La balada de los dragones (La Caída Lunar 2) Capítulo 87. Veya
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Capítulo 87. Veya

Veya

S e está muriendo ! —Golpeo con tanta fuerza el cazo de la comida contra los barrotes que el impacto me sacude hasta los huesos.

Resuena como una pandereta mientras miro con ira al guardia enmascarado que está junto a la pared del fondo de brazos cruzados, esperando a que la diadema de Kyzari se desprenda para entregársela a Arkyn.

A Raeve.

—¿Es que no tienes corazón , joder?

La única respuesta que obtengo es el eco de mi desesperación, que me golpea en la cara.

Ni un solo movimiento. Ni siquiera parece respirar.

La ira me consume.

Cojo impulso con el brazo y golpeo los barrotes una y otra vez mientras grito y gruño. Y otra puta vez.

—¡ SE —golpe— ESTÁ —golpe— MURIENDO —golpe—, JODER !

Se me desencaja la cara y golpeo por última vez con un estruendo. Con los ojos apretados, pego la cabeza a los barrotes y dejo que se me hunda el pecho. Comienzo a sollozar entrecortadamente mientras me dejo caer.

«Le he fallado. Le di a Kyzari el diario para que tuviese esperanza y le ha quitado la vida…».

Al oír un suave aleteo por el túnel, miro hacia arriba. Una pequeña alondra de papel emerge de la oscuridad y se inclina suavemente hacia mi celda y la de Kyzari. Aumenta la velocidad, batiendo las alas con más fuerza cuanto más se acerca.

Por primera vez desde el cambio de turno, el guardia da señales de vida y echa a correr tras la alondra.

—No creo que eso sea para ti, imbécil.

Sigue avanzando en silencio.

Suelto el cazo y me levanto. Gruño dirigiéndome a la esquina de mi celda y me agarro a los barrotes con las manos temblorosas.

El guardia intenta atrapar a la alondra, pero ella va danzando de lado por entre los barrotes de la celda tres puertas más allá, al son de los improperios de este.

El corazón me late con fuerza en la base de la garganta mientras ella vuela de celda en celda hasta que por fin se mete en la mía… y pasa de largo junto a mí.

La cojo de todos modos. La pobre está tan maltrecha que me pregunto si no la habrán sorprendido unas cuantas tormentas.

—No se te permite recibir mensajes —dice el guardia, cuya voz queda amortiguada por la máscara—. Entrégamela. Ya.

Se acerca.

Yo me echo atrás, lo suficiente para que no pueda alcanzarme.

—No te oigo —murmuro, y él gruñe dando una patada a los barrotes mientras yo aliso los pliegues, revelando el mensaje que contiene:

Kyzari:

Siento cómo terminó nuestra conversación.

Acudiste a mí en busca de ayuda y te fallé.

Por favor, perdóname.

¿Dónde estás? Iré, sea donde sea. Entiendo que quizá no quieras verme y, aunque lo respeto, hay algo de lo que he de hablar contigo. Por favor, al menos respóndeme para saber que estás bien.

Kaan

Me seco las lágrimas de las mejillas y vuelvo a doblar el pergamino, preguntándome si ya le han dicho que Kyzari es su hija. Si Arkyn lo ha torturado con esa información, dándoselo todo para arrebatárselo después. Antes de alardear de que casi la mata a golpes, y todo por mi culpa.

«Le quité a mah a Kaan y ahora también le estoy quitando a su hija…».

Una breve y temblorosa inhalación paraliza mi afligido corazón.

Me vuelvo y dirijo la vista a Kyzari, que está envuelta en la capa blanca de Raeve, pegada a los barrotes que nos separan… Se me corta la respiración y me tiran tanto los tendones que parecen a punto de romperse.

«Por favor, no. Por favor, que no sea lo que creo que es».

Su espalda se sacude con otro gorgoteo que me hiela las venas. Los estertores de una muerte inminente.

Me trago el nudo que me atenaza la garganta y me muerdo el labio inferior para detener su temblor, consciente de que solo hay una cosa que puedo hacer por ella ahora.

Abrazarla. Acompañarla hasta el final con una ternura que nunca tuvo en este mundo.

Ignoro la mirada maliciosa del guardia, que se ha vuelto a apoyar contra la pared, y me acomodo en el montón de paja sucia junto a los barrotes, meto los brazos entre los suyos y tiro de Kyzari, lo cual resulta más difícil de lo que imaginaba, ya que su cuerpo es un peso muerto difícil de manejar.

Intentando no pensar demasiado en eso, meto la alondra de Kaan en la húmeda mano de su hija, justo encima de su málmr, y la estrecho contra mí tanto como me permiten los barrotes.

Empiezo a contarle historias de la estancia de Elluin en Dhomm.

Riendo, le hablo del dae en que nos invadió un enjambre de escarabajos muri, de que incluso Clode se negó a ayudarnos a barrerlos. Aunque tal vez fue porque Elluin se reía demasiado como para pronunciar las palabras debidamente.

Le cuento que, a pesar de llevar la Piedra Éter, Elluin podía moldear las llamas para formar unas flores tan calientes que se volvían blancas, como los vurillos que crecen en La Sombra, que aún hay en el atrio de su difunta abuela.

Se me hace un nudo en la garganta al contarle que una vez vislumbré a Elluin en plena noche acurrucada en un rincón oscuro de la Fortaleza Imperial rodeada de flores. Llorando.

La única vez que la vi mostrarse vulnerable.

Continúo con historias de Kaan. De cuando yo era joven y estaba perdida y él me dio todo lo que tenía… Al darme cuenta de que yo tenía mucho más de él de lo que ella jamás tendría, me siento abrumada por una culpa que me desgarra el alma.

Su respiración se vuelve superficial y menos frecuente.

La abrazo con más fuerza y aprieto sus manos entre las mías. Ruego por que cada latido de mi corazón le dé fuerzas al suyo, aun sabiendo que es inútil.

—Te queremos mucho, Kyzari. —Las palabras se me atascan—. Estoy aquí. Estoy contigo.

«No estás sola».

Un fuerte golpe seco me hace volver la vista al guardia, que ahora yace de lado en el suelo, inmóvil. Parece que se haya caído y se haya quedado dormido. Creería que ese es el caso de no ser por el charco de sangre que se está formando debajo de él.

Frunzo el ceño al oír el tintineo del metal, que me pone los pelos de punta.

Entorno los ojos al divisar dos manitas de color rosa pálido, parecidas a garras, que dirigen un llavero hacia la cerradura de mi puerta, unas manos que no están unidas a un cuerpo, sino que flotan por sí solas.

«Supongo que el mentalista me jodió la cabeza a base de bien».

El aire se agita como si fuese una tela arrugada que cae para revelar a una miskunn erguida con sus grandes ojos rosados entrecerrados, concentrada en introducir una de las numerosas llaves en mi cerradura, ajena al hecho de que su velo de invisibilidad acaba de caer al suelo.

—¿Quién eres tú?

La miskunn se queda quieta. Mueve los ojos lentamente en mi dirección y parpadea. Menea la cola una vez, con el característico penacho de una hembra, y lleva una túnica de lana con muchos bolsillos de colores, los cuales parecen perfectos para esconder cosas.

—Uno.

—Bueno, y… ¿qué estás haciendo?

Ladea la cabeza y me mira con el ceño fruncido moviendo la cola.

—Rescatando, por supuestos.

El corazón me da un vuelco.

«Rescatando».

—¿Estoy alucinando? —pregunto con la voz temblorosa, delatando la esperanza en mi pulso.

«Por favor, que no sea una alucinación».

—No, pero tenemos que darnos prisa o la princesa no llegará a tiempo para no morir.

Paralizada, lo único que puedo hacer es observar a Uno abrir la cerradura.

Debería sentirme más aliviada, pero, mirando a Kyzari, con los labios azulados y la respiración cada vez más débil, tengo la certeza de que no hay vuelta atrás.

Se va a morir, ya sea aquí o…

«En cualquier lugar menos aquí, en esta celda que parece una tumba».

Me pongo en marcha, separándome delicadamente de Kyzari mientras Uno abre la cerradura de mi celda, empuja la puerta y entra a gatas con el llavero en la boca.

Mientras se afana en soltarme los grilletes, advierto la suciedad de sus pies y abro unos ojos como platos al ver salpicaduras de sangre en su pelaje.

Desplazo la vista al guardia y al charco carmesí que se extiende por mi celda…

«Por todos los Creadores. Será mejor que no la haga enfadar».

El grillete cae, dejando al descubierto una herida por la fricción.

—Gracias —susurro poniéndome en pie de un salto.

—De nadas, Veya. —Uno sale corriendo por la puerta, salta por encima del charco de sangre y se ocupa de la puerta de la celda de Kyzari, probando las llaves con habilidad.

Una vez en el túnel, recojo el velo de Uno y me lo echo al hombro, manteniéndome alerta a pesar del inquietante silencio.

Me pone la piel de gallina.

—Hay tanto silencio…

—Sí, viene la caída lunar. Muchas .

La frase es suave, pero impacta de tal manera que la siento desde el pecho hasta la mandíbula, que se me queda floja.

—¿Cuándo?

—Pronto.

El tono de voz de Uno, que denota que sabe algo, me hace sentir un escalofrío.

—¿Estaremos a salvo fuera?

—No más opción.

Abro la boca, aunque la cierro de golpe en cuanto la cerradura cede con un ruido metálico, me apresuro a entrar y me arrodillo junto a Kyzari.

Uno se pone manos a la obra, pero frunzo el ceño al darme cuenta de que no está tratando de abrir el grillete.

Más bien, se está centrando en la cerradura que une el grillete del tobillo de Kyzari a la cadena que está sujeta al suelo.

Señalo la zona donde la gruesa brida le ha levantado la piel.

—Si te parece bien, preferiría que no llevara eso puesto cuando…

—Tengo que dejar grilletes. Si Veya quiere vivir, claro.

Estoy a punto de preguntarle qué quiere decir cuando el candado se abre con un clic.

Uno se queda inmóvil, salvo por su cola, que mueve hacia delante y posa en la cara de Kyzari.

Se le agrandan los ojos y el rosa pálido se transforma en un remolino iridiscente que me pone la piel de gallina al tiempo que su tez, ya pálida de por sí, se aclara tanto que prácticamente se vuelve transparente.

Tras un largo y angustioso instante, parpadea y vuelve a la normalidad.

Relaja la cola, aunque suena tan tensa al hablar que parece a punto de romperse.

—Hemos de darnos prisa. O moriremos.

—Creadores…

—Tú llevas. —Arranca un botón rosa brillante de su túnica y lo tira al suelo—. Uno es muy pequeña.

Decidiendo no preguntar por el botón, me guardo la alondra de Kaan en el bolsillo y paso los brazos por debajo de Kyzari. La levanto y me la pego al pecho, flácida y húmeda, dedicándole a Uno una sonrisa forzada.

—Pequeña pero muy valiente.

Su sonrisa de respuesta es una hilera de dientes brillantes que le ilumina el rostro. Quizá la sonrisa más aterradora que he visto nunca.

—¿Por dónde?

Uno se pone en cabeza y mira a izquierda y derecha por el lúgubre pasillo con la cola alzada.

—Creo que por aquís. —Se lanza hacia la izquierda y se detiene, llevándose su delicada mano a la boca—. Creo.

—Vale la pena intentarlo.

Avanzamos a toda velocidad por el túnel, húmedo y sinuoso, que parece no tener fin y solo está iluminado por algún que otro candil o antorcha. En cuanto pasamos junto a un manantial que brota a un lado y cae en una pila toscamente tallada, Uno se anima.

—Sí. Es aquís.

Se adelanta.

Siguiendo el balanceo del penacho de su cola, que parece un pincel en la oscuridad, me acerco a Kyzari, atenta a su respiración.

«Si se vuelve muy débil o fuerte, me detengo, me apoyo contra la pared y la dejo morir prestándole toda mi atención. No corriendo».

Cuando llegamos a una bifurcación, Uno mira hacia los tres pasadizos y los olfatea, moviendo la cola mientras la tensión se apodera de nosotras.

—¿Alguna pista?

—Uno no sabe. —Se da la vuelta, doblando el lomo en posición defensiva, lo que hace que se me erice el vello de la nuca.

Me doy la vuelta a tiempo de ver a una enorme criatura plateada salir del lúgubre túnel por el que acabamos de pasar, moviéndose con la misma flexibilidad de un siegasable adolescente.

De sus enormes fauces, cuelgan dos colmillos que reflejan la luz de los candelabros en llamas y su pelaje es un conjunto de cintas que juguetean con el aire viciado.

El corazón se me para de golpe.

«El Cambiasinos».

Uno bufa como si se dispusiera a ir a la guerra, quizá olvidando que es tan pequeña como para que la gigantesca y majestuosa bestia la use de trapo, o de calcetín.

Sus ojos rasgados se dirigen a Kyzari, haciendo que se me paralicen todas las células del cuerpo.

La aprieto más contra mi pecho, a punto de unirme a Uno y gruñirle yo también, pero entonces la bestia comienza a gemir y se agacha hasta quedar casi a ras del suelo, justo por debajo de mi campo de visión.

El bufido de Uno pierde todo su poder.

La bestia se acerca poco a poco, gimoteando de tal manera que me escuecen los ojos. Eso da a entender que está sufriendo.

A pesar de ello, retrocedo. Me muevo al compás de sus pasos hasta que choco contra una pared con los hombros.

Me doy la vuelta, protegiendo a Kyzari con mi cuerpo. Gruño cuando la bestia me olfatea y me tantea dándome un empujoncito al tiempo que me lame el costado del brazo…, justo al lado de la cara de Kyzari.

Atisbo un movimiento en la Piedra Éter, como si algo dentro de ella…

Brillase.

Frunzo el ceño y echo un vistazo por encima del hombro, encontrándome de nuevo con los grandes ojos del Cambiasinos, cuyas pupilas rasgadas se vuelven redondas, como dos lunas gemelas. Echa su pelaje a base de cintas hacia delante para amortiguar a Kyzari como una almohada…

«¿Qué coño está pasando?».

Suelta otro gemido y yo murmuro una maldición al tiempo que me inclino de modo que no alcance la mejilla de Kyzari.

El Cambiasinos me empuja lejos de la pared para poder darle unos cuantos lametones en toda la cara, como una mascota cariñosa.

Miro detrás de la bestia, a los grandes ojos observadores de Uno.

Ella se encoge de hombros.

Otra respiración entrecortada provoca a la sierpe de ansiedad que tengo enroscada en el pecho.

El Cambiasinos retrocede de un salto y comienza a gruñir agazapado mientras avanza trazando arcos lentos pero constantes, conduciéndonos hacia el túnel de la derecha, ya sin delicadeza alguna.

Tan solo dándonos la feroz orden para que obedezcamos .