuenta de que…

«Solo quedamos nosotros dos».

Nosotros y un puñado de cuerpos desangrándose que la tierra se está tragando.

Incluso los espectadores se han callado, expectantes. Sin duda, preguntándose qué va a pasar; si están a punto de ver caer al rey quemado o a su querida campeona.

Conozco la respuesta. Y ella también, por la forma en que me mira, con una profundidad nada propia de una feérica. Una compasión visceral que proviene de algo que sabe mucho más de lo que nosotros, la gente sencilla, podemos comprender.

Dando bocanadas cortas y ruidosas, atravieso el terreno y me encuentro con la última bestia que he matado. Saco mi espada de su cráneo justo antes de que el arma sea absorbida por la humeante burbuja que se lleva al razah.

Slátra comienza a dar vueltas en círculo y, por el rabillo del ojo, capto su ligero asentimiento.

Pero ese es el amor de mi existencia. Ni siquiera esos brillantes ojos negros que me instan a hacer lo que sea necesario pueden hacerme verla como otra persona que no sea Raeve.

Como otra que no sea la princesa rota a la que di de comer en un salón y para quien toqué las canciones que hacían sonreír a mah con la esperanza de ver algo de luz en sus ojos, de darle un poco de fuerza para seguir adelante, para seguir luchando por vivir.

La idea de blandir esta espada contra ella, de pasar mis últimos momentos fingiendo intentar hacerle daño… va en contra de mi naturaleza.

Pero la vida de nuestra hija está en juego, también la de Veya.

Slátra se acerca sigilosamente.

Sintiendo la aplastante mirada de Arkyn, trazo un amplio arco con mi espada. Aunque la multitud ahoga un grito, el movimiento carece del brío necesario para infligir daño alguno.

Slátra la esquiva de un salto y se me acerca por la espalda mascullando:

—¡Tenemos que hacerlo creíble!

Inclino la cabeza, torciendo el gesto. Reprimo el impulso de deshacerme del nudo que tengo en la garganta soltando un grito de angustia.

Otra vez, la mirada escrutadora de Arkyn me pone la piel de gallina.

Al sentir que Slátra se acerca, dejo caer la cabeza hacia delante y respiro entre gorgoteos. Luego, me vuelvo a toda velocidad y arremeto contra ella. De alguna manera la pillo desprevenida, y, tras tirarla a un trozo de suelo frío, me siento sobre sus caderas, apuntando con la hoja a su garganta.

Sus alas chisporrotean y sus ojos centellean con sorpresa y respeto. Entonces, pego mi frente contra la suya, ignorando los gritos de la multitud, los cadáveres que se está tragando el suelo, la sangre ardiente en nuestro cuerpo.

—Te quiero, Rayo de Luna. —Se me quiebra la voz al pronunciar esas palabras y se me llenan los ojos de lágrimas, distorsionando su imagen—. ¿Me oyes? Te quiero. Y lo siento.

«Joder, cuánto lo siento».

Se le encienden los ojos.

Me empuja con una fuerza sobrenatural, y me deslizo por la piedra ante los gritos de la multitud sedienta de sangre, pero consigo aferrarme a mi espada.

Slátra salta. Sigue caminando en círculos a mi alrededor mientras ruedo de lado, apoyándome en manos y rodillas.

Luchando por ponerme en pie.