Capítulo 86. Kaan #2
—Me habría gustado acabar contigo, hermano…
, pero me he encariñado con el cosquilleo que siento en las yemas de los dedos.
—Arkyn alza la hoja y da un paso atrás para examinar su obra.
Luego, me la pone contra el esternón y comienza a darme otro tajo cruelmente—.
Renunciar a mi sed de sangre por la mera satisfacción de arrebatarte el aliento me parece un desperdicio. Además, prefiero ver cómo lo hace ella.
Levanto la mirada, con el pulso acelerado.
¡Alondra de Fuego!
¡Alondra de Fuego!
¡Alondra de Fuego!
—Teniendo en cuenta que te creíste su notita hace tantas fases y la dejaste marchar con tu descendencia en su vientre, se merece acabar ella misma con el hombre que le falló cuando más lo necesitaba.
—Logra esbozar una sonrisa sádica a pesar de tener la boca mutilada, aunque desaparece en un abrir y cerrar de ojos—.
Pero, primero, un pequeño regalo de despedida, para que pienses en mí cada vez que respires hasta tu último aliento.
Me clava la pequeña hoja entre las costillas y la dirige al lóbulo inferior del pulmón derecho. A pesar del dolor, mi rugido ahogado se debe solo a ella …, porque Arkyn tiene razón.
Le fallé a Elluin. Le fallé a Kyzari.
«Igual que le estoy fallando a Raeve».
Ella se verá obligada a matarme y sé que nunca se recuperará de haberlo hecho. Esto será el fin para ambos, de una forma u otra.
Gira la delgada hoja, como si tuviera un dedo entre mis costillas, separándolas aún más.
—Con tu muerte, demuestro que soy más fuerte que tú, aunque pah estuviese demasiado ciego para verlo. Lo celebraré durante el resto de mis daes.
Saca la hoja de golpe.
Jadeo, respirando superficialmente. No consigo aire suficiente para evitar que me dé vueltas la cabeza y mi siguiente respiración es brusca, acompañada de una tos dolorosa que sabe a metal y de sangre manando por la herida.
Una señal clara de que me ha perforado el pulmón.
Al mirar más allá del monstruo que intenta destruir a mi familia, veo doble. Me centro en Raeve, apenas visible por el remolino de humo.
Atisbo sus ojos: abiertos.
Me mira a través de los barrotes: ojos negros y brillantes, con destellos apenas visibles desde esta distancia. La confirmación de que se ha entregado a Slátra.
O tal vez Slátra la haya tomado por la fuerza. Quizá ella sea consciente de lo que se le ha ordenado a Raeve y haya asumido la tarea de acabar conmigo. Protegiendo a Raeve, como siempre ha hecho.
«Como espero que siempre haga».
¡Alondra de Fuego!
¡Alondra de Fuego!
Arkyn se interpone en mi campo de visión al retroceder y les hace un gesto a sus guardias. Estos se acercan, me vendan las heridas con una tela negra y me colocan una armadura de cuero marrón que me cubre hombros, pecho y muslos, ocultando parcialmente mis pantalones, quemados y hechos jirones.
Alguien se acerca con una máscara de bronce, pero Arkyn levanta una mano.
—Sin máscara.
La tranquila orden provoca una oleada de inquietud en la celda, como el amenazante balanceo de un hacha. Todos se quedan quietos, incluso los que me están atando el parche de cuero al brazo derecho, cubriendo un gran moretón.
—Tienen que verle el rostro. Su muerte en la arena será el pago por sus crímenes de guerra contra la Ciudadela.
Resoplo a través de mi mordaza, furioso.
Sin duda, es un trato. A cambio de que el Triconsejo apoye su ascenso al poder en el norte.
Ingenioso.
Solo espero haber hecho lo suficiente por mi pueblo durante el tiempo que he ocupado el trono. Haberles infundido suficiente libertad en las venas como para que no vuelvan a dejar que les pongan unos grilletes.
Que luchen por el bien que hemos trabajado tan duro por cultivar.
Cuando los guardias terminan de atarme, dan un paso atrás al tiempo que Arkyn se acerca casi tanto que podría reventarlo de un cabezazo.
—Ahora, voy a decirte lo mismo que le dije a Raeve.
—Ladea la cabeza—. Si quieres que tu hija y nuestra hermana sobrevivan, vas a montar un espectáculo para mi público que los distraiga de las caídas que se avecinan.
Algo de lo que hablarán durante eones; un acto de venganza ofrecido por mí en estos tiempos tan oscuros y difíciles.
Solo cuando esté satisfecho, cuando asienta con la cabeza desde mi palco, mi Alondra de Fuego te ofrecerá la clemencia de la ejecución.
Me quedo sin fuerzas, cada uno de mis músculos se vuelve blando, como mi pulmón dañado.
«Quiere que luche contra la mah de mi hija, el amor de mi existencia».
«Quiere que la golpee, que le haga daño por el bien de mi hermana y mi hija».
«Puto
sádico
enfermizo».
—¿Lo entiendes, hermano ?
No asiento de inmediato; no se lo doy tan fácilmente. Pero llega, porque eso es lo que ella querría, lo que Raeve me exigiría.
«Hacer lo que sea necesario para garantizar que Kyzari y Veya sobrevivan».
Arkyn desliza su hoja ensangrentada entre la mordaza y mi mejilla para quitármela.
—¡ DILO ! —ruge con los caninos brillantes, los ojos como platos inyectados en sangre y las venas de las sienes abultadas.
—Lo… entiendo.
Nunca he pronunciado palabras tan repugnantes mientras me tragaba otro millón de ellas que quiero meterle a la fuerza hasta que se ahogue. Pero me falta el aliento, me faltan latidos como para gastarlos en él.
Lo único que quiero es que se aparte de mi maldito camino para ver a Raeve de nuevo. Para amarla aunque sea desde lejos el poco tiempo que me queda.
—Bien. —Se da la vuelta para marcharse, pero se detiene y me mira por encima del hombro—. Dime, ¿qué sentiste?
Quizá vea mi confusión.
—Al acabar con pah, al cortarle la cabeza. —Hace una pausa y añade—: Dime qué sentiste, con detalle.
Es difícil pasar por alto la febril desesperación de sus ojos, el ansia codiciosa de que le ceda parte del placer que cree que le he robado.
Solo que la venganza no te aporta ninguna sensación de paz.
Deshacerte de ese picor solo levanta un velo, revelando lo vacío y solo que te quedas cuando pasa el desmán.
Sin Rygun, un reino destrozado que levantar, los pedazos de Slátra por localizar y la promesa de hacer de este mundo un lugar mejor para Kyzari mientras la cabeza de pah aún colgaba de mi puño…
Podría haber ido al sur, cerca del lugar donde Elluin expiró, y haber cavado una tumba para mí y meterme en ella.
Me aclaro la garganta, donde se me acumula la sangre, y le digo a Arkyn la verdad, aunque no se la merece.
—No tan… bien como… esperaba.
La decepción se refleja en sus ojos.
Gira la cabeza y mira hacia Raeve, que sigue de pie en ese montículo rocoso, envuelta en unas alas blancas deshilachadas. Toma aire entre dientes y se marcha, dejándome solo con un grupo de guardias listos para acompañarme a la arena.
Para acabar degollado a manos de quien amo.