Capítulo 85. Pyrok
Pyrok
E SSI !
Caigo de rodillas y me arrastro por la nieve.
Me siento como si tuviera doce fases otra vez y estuviese viendo a mah cruzar ese puente celeste, dando un paso certero por encima de la barandilla mientras yo gritaba su nombre y la veía chocar contra el suelo en la maldita zanja de abajo, de donde ya no volvió a moverse.
— ESSI … No.
«Esto no está pasando».
«¡ ESTO NO ESTÁ PASANDO , JODER !».
Ignos comienza a debilitarse, pero aparto la vista del lugar donde he visto desaparecer a Essi, demasiado asustado por lo que pueda ver. Su cuerpo en el barro destripado.
Sin vida.
Acuden más fundefauces en masa, como una tormenta atronadora.
Sin duda, atraídos por el hedor de la carne chamuscada, chillan y se lanzan en picado para atrapar a las bestias asadas.
Algunos se acercan tanto que están a punto de azotarme con la púa de la cola mientras me dejo caer sobre los talones llevándome las manos al pelo.
«Ella acaba de…».
« ELLA …».
Un chillido ensordecedor cruza el aire lleno de humo.
Se me eriza el vello de la nuca y, al levantar la vista…, me topo con los ojos rojo brillante de un fundefauces color morado que se abalanza sobre mí con las garras extendidas, listas para atraparme. Es un macho, a juzgar por su descomunal tamaño.
Su rítmico aleteo azota el aire contra mi piel, removiendo cenizas y brasas al tiempo que aviva las ascuas.
Ya está. El horrible final que llevo esperando desde el dae en que no me di cuenta de lo que mah estaba a punto de hacer.
Desde que la seguí por el castillo como una sombra quejándome de una discusión que había tenido con Dothea sin darme cuenta de la mirada perdida que a veces tenía…
, cuando se dejaba llevar por pensamientos sobre nuestra hermana menor, que murió demasiado pronto.
Hasta que fue demasiado tarde.
Hasta que me miró de soslayo mientras el viento enredaba su cabello rojo como la sangre y adelantaba el pie.
Hasta que cayó mientras yo le gritaba que volviera conmigo.
No me acobardo. Echo la cabeza atrás y miro al fundefauces directamente a sus malditos ojos rojizos. Dejo expuesta la garganta y aprieto los puños al tiempo que tenso todos los músculos de mi cuerpo y grito cuatro palabras incendiarias:
—¡ VETE A LA MIERDA !
Algo choca contra mi muro interno con tal fuerza que me sacude. Me invade una oleada de pánico antes de que me llegue un alarido por la espalda.
Una ráfaga de aire. Un embate atronador. Un destello de plumaje amarillo y dorado que desciende casi lo suficiente como para tocarlo.
El corazón me martillea y se me para de golpe al ver chocar a Maell contra la bestia, que la dobla en tamaño, pero no antes de que el dragón desconocido dé un latigazo con la cola, intentando clavarme su púa venenosa, que brilla a la luz del fuego.
«Por poco».
Arañazos, picotazos, llamas naranjas mientras ambos dragones luchan por imponerse. Maell grita su cólera al mundo y yo me siento abrumado porque temo por su seguridad.
Por su vida .
«Es demasiado pequeña para esto. Demasiado dulce y tierna…».
—¡Maell, retírate!
Levanto mi muro interno y grito a través de nuestro vínculo. No obtengo respuesta, pues su atención está puesta en sobrevivir a cada llamarada.
Cada latigazo de una púa y cada dentellada.
—¡ RETÍRATE !
El rugido viene acompañado de sangre.
Otro fundefauces, mucho más pequeño y con el mismo plumaje morado, se une al choque de llamas y picotazos, como montañas en guerra.
Con el corazón acelerado, me pongo en pie como puedo.
—¡ MAELL , RETÍRATE !
Sus movimientos se vuelven tan frenéticos que no se ve más que un torbellino de alas mientras se despedazan con garras y fauces, salpicando de rojo la nieve.
