Capítulo 86. Kaan
Kaan
O tro chillido agudo resuena en mi celda, una de las muchas que rodean la arena.
Levanto la barbilla del pecho y miro a través de mis mechones empapados en sudor. Un hilo de sangre se me cuela en el ojo, distorsionando mi ya deteriorada visión de la sangrienta arena de combate que tengo delante.
Poso la vista en un razah, encorvado y retorcido como un feérico quemado lleno de costras, sin orejas, nariz ni pelo, como si se le hubieran chamuscado.
Tiene la boca abierta, en la que se ven unos dientes más afilados que los de un dragón, y sus pequeños ojos brillantes clavados en su objetivo, que huye.
Una feérica con ampollas en las piernas y el miedo reflejado en sus ojos. Su largo cabello no es más que una franja pálida mientras corre por la arena, haciéndome evocar la imagen de Kyzari. No de mi sobrina, como me han hecho creer, sino de mi propia sangre.
De mi hija .
La maravillosa prueba de que el amor entre su mah y yo era real, vaya si lo era.
Aún no lo he asimilado; para mí todavía es un regalo que no me atrevo a aceptar por miedo a que se escurra entre mis dedos. Porque eso es justo lo que podría pasar.
«Lo que podría pasar con ella».
La feérica tropieza en su huida, y siento cómo se me revuelven las tripas.
—Levántate —grito, ahogado por la mordaza.
«¡ LEVÁNTATE !».
El razah se abalanza sobre ella, derribándola, agacha rápidamente la cabeza y le arranca un trozo de carne de la pierna.
Incapacitada, la joven aúlla, algo que me desgarra y me hace soltar un gemido mientras la veo arañar el suelo humeante. Se ve arrastrada hacia atrás por la tierra en dirección a un hervidero volcánico que los engulle a ambos al son de mis gritos ahogados.
«No es Kyzari», me digo una y otra vez.
«No es Kyzari».
Pero es la hija de alguien, tal vez la amante de alguien o el sentido de su existencia.
«Lo es todo para alguien y ya no está».
Tiro de los gruesos grilletes de hierro que me mantienen suspendido del techo, activando sus runas. Casi agradezco la punzada que surge como respuesta, pues los fríos grilletes de metal parecen mandíbulas clavándose en mi carne y huesos.
Una crueldad, supongo, aunque palidece en comparación con el dolor lacerante que siento en el pecho. Es como si esos mismos grilletes estuvieran alrededor de mi corazón y lo mordiesen cada vez que late.
Hago todo lo posible por ignorar la incontenible agonía, por recomponerme mientras destrozan a otras víctimas, a las que les arrancan las tripas, que caen sobre el ardiente suelo.
Sus alaridos quedan ahogados por el rugido de una multitud insaciable que no veo desde aquí abajo; gritos y aullidos que perduran mucho después de que la mayoría de las bestias hayan regresado a las entrañas de fuego cargadas con comida fresca.
Siento un escalofrío a pesar del calor, aún atormentado por el frío que me entumece por dentro, por ese líquido que Sereme me obligó a ingerir, así como otras dosis que me han dado contra mi voluntad.
Es muy posible que esté teniendo el mismo efecto en Rygun, que él no sea consciente de mi sufrimiento, pero no pienso correr el riesgo.
Así, me concentro y añado otra escama de mi esencia al muro interno que lo separa de mí.
Un muro que he estado reforzando y ahora es tan grueso que se mantiene en pie incluso aunque yo pierda el conocimiento.
Por poderoso que sea Rygun, tan al sur el frío acabaría con él. Sería una muerte lenta pero inevitable.
Si percibe la más mínima señal de que estoy en peligro, acudirá y esto se convertirá en una tragedia aún mayor.
Añado otra escama más a mi muro justo cuando pasa Arkyn con una corona acabada en puntas colgando de su mano.
Se detiene ante la puerta con rejas mientras su ajada capa ondea al viento sulfuroso que emana de la arena.
Se le cae la capucha, dejando al descubierto la parte posterior de su cabeza, muy parecida a la de pah cuando se la corté: tiene zonas con algunos mechones lacios de pelo oscuro, aunque el resto es un amasijo de carne desfigurada por las llamas.
Una prueba irrefutable de que la siegasable de pah lo persiguió por las llanuras y lo chamuscó.
Reina el silencio entre nosotros mientras Arkyn observa al último feérico enfrentarse a un pequeño razah que patea el suelo…
—Mah me contaba historias sobre estas bestias cuando era joven —murmura tan bajo que imagino que lo dice más para sí mismo que para mí—.
Decía que son los espíritus rabiosos de los feéricos perecidos, mentes cegadas por su sed de sangre, cuerpos arrojados al fuego y vueltos a forjar por Ignos de una manera que nadie comprende del todo.
Nunca se cansan de la batalla. Si los masacran, las brasas los engullen, pero los escupen enteros de nuevo. O se alimentan y crecen.
El razah arremete contra el joven feérico, derribándolo, y le arranca la tráquea con un movimiento rápido, todo ello al son de los aullidos de la multitud sedienta de sangre.
Gritos y abucheos que resuenan mucho después de que la última bestia haya vuelto a sumergirse en el hervidero de lava que la engendró.
—Esta horda ha crecido y se ha vuelto mucho más fuerte desde que mi Alondra de Fuego me abandonó.
Quiero arrancarle el nombre de la boca, tallarlo en un arma y desollarlo con ella. Despedazarlo miembro a miembro por lo que le ha hecho a mi familia.
Tiro de mis grilletes, pero me quedo quieto cuando comienza a levantarse con sacudidas una reja al otro lado de la arena. Poco a poco, va revelando la figura esbelta de una persona envuelta en la oscuridad.
El corazón me da un vuelco, dejándome sin respiración.
La reja sigue levantándose hasta que parece una mandíbula abierta de par en par.
La mujer atraviesa las nubes de humo y vapor, que solo me permiten vislumbrar imágenes fugaces de ella. Primero, sus pies, con unas botas de cuero que facilitan el movimiento. Sin duda, no la protegen contra el abrasador terreno de roca casi fundida.
Otra nube de humo revela casi todo del cuello para abajo, donde lleva placas de armadura plateada ya ajadas que le cubren algunas partes de su cuerpo: los hombros, los pechos y la curva de las caderas.
Debajo, se aprecia un tejido blanco deshilachado, como una falda corta rasgada, y empuña una daga en cada mano.
Todo ello distorsionado por las ondas del calor y la bruma de la arena volcánica.
—Maravillosa, ¿verdad?
Ignoro a Arkyn, pues tengo la suerte de poder ver el rostro de ella, oculto en su mayor parte por las vetas y filigranas de un ornamentado yelmo de plata que cubre todo excepto sus ojos, mandíbula y labios.
Su pálida piel está impecable, sin ninguna de las quemaduras que la devoraron hasta los huesos en algunas zonas, sin duda sanadas desde que se la llevaron de aquella mesa con una mirada tan vacía que estoy seguro de que se había escondido en algún lugar profundo.
Pero sé que es Raeve. Aunque sus movimientos son más animalescos que feéricos, con una agilidad propia de una elegante bestia.
Aunque sus ojos sean negros.
Aprieto los dientes contra la mordaza, desesperado por gritar su nombre y sentir su mirada sobre mí. Que sepa que estoy aquí.
Que estoy con ella .
Mientras se dirige hacia el centro de la arena, la piedra volcánica se despierta, palpitando con un calor luminoso bajo sus pies, entre los gritos y exclamaciones de la multitud.
Se me acelera el pulso cuando las llamas se elevan, acumulándose entre sus omóplatos mientras pasan del rojo al amarillo y al blanco intenso, como las alas desgarradas de un plumaluna desplegadas.
Sube por unos montículos de piedra roja y gris cubiertos de humo con el porte de un depredador alfa mientras la muchedumbre comienza un cántico. Por ella.
¡Alondra de Fuego!
¡Alondra de Fuego!
¡Alondra de Fuego!
—Siempre me pregunté por qué cuenta con el favor de Ignos aquí —dice Arkyn con adulación mirándola con una curiosidad que roza la obsesión, al parecer embelesado de una forma que me repugna—. Supongo que ahora puedo empezar a entenderlo, ahora que conozco su herencia.
Quiero rugir. Estamparlo contra el suelo y decirle que no entiende nada.
Nunca lo entenderá.
—Veo cuánto la quieres. Yo también sé lo que se siente cuando te quitan algo que quieres.
Pero mírala —dice con arrogancia observando a Raeve detenerse en un montículo de roca humeante, con la barbilla apoyada en el pecho y esas alas llameantes envolviéndola como un capullo vaporoso—.
Es demasiado para un tonto de buen corazón como tú.
Sus palabras me hieren. Mucho más de lo que jamás le haré saber.
¡Alondra de Fuego!
¡Alondra de Fuego!
¡Alondra de Fuego!
Arkyn se pone la afilada corona y da media vuelta.
Al ver su rostro desfigurado, se me queda el aire atascado en la garganta. Parece una versión delgada y encorvada de pah.
—Aprenderá a tolerarme en tu ausencia. —Se le crispa el rostro mientras lo observo, como si estuviera juzgando cada movimiento de mis ojos—. Pero primero ha de ser domada debidamente, como cualquier bestia leal.
Gruño. Me sacudo.
No veo la navaja que lleva en la mano hasta que me la clava en el pecho, haciéndome una herida superficial que se abre con cada movimiento brusco.
Por la alegría que se refleja en sus ojos mientras observa el tajo, por el temblor en su respiración al darme otra puñalada, cree que estoy sufriendo a causa de su navaja, ajeno a lo entumecido que estoy.
Físicamente.
Qué puta pérdida de tiempo para él pensar que el dolor va a distraerme de la herida abierta de mi corazón; de saber que Raeve está en una arena de combate presa de un monstruo que acaba de tirarle a la cara su pasado y se lo ha hecho tragar por puro sadismo; de saber que mi hija está ahora mismo en una celda cercana magullada, quizá luchando por sobrevivir.
Kyzari debería estar en mis brazos. Debería abrazarla tan fuerte que se olvidara del dolor y la hiciera sentir segura.
Querida.