El miedo me oprime la garganta como una puta soga.
Maell nunca ha mostrado interés en atacar a otro dragón. Nunca ha acabado con nada que no fuera a comerse.
No deja de caer sangre acompañada de un torrente de plumas amarillas. Una visión que me destroza mientras la adrenalina de Maell comienza a perder su efecto y sus movimientos se vuelven más lentos…, más débiles… Las bestias más grandes dominan el combate con sus ataques sincronizados.
—¡ MAELL ! —Se me desencaja la cara y enseño los dientes—. ¡ RETÍRATE !
Una punzada de dolor en el vientre me hace bajar la vista.
Al apartar la capa, veo que tengo la camisa rasgada. Hago más grande el agujero, algo de lo que me arrepiento al instante, pues me doy cuenta de que el fundefauces morado no ha estado a punto de alcanzarme con la cola…
Me ha dado de lleno. Me ha atravesado el abdomen, seccionándome los abdominales, un corte sangriento que deja al descubierto mis entrañas, que ya apenas caben dentro de mi cuerpo.
—Joder.
«Un paso en falso y se esparcirán».
Maell chilla.
Levanto la vista y la busco entre el humo, con el corazón en un puño que no deja de aplastarlo.
Me tambaleo, seguro de que el mundo se está sacudiendo. Mis rodillas se hunden en la nieve mientras tomo densas bocanadas de aire, como si estuviera respirando a través de un paño lleno de mugre.
Es probable que eso quiera decir…
Al echar otro vistazo a la nauseabunda herida, advierto que el veneno rojo del fundefauces se ramifica desde el corte, entretejiéndose con mi piel.
Gimo al pensar en lo que les estará haciendo a mis órganos.
Sé que no me queda mucho tiempo hasta que ya no pueda moverme, hasta que mi cuerpo se rinda, dejándome paralizado pero consciente.
La comida perfecta para arrojar a las crías cuando gorjean, incapaz de resistirme mientras me van despedazando poco a poco.
Probablemente, la peor forma de morir.
«Que le den a ese dragón. Si me va a comer alguien, que sea Gruffin».
El viento sopla con fuerza, despejando las Nieblas. Observo la pared que tengo delante, aunque me falla la vista y veo doble, mientras me sujeto las entrañas y hago acopio de fuerzas para ponerme en pie.
Me abro paso como puedo por entre un cementerio humeante perseguido por los chillidos de Maell, que me perforan hasta los huesos…
«¡Retirada! —grito mentalmente—. ¡Por favor, Maell! Por favor, escucha».
Me sale un sonido gutural, no nacido de mis entrañas reventadas, sino de los chillidos de ella, de los agonizantes gritos que dirige al cielo.
A mí .
«Vive…, por favor».
Solo silencio como respuesta.
Me fallan las piernas.
Mantengo mis entrañas sujetas con el brazo cuando me desplomo y caigo sobre un barro que apesta a muerte, cegado por un dolor agudo. Es como si me hubieran clavado unas garras en el vientre y me hubiesen partido por la mitad, abriendo una herida enorme.
Se me aclara la vista y agudizo la mirada. Exhalo un aliento húmedo entre dientes y toso, expulsando sangre.
Apretando los dientes, extiendo el brazo libre y me arrastro por el barro con la mirada fija en la pared. Soy demasiado consciente del inquietante entumecimiento que se está apoderando de mis músculos, engulléndome poco a poco.
Inmovilizándome.
La cálida esperanza se escapa de mis venas y se ve sustituida por una amarga resignación.
«No voy a conseguirlo».
Cada vez me cuesta más respirar. Apenas tomo aire suficiente para evitar que se me empiece a nublar la vista.
«Mah murió con la cara contra el suelo».
«No quiero morir así».
Me sostengo y empleo las pocas fuerzas que me quedan para echarme hacia un lado y, luego, me tumbo boca arriba, aspirando entre dientes a toda velocidad.
Después, más despacio.
El tiempo se detiene, se distorsiona y se vuelve pesado mientras contemplo las lunas de fundefauces a través de unas densas nubes de humo y cintas plateadas luminosas…
Incluso en la muerte, los dragones son magníficos; a diferencia de mí, que estoy pudriéndome en el barro. Es lo que me corresponde, teniendo en cuenta lo fácil que me resultó renunciar a Dothea. A un territorio que probablemente me necesitaba, aunque no tuviera mucho que ofrecer.
«Aun así».
Al notar un leve movimiento a mi izquierda, ladeo la cabeza. El mundo entero se sacude al hacerlo, y convulsiono con una arcada. Me las arreglo para controlar mis entrañas mientras escudriño el infierno que he creado, justo el lugar por donde ha desaparecido Essi.
Se oye un golpe sordo, una ondulación en el aire que hace que se me pare el corazón.
Siento un escalofrío por la espalda.
El fuego comienza a retorcerse, a silbar y a crecer, latiendo con vida. Parece una cría recién salida de las llamas que extiende sus alas, ladea la cabeza.
Emite un grito agudo.
Durante un instante, me pregunto si Ignos está jugando a transformarse en bestias aladas.
Me doy cuenta de que es mucho más simple que eso: las llamas se retiran, dejando a la vista una mítica ave Elding batiendo sus alas, con un plumaje del color del fuego y un afilado pico dorado.
Una imagen sacada directamente de mi imaginación, no cabe duda, que es tal y como mah la describía cada duermevela antes de acostarnos a Dothea y a mí y desearnos que durmiésemos bien.
Tal y como se la describí yo a Roan después de que naciera bastardo en mi familia y tuviera que esconderse en las sombras en cuanto lo separaron del cuerpo sin vida de su mah.
«Supongo que el veneno ya me ha afectado al cerebro».
La increíblemente detallada aparición despliega las alas y da un salto batiéndolas, saliendo de las llamas como si se lanzara desde un nido al tiempo que despide un aire caliente contra mi piel que parece real.
Se va elevando con movimientos rítmicos mientras de sus alas y cola se desprenden ascuas, que caen como gotas de lava, chisporroteando antes de tocar el suelo.
Luego, atraviesa una densa nube de humo que se revuelve a su paso.
Y desaparece…, como si nunca hubiera estado aquí.
«Y no lo estaba, para ser sinceros».
Sin nada más que hacer que esperar a que la vida se me escurra, me quedo mirando el humo arremolinado durante lo que me parece una eternidad, abrumado por el doloroso estruendo de los dragones luchando.
Y espero. El qué no lo sé.
Quizá a que se alivie este maldito dolor en el pecho.
Sin embargo, no sucede; al contrario, la situación empeora cuando veo salir corriendo una pequeña figura esbelta de la penumbra envuelta en humo, y me oprime desde todos los ángulos. Está cubierta de barro y ceniza, pero eso no consigue ocultar su llamativa melena pelirroja.
Nada podría hacerlo.
«Essi…».
Incluso en mi fantasía, su belleza es incomparable.
Viene corriendo hacia mí con gracilidad, como si estuviera hecha de aire.
No puedo evitar desear que hubiéramos pasado más tiempo juntos, que no le hubiera fallado cuando caí rendido en el suelo, a sus pies, durmiendo mientras ella cazaba en estas putas llanuras que ya se han tragado demasiadas cosas.
Se deja caer de rodillas a mi lado y veo el pánico reflejado en su rostro mientras me observa con los ojos muy abiertos.
La cercanía de esta presencia me pone la piel de gallina. Puedo sentirla. Eso significa que también lo sentiré cuando me devoren si no me desangro antes.
Genial.
Con las manos temblorosas, intenta pasarse el pelo detrás de las orejas.
—Mierda, mierda, mierda —murmura, y levanta lo que me queda de camisa, tocando mi piel con la suya, que me resulta demasiado tibia y real.
«Es más de lo que merezco».
Examina mi herida y me rasga aún más la camisa para comprobar el resto de mi cuerpo, trazando las venas rojas de la muerte con esos ojos condenadamente bellos que tiene.
—Lo…, lo siento.
—Ahorra aliento —gruñe con la vista clavada en mi torso.
Si tuviera más control sobre la alucinación, haría que me mirara a los ojos hasta el final. Utilizo las últimas fuerzas que me quedan para levantar la mano y acariciarle el rostro. Ella ahoga una exclamación y por fin me mira a los ojos, en los que veo algo que creo haber buscado toda mi vida.
—No me mires así —me espeta, y baja la vista a mi herida—. No vas a morir.
Se me cae la mano. La energía se ha agotado.
«Ahí te equivocas, cariño…».
Quizá lo haya dicho en voz alta, porque gruñe y se me sienta encima. Todo el aire sale de mis pulmones mientras miro sus fieros ojos, deseando que todos mis sueños se hubieran hecho realidad cuando mi corazón no estaba fallando.
Cuando el suyo aún latía .
—¡No estoy muerta! —Me agarra la mano y se la lleva a su pecho, justo encima del corazón, cuyas palpitaciones son fuertes y rápidas.
«Todo esto demuestra que mi imaginación está siendo muy benevolente conmigo».
—Por todos los Creadores… —murmura, y clava los dedos en mi herida, haciéndome sentir un dolor muy real , como si acabara de tomar una cucharada de mis entrañas—. ¡ QUE NO ESTOY MUERTA , MALDITA SEA !
Creo que suelto un rugido, aunque en realidad no me queda aliento para ello, y me la quedo mirando tanto rato que me empiezan a doler los ojos.
Trazo un mapa de las pecas de sus mejillas, todas justo donde han de estar, de sus grandes ojos, endurecidos por una determinación desgarradora.
Tiene la misma mirada que cuando trabaja con esas malditas piedras, pero más intensa.
Por último, miro la peca que tiene sobre los labios, demasiado real, demasiado perfecta para que la esté soñando.
«Eso significa…».
Un gemido me sube por la garganta.
—Pero no tardarás en acabar muerto si no te curo. Tienes las tripas fuera.
—Tú… Lla-llamas.
Me pone la mano en la boca, haciéndome callar.
—Ahorra fuerzas —gruñe con una urgencia que me oprime tanto que me cuesta respirar—. Voy a curarte, pero necesito que confíes en mí.
No creo que se dé cuenta del poder que tiene sobre mí en este momento. Si me pidiese el alma, se la entregaría con un lazo.
Consigo asentir con la cabeza.
Se le empañan los ojos con lo que parece ser vergüenza mientras se lleva la muñeca a la boca y se la muerde profundamente.
Al retirarla, brota un carmesí del tajo en forma de media luna.
Vacila, murmurando algunas blasfemias, y presiona la herida contra mis labios, haciendo que su sangre gotee sobre mi lengua.
Se me llena la boca de un sabor metálico caliente con un tono ahumado, como si su ser estuviera… quemado .
Frunzo el ceño e intento murmurar algo contra su carne.
—¡Cállate y traga!
Se le quiebra la voz al darme la orden.
Busco sus ojos y obedezco, dejando que mis músculos se contraigan. Su sangre baja por mi garganta como si de aceite se tratara, captando la luz al hacerlo y volviéndose caliente…
No.
Ardiente . Como si acabara de tomarme un cubo de lava.
El fuego crece con furia, sacudiéndose contra los estrechos confines de mi estómago, con la intención de derretirme por dentro.
Abro la boca para preguntar qué está pasando, qué me ha hecho, pero solo me sale un rugido.
Essi me coge la mano y se la lleva a la mejilla. Me acaricia la palma con la nariz mientras se le llenan los ojos de lágrimas, que dejan un rastro limpio en sus mejillas cubiertas de ceniza.
Es lo último que veo antes de que el fuego me consuma.
Y caigo, retorciéndome en la oscuridad